Primero que todo, mis más sinceras disculpas por tardar tanto en actualizar y no dar señales de vida, pero el virus que había atacado a mi pobre laptop era más inteligente de lo que pensaba. Afortunadamente ya todo ha regresado a la normalidad.
Segundo, mis clases han comenzado y entre eso y el trabajo me queda poco tiempo para escribir, pero trataré de publicar lo más seguido posible.
Tercero: pues nada, aquí está el décimo capitulo, al fin.
La Tercera Ley
Capitulo Diez
Quien dijera que Sherlock Holmes jamás había amado a alguien, tenía toda la razón.
Los sentimientos eran un tema pendiente en su vida que no esperaba comprender.
Sus años de adolescencia, en los cuales se había encontrado más susceptible a que sus hormonas le traicionaran y le hicieran interesarse por alguien, los había pasado hundido en investigaciones. Su cerebro estaba lleno de temas de los cuales sus contemporáneos no solo no sabían nada si no que no les interesaban en lo mas mínimo.
Así Sherlock había pasado por la "Experiencia Carl Powers" y había salido de ella con dos valiosas lecciones: la primera de ellas le recordaba que estaba solo y, muy probablemente, siempre lo estaría. Y la segunda: todos a su alrededor lo consideraban un bicho raro, una anomalía, una máquina. Por eso en su vida adulta los insultos ya no le afectaban, si es que alguna vez lo hicieron. Las enérgicas llamadas de atención de Lestrade e incluso de Mycroft no causaban en él la más mínima impresión.
La amistad era un concepto algo etéreo y, al considerarse a sí mismo un componente de la sociedad que aportaba algo que nadie más podía, justificaba su existencia y su falta de emociones. Si él no resolvía esos casos ¿Quién mas iba a hacerlo?
Pero a pesar de eso, la revelación de lo que sentía por John no lo tomó por sorpresa, es más, su capacidad analítica y la permanente lógica con la que se conducía por el mundo, lo habían ayudado a aceptar el hecho de que amaba a John con la serenidad y mente fría que siempre había demostrado. Es decir: incluso cuando Sherlock se probó a sí mismo, que en realidad podía sentir algo muy fuerte por su único amigo y que necesitaba tanto a John que físicamente dolía, aún en ese momento decidió poner su mente sobre su corazón, silenciar la voz que le decía que era lo único bueno que le había pasado y por lo que en verdad había puesto su vida a disposición de fuerzas mayores y tomó la decisión de sacarlo de su vida.
Sherlock sabía exactamente lo que estaba sintiendo y ahora lo tenía medianamente controlado, pero su primera reacción había sido de angustia.
Se quedó sentado en su sofá en Baker Street, al igual que John había estado sentado en el sofá opuesto, cuando el murió. Sosteniendo el violín con sus manos inservibles y tratando de no llorar, de comprender. La única diferencia era que John había llorado hasta caer dormido, Sherlock estaba pensando, repasando una y otra vez lo que había hecho y lo que tenía que hacer ahora. Hasta que alguien lo llamó.
Un caso, alguien le ofrecía la salida perfecta de todo lo que estaba pasando, aceptó inmediatamente y salió del departamento chocando con alguien en el camino: Aquella mujer rubia, Mary.
Vio en ella, la misma expresión que había visto en muchos de los esbirros de Moriarty mientras les explicaba por qué iban a morir, si es que habían decidido no ayudarlo: Miedo.
Para cuando se subió al taxi, ya había pensado en cinco maneras diferentes de deshacerse de ella. Pero cerró los ojos, pensando en John y en esa tarde en la que lo había espiado en Paris, donde por un momento se había visto feliz y así quería que permaneciera, el dolor seria suyo solamente aunque no le gustaba no poder controlarlo, necesitaba ser capaz de apagar de alguna manera lo que sentía cuando pensaba en John: La necesidad de tenerlo cerca.
Eventualmente, Sherlock se dio cuenta que la nostalgia y la imposibilidad de tener al doctor en su vida eran cosas con las que debería vivir para siempre y lo aceptó sin miedo ni angustia, aceptaba el amor como hacía muchos años había aceptado que estaba hecho para estar solo, como había aceptado que su cerebro estaba armado con piezas extras, como decía su madre, y que su destino apuntaba en una dirección muy diferente a la del resto del mundo.
