Hola a todos y muchas gracias por leer y por sus comentarios en este fic y en el "Dos Navidades para Sherlock Holmes"

Alguien me preguntó en la vida real (si, esa misma vida fría y sin Sherlock hasta el 2013) qué música escucho mientras escribo.

Bueno, Undisclosed Desires de MUSE en un interminable loop con un poco de Sherlocked y algunas canciones de Josh Groban, pero debo confesar que para los últimos dos capítulos he estado usando el soundtrack de Orgullo y Prejuicio. Completamente recomendables todas ellas.

Nuevamente gracias a Ingrid por la corrección y ahora, sin mas preámbulos, el capitulo once.

La Tercera Ley

Capitulo Once

John despertó a media noche con un peso sobre su pecho.

En un momento de la noche, comenzó a llover. La habitación se templó con la presión de la lluvia, pero luego la temperatura descendió tanto que John se giró y se abrazó más a la figura tibia a su lado.

La lluvia y en general el horrible clima, hacían que la habitación se encontrara en semi penumbra. Los muebles no parecían los mismos de siempre, las paredes tenían un color extraño, el aroma era el de una habitación limpia, pero que no se usaba hacía mucho tiempo, la fresca esencia del invierno lo cubría todo.

Al girarse, sintió el tintineo de las monedas en su bolsillo y se dio cuenta que aun estaba completamente vestido, incluso con zapatos.

Recordó vagamente besar a alguien y haber sido besado, pero no con la ternura de siempre, sino con ansias, necesidad, desesperación. Recordó la sensación de dientes chocando con premura y una lengua deslizándose dentro de su boca de una manera inexperta que le hizo sentir como si tuviera 15 años de nuevo y besara a alguien por primera vez.

La sensación de que había algo importante que tenía que hacer flotaba en su mente, pero su cerebro solo pensaba en descansar. Algo había cambiado, como si se hubiese quitado un peso enorme de encima y estaba a punto de alcanzarlo, a punto de recordar que era. Pero las órdenes de su cerebro y su cuerpo eran abrazar más aquella fuente de tibieza a su lado y descansar, ambos le decían que al fin había llegado el tiempo de descansar.

Un par de horas después un trueno resonó sobre sus cabezas, como el bostezo de un león. John abrió los ojos justo a tiempo para ver como se iluminaba la figura a su lado.

Sentado en la cama, Sherlock tenía la cabeza entre las manos. Entonces, el recuerdo de la noche anterior se acercó a él como si avanzara a través de la niebla.


Se había acercado para besarlo y Sherlock no había retrocedido o negado, no había cerrado los ojos tampoco ni se había movido, John tomó su rostro ¿Qué más podía hacer? Ni si quiera tenía miedo de ser rechazado. Necesitaba ese contacto, era la única manera de estar seguro que todo eso era real y que no estaba mal interpretando la situación.

Podía decirle miles de cosas, cada una de las palabras que le había dicho a su tumba o de las que se había dicho a sí mismo, pero ese simple gesto llegaría mucho más rápido a su cerebro y John sabia que esa era la manera correcta de acercarse a Sherlock.

John pensó que por primera vez estaba siendo egoísta, solo quería encontrar consuelo en aquello que ansiaba más que nada: Tocar y al fin tener algo de Sherlock, aunque hubiese tenido que tomarlo a la fuerza. Lo cierto era que ese beso estaba siendo mucho más significativo para Sherlock que para él.

Era un gesto de consuelo y no pudo evitar sentir un escalofrió en su espalda cuando John lo tomó de los antebrazos, apretando tan fuerte como si quisiera cortar su circulación.

John no esperaba que Sherlock respondiera a su beso, mucho menos que se inclinara para deslizar su lengua hasta que ambas se encontraron y se empujaron dentro de sus bocas, como si se conocieran de toda la vida. Su temperatura le causó extrañeza, por alguna razón había pensando que el interior de la boca de Sherlock seria frío, ahora se daba cuenta de lo absurdo que había sido.

Lo tomó de los brazos firmemente, más de lo que había pensado, pero Sherlock no se quejó mientras lo hacía retroceder y chocar con la pared tras él.

Sherlock movió ligeramente las manos, pero no se atrevió a tocar a John, no se sentía con el derecho de interrumpirlo.

John lo miró a los ojos, separándose casi sin aliento y solo en ese momento Sherlock se dio cuenta de lo mucho que había extrañado aquel contacto.

Había tenido una vaga idea de lo que John significaba en su vida, pero tener sus labios presionados contra los suyos había dejado entrar una luz nueva, bajo la cual Sherlock vio aquellas reacciones viscerales de John, la compasión en sus ojos, la rabia que no podía controlar adecuadamente, la expresión severa y a la vez permisiva con la que lo miraba, lo corregía, lo entendía y lo amaba.

Sherlock bajó la cabeza. Quiso decirle todo lo que sentía. Las cosas antiguas y las cosas nuevas, algunas cosas ocultas y otras de las que se estaba dando cuenta recién ahora. Y ¿Por qué no? John había probado una y otra vez ser el único que siempre estaba ahí para él, aunque eso significara ser herido con alarmante frecuencia.

Pero lo único que Sherlock pudo decir en un susurro fue "lo siento" en una voz tan baja que John pensó que lo había imaginado.

John se dio cuenta que eran dos animales de la misma especie, podían aceptarlo o negarlo, pero ese día hacia tres años, habían caído juntos y ahora se pertenecían el uno al otro: Cazando, viviendo, esperando.

