Hola nuevamente.
Siento que tardé años en escribir este capítulo y aun así es tan corto.
Mi vida ha sido un completo caos y la única válvula de escape que tengo es escribir a cerca de esta extraña/maravillosa relación de mis adorados Sherlock y John (Tercera Temporada! ¿por qué estás tan lejos?)
Este capítulo es, básicamente, un remanso de paz para Sherlock y John, la calma antes de la tormenta, por decirlo de alguna manera.
Mil disculpas por la espera y sin más les dejo con el capitulo 12.
La Tercera Ley
Capítulo Doce.
John dejó caer su cabeza sobre la almohada, respirando tan agitadamente que le dolía el pecho, las costillas, la garganta, el diafragma y varios músculos que ni si quiera recordaba que tenía.
Sabía que le dolían diferentes partes del cuerpo, aunque difícilmente podría haberlas nombrado si alguien se las preguntaba, mucho menos indicar donde estaban.
Después de pasar toda la noche y parte de la madrugada con el cuerpo tenso y el alma en un hilo, John al fin había conciliado el sueño, aunque solo por unos breves momentos. Lo despertó una inusual sensación de frio.
John se había pasado las últimas cuatro horas bajo el intenso escrutinio del detective, siendo presionado, tocado, probado, manejado como si no tuviera voluntad propia, arrastrado y sacudido a lo largo y ancho de la cama del hotel. Había estado a punto de declararse el perdedor de fuera cual fuese el juego que Sherlock estaba jugando, pero solo el detective sabía las reglas y John tuvo la sensación de que no tenía la más mínima intención de decírselas.
Parecía que la meta de Sherlock esa noche, había sido hacer que John perdiera el control tal y como él mismo lo había perdido bajo sus manos, pero había llegado aun más lejos. John notó un poco de rencor en su mirada. Sabía que al detective no le gustaba que los demás tuvieran una influencia demasiado fuerte sobre él, ni en su mente ni en su cuerpo y John había irrumpido en ambos lugares al mismo tiempo. Algo imperdonable.
Pero lo que pareció rencor por un momento se desvaneció tan rápido como había aparecido.
Sherlock había resultado ser un amante sumamente posesivo y que necesitaba tener un conocimiento absoluto acerca de qué cosas hacían temblar a John, que lo hacía gemir, gritar, apretar los dientes, suspirar, que cosas cortaban su respiración y que cosas se la devolvían.
John estuvo bastante seguro de que Sherlock se había formado una gran base de datos esa noche. Suficientes como para llenar una maldita ala de su Palacio Mental. El ala "John Watson" pensó John con la mente en otra parte, tratando de recuperar la calma y riendo un poco.
En cuanto cerraba los ojos, la boca de Sherlock se pegaba a su antebrazo o a su cuello y ahí se quedaba un momento. John ni si quiera le había prestado atención hasta que se dio cuenta que Sherlock estaba tomando su pulso. Lo hizo varias veces esa noche, mientras John se encontraba en diferentes estados de desesperación.
¿Cuánto tiempo más iba a durar todo eso? John casi se arrepentía de haber comenzado. Pero de un momento a otro todo se detuvo. Ambos estaban demasiado exhaustos para continuar y John se sentía feliz de no haber tenido que gritar por una tregua.
El doctor se giró a mirarlo y sus ojos se encontraron por un segundo. Sherlock hundió el rostro en la almohada y cerró los ojos, por primera vez se sentían igualmente cansados.
Cuando John despertó supo por qué tenía frio, Sherlock estaba al otro lado de la cama, dándole la espalda.
Movió su mano y enganchó la sábana con uno de sus dedos, deslizándola. La piel de Sherlock seguía siendo completamente perfecta para él, a pesar de estar cubierta de heridas blancas, finas y antiguas. Repasó mentalmente algunas cremas cicatrizantes y unos viejos trucos de la profesión que podría probar para eliminar esas marcas. No sabía si a Sherlock le gustaría la idea de deshacerse de ellas, pero a él definitivamente le agradaba la idea de embadurnar aquellos músculos felinos con algo que lo ayudara a mitigar la apariencia dolorosa de las cicatrices.