Algún día, alguien le iba a poner una bala en la cabeza, algún día su corazón se detendría, algún día la caída seria real. No esperaba morir tranquilamente en una cama a la edad de 90 años, Sherlock sabía que su final sería trágico y prematuro, todos lo que lo conocían lo sabían, incluso John, por eso el buen doctor lo seguía, por eso lo protegía y lo ayudaba, pero Sherlock no podía atarlo también a ese destino.
Una cosa era verlo caer desde una distancia segura, otra muy diferente era estar de pie junto a él, listo para lanzarse, y Sherlock sabía que John lo haría.
¿Qué más podía hacer? De que otra manera podría corresponderle a John toda su amistad? Cuando encontró la respuesta, se relajó: Tenia que asegurarse que John tuviera una vida tranquila y normal. Tenía que dejar que John se alejara, por eso se fue a Cardiff sin decir nada.
John mantuvo presionada la tecla 2 y esperó, pero el teléfono de Sherlock estaba fuera del área de cobertura, o al menos eso decía la operadora.
- ¿¡Cómo va a estar fuera del área si Baker Street está a tres calles! - Le gritó al aparato. Cada vez se sentía más ansioso y tenía unas ganas muy humanas de golpear todo lo que estaba en su camino, algo que no sentía desde sus primeros días en el ejército.
Cortó y bajó del taxi, corrió dentro del 221B.
- ¡Sherlock!- Lo llamó a gritos por las habitaciones, pero estaban vacías, no había rastro de Sherlock por ninguna parte y nada había cambiado desde la última vez que el había estado ahí.
- ¿Sherlock?- Llamó de nuevo, desesperado, abrió todas las puertas y registró todos los rincones. Bajó las escaleras.
- ¡Señora Hudson! - La mujer salió del departamento
- ¡Sherlock! - Dijeron los dos al mismo tiempo.
- ¡Está vivo! - Dijo la mujer
- ¿Dónde está?
- Salió hacia Cardiff hacia un par de horas.
- ¿Cardiff? - Repitió John- ¿Cardiff? ¿Qué está haciendo en Cardiff?
- No me lo dijo ¿Cuándo ese hombre me ha dicho algo?... John, Mary estuvo aquí ¿pasa algo?
John se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos.
- Mary… - Se sintió mareado, por primera vez en la vida tenía ganas de dividirse. Una parte de él quería correr tras Sherlock y la otra… bueno, seguramente también la otra parte habría corrido tras Sherlock, pero Mary...
Decidió preocuparse por una cosa a la vez y en su rápido recuento de prioridades, Sherlock sacó la mayor puntuación. Tomó su teléfono y marco rápidamente el número de Mycroft.
- ¿Cardiff? ¿Por qué demonios no me dijiste que estaba en Cardiff?
- ¿En serio? No pensé que iba a conseguir un caso tan pronto…
- ¿Caso? Pero Sherlock…
- John, no todo el mundo es tan estúpido y manipulable como Moriarty creía, las personas que en verdad conocen a Sherlock saben que no es un fraude, en realidad comenzaron a lloverle los casos cuando regresó. Era cosa de tiempo para que volviera a las calles, pero no pensé que se alejaría de Londres los primeros días.
- Tengo que verlo
- Claro que sí.- Al otro lado de la línea Mycroft sonrió.
John enrojeció hasta la raíz del pelo.
-No estoy… aún no se la respuesta, pero se que cuando lo vea todo estará más claro, necesito hablar con él, que el mismo me aclare las cosas.
- No te estoy pidiendo explicaciones, John, haz lo que estimes mejor.
Entonces John cortó, apenas se dio cuenta cuando había abandonado Baker Street y entraba a la carretera en un taxi.
Pensó en lo que estaba haciendo: Iba camino al aeropuerto, tomaría un avión y entonces ¿Qué? ¿Qué iba a hacer? Ni si quiera sabia donde estaba Sherlock, Cardiff es una ciudad enorme, el peso de su propia estupidez lo azotó mientras se golpeaba la frente con la palma de la mano.
Aún tenía mucha rabia acumulada contra Sherlock por todas las cosas que no le explicaba y la conversación con Mycroft no lo había ayudado mucho a aclarar la situación, pero en el fondo tenía una horrible sensación, producida por la idea de que Sherlock estuviera resolviendo casos de nuevo sin él. Es que todo el tiempo que habían pasado juntos, todo lo que habían hecho ¿no significaba nada para él? ¿En verdad para Sherlock era fácil sacarlo de su vida como si solo fuesen conocidos?