Porque siempre, al final del día, cuando el francotirador estaba en prisión, el psicópata muerto y las calles tranquilas durante un tiempo, todo se reducía a ellos dos, sentados uno frente al otro, sin si quiera sentir la necesidad de hablar.

John suspiró y apoyó la frente en el pecho del detective.

- Vamos a aclarar la situación.- Dijo John – Perdonarte y superar todo esto son dos cosas diferentes. Lo siento… siento todo lo que dije y te agradezco que me hayas salvado, te debo mi vida…

- No me debes nada.

- Escucha.- Dijo John, secamente, sus manos bajaron por los brazos de Sherlock en una caricia que no rompía el contacto en ningún momento. -Ya no importa, todo está bien, estas aquí, estás vivo, tenemos tiempo, todo va a estar bien. Pero hay que hablar de muchas cosas y la única manera de continuar es que me cuentes todo. Quiero saberlo todo.

John retrocedió y lo miró, recordó lo que le había dicho Mycroft, si en verdad Sherlock había hecho todas esas cosas horribles quería saberlo. Presentía que habían cosas de las que el hermano mayor ni si quiera estaba enterado. Tenía que haber algo que Sherlock solo pudiera contarle a él. Quería ser nuevamente la única persona en la que podía confiar. Lo necesitaba.

- Todo, Sherlock -. Repitió esperando una respuesta. -Quiero mirarte a la cara y saber que no me guardas ningún secreto-. John eligió muy bien sus palabras. -Quiero ser capaz de regresar a Baker Street, porque de verdad quiero regresar a Baker Street, y poder dar por superado todo esto…

- Yo…

Sherlock quería decirle que era muy valiente al decir todas esas cosas, cosas que él jamás se atrevería a decirle, que era justo lo que necesitaba, que durante todos esos años lo extrañó más de lo que pensaba podía extrañar a alguien vivo, que la imagen que se le venía a la cabeza cuando pensaba en Londres no era el Támesis que vio durante toda su vida, ni la siempre presente Torre de Londres o cualquiera de esos lugares comunes. Era él: John Watson sentado frente a la chimenea con una copa de Brandy y un libro que siempre estaba leyendo pero que jamás terminaba, porque solo abría un libro cuando algo lo tenía realmente enojado o preocupado y esa era una excusa para quedarse en la sala hasta que Sherlock regresaba de lo que fuera que estaba haciendo en la calle y que todas esas cosas lo estaban matando por que ahora sabia cuan valiosas eran.

- Lo que tú quieras.

John había sonreído ante su permisividad, el Sherlock de hacía tres años jamás habría dicho algo así, probablemente se habría enrolladlo en una sabana y habría dormido en medio de la sala con la chimenea apagada si eso era lo que quería y solo para demostrar que el siempre tenía la última palabra.

John movió sus manos hasta su cintura. Nunca lo había tocado, pero se dio cuenta inmediatamente de lo mucho que había cambiado su cuerpo y lo delgado que estaba. Sherlock abrió la boca para decir algo, pero John se le adelantó.

- Primero debes comer algo.

Sherlock siguió las órdenes sin decir nada.

Esperaron hasta que la cena estuvo servida en la mesa y solo cuando volvieron a estar solos, John puso una mano sobre su hombro y dijo:

- Tenemos tiempo.

Sherlock comió lentamente hasta que se sintió un poco mejor.

A pesar de que era una noche fría, John abrió una ventana para que entrara un poco de aire fresco y se fuera el ambiente a enfermedad inexistente, además quería observar un poco el paisaje antes de que la lluvia comenzara de nuevo. Todo parecía diferente. Respiró profundo.

- ¿No tienes hambre?-Preguntó Sherlock

- Ahora que lo dices, un poco.

Sherlock indicó la silla frente a él.

-Cuando te refieres a que tenemos tiempo… te refieres a hoy ¿verdad?

- Si-. John lo miró atentamente. - ¿Por qué?

- No quiero ser el responsable de un quiebre entre tu esposa y tu-. Dijo Sherlock simplemente, terminando su tostada y tomando otra.

- No es necesario que te preocupes por eso.

- Pero es tu matrimonio, John...

- Lo sé, mi matrimonio, yo lidiare con eso cuando llegue el momento.

-¿Entonces qué? ¿Pretendes que no me preocupe que puedas dejar a tu esposa? ¿La única cosa buena que te ha pasado en tres años?

-Lo cierto es que… mi matrimonio ha sido solo lo segundo en la lista-. Admitió John con una sonrisa amarga y mucha vergüenza.

- ¿A qué te refieres?

- A que no sabría como regresar con Mary ahora y fingir que todo es como antes, es una buena mujer, preferiría explicarle todo a mentirle.

Sherlock guardó silencio.

- Creo que si nosotros tuviéramos la misma relación de hace tres años no habría problema, te seguiría ayudando de vez en cuando, te visitaría, pero… después de todo esto-. John volvió a dejar la taza en el platillo sin si quiera habérsela llevado a los labios. – Todo esto… ¿Cuántas veces negamos todo esto?

- A mí no me mires, tú siempre negabas las cosas, yo jamás dije una palabra.

- Entonces, ¿Qué somos? ¿Dónde estamos? Estoy un confundido.

- Yo no-. Dijo Sherlock sonriendo y John sintió que el corazón se le hinchaba de felicidad al ver su sonrisa de siempre y esa mirada. La mirada que quería decir que él sabía exactamente lo que estaba pasando.

Sherlock se levantó y fue hacia la cama, arrojándose como un peso muerto, se tocó los labios. Había tenido razón en evitar todo tipo de contacto físico del tipo romántico con otras personas durante toda su adolescencia y vida adulta, no habría salido adelante de saber que un beso podía sentirse tan bien.