Deslizó la sabana más abajo, hasta dejar a la vista el pequeño tatuaje. Iba a poner un dedo sobre el dibujo cuando el cuerpo de Sherlock se estremeció ligeramente.
- ¿Estás despierto?- Susurró John. La respiración de Sherlock era prácticamente inaudible.
- Si-. Dijo simplemente.
- ¿No pegaste un ojo en toda la noche, verdad?- esta vez Sherlock se tardó más en responder.
- No estoy cansado - John puso los ojos en blanco, pero sonrió.
- ¿En serio? Después de todo…- John se detuvo a media frase, Sherlock medio giró para verlo.
- ¿Todo? –
- Todo – Dijo John a falta de otra palabra, parecía que el lenguaje se le escapaba cuando estaba bajo esa mirada.
- Es una actividad física como cualquier otra - Dijo girándose completamente y John pensó que tenía toda la razón. Si Sherlock podía pasar varios días sin comer y sin dormir a la caza de los peores criminales de Londres (o del mundo, por lo visto) debía tener la misma resistencia para pasar toda la noche…
- John - La voz de Sherlock lo sacó de sus pensamientos.
- ¿Hum?
Sherlock se movió y quedó recostado a su lado, mirándolo de una manera extraña.
- ¿Estás cansado?.- no era eso lo que quería decirle, pero tenía dudas con respecto al cómo expresar esas nuevas cosas que sentía.
John estaba agotado como no lo había estado jamás en la vida, ni si quiera podía darse el ánimo para responder. Sherlock cerró los ojos. Demasiadas emociones los habían dejado en igual estado de cansancio, con la energía totalmente consumida por la cantidad de emociones y sensaciones en tan corto periodo de tiempo.
Por primera vez en su vida, John fue tan consciente como Sherlock de cada detalle, de cada pista en el cuerpo frente a él, había podido leer los deseos y necesidades en el cuerpo blanco y herido del detective como si estuvieran escritas con marcador sobre su piel. Cada temblor, cada suspiro, cada toque estaba conectado y John había podido verlos y satisfacerlos. Y por eso estaba exhausto.
Sherlock había registrado cada uno de los detalles y los había procesado debidamente, igual como cualquier otra pieza de información, así actuaba su cerebro siempre entrenado. Pero esa noche, con una mirada John le cortó la respiración, con un beso húmedo, afiebrado le había detenido el pulso, con sus dedos demasiado inquietos había interrumpido los engranajes de su cerebro. La experiencia había sido aterradora e igualmente maravillosa y había exprimido su energía casi completamente.
John cerró los ojos también. Aun sentía la lengua de Sherlock en su cuello, sus dedos deslizándose por su espalda. Aun sentía la presión sobre sus caderas, cosquillas en los tobillos (quien iba a pensar que él podía sentir cosquillas en los tobillos) la sensación en su cuero cabelludo que le decía que alguien lo había tirado con ternura muy recientemente. Y la certeza que había pasado toda la noche con un nombre en los labios: "Sherlock"
- Necesitas dormir - Dijo Sherlock
- ¿Qué?
- Estas agotado.
- No, yo… sí - Se rindió sin ánimos de nada. - ¿Por qué estás tan lejos? - Dijo bostezando.
- Tú eres el que está lejos - Dijo Sherlock como explicándole que no dependía sólo de él.
John movió su mano hasta los rizos oscuros y desordenados, jamás había visto a Sherlock en ese estado. Ciertamente lo había visto recién levantado y después de un mal día, había sido testigo de sus diferentes estados de ruina y ninguno era más exquisito que verlo con los rizos revueltos después de una noche con él. Sonrió, pero su rostro se volvió nuevamente serio mientras lo miraba directamente a los ojos. Todo a su alrededor se volvió difuso.