John cerró los ojos y respiró profundamente, varias veces. Necesitaba aferrarse a algo y solo podía pensar en el brazo de Sherlock, aquel brazo que había tocado horas antes para asegurarse que era real. Necesitaba tomarlo y no dejarlo ir, necesitaba que su amistad fuera algo tangible que poder encerrar y esconder de todos, en especial de ese estúpido de Sherlock que se iba sin decir nada.
Repasó los hechos:
- Sherlock estaba vivo, ese hecho estaba aceptado muchas horas atrás.
- Sherlock lo había engañado haciéndole creer que estaba muerto por que quería limpiar su nombre. Eso aún no estaba muy claro y todavía creía que se merecía un par de golpes antes de cualquier explicación.
- Sherlock había estado a punto de matar a un hombre por que le había disparado. Eso tenía que significar algo.
- Mycroft le dijo que, cuando supiera lo que Sherlock había hecho lo perdonaría y hasta le daría las gracias, pero ¿Qué fue lo que hizo?
John abrió los ojos de nuevo, su celular temblaba en el bolsillo de su chaqueta. Mycroft le había enviado la dirección exacta de la ubicación de Sherlock en Cardiff con un mensaje al final que decía "buena suerte"
A veces, Mycroft lo confundía mucho, en otras oportunidades le daba pánico, otras lo exasperaba pero esa era la primera vez que en verdad sentía que el mayor de los Holmes era solo una persona, después de todo.
Cuando John vio que era una mujer quien abría la puerta de la habitación del hotel, supo que se había equivocado de lugar. Los ojos de la muchacha estaban irritados y estaba temblando. John se fijo en el logo del hotel en su hombro.
- Mi nombre es John Watson, estoy buscando a Sherlock…
- ¡Oh por Dios!- Dijo la mujer como si lo conociera de toda la vida. - ¡Claro!, Doctor Watson… es un milagro que haya venido.
La voz de Sherlock se escuchó desde el fondo de la habitación.
- ¿Es Cortón? Necesito verlo-. Su voz sonaba débil y demacrada, John sintió un frio recorrerle la espalda.
- No señor, es el Doctor Watson.
John pasó rápidamente junto a ella, casi empujándola, siguiendo aquella voz. No quería creer lo que estaba pasando.
- ¿Sherlock?
- ¿John?
La habitación estaba en penumbras, solo una lámpara pequeña junto a la cama proyectaba una luz demasiado amarilla sobre la figura entre las sabanas, la voz de Sherlock había sonado sorprendida, dudosa.
John reprimió un gemido de asombro cuando vio que era Sherlock quien yacía en la cama, pálido como un cadáver.
- ¡Sherlock que…!
- ¡No te muevas!
Por un instante la voz sonó enérgica. La mucama entró tras John y el detective se cubrió la boca con las manos y tosió vivamente.
- enfermó a las pocas horas de llegar y no deja que nadie se le acerque.
- Sherlock ¿Por qué no me llamaste?
- ¡Dios, John!, por favor, no te acerques, estoy muy enfermo, será mejor que te vayas…
- ¿Estás loco? No voy a ninguna parte, déjame revisarte.
- ¡No!, vete, John, hazme caso… esta enfermedad es muy contagiosa.
- No me importa, soy doctor ¿recuerdas?
John avanzó hacia a él, por nada del mundo iba a dejarlo solo si estaba enfermo, lo único que podía pensar al verlo tendido y pálido en esa cama era en las enormes ganas que tenía de tocarlo y en como lo había visto la ultima vez vivo y sano ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba así tan de pronto?
Apretó los dientes ante su propia negligencia. Había perdido tanto tiempo deambulando en vez de ir directamente con él para hablar y aclarar las cosas. Había malgastado tanto tiempo pretendiendo estar enojado con él, porque John, al ver a Sherlock tendido en la cama, casi inconsciente y presa de la fiebre, se dio cuenta que no estaba en realidad enojado con él, no había nada en el mundo capaz de hacerlo enfadarse con Sherlock, ni siquiera Sherlock mismo.
Tampoco había nada en el mundo que le impidiera atenderlo si estaba enfermo. Mucho menos Sherlock.
- ¡Sherlock!- Dijo de manera enérgica. - No seas testarudo…
- John, si no te quedas quieto tendré que llamar a seguridad. Vete.