Aunque sospechaba que se sentía así solo porque era John. Como siempre, eso reafirmaba su teoría de que John había llegado a su vida en el momento exacto.

¿Cómo decirle ahora lo que sentía por él? ¿Había alguna posibilidad de que creyera siendo que el mismo lo había tachado de maquina? Pero por otro lado, John parecía sentir cuando Sherlock estaba siendo honesto.

John se sentó a su lado en la cama.

- ¿Por qué Moriarty te odiaba tanto?

Sherlock suspiró mirando al techo.

- No lo sé, pero no solo me quería muerto, me quería destruido, caído en desgracia. Y se aseguró que si yo salía con vida de ese edificio de igual manera gran parte de mi vida estaría destruida.

- Ahora estás hablando de mi ¿verdad?

- Si… y no

- ¿Y no?

- También tenía gente amenazando a la Señora Hudson y a Lestrade, por alguna razón.

- Ah…

- Pero la razón principal fuiste tú. Lo hice por ti.

- No es necesario que lo sigas diciendo, te creo-. John guardó silencio, pensativo. Por un momento sintió lo injusto que había sido vidas habían dependido de Sherlock.

Lo había dicho una vez en su tumba y se lo diría en la primera oportunidad que tuviera, ese hombre era un héroe. –Te encargaste de eso, ¿verdad? ¿Ninguno de ellos corre peligro?

- Claro que no. No estaría descansando si así fuera.

- Hablando de descansar, creo que deberías dormir.

John apagó la luz y cerró la ventana.

Por un momento Sherlock observó su silueta recortada contra la poca luz que entraba a través de las cortinas, todo se volvió tan intimo que le dolía. Se imaginó teniendo a John cuidando de él de esa manera pero en Baker Street de nuevo y por lo que le quedaba de tiempo en ese aburrido mundo.

John regresó a la cama, ni si quiera se sacó los zapatos, movió el cubrecamas de plumas y lo arrojó sobre Sherlock.

No perdió ni un segundo dudando, también se metió debajo y se acercó a él. Lo abrazó como si tuviera pleno derecho a hacer todo lo que quisiera sin pedir permiso ni la opinión del detective. Sherlock cerró los ojos y encontró la manera de encajar su cuerpo con el de John. Ni si quiera le preocupó que la puerta hubiese quedado sin seguro o por no tener su arma bajo la almohada.

- Si quieres hablar aquí estaré, escuchando. Susurró John. Y estaré aquí cuando despiertes.

Sherlock había pasado tres años haciendo cosas que jamás había hecho y que había esperado no tener que hacer. Muchas de esas cosas lo habían destruido por dentro y lo habían convertido en alguien diferente, sin embargo, el intentar algo por primera vez y tener éxito le provocaba una sensación de poder que no experimentaba desde sus tiempos de universidad, cuando puso a prueba en el mundo real sus teorías y la aplicación de sus métodos de deducción por primera vez.

Había desarrollado un gusto por el nuevo conocimiento, incluso si se trataba de cuanto podía elevarse su umbral del dolor, de cuanto tardaban en curarse sus heridas, de lo determinado y hasta cruel que podía llegar a ser bajo presión, de la cantidad de golpes que podía soportar antes de caer inconsciente, cuantos días podía soportar sin comer o dormir.

Ahora que la vida recuperaba su cauce más o menos normal, estaba ansioso por continuar con ese aprendizaje con cosas más mundanas pero igualmente extrañas para él. Comenzando por clasificar cada sensación que le producía la cercanía de aquel que jamás lo había abandonado.

John puso su mano sobre su cabeza nuevamente, pasando sus dedos por su cabello en un lento movimiento.

Sherlock se negó a pensar en las veces en las que esas manos habían tocado el cuerpo de otra persona, supuso que, de saberlo, le causaría el mismo sentimiento que él provocaría en John si le confesara que había matado con sus propias manos. Las mismas manos que lo estaban abrazando se habían encontrado en un momento, no hace mucho, cubiertas de sangre hasta los codos. Hombres horribles, culpables de los crímenes más atroces y que amenazaban con su vida, pero eso no cambiaba el hecho de que los había matado él y que tenía que vivir con eso.

- Maté a 17 hombres-. Dijo de pronto y John reaccionó estoicamente, aunque sintió sus ojos llenarse de lagrimas su tono de voz no varió ni un ápice.

- Estoy seguro que se lo merecían. Si no lo hacías tú lo habría hecho alguien más.

Sherlock cerró los ojos de nuevo. La calma que le daba la voz de John y su manera de dar su opinión como si fuera un hecho indiscutible lo ayudaba a relajarse.

Lo perdonaba, John le perdonaba todo.

Sherlock decidió que si tenía que vivir a la sombra de aquella mujer rubia que John había elegido, lo haría.

Se conformaría con ser el segundo en la lista por que ya no valía la pena pelear por nada más, incluso un poco del amor de John le bastaba, incluso si esa fuera la única vez en sus vidas que compartían un momento tan íntimo como ese. Sherlock podía retirarse a su departamento y seguir su vida con el recuerdo de que, por una última vez, John le perteneció y él fue el centro de su atención.

Había destruido a Moriarty y se consideraba afortunado de sobrevivir, al margen de haber sido el gestor de su propia salvación, las cosas podrían haber sido mucho peores y lo sabía. Parte de él sabía que los retos que ahora venían hacia el no serian dignos de su tiempo después de haber lidiado con un criminal tan brillante.