John tiró de su cabello mientras se acercaba, Sherlock hizo una mueca de dolor que se apagó al sentir los labios de John sobre los suyos. John movió su mano y tocó ligeramente la de Sherlock, luego entrelazó sus dedos.
La mayoría de sus ex novias concordarían, si alguien alguna vez se los preguntara, en que John era un excelente novio. Cariñoso, pero no muy atento en los detalles. Del tipo de persona que toma tu mano cuando van por la calle, que se toma su tiempo para besarte pero que olvida tu cumpleaños o si tienes o no un perro. Con Sherlock él jamás cometía esos errores.
Sherlock no dijo nada y cuando John se separó de él, no se movió. Cuando John se quedó dormido tomando su mano Sherlock pensó en que había hecho lo que había podido por tratar que John tuviera una vida normal y había fracasado ¿llegaría el día en el que John le reprocharía el haber irrumpido en una vida que estaba casi formada?
Sherlock sabía que no.
Nuevamente le había dicho que podía ser peligroso y John seguía con él.
Se habrían quedado otro día en cama y habrían perdido el avión, si John no hubiese estado tan hambriento. La noche anterior no había probado bocado y se sentía como después de correr una maratón.
Llamó al servicio de habitaciones, pero Sherlock se negó a comer. John lo dejó y se entretuvo mirando como el detective revisaba los siete periódicos que había hecho que la mucama le llevara.
Por un momento todo pareció perfecto, ambos pensaron que podrían pasarse la vida así, de hotel en hotel, buscando asesinos y criminales, engañando al mundo y teniendo generosas cantidades de peleas y reconciliaciones.
- Nada, nada… ¡nada! - Dijo Sherlock ojeando el último periódico y lanzándolo al suelo. – Esta ciudad es tan aburrida - Echó la cabeza hacia atrás por un dramático momento y luego volvió a mirar a John. - Quiero irme.
- Esa es la idea - Dijo John, mascando una tostada con mantequilla. - El avión sale a las cinco.
- ¿Ya compraste los boletos?
- Los reservé a tu nombre mientras te duchabas.
Sherlock lanzó un suspiro apagado mientras se miraba las uñas.
- No quiero irme en avión - John tomó un trago de té y puso cara de interrogación. - Hay un tren que sale de Cardiff a las 19:00, llegaríamos de mañana a Londres y tendríamos tiempo para hablar.
- ¿Quieres hablar?
- Tenemos que hablar, tenemos que ponernos de acuerdo en muchas cosas.
- ¿Cómo cuáles?
- De eso hablaremos en el tren, termina de comer.
Sherlock tomó un periódico descartado desde el suelo y John terminó de comer. La razón por la que el detective hojeaba y hojeaba periódico tras periódico era porque, de haber algún asesinato/misterio/crimen, su presencia estaría justificada al menos por un día más en esa ciudad, con John, como antes. Pero no encontró nada, es decir, había crímenes de poca monta, pero Sherlock no iba a gastar su tiempo en ellos, por muy reacio que estuviera a regresar a Londres.
John, aun en la bata que se había puesto después de ducharse, se recostó a su lado y Sherlock se puso muy tenso.
Una vez Sherlock le había dicho a Mycroft que el sexo no lo incomodaba y era verdad. El acto en si ni si quiera le intrigaba y creía que era una de las actividades más básicas y fáciles que podía realizar un ser humano ya que para llevarla a cabo era necesario dejar la mente en blanco y actuar básicamente por instinto. Eso hasta la noche anterior, cuando había descubierto que había cosas que parecían fáciles pero que de todas maneras valía la pena experimentar.
No, el sexo no lo incomodaba, pero sí la intimidad que lo seguía. Lo aterraba estar con una persona que lo conociera tan bien, porque todo el que lo conocía bien terminaba alejándose.
John notó como Sherlock dejaba de pestañear.