- No voy a dejarte, no insistas.
- Entonces quédate en el salón… mi enfermedad es muy peligrosa, así que deberás permanecer lejos.
- No, me quedaré aquí.
Alguien golpeó la puerta y la mucama salió a abrir, regresó casi de inmediato, seguida de un hombre alto y calvo.
- ¡Señor Holmes! - Exclamó el sujeto en cuanto lo vio – pero… pero, estaba usted perfectamente esta mañana…
La voz de Sherlock se convirtió en un susurro.
- Cortón, necesito ver a esta persona. Alice, dele al señor Cortón la tarjeta que está sobre la mesa… y dígale a John que no deje ninguna moneda en su bolsillo derecho, así se equilibrará mejor.
La muchacha tomó la tarjeta con manos temblorosas y la tendió hacia su jefe, dando un leve gemido ante ese comentario que evidentemente demostraba el delirio que la fiebre estaba ocasionando en Sherlock. John no despegaba los ojos de él.
- Ese hombre es un doctor especialista en mi condición, debe convencerlo con cualquier medio de que venga… dígale-. Sherlock tosió muy fuerte y le costó unos momentos recuperar el aliento. - Dígale que yo lo mando a llamar, dígale mi nombre y asegúrese que venga.
- Así se hará
Cuando ambos empleados se retiraron, John se acercó furioso a la cama.
- No me dejas revisarte, pero ¿si dejarás a un extraño?
- John ¿sigues aquí? Vete por favor.
- Sherlock, ¿es que acaso no confías en mí?
Sherlock tenía la cara volteada hacia la pared, la mano blanca descansaba sobre su pecho, John vio las pequeñas heridas que cubrían su piel.
- Sherlock ¿Qué te pasó? - El detective movió su mano lejos del doctor.
- No te ofendas, John, pero tú solo eres un doctor de medicina general y tus conocimientos son bastante mediocres, yo necesito un experto en mi enfermedad. Vete por favor.
John inhaló profundamente ante ese comentario. Ver a Sherlock casi moribundo, después de haberlo visto sano y enérgico hacia solo unas horas, después de haber sido abrazado por unos brazos fuertes que ahora parecían capaces de derrumbarse bajo su propio peso, después de haberlo creído muerto y que ahora, ese mismo Sherlock al que había extrañado durante tres años y al que había llorado hasta casi perder el control de su propia vida, le dijera que se fuera cuando parecía estar al borde de la muerte, era demasiado para él.
El rostro de John se cubrió con una expresión de dolor, ¿iba a verlo morir dos veces? ¿Cómo era posible que eso le estuviera pasando?
Guardó silencio por lo que parecieron horas. Sherlock miró el reloj que colgaba junto a la ventana.
- John, no necesito que te quedes, en verdad, será mejor que te vayas.
- Pero yo si lo necesito… quiero quedarme-. Dijo John reprimiendo toda la rabia que sentía.
John se acercó y tomo su mano, estaba fría. Sherlock la retiró como si le provocara mucho dolor ser tocado, John sintió sus ojos llenarse de lagrimas.
- Sherlock… -. Susurró - Estuve hablando con Mycroft, él… él me dijo que tú hiciste algo… él me preguntó algo y yo… creo que ahora tengo la respuesta.
Sherlock lo miró y abrió la boca, sus labios estaban partidos y los cubrían pequeñas costras blancas, por un momento tomó aire para decir algo, sus ojos verde azules brillaron no por la fiebre, era como si lo estuviera viendo por primera vez desde que entró en la habitación. Pero tan pronto como el brillo apareció, se esfumó.
John estuvo seguro de ver una expresión de tristeza y no de enfermedad en el rostro de Sherlock. No podía estar enfermo, no podía morir, no después de todo lo que habían pasado. Sintió deseos de arrodillarse junto a la cama, pero sabía que Sherlock era capaz de llamar a seguridad como lo había prometido, decidió esperar el diagnóstico de aquel famoso doctor.
Había pasado media hora cuando sintió ruido en la puerta, John se había quedado todo ese tiempo mirando a Sherlock, el detective tenía los ojos cerrados y su pecho subía y bajaba con dificultad.
- Si no te vas a ir, será mejor que te escondas tras esa cortina
- ¿Qué?