Se sintió secretamente mal al aceptar que James Moriarty le había dado justamente lo que quería: una experiencia nueva y valiosa, pero lo compensó sabiendo que había salido de ella como un hombre nuevo y le había servido para poder mirar a John y en general a todas las personas a su alrededor de una manera diferente.

Sherlock se consideró, por primera vez en su vida, un hombre afortunado. Y con ese pensamiento se durmió.

Y así estuvo, hasta que la lluvia lo despertó.


John se sentó en la cama. Sherlock seguía con la cabeza entre las manos.

- ¿Estás bien?

- La lluvia-. Susurró Sherlock

Lo había despertado la lluvia.

Ahora dormía más, pero cualquier ruido ponía su cerebro en modo de alerta e incluso el sonido de las pequeñas gotas chocando con la ventana lo habían sacado de su sueño.

- ¿Te despertó la lluvia? – Preguntó John.

Sherlock se volteó a mirarlo y casi sonrió. ¿Cómo lo hacía para entender tan bien lo que pasaba dentro de él?

- Así que ahora comes y duermes como una persona común y corriente-. Dijo John tratando de aparentar normalidad. -¿Algún otro acto humano que estés experimentando por primera vez?

Sherlock volvió a recostarse, John ya no podía ver su rostro, solo adivinar su silueta a su lado y escuchar su respiración.

- Creo que sí.

John guardó silencio por un par de minutos ¿estaba bien hablar? Parecía que Sherlock tenía muchas cosas que decir, eso esperaba, pero por primera vez daba la impresión de no saber por dónde comenzar.

Decidió ayudar un poco, estaba seguro que Sherlock le diría si no quería hablar de ciertas cosas aun.

- Mycroft me contó algunas cosas…

- Estoy seguro que si

- ¿Te molesta?

- No.

- Todo fue algo bastante general, como… como…

- Mycroft trató de justificarme ante ti, ¿verdad?

- No, nada de eso.

Sherlock lo miró a través de la oscuridad, su vista no era mejor que la de John pero sus instintos si, sabía que el doctor lo estaba mirando y como lo estaba mirando.

- Te extrañé -. Dijo con voz herida y por un momento John pensó que estaba llorando. Sherlock también.

Su voz se sentía tan humana, tan vulnerable, fue como si cada defecto de Sherlock se hiciera presente y John lo amó más por eso. Al darse cuenta de lo que estaba pasando extendió su mano hasta alcanzar la de Sherlock.

Por primera vez lo sentía como un igual, ni mejor ni peor, ni si quiera diferente. Completamente igual, quizás la persona más parecida a él en todo el amplio y extraño mundo.

- Te lo contaré todo, lo prometo.

- ¿Incluso lo más desagradable?

- Incluso aquellas cosas de las que ni si quiera Mycroft sabe.

John sonrió. Un rayo de luna se coló entre las nubes cargadas de lluvia y por un momento la habitación se iluminó. John se fijo en las manos de Sherlock, cubiertas por muchas marcas finas. Las cicatrices parecían profundas y antiguas, paso sus dedos sobre ellas.

- Quiero saber cómo te hiciste esas heridas-. Dijo no como una pregunta, sino como una demanda.

- Me metí donde no debía.

- Tienes muchas.

- Me metí muchas veces.

- Se ven dolorosas, ¿con qué te las hiciste?

- No lo son realmente.

- No me mientas.

- No podría, te lo prometí.

John sonrió.

-Fueron cuchillas de bambú.

- ¿Te torturaron?

Sherlock miró los dedos que acariciaban su piel, le enviaba corrientes eléctricas. Volteó su mano y tomó la de John.

- Quédate. Dijo en un suspiro ignorando la pregunta.

- No. Dijo John. ¿Por qué?

- Quédate-. Repitió Sherlock simplemente.

-No, Sherlock

- Si, John.

- No puedo, no ahora.

- Pero si quieres.

Sherlock no dejaba de mirarlo atentamente, ¿Por qué no dejaba de mirarlo?

- No te estoy pidiendo que abandones a tu esposa, dile que estas en medio de algo importante.

- No es a cerca de ella-. Dijo John evitando decir el nombre de Mary, ¿Cómo podía nombrarla cuando estaba compartiendo cama y confesiones con el hombre que siempre había estado en la cima de su lista de prioridades?

- Te necesito, John.

John siempre había pensado que Sherlock tenía un cortocircuito entre el cerebro y el corazón, por no mencionar su afición a decir las cosas más inesperadas en los momentos más inadecuados. Siempre pensó "no siente como los demás, no piensa como los demás" pero esa petición, esas tres simples palabras demostraba lo equivocado que había estado, Sherlock necesitaba lo mismo que el resto de los mortales y sabia que si la situación hubiese sido al revés, él también le estaría rogando que se quedara.

Esas palabras, las podría haber dicho cualquier otra persona y John las habría ignorado, las podría haber dicho Mary y John se habría subido al auto de Mycroft de todas maneras, lo sabía. Pero Sherlock…

Sherlock diciéndole que lo necesitaba, aunque John lo supiera desde mucho antes, el solo hecho de escucharlo lo hacía dudar de todo.

- No importa-. Dijo Sherlock. -No tienes que decidirlo aho...

-También te extrañé. También te necesito-. Interrumpió el doctor

- Lo sé, te vi dormir en mi cama.

John pestañeó, sorprendido.

- Tu… ¿Qué?

- Te dormiste en mi cama… muy revelador, John-. Dijo Sherlock sin poder evitar molestarlo un poco, solo un poco.