- No te voy a morder - Dijo tomando uno de los periódicos. - Aunque debería, como venganza - Sherlock hizo una mueca divertida.
- No recuerdo haber escuchado que te quejaras… oh, espera, si lo hiciste - John frunció el ceño pero estaba sonriendo.
- Di lo que quieras, no fui yo quien estuvo a punto de gritar por ayuda.
- Ah, ¿necesitabas ayuda?
Ambos rieron al mismo tiempo. Sherlock tenía desparramadas a su alrededor algunas hojas de periódico que había encontrado interesantes, John las arrojó todas al suelo.
- Si te quieres ir en tren entonces tenemos tiempo
- ¿Para qué?
- Para estar juntos, así - Dijo John recostándose y mirándolo. No había algo que hiciera sentir a Sherlock más expuesto que cuando John lo miraba de esa manera, se sentía como un cadáver en medio de una autopsia y no le gustaba, aunque supuso que se acostumbraría algún día. Dios, quería acostumbrarse.
También se recostó para mirar a John y se quedaron un momento así, en silencio ¿Qué más podían hacer? Ya se habían dicho de todo, John lo había golpeado y después le había dicho que lo amaba, aunque Sherlock lo sospechaba desde hacia tiempo, después de todo, le había disparado a un asesino en serie a través de una ventana, había sido secuestrado por la mafia china y no había huido, había sido secuestrado por una mente maestra y atado a un chaleco con explosivos y había continuado con él, lo había usado como sujeto en un experimento y ahí estaba, le había hecho pasar tres años horribles y ahora compartían una extraña relación extramarital. O era muy tonto o lo amaba mucho.
Sherlock sonrió y John frunció el ceño.
- ¿De qué te ríes? - Sherlock solo suspiró.
- Casado con mi trabajo...- Dijo simplemente y John soltó una risita ahogada.
- Bueno, yo soy parte de tu trabajo.
- Por supuesto, debería haberme dado cuenta antes.
- También yo, aunque creo que éramos los únicos que no lo habíamos notado.
- Normalmente no confío en el juicio de los demás.
- Claro, necesitábamos la intervención de un criminal que te obligara a fingir tu propia muerte. Nada es fácil contigo ¿eh?
Sherlock se le acercó, de alguna manera tenía que vencer la leve incomodidad de estar tan cerca de otra persona, ¡por todos los cielos, era John!
Se había pasado toda la noche haciéndole cosas terribles a ese cuerpo, provocando temblores y gemidos que le habían causado a él mismo tanto placer como a John ¿y ahora no podía acercarse? ¿Por qué sentía que John lo alejaría si lo intentaba? ¿Por qué sentía tanta inseguridad si sabía que John necesitaba tanto el contacto físico como él?
El doctor sonrió, leyendo en el rostro de Sherlock exactamente lo que estaba pasando en su mente. Quizás no tenía sus sentidos detectivescos tan exacerbados como Sherlock, de hecho lo poco que podía deducir de otras personas normalmente estaba tan condenadamente errado que Sherlock se revolcaba en su sillón de la risa, sin embargo el rostro de su amante era un libro abierto para él. Se acercó y lo besó.
- No es justo - Dijo Sherlock inmediatamente
- ¿Qué cosa?
- Yo quiero hacerlo, lo necesito.
John no dijo nada y se quedó muy quieto, como si Sherlock le hubiese gritado. El tono de voz que había empleado le había recordado a un niño pequeño, frustrado por no poder hacer algo pero empecinado en lograrlo, le causo gracia, pero ni si quiera sonrió.
- Sherlock, después de todo lo que me hiciste anoche, no me puedes decir que te da vergüenza.
- No es eso.
- Entonces ¿qué?
- Anoche yo… estaba experimentando contigo, tú lo sabes, pero hoy es diferente, todo es diferente.
- Esa es la gracia, si todo fuera igual no sería entretenido.
- ¿Entretenido?
- Sherlock, esto no tiene que ser como un experimento, no puedes repetirlo siempre en las mismas condiciones.