- ¡Haz lo que te digo! - La voz de Sherlock sonaba un poco mejor, pero seguía teniendo el semblante de una persona destinada a la tumba, John se levantó y obedeció, incapaz de adivinar que estaba pasando.
A los pocos minutos, un hombre entró en la habitación y comenzó a reírse.
- Esto es perfecto, el gran Sherlock Holmes, regresado directamente desde la tumba para caer nuevamente en ella… por mi mano.
- ¿Smith? ¿Es usted?
John no se atrevió a moverse, la voz de Sherlock sonaba como un jadeo espantoso.
- Por favor, cúreme, haré lo que usted quiera, le ayudaré a destruir las pruebas del asesinato de Víctor.
El hombre hizo un sonido de desdén.
- No te necesito para eso, Sherlock Holmes, por que la única persona que sabe que maté a Víctor va a morir en esta habitación en menos de un par de horas… en verdad jamás pensé que sería tan fácil… supongo que tres años de inactividad han dejado secuelas graves, ya no eres tan inteligente ¿verdad?
- Pero… pero tiene que haber algo que pueda hacer, por favor, sálveme
Los gemidos de Sherlock sonaban aterrados, desesperados, John estuvo a punto de salir a ayudarlo.
- ¿Es que no entiendes? Aunque quisiera, no puedo salvarte. Vas a morir tal como murió mi sobrino, tú lo sabes bien, viste su cuerpo. Aquel virus licuó sus entrañas tal como lo hará con las tuyas… de todas maneras era un muchacho sumamente desagradable.
El hombre se inclinó hacia Sherlock sobre la cama.
- Se merecía morir y tu también, lástima que no podré llevarme el crédito por ninguna de las dos muertes… yo asesiné a Víctor Savage, el joven magnate y también al gran Sherlock Holmes
John iba a salir cuando escuchó la voz de Sherlock, completamente normal.
- ¿Podría al menos fumar un último cigarro?
Por lo visto el hombre no captó ningún cambio por que John sintió el sonido de un encendedor y como Sherlock aspiraba el humo con un suspiro de satisfacción.
El tono de la voz de Sherlock lanzó un escalofrío por su espalda y en pocos segundos una mezcla de alivio y algo mas que no odia descifrar se apoderó de su cerebro.
Sintió el ruido metálico de unas teclas presionándose y la voz grabada de aquel desagradable hombre comenzó llenó la habitación. John sonrió.
"Yo asesiné a Víctor Savage, el joven magnate y también al gran Sherlock Holmes" dijo la voz grabada una y otra vez.
- ¿No le parece esa una esplendida confesión, señor Smith?
Los ruidos que John escuchó luego solo podía producirlos alguien tratando de escapar desesperadamente, John salió de su escondite y se abalanzó sobre Smith justo cuando se acercaba a la puerta. Descubrió que era un hombre débil y encorvado.
Sherlock estaba de pie junto a la cama, vestido con un pijama que le quedaba demasiado grande, el cabello revuelto y una media sonrisa en el rostro. Con la grabadora en la mano y su teléfono en la otra, envió un mensaje.
John a penas se había levantado, poniendo a Smith contra la pared, cuando un hombre alto y vestido con una gabardina oscura y una bufanda horrible de colores rojo y verde, entró por la puerta con tres policías.
Sherlock le hizo entrega de la grabadora y estaba explicándole todo cuando vio a John mirándolo desde el otro lado de la habitación. Estaba furioso, la ira teñía su pálido rostro y sus nudillos estaban blancos por lo fuerte que estaba apretando los puños.
En cuanto los policías estuvieron fuera de la habitación, Sherlock se giró hacia él para darle una explicación, pero solo pudo sentir el golpe seco que John le dio en plena mandíbula.
Sherlock se tambaleó y al tratar de afirmarse de la mesa botó el jarrón y los libros que estaban sobre ella, el cigarro que tenía en los labios voló y aterrizó sobre la alfombra.
Sherlock recuperó el equilibrio, lo tomó y lo apagó en el cenicero.
- ¡No puedo creer que lo hayas hecho de nuevo! - Gritó John.
Sherlock cerró los ojos por un momento, pero no dijo nada.
- ¡Sigues jugando con las personas! ¡Sigues jugando con lo que los demás sienten por ti!, ¡Sigues mintiéndome!
- Estaba en medio de un caso, John-. Dijo pasándose la mano por la boca y mirándola, tenía un poco de sangre. - Todo esto no fue preparado con la intención de que tú aparecieras de pronto.