- Y tú me observaste dormir-. Dijo John en un tono que sugería que ambos tenían tejado de cristal en ese contaba con la sinceridad de Sherlock, que solo asintió.

- Siempre te observo dormir.

De pronto, ambos se dieron cuenta que estaban demasiado separados. En un movimiento que pareció sincronizado, Sherlock se acercó más a John, quedando con la barbilla del doctor apoyada en su cabeza y sus brazos rodeándolo.

- Quédate, solo por hoy-. Dijo Sherlock. -Ayúdame a descansar y mañana regresaremos a

Londres juntos, entonces podrás seguir con tu vida, no te pediré nada más.

- Aun tienes muchas cosas que contarme.

- Bueno, desbaraté la red de Moriar…

- No hablo de eso.

- No entiendo.

- Quiero saber cómo te sentiste, mientras lo hacías, mientras resolvías aquel gran problema de Moriarty, ¿en qué pensabas? ¿Qué sentías?

De alguna manera John quería que Sherlock le dijera que se sentía mal, tan mal como él se había sentido. Habría sido perfecto, pero Sherlock era Sherlock y la vida le había dado otro tipo de dolor.

- Al principio no sentí nada.

- ¿Nada?

- No. Tampoco pensé que serian tres años que sería difícil, pero contaba con la ayuda de Mycroft. Al final no sirvió de nada más que para el dinero. Obviamente mis cuentas estaban bloqueadas, así que dependía exclusivamente del dinero que él me daba. Cuando comenzaron a pasar los meses y me di cuenta que todo era más difícil de lo que había creído, pensé en regresar y pedirte ayuda, pero Sebastián Moran estaba en Londres y no tenía la más mínima duda de que estaría encantado de ponerte una bala en la cabeza.

Después, cuando las cosas se calmaron un poco y los más grandes de la red de Moriarty estuvieron en prisión o muertos,quise volver, pero Mycroft me lo impidió… gracias a Dios, no habría soportado estar aquí, aunque en ese momento no lo sabía.

- ¿Saber qué? ¿Qué pasó en ese momento?

- -. Dijo Sherlock moviéndose para poder mirarlo. -Te casaste con Mary.

- Oh.

- La verdad, no me habría importado mucho en ese momento, como te dije, estaba con la mente en otra parte, pero eventualmente me habría dado cuenta de que te había perdido para siempre y...

- No me perdiste para siempre, estoy aquí, ¿verdad?

- Pero ¿Por cuánto tiempo?

John no contestó. Comenzó a mover su mano por el cabello de Sherlock de nuevo y el detective cerró los ojos.


En su sueño estaba cayendo de nuevo, esta vez sin ningún tipo de plan B y con la absoluta certeza de que John moriría si no estaba ahí para protegerlo.

Despertó a los pocos minutos después, con los ojos llenos de lágrimas y las uñas enterradas en la espalda de John.

- Shhh, estoy aquí. Dijo John. La poca luz de día que entraba ahuyentó sus pesadillas.

- Te vi llorar en el cementerio. Dijo Sherlock en un susurro.

- Solía llorar en todas partes.

- Pero lo hiciste bien, sobreviviste.

- Tu también. John besó su frente.- gracias.

Sherlock durmió de manera intermitente hasta pasado el medio día, cuando John decidió que era hora de salir de la cama y hacer algo, estirar las piernas y comer un poco.

- Tenemos que tomar una decisión.-. Dijo John cuando Sherlock salió de la ducha.

Comenzó a vestirse hasta que regresó a la normalidad. Un Sherlock que se veía más o menos como el que habitaba en Baker Street hacía tiempo.

John ni si quiera se dio cuenta que no había despegado los ojos de él mientras se vestía.

- ¿Acerca de qué?-Preguntó Sherlock mirándose en el espejo y tratando de arreglar su cabello.

John fue hacia él y le ayudó a arreglar el cuello de su camisa.

- Bueno, en realidad la decisión la tengo que tomar yo…

- Ya te dije que no quiero que arruines todo lo que has ganado solo por mí, lo único que quiero es que te quedes conmigo hoy y cuando regresemos a Londres podrás...-

Sherlock guardó silencio, John terminó con su cuello y sonrió.

- Necesitamos un poco de luz, dejó de llover, aprovechemos de dar un paseo.

El pequeño parque del hotel se encontraba desierto, más que nada porque estaba todo tan mojado que nadie se habría sentido a gusto ahí. Pero había cierto encanto en las flores inundadas y en las nubes que aun amenazaban con soltar un poco más de lluvia.

Sherlock se sintió miserable. John estaba con él, pero ¿por cuánto tiempo? Le había dicho un día, pero un día no era suficiente, a menos que en ese día pudiera resumir la vida que quería pasar junto a él.

John se detuvo frente a una fuente, Sherlock se quedó a su lado, mirando el agua y entonces, sin previo aviso, comenzó a hablar.

Le contó todo. De cómo dio con el extremo de la red de Moriarty y la emoción de la caza del primero de sus asociados. Como entonces se había dado cuenta de la cantidad de dinero y el calibre de los "favores" que le pedían a James era algo que él no había alcanzado a dimensionar.

Habían redes corruptas en todas partes.

Moriarty tenía pequeños trazos de su telaraña en cada pequeña localidad, en cada gobierno del primer, segundo y tercer mundo. Impedía que las ayudas humanitarias llegaran a los países que las necesitaban para debilitar a pueblos y naciones enteras. Causaba enfermedades a líderes de bandos molestos y misteriosas muertes a grandes figuras y no solo en la política, también en el arte y en la vida diaria.