- Pero… no se…
John se le acercó y lo besó de nuevo. - No voy a perder tiempo esperando a que te decidas.
- John…
- No, escucha. Siempre te he obedecido en todo, cuando no quieres compartir un taxi porque te molesta que hable, tomo otro o me voy a pie, cuando necesitas el congelador de la nevera para guardar partes humanas, me llevo mi comida a otra parte, cuando necesitas ocultar algo por si a Lestrade se le ocurre allanar el departamento, siempre puedes contar con la tabla suelta debajo de mi cama, siempre estaré ahí para alabar tu habilidad deductiva y ayudarte en lo que necesites, pero en esto mando yo y si te digo que por una vez en tu vida dejes de pensar y solo actúes (en algo que no sea tirarte de cabeza contra algún delincuente) lo haces, porque ahora somos amantes y tienes que confiar en mi ¿entendido?
Sherlock levantó una ceja, hasta la parte de los amantes lo había entendido todo bastante bien.
- Amantes - Repitió con un tono de voz neutro. No me gusta esa palabra.
John suspiró.
- ¿Me pusiste atención?
- Claro que sí, no seas tonto, John, siempre he confiado en ti.
- ¿Entonces?
- No puedo actuar cómodamente si las condiciones son siempre diferentes.
- ¿Entonces siempre necesitaras que sea una fría y oscura noche en Cardiff para acostarte conmigo? Sherlock será mejor que te acostumbres, porque todo lo demás siempre va a variar. En este experimento, tú y yo somos las únicas constantes.
John tomó su mano y la besó, deslizó sus dedos por el antebrazo mientras sus labios acariciaban su muñeca sin separar sus ojos de los de Sherlock.
- Trata de no pensar.
- Eso es impo- ¡auch! - John lo mordió ligeramente.
- Obedece.
Sherlock se encontró completamente fascinado por aquel tono de voz, le recordó vagamente la feliz ocasión en la que John había usado su rango militar para sacarlos de problemas. Guardó silencio y tomó la mano de John, también llevándola a su boca.
- Todo lo que hice anoche - Susurró- no recuerdo casi nada.
- Yo sí - Dijo John, sonriendo. - Y por Dios, haré que pagues por cada vez que me cortaste el aliento.
Sherlock no pudo evitar sonreír también, pero era una sonrisa casi maligna.
Esta vez todo fue diferente y Sherlock se encontró cómodo con los cambios, no estaba seguro de poder dejarse llevar de nuevo de la misma manera, pero estaba equivocado.
A plena luz del día, con las nubes dejando al fin pasar un poco de luz y la horrible sensación de que se acercaba la hora de regresar a Londres, todo se volvió mucho más intenso que antes.
John se sentó sobre sus caderas y abrió la parte de arriba de la bata, dedicándose varios minutos solo a lamer su cuello hasta que a Sherlock le dolieron los músculos por tener la cabeza hacia atrás durante tanto tiempo.
Luego, Sherlock se encontró haciendo lo mismo. Soportando el peso de John con sus brazos pegó su boca al cuello del doctor, tratando de borrar con su lengua las marcas que el mismo había hecho la noche anterior. Mientras las manos de John bajaban hasta su cintura, afirmándose de sus caderas, colando sus manos entre las sabanas.
Hasta el final de sus días, Sherlock se sentiría fascinado de cómo, solo con sus manos, John era capaz de hacerlo perder el control. Se encontró respondiendo a los mismos movimientos, como si de un espejo se tratara.
Ambos sentados, uno en frente al otro. John con una pierna a cada lado del cuerpo de Sherlock y sus caderas muy juntas. Sherlock movía su mano sobre la piel de John hasta llegar a aquella parte sensible, el origen de todos sus gemidos y estallidos de placer y no dudó ni un momento en tomarla firmemente, con los mismos dedos inservibles que ya no le respondían cuando quería tocar violín, pero pronto se dio cuenta que podía tocar a John, tocarlo como si fuera un instrumento de precisión.