- Pero no te detuviste cuando aparecí…
- Recuerdo claramente haberte pedido cinco veces que te fueras
- ¿Cómo podía irme contigo en ese estado? ¿Y qué es eso que tienes en los labios?
- Cera de velas-. Sherlock hizo una mueca que no era una sonrisa ni era nada.
John lo miró enfurecido.
- ¿Cómo puedes seguir haciendo esto, Sherlock?
- Tenía que resolver este caso…
- ¿Por qué lo hiciste?
- ¡Porque esto es lo que hago, John!-. Dijo Sherlock, un poco exasperado. - Esto es lo que soy, caso tras caso, sin sentido ni meta ni recompensa ni nada. En realidad no hay una finalidad detrás de todo esto, simplemente lo hago porque lo necesito ¿ahora te das cuenta?
Sherlock decidió que la oportunidad era perfecta para hacerle ver a John la clase de vida que le esperaba de quedarse a su lado, una vida que lo dejaría tan herido como a él lo habían dejado aquellos tres años de correr y esconderse.
- ¿Qué esperas, John?, ve con Mary, regresa a Londres-. Dijo, mientras su interior gritaba: "lo siento", "quédate", "protégeme", "te necesito, John", "entiéndeme". Pero sabía que si John lo entendía jamás lo sacaría de su vida.
- ¿Darme cuenta de qué?
- Que si continuas a mi lado… si las cosas siguen como eran antes, siempre saldrás herido, puede ser una bala en la cabeza o puedo ser yo mismo quien te lastime, no hay diferencia.
- Sherlock, ¿De qué estás hablando? No estoy herido…
- Pero podrías haber muerto.
- Ese tipo no era una amenaza…
- No, Smith no, John. James Moriarty, Sebastián Moran, sí. Mis enemigos te van a hacer pedazos tarde o temprano y si no son ellos seré yo. Yo, siempre tomando medidas extremas para resolver un caso. Yo, siempre haciéndote sufrir, fingiendo mi muerte, desapareciendo en mitad de la noche. Yo, menospreciando tus intentos de mejorar mis hábitos, insultando a nuestras amistades, insultándote a ti. Yo, enviándote a investigar a campo abierto, a conversar con posibles asesinos, a correr directamente a los brazos de lo peor de Londres… Yo acabaré con la vida que te ha costado tres años reconstruir. Yo, John. Soy tu peor enemigo.
John avanzó un par de pasos hacia Sherlock, todas las alarmas en su cerebro estaban en alerta roja, escudriñó el rostro de su amigo, tomó nota de la manera en la que Sherlock desvió la mirada, de como retrocedió.
- Sherlock, dime la verdad, necesito saber toda la verdad.
Sherlock suspiró, pero lo miró directamente a los ojos, tomó aire y reveló al fin aquella confesión de la que había huido tanto como había podido.
Lo dijo lo más abreviadamente que pudo.
- Sebastián Moran era el francotirador de Moriarty y estaba cerca del hospital aquella tarde. Sus órdenes eran poner una bala en tu cerebro si yo no me quitaba la vida.
John abrió la boca, pero no dijo nada, la sensación de oscuridad a su alrededor creció por la penumbra de la habitación, sintió que el mundo se hacía pequeño y difuso, la misma sensación que había tenido muchas veces cuando estaba deprimido, pero ahora era diferente. Ahora lo tenía todo claro y aquella verdad cambiaba todo.
- Lo hiciste por mí-. Sherlock negó con la cabeza.
- No, lo hice porque tenía que hacerlo, yo te metí en esto, John. No podía dejar que murieras por mi culpa. Y así como pasó esa vez pasará de nuevo y de nuevo hasta que un día tendrán éxito y yo no estaré ahí para saltar por ti… no puedo hacerte eso John…
Sherlock trató de desviar la mirada, pero sus ojos volvían a concentrarse en John así que los cerró. Aquella confesión había acabado con su última esperanza de conservarlo en su vida, por lo menos como un amigo, después de eso solo podía decirle adiós.
- Te odio-. Susurró John. Sherlock volvió a abrir los ojos, aquella voz sonaba tan cansada y sin convicción.
- Claro que no me odias, John, yo sería el primero en festejar que lo hicieras, pero el caso es que estas aquí y mírate. Ni si quiera me has preguntado como lo hice.