Bajo su mandato se negaban y entregaban premios, obras de arte desaparecían sin dejar rastro. Se vendían propiedades, se demolían edificios nuevos y ciudades completas se convertían en pueblos fantasmas. En sus laboratorios se creaban enfermedades nuevas y también las curas. Primero liberaban el virus y después sus mismas compañías vendían las vacunas.

El dinero era solo una parte, el poder que Moriarty tenía era suficiente para volver loco a cualquier hombre.

Sherlock sabía que Moriarty estaba tras todas esas cosas pero ¿Cómo comprobarlo? En ningún registro aparecía su nombre, el maldito había sido sumamente cuidadoso con desligarse de cada una de sus actividades terroristas.

Al fin de cada pista, James Moriarty era solo un ciudadano Irlandés más, con una cuenta bancaria que había engrosado por la cantidad de premios que había recibido debido a sus trabajos en el área de las matemáticas y la astronomía.

Sherlock aprendió que James había sido un hombre sumamente educado, inteligente, que tenía un cerebro de primer orden, pero también poseía la insana necesidad de hacer el mal y de probarse a si mismo que tan lejos podía llegar, que tan ingenioso podía ser, que tanto mal podía causar en el mundo solo por el placer de hacerlo.

John tomó su mano, seguían mirando el agua de la fuente. Ninguno se dio cuenta cuando comenzó a llover de nuevo.

- Éramos tan parecidos que me asustó-. Dijo Sherlock. – Por primera vez en la vida no quería saber qué era lo que me esperaba más adelante porque temía encontrarme con alguna pista, algún detalle, algo que nos hiciera más parecidos de lo que ya éramos… la única manera de probarme diferente era terminando con todo lo que él había hecho. Destruir todo su legado, todas sus redes-. Sherlock suspiró. -Eso me tomó tres años.

John no dijo nada, pero sostuvo su mano más firmemente, como una señal para que siguiera hablando y así lo hizo.

Sherlock le contó de las innumerables veces en las que su vida estuvo en peligro, en la única vez en la que estuvo seguro que no vería otra vez la luz del sol y la preocupación constante de borrar sus huellas para que nadie supiera que estaba vivo.

De los cambios que había tenido que hacer, de la vez en la que se cortó el cabello y se lo tinturó para que nadie lo reconociera.A pesar de que estaba acostumbrado a los disfraces, esa vez había sido un poco más permanente que ponerse una peluca y un traje. Adoptó una identidad nueva. Algún día le mostraría sus papeles, su nombre falso y toda su vida ficticia.

Le contó de cómo su brazo derecho había sufrido más que el resto de su cuerpo, se había dislocado el hombro y también había sufrido un corte profundo. Le dolía si lo levantaba y temía que ya no podría volver a tocar el violín como antes.

Relató como lo habían torturado un par de veces y de cómo toda esa pesadilla había llegado a su final.

Le habló del mensaje que recibió de Molly, que había llegado justo a tiempo y que durante todos esos días entre el fin de su cacería y esperar el momento apropiado para capturar a Sebastián Moran, solo podía pensar en una cosa y en una cosa nada más.

- Solo podía pensar en ti, pero te desvanecías en cuanto alguien me hablaba. Nunca tuve tiempo para pensar, para darme cuenta de lo mucho que te necesitaba, ahora lo sé.

John tiró de él y lo abrazó.-Todo va a estar bien, todo volverá a ser como antes, lo prometo.

Sherlock apoyó su frente en el hombro de John, pero no lo abrazó. No quería lo mismo de antes pero no se atrevería a tomar más de lo que John le estaba ofreciendo. Se separó de él y comenzó a andar hacia el hotel.

- Sherlock…

- Nos estamos empapando, mejor regresamos.

De regreso en la habitación, Sherlock se sentó en el sofá, John se quedó de pie junto a él.

- Tienes que sacarte esa ropa mojada o te enfermarás

- ¿Es una orden?-. Dijo Sherlock con una sonrisa triste.

- Sí.

John le pasó un pijama con el logo del hotel y Sherlock comenzó a cambiarse.

- No importa lo que pase, siempre estoy en pijamas.

- ¿Para qué quieres vestirte como si fueras a salir de esta habitación?- Dijo John tomando la ropa de Sherlock y poniéndola a un lado, ordenadamente.

- Necesito volver un poco a la normalidad…

- ¿Cuando has sido normal?

Sherlock se había sacado la camisa y John pudo ver las cicatrices en su espalda, una de ellas la cruzaba en diagonal. John se le acercó.

- ¿Estas bien?-Preguntó Sherlock levantando una ceja

- Sí. No me había sentido tan bien en mucho tiempo.

- Bueno, me alegra que…

Sherlock dejó de hablar cuando sintió los labios de John de nuevo sobre los suyos.

Esta vez el beso duró menos que antes, Sherlock ni si quiera alcanzó a reaccionar, pero cerró los ojos justo cuando John se separaba de él.

- Tenía que hacerlo.

John tomó la parte de arriba del pijama que Sherlock aun tenía en sus manos, y la dejó caer al piso. Después lo giró. Entonces Sherlock supo de inmediato que le habían llamado la atención sus cicatrices.

- ¿Cómo te hiciste esta?- Dijo John trazando la línea de la herida con su dedo. Los músculos de Sherlock vibraron con el toque.

- Me falló el cálculo.

- Sherlock…

- Alguien trato de cortarme a la mitad con una espada.

John apretó los dientes, pero no dijo nada. Movió su mano hacia su cintura, unas marcas rojas y grandes como dedos habían marcado su pálida piel.