El doctor se olvidó de lo que estaba haciendo, una vez más, Sherlock lo dejaría agotado, pero esta vez fue diferente.
Sherlock lo mantuvo aferrado a él, con la boca pegada a su cuello y su mano subiendo y bajando lentamente. John le hechó los brazos al cuello e inclinó la cabeza hacia atrás. Había algo soñoliento y melancólico en todo, algo de "última vez" y un poco de "deja grabarme tu cuerpo en la memoria para cuando no estés conmigo". John quiso decirle que siempre estaría con él, incluso cuando no estuviera de manera física, que nada en el mundo lo obligaría a dejarlo solo, pero solo pudo enterrarle las uñas en la espalda al tiempo que se derramaba en su mano y susurrar un "te amo" desfalleciente, en su oído.
Sherlock lo miró, con las mejillas encendidas y los ojos extremadamente brillantes. Le susurró algo en francés y después lo arrastró con él de regreso a la cómoda horizontalidad. John no se movió desde donde estaba y dejó que Sherlock lo abrazara y depositara suaves besos en su frente.
Sherlock, besándolo en la frente. Esa era una hazaña.
No tenían nada que empacar, así que simplemente se ducharon, se vistieron y salieron de la habitación.
Ambos sabían que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran sentirse así de libres y estar así de juntos. John pensó en todas las cosas que le había dicho a Sherlock en esa habitación y se dio cuenta que le quedaban muchas más que decir, sintió pánico de no poder hacerlo, ese era el momento.
El detective estaba en el pasillo, esperando que saliera, pero John se quedó donde estaba.
- ¿Que sucede?
John se pasó la lengua por los labios.
- Te amo - Dijo, como si eso lo resumiera todo, pero no era así, se esforzó en encontrar las palabras adecuadas. - No me importa lo que pase de ahora en adelante, encontraremos la manera de hacer que esto funcione. No quiero estar con nadie más, nunca más, solo contigo y si vuelves a desaparecer de mi vida te mataré, ¿entiendes?
A otra persona podría haberle sonado a exageración, pero Sherlock entendía perfectamente. El tono de John ya no era herido, era certero y casi dolía lo sincero que estaba siendo. Sherlock Lo miró muy serio y asintió. Extendió su mano hacia él.
- Me lo merezco.
Una vez en el tren John se estiró a su lado, bostezando. Sherlock lo miró de reojo.
Había algo interesante, diferente, pensaba Sherlock, cada vez que estaba con John. Era, hasta la fecha, la única persona que jamás lo había aburrido.
A veces lo exasperaba y otras veces estaba casi seguro de que le habían otorgado su grado medico debido a su adorable rostro, pero al final del día, el único con quien en verdad quería estar era con él.
John apoyó la cabeza sobre el hombro de Sherlock y se quedó dormido rápidamente.
Sherlock sintió ganas de despertarlo, pero tenía que dejarlo descansar. Hacia solo algunas horas se había entretenido comprobando que el cuello de John contenía sus nervios más sensibles, de hecho, el cuerpo entero de John era muy básico y respondía a los mismos estímulos de todos los demás seres vivos: amor, excitación, caricias. Y, Sherlock se asombró al descubrir que su cuerpo también respondía a las mismas cosas.
Al fin de cuentas, era un animal más, el interior podía ser diferente pero en el exterior también era tan simple como todos.
Cuando John despertó se quejó de que le dolía todo el cuerpo y estuvo doce minutos caminando por el pasillo hasta que la pierna que tenia dormida despertó por completo.
Sherlock lo observó con su mejor cara de paciencia y trató de abordar el tema que lo tenía preocupado de la mejor manera posible.
- No quiero que dejes a tu esposa.
John sonrió.
- No lo haré - John disfrutó por un momento la expresión de horror en el rostro de Sherlock, pero desapareció tan rápido como había aparecido. Aun es tan inseguro, pensó John.