- ¿Cómo hiciste qué?
Las manos de Sherlock temblaron ¿en verdad lo había extrañado tanto? Sintió sus defensas flaquear. Todos querían saber qué truco había usado para sobrevivir a la caída, para todos él no era más que un espectáculo que había resultado ser verdadero, para John era algo más.
- John… lo siento tanto.
Sherlock se acercó y bajó su cabeza lentamente hasta que su frente hizo contacto con el hombro del doctor, en una actitud sumisa que resumía lo mal que se sentía y lo cansado que estaba.
John podría haberlo golpeado de nuevo, lo podría haber insultado, pero solo se movió un poco.
Sherlock movió ligeramente las manos, inseguro de qué hacer. Pero sus dedos se aferraron en torno a las muñecas de John. ¿Cómo renunciar a algo así? Aun si sus vidas estaban en peligro ¿Cómo dejarlo ir? El detective cerró los ojos.
De pronto estuvo seguro de algo. Un día, uno de los dos moriría junto al otro. Solo esperaba ser él.
John cerró los ojos también, todas las mañanas las tardes y las noches en el cementerio hablando con el recuerdo de Sherlock, deseando que estuviera vivo, se agolparon dentro de su mente y en sus labios. Pero se dio cuenta que todos sus discursos previos eran inválidos en esa situación. Quiso decirle todo lo que le había dicho a la lapida antes de destruirla, trató de decirlo.
Comenzó a hablar sin si quiera darse cuenta.
- Siempre… creía escuchar tu voz, todo el tiempo, hasta que me di cuenta que no la recordaba, que lo que sonaba dentro de mi cabeza no era tu voz… que ya no la escucharía más.
Sherlock aguantó la respiración al sentir la voz rota de John, las lágrimas comenzaron a agolparse en los ojos del doctor.
- Una vez lloré tanto que me quedé dormido tras el sofá.
Sherlock sintió su corazón palpitar en sus tímpanos, como una estampida.
- Siento que hay… algo roto dentro de mí y no sé si podré arreglarlo.
Sherlock reunió el valor para hablar.
- Tú arreglaste muchas cosas rotas dentro de mí, John.
- Yo pensé que era especial…
- ¡Y lo eres!-. Dijo Sherlock inmediatamente.
- Pero me usaste igual que a los demás…
- Jamás te usé.
- Entonces ¿Por qué yo?
- Porque necesitaba ponerle fin a mi vida, John y tú te habías transformado en eso… en mi vida.
John se paralizó al escuchar eso. Una sonrisa se formó en sus labios, pero desapareció rápidamente. Aun no, habían muchas más cosas que decir, cosas horribles.
- Yo… yo traté de…-. John recordó las terribles noches buscando lugares en Londres lo suficientemente altos y alejados de cualquier hospital como para arrojarse y acabar con todo. - Por Dios, Sherlock, yo traté de…
El doctor sintió que Sherlock afirmaba más fuerte sus muñecas.
- Lo sé-. Su voz se quebró por un momento. - Perdóname.
Ambos estaban agotados y solo encontraban descanso en las palabras el otro. Nadie más sabía que pasaba entre ellos, nadie más los necesitaba. El mundo podía hundirse en el averno esa misma noche y Sherlock y John seguirían pensando en su tragedia personal, dándole vueltas a la mejor manera de encajar sus nuevas vidas y sus nuevas personalidades alrededor de lo que ya habían construido juntos.
Sherlock levantó su cabeza, aun con los ojos cerrados, como si así pudiera percibir mejor el aroma del cabello de John, la suave esencia que se desprendía de su piel. Normalmente no olvidaba nada y confiaba ciegamente en su memoria, pero tenía tanto miedo de olvidarlo, de no poder recordar a John cuando ya no lo tuviera con él.
- Te pedí que no estuvieras muerto. Dijo John
- Y no lo estoy.
Sus voces eran dos susurros y ninguno de los dos sabía muy bien porque estaban hablando así.
- Mycroft me hizo una pregunta-. Dijo John, inmóvil, dejando que las lagrimas cayeran por sus mejillas y sus labios. - La respuesta es no.
Sherlock apretó más los ojos. Su corazón se detuvo de nuevo, pero no soltó sus muñecas.
- Conozco las preguntas de Mycroft, casi ninguna puede contestarse con un no.