- ¿Y estas?

- Ni si quiera sabía que tenía algo ahí.

- Sherlock, esto es… ¿es un tatuaje?

En la parte baja de la espalda de Sherlock, se asomaba una pequeña flor de lis.

- Eh… sí.

- ¿Por qué te tatuaste algo así?

John puso dos de sus dedos sobre el tatuaje, era muy pequeño y la textura era suave, por un momento se olvidó que estaba tocando a Sherlock concentrado solo en el pequeño símbolo de color negro.

- Necesitaba estar seguro de que, si me pasaba algo, Mycroft reconocería mi cuerpo por muy desfigurado que quedara… también tengo una en el tobillo por si se les ocurría desmembrarme…

- Sherlock…

- Era necesario, John.

John no dijo nada, miró el pequeño dibujo y cerró los ojos. Temió que jamás podría resarcir lo que le había pasado a Sherlock durante esos tres años. ¿Cómo se suponía que lograría hacerlo volver a la normalidad si había vivido tanto tiempo bajo la constante amenaza de ser desfigurado y descuartizado y no solo eso, había aceptado que era una posibilidad tan real que se preparó para ella?

- ¿John, qué…?

Sherlock guardó silencio cuando sintió la boca de John presionarse contra su cuello. Un beso que duró un segundo.

John se retiró y se inclinó para tomar la parte de arriba del pijama, se la tendió a Sherlock, después se sacó la chaqueta y se acostó en la cama.

El detective lo miraba como si acabara de golpearlo, con los ojos verdesazul tan abiertos que parecían irreales, capturando toda la luz de la habitación. Aun sentía la tibieza de sus labios en su piel como si lo hubiese marcado con un hierro al rojo vivo.

Se movió lentamente, su mano encontró el interruptor y apagó la luz, eran cerca de las cinco de la tarde, pero las nubes habían encapotado nuevamente el cielo. La escasa luz lo guió hasta que llegó a la cama y se acostó a su lado.

- ¿Hay algo más que quieras decirme?-Preguntó John

- No lo creo. ¿Hay algo más que quieras preguntarme?

- Hay algo que quiero contestarte.

- Ah, la pregunta de Mycroft.

- Sí.

- Dijiste que la respuesta era no.

- ¿Quieres adivinar cuál es la pregunta?

John sonrió a su lado y Sherlock hizo una mueca divertida. Su mano buscó la de John, inconscientemente tratando de encontrar un poco de consuelo.

- Dime.

- Me preguntó si era feliz con Mary, me dijo que si la respuesta era no viniera inmediatamente contigo.

- Ese idiota-. Bufó Sherlock.

- ¿Qué? Creo que ha sido lo más acertado que ha hecho en mucho tiempo.

- Le dije que no te forzara a tomar ninguna decisión.

- No lo hizo, cuando llegué aquí aun no tenía nada decidido.

- Y ¿en qué momento te diste cuenta?

- Cuando pensé que estabas muriendo de nuevo, idiota.

- Ah, si… perdón por eso.

John sonrió de nuevo, la voz de Sherlock aun sonaba como si le costara pedir perdón, dentro, en las profundidades de su alma herida, todavía se encontraba el mismo Sherlock de antes, solo tenía que llegar a él.

En la oscuridad, ambos sintieron que esa era su última oportunidad para hacer bien las cosas. John se acercó a él y posó sus labios sobre los de Sherlock mientras su mano acariciaba su mejilla.

- Entonces ¿me perdonas?-Preguntó Sherlock y su voz sonó como la de otra persona, alguien lleno de miedo y angustia. Dos sentimientos que habían sido habituales para él durante los últimos años pero que aún no lograba dominar.

John no dijo nada, besó su frente y sus mejillas, sus manos tomaron las de Sherlock, entrelazando sus dedos ¿es que acaso no se daba cuenta? ¿Realmente no se daba cuenta de todo lo que sentía?

- … Te amo, Sherlock…

Dijo en voz baja y una vez más, solo su nombre rompió algo dentro de su corazón.

Besó cada centímetro de piel expuesta y cuando eso no fue suficiente tiró de la parte superior de su pijama desnudándolo nuevamente, recorriendo con sus dedos las pequeñas heridas, cubriéndolas de besos.

La textura de su cuello era mucho más suave de lo que había esperado pero sus manos no. Sherlock había tomado su rostro para poder besarlo y John notó que sus manos ahora eran ásperas y temblaban.

Las tomó y trató de calmarlas con más besos, era lo único que podía hacer, ya no quería decir nada. ¿Qué más podían decirse?

Sherlock dejó escapar un ruido herido, John besó sus mejillas y sus ojos cerrados, llevándose con sus labios las lagrimas que habían aparecido.

Sherlock movió sus manos, deslizándolas bajo el sweater de John, su piel se sentía tan cálida, tan familiar a pesar de no haberlo tocado jamás antes.

Abrió la boca nuevamente, iba a decirle algo muy importante. Iba a decirle que casi se olvida de sus ojos, de su voz y que había tenido miedo de no verlo nunca más. Que todo lo que pudiera darle le pertenecía, que era estúpido y estaba perdido sin él, que todo a su lado tenía sentido. Pero decidió no decir nada y buscar sus labios.

- John…

John escuchó a Sherlock gemir su nombre y de pronto no había nada más en todo el mundo, nada más que esa voz inundada de un deseo que, estaba seguro, Sherlock no alcanzaba a comprender del todo.