- Eso…
- Sherlock, escucha - John tomo su mano. - No la voy a dejar porque ella me va a dejar a mí. Estoy seguro.
- ¿Por qué?
- Llevo dos días desaparecido sin dar señales de vida, mi esposa es una buena mujer pero no es una santa, se que lo que he hecho es imperdonable, al menos debería haberla llamado… lo que haré será aceptar las consecuencias de mis actos y dejarla ir, es lo mejor para todos.
- Pero ella te ama…
- No sé a quién pretendes engañar con eso de "no quiero que dejes a tu esposa" Sherlock no depende de ti y sé que quieres que me quede contigo.
- John…
- Basta.
Sherlock regresó su atención al libro que estaba leyendo, tenía planeado hablar de muchas cosas en ese viaje, tratar de que John recuperara su vida normal era sólo el primer paso.
- Entonces renuncia a tu trabajo.
- No - Dijo John inmediatamente. - ¿Qué?
- Renuncia a tu trabajo, trabaja conmigo de nuevo.
- Sherlock…
- No puedo regresar a hacer todo esto solo.
- Pero es mi trabajo, Sherlock.
- ¿Se trata de dinero?
- No, bueno, sí, pero no es lo que me preocupa.
- Jamás pensé que algo como el dinero nos iba a mantener separados…
- No es eso. Dijo John, un poco molesto.
- Te ofrezco un sueldo entonces, lo que sea que te estén pagando en el hospital.
- Sherlock…
- Mas el 40 por ciento de mis casos y tu sabes que no me pagan mal.
- No es a cerca del dinero.
- ¿Entonces?
- Es mi trabajo Sherlock, es lo que hago, es lo que soy.
- Esto también es importante.
- No estoy diciendo que no lo sea, pero necesito mi trabajo.
- Y yo te necesito a ti, John, 24 horas, siete días a la semana, igual que antes, te necesito a mi lado y no aceptaré un no por respuesta.
John sonrió a pesar de lo desagradable que se estaba volviendo esa situación ¿Cómo le hacía entender que lo amaba pero que no podía vivir en función suya? Y ¿Cómo entender esa frase de un hombre que recién hacia menos de cinco minutos le había dicho que regresara con su esposa?
- De verdad que estas muy confundido. Suspiró John.
- no, no lo estoy. Te necesito. Además, según recuerdo, hace pocas horas declaraste que eres parte de mi trabajo…
- Está bien… está bien - Dijo John, rindiéndose - ¿Por eso querías regresar en tren, para tener tiempo de convencerme?
- No. Sabía que dirías que sí.
- No, por un momento pensaste que regresaría con Mary.
- Habrías sido un hombre sabio de haberlo hecho, y nunca has sido un hombre sabio.
La conversación se extendió por las siguientes horas, ninguno decía cosas muy coherentes, se repetían lo mismo una y otra vez: harían que eso funcionara y seguramente funcionaría porque ya lo habían hecho antes, y si antes todas las personas pensaban que eran pareja y todo iba bien ¿Cómo no iba a resultar ahora que era verdad?
John tenía muy claro que no pretendía reemplazar su vínculo de amistad por el de amantes, una cosa era la lealtad y el compañerismo, y otra muy diferente era el amor y la pasión que había descubierto sentir por Sherlock. Se creyó capaz de mezclarlo todo.
Sherlock ya no sonreía, solo miraba por la ventana. No se dio cuenta cuando se quedó dormido.
John le puso una chaqueta entre su cabeza y el vidrio, Sherlock siguió durmiendo como si nada pasara.
Al llegar a la estación John se acercó a despertarlo, pero se detuvo a observarlo hasta que el detective sintió que la nave bajo sus pies no se movía y abrió los ojos.
- Ya llegamos - Susurró John con una voz que parecía preguntar "¿listo para afrontar todo lo que se nos viene encima?"
Fin del capítulo 12