- La respuesta no es para él, es para ti… y tenía que dártela de frente. La pregunta era si acaso soy…
Instintivamente Sherlock interrumpió al doctor y negó, soltando una de las muñecas de John.
- No, por favor-. Su voz sonaba insegura, rota, perdida. John sintió el cuerpo del detective tensarse frente a él.
Tenía miedo de sus palabras. No tenía miedo a morir ni a matar ni a saltar de un edificio, ni a correr tras un francotirador armado ni a vestirse de ninja y atacar a la mafia china, ni de robar un bus lleno de turistas ni de enfrentarse al mismísimo Gobierno Británico, pero estaba aterrado de que John lo abandonara.
Sherlock pensó desesperado, ¿Qué haría John en su lugar? ¿Pruebas? ¿Cómo le demostraba a John todo lo que lo necesitaba?
Tomó la mano del doctor y la puso sobre su propio pecho.
- Tu corazón…-. Dijo John. - Está acelerado.
Sherlock abrió los ojos. Miró fijamente por unos segundos al doctor, luego se acercó a un costado de su rostro, y como si quisiera contarle un secreto, murmuró en su oído:
- Y apenas te estoy tocando.
Fueron las palabras o tal vez el tono en el que Sherlock las dijo: tan íntimo, tan confidencial. El mensaje llegó directamente a su cerebro y disparó todas sus terminaciones nerviosas. Liberó sus lágrimas y sus deseos de protegerlo de nuevo, como no había dejado de hacerlo desde el día en el que se conocieron.
John levantó una de sus manos y la puso tras la cabeza de Sherlock, pasando los dedos por sus risos oscuros. El detective volvió a apoyar la frente en su hombro.
- Sherlock… ¿Cómo funciona tu cerebro?
- Ya no estoy seguro.
Sherlock deslizó sus brazos alrededor de John.
- Una vez te dije que solo tenía un amigo, me refería a ti, tú lo sabes pero la verdad es que no es así, ahora lo entiendo. Tengo varios amigos y no es lo mismo, para nada es lo mismo. Lo que siento por ti es… diferente… tú no eres mi amigo, John, tu eres mucho más que eso. Significas tanto para mi, que ni si quiera me atrevo a ponerle un nombre.
John guardó silencio por un par de segundos y luego dijo:
- Deja que me quede contigo.
Sherlock cerró los ojos de nuevo, resistiendo el impulso de decir que si y darle la bienvenida a las ruinas de su vida.
- No-. Dijo, John ya no era exclusivamente suyo, no podía ser tan egoísta si estaba tratando de hacer lo mejor para él. - Tienes una vida nueva, John, una esposa, posibilidades de tener una familia, conmigo siempre será lo mismo. Comidas mal preparadas, insultos, peligro, dormir en la calle, carreras a urgencias a las 5 de la mañana, irrumpir en morgues…
- Deja que me quede-. La voz de John sonó casi infantil. Entonces, finalmente habló su voz interior. No aquella que había dicho "si, acepto" hacia un par de meses, si no aquella voz oculta, guardada, callada en las capas más profundas de su ser, que ahora salía a empujones hacia la luz.
- Por favor, Sherlock, lo único que quiero estar contigo-. Solo después de decirlo, John se dio cuenta de que, en verdad, eso era lo único que quería.
Recordó tantos sueños reprimidos, en los que lo único que veía era a Sherlock hablándole, mirándolo, regresando a su vida. Al fin todo lo que desaparecía con la luz del día, todo lo que el mismo censuraba en su normal día a día, se veía liberado de manera consciente: Ya no era el único que sentía que esa amistad era algo más que eso.
Sherlock lo miró fijamente. John ya no era el mismo, ninguno de los dos eran los que habían sido en esos años. Ambos habían pasado por cosas horribles y se culpaban a sí mismos por todos los errores compartidos ¿Qué mejor base para su relación que la auto-culpa y un amor insano que los hacía saltar de edificios y recibir disparos por aquel a quien amaban?
La mano de John bajó decidida desde la cabeza de Sherlock hasta su cuello y mientras se acercaba para besarlo suavemente en los labios, tuvo la sensación de que aquel genio herido estaba a punto de cambiar nuevamente su vida y lo peor de todo era que se lo iba a permitir, e iba a disfrutar cada momento.
Fin del Capitulo Diez
como siempre, quejas, consultas, comentarios y apreciaciones varias son siempre bien recibidos.
Hasta la próxima semana.
Liz.