No deseaba nada más en el mundo, solo esa voz. Se dio cuenta que de tener a Sherlock, aunque fuera una sola vez, agotado y consumido por ese deseo, gimiendo su nombre sería suficiente para ayudarlo a afrontar las consecuencias de las decisiones que estaba por tomar y que cambiarían toda su vida.

Marcó un camino de besos desde su pecho hasta su estómago, sonriendo deleitado ante la variedad de gemidos que daba el cuerpo bajo él.

- John…

Jamás pensó que su nombre podía convertirse en su palabra favorita en los labios de Sherlock, ni en todos los matices en los que podía ser dicho.

- ¿Si? ¿Quieres algo en particular o solo estás gimiendo mi nombre?

- John, por favor…

Sherlock se sintió completamente dominado por John, no solo porque estaba sobre él, con su mano a medio camino de la cintura de sus pantalones y su boca pegada a su cuello, si no porque sabía que él podía hacer lo mismo. Podía cambiar roles y ser él quien lo volviera loco por solo un momento. John lo había contagiado con su propio deseo, había despertado dentro de él las ansias de tocar y ser tocado a través de su propia necesidad.

Podía imaginar muy bien de qué manera el habría hecho gemir a John, pero no estaba completamente seguro de…

De pronto, la mano de John sumergida en sus pantalones cortó el hilo de sus pensamientos. Todo se volvió oscuridad. Apretó los ojos y sus manos torcieron las sábanas hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Sus nervios se dispararon, consiente de cada célula de su cuerpo.

El aire a su alrededor no fue suficiente, abrió la boca para atrapar el aire que necesitaba, pero John la cubrió con la suya, sin darle ni un momento de respiro, mientras su mano se deslizaba sobre su carne en movimientos acompasados.

No supo cuando tiempo estuvo ahí, tendido bajo John, moviéndose de vez en cuando para acompañar el ritmo de su mano, sin saber qué hacer ni con su boca ni con ninguna parte de su cuerpo, que se había convertido en un amasijo de sentimientos y sensaciones.

No había ningún pensamiento coherente del cual asirse, ni un rastro de actividad neuronal en todo su cerebro. Sintió el ruido de su palacio interior desmoronándose, buscó algo de lógica para analizar esa situación y no fue capaz de encontrar ni un solo pensamiento, ni una pieza de información, absolutamente nada. Su asombrosa inteligencia lo había abandonado y lo había convertido en una excitada masa de químicos y sentimientos.

Todo era tan simple y complicado a la vez, tratar de hablar se había vuelto una tarea imposible y sentía el corazón a punto de explotar dentro de su pecho.

Sintió los labios de John en su cuello y luego sobre su boca, Sherlock movió las manos y las puso en su espalda, aferrándose a él, desesperado.

Susurró el nombre de John con voz herida, perdiendo el control de sus pensamientos una vez más.

- Shhh, tranquilo, estoy aquí-. Dijo John con una voz completamente calmada.

Sherlock apretó los dientes, abrazando a John mucho más cerca, gimiendo en su oído con una voz tan ronca que John estuvo seguro que estaría sin habla al día siguiente.

Para silenciarlo lo besó, suavemente en los labios mientras su mano subía y bajaba, apretaba un poco y lo acariciaba, en un acto tan íntimo como habría sido abrir su pecho para observar el corazón de ese hombre que muchos creían una máquina.

Todo terminó tan rápidamente como había comenzado. Para Sherlock, esa deliciosa agonía de no saber nada y no poder pensar en nada más que en el placer llegando a él a través de corrientes eléctricas, había sido tan breve como un suspiro y tan eterno como esos tres años solo.

Sintió como John lo abrazaba de nuevo y besaba su frente. El mundo a su alrededor se volvió frio mientras su corazón recuperaba el ritmo normal.

John se movió hasta quedar a su lado, sin soltarlo y lo beso una vez más. Sherlock se relajó en sus brazos hasta que sintió que el doctor se movía.

Fue al armario y sacó un pijama nuevo, luego regresó junto a él. Sherlock lo tomó sin decir nada y se cambió, limpiándose con los pantalones sucios y descartándolos de inmediato.

Los arrojó al suelo y regresó a abrazar a John.

- Estos no somos nosotros ¿lo sabes, verdad?-Susurró Sherlock.

- ¿A qué te refieres?

- A que mañana regresaremos a Londres y tu volverás a ser el mismo John Watson que has sido durante los últimos tres años

- Si hablas del John Watson que vive pensando en ti y que estuvo a punto de quitarse la vida. Entonces sí.

- No puedes…

- Pensé que te referías a que el Sherlock que yo conocí habría pensado que el sexo es aburrido y nada más que química básica y primitiva. Que el amor es un defecto.

- No lo sé, ya te dije que no estoy seguro de cómo funciona mi cerebro… las cosas por las que he pasado…

- Bueno, yo también he pasado por muchas cosas, eso no quiere decir que esté mal. Sherlock, ese día lo demostraste, hace tres años, cuando saltaste, que no está mal sentir amor, que nos hace hacer cosas estúpidas pero que veces esas cosas son estúpidas y nobles al mismo tiempo. Sherlock hizo una mueca de dolor- Las personas evolucionan, Sherlock, cambian y después de todo, tú y yo… no somos más que personas.

Sherlock cerró los ojos.

-Gracias-.Susurró antes de que el sueño lo arrastrara.

Esa noche sería la primera en mucho tiempo en la que dormiría de corrido hasta la mañana y en la que ninguna pesadilla se presentaría para perturbarlo.

Fin del Capitulo Once

Gracias por leer y espero sus comentarios.

Liz.