Antes de comenzar, unas breves palabras:
Este capitulo era mucho más largo, pero decidí dividirlo en dos para arreglar algunos detalles en el final y para que al fin John y Sherlock tuvieran su capitulo propio, dedicado solo a ellos y sin toda la angustia previa ni otras personas interrumpiendo.
Por lo mismo, este no será el capítulo final. Las cosas se están alargando un poco más de lo que había planeado y al menos tendremos un par de capítulos más.
Perdón por la tardanza, pero al fin les dejo el capitulo 15.
Capitulo 15
John estaba sobre Sherlock, bajo él y en todas partes al mismo tiempo.
Estaba dentro de su piel y fuera, en su cuerpo y en su cerebro, impidiéndole pensar claramente.
Sherlock sentía sus manos en cada rincón. Tocando y presionando frenéticamente y se sorprendió respondiendo con los mismos movimientos. Sus manos buscaban desesperadas algo dónde sujetarse y lo único que parecía haber en el mundo era John, el cuerpo de John, la respiración de John, siempre John.
- ¡John!
Sus miembros parecían tener un poco de vida propia, pues él era solo capaz de sentir lo que ellos sentían, pero no de controlarlos conscientemente. Al más mínimo esfuerzo por tratar de manejar aunque fuera un dedo, su cerebro se venía abajo y Sherlock ya no era Sherlock, o al menos su cerebro ya no era el mismo que todos conocían como suyo y que siempre le había servido con precisión y frialdad. No, su inteligencia parecía estar congelada en el tiempo mientras sus manos palpaban la suave textura del estómago de su amante, y su frente se cubría de sudor. Su boca (que parecía un poco más informada de lo que estaba pasando que el resto de su cuerpo) respondía con prontitud los besos y hasta se tomaba el tiempo para gemir de vez en cuando.
¿Cómo hacía eso? Sherlock no era consciente de haberle mandado la orden de que dijera algo y sin embargo ahí estaba, gimiendo y de vez en cuando lanzando una palabra, una sola palabra, un nombre que se repetía como una llamada que siempre estaba realizando en su interior y que ahora salía como un eco.
- ¡John!
Sí, no existía nada más. Solo un nombre y la sensación de que su cuerpo estaba a la deriva en la más increíble de las situaciones justo en el momento en el que su cerebro lo había abandonado.
Pero aun sin su cerebro, su cuerpo era un alumno aventajado. La inteligencia de Sherlock no solo residía en sus neuronas, también lo hacía en sus instintos y su cuerpo estaba comportándose de una manera maravillosa, una manera que jamás creyó posible. Sherlock Holmes estaba ignorando las señales y las pistas y las deducciones y solo estaba enfocado en el cuerpo sobre él.
El pulgar de John acariciaba sus labios, un trato suave a pesar de la furia con la que el resto de su cuerpo estaba embistiéndolo. Sherlock abrió la boca y lo apretó entre sus dientes, su lengua, que hace poco exploraba los rincones de la boca de John, ahora jugaba con su dedo, mordiéndolo quizás con demasiada fuerza.
John sonrió, claro que Sherlock no podía verlo, la luz estaba apagada. Él mismo detective había insistido en eso, diciendo que en la oscuridad los sentidos se agudizaban y otras explicaciones científicas y fisiológicas que ya no podía recordar.
Sentía como si hubiese dejado su cerebro en el suelo, con el resto de su ropa.
La cama crujió cuando las manos de John se deslizaron por sus caderas y más abajo. Sus dedos parecían tan diestros como los de Sherlock y este dio un salto.
Ya no estaba nervioso ni en desventaja debido a su ignorancia en el tema. En ese momento ambos eran expertos el uno en el otro y Sherlock vio como todas sus preocupaciones y suposiciones eran desmentidas una a una excepto por un detalle: el dolor.
Era mucho más intenso de lo que había pensado, pero, fascinado, se dio cuenta que el dolor había despertado en su cuerpo respuestas aún más vívidas relacionadas al placer que las que produjeron ciertos experimentos anteriores entre él y una jeringa con cocaína.
El dolor inicial dio paso a una sensación de mareo debido al vaivén desacompasado de la cama. Sherlock estaba demasiado tenso, así que en cada movimiento John tenía que luchar por salir y regresar a la tibieza del interior de su amante, provocando gemidos heridos.
Pero cada vez que John decía algo como "¿quieres que me detenga?" Sherlock enterraba sus uñas en su espalda y apretaba sus piernas alrededor de sus caderas.
- No… estoy bien.
Terco, como siempre. Pensó John y se escuchó su risa ahogada en medio del silencio de Baker Street. A lo lejos una sirena policial les indicaba que el mundo no se había detenido y Sherlock estuvo casi seguro que su teléfono sonaría en cualquier momento. Pero no fue el suyo sino el de John el que irrumpió en ese momento casi sagrado.
Sherlock se congeló por un momento.
- No…
La pregunta era "¿no vas a contestar?" pero él no terminó la frase y John no dijo una palabra.
John, como siempre y a pesar de todo, tenía sus prioridades puestas en Sherlock y en nada más.
- Ah… ¡John!
En la tenue luz que se colaba en la habitación, John se esforzó por ver los ojos de Sherlock, pero se dio por vencido cuando se dio cuenta de que este los tenía cerrados.
Se inclinó un poco, haciendo que los músculos de su espalda se quejaran enviando una suave sensación de ardor a su cerebro, y besó la frente de Sherlock en una caricia que, por lo tierna que resultó, estuvo casi fuera de lugar.
- Te advertí que sería doloroso.
El sonido que salió de la garganta de Sherlock fue un gruñido que en realidad no significaba nada.
Era cierto, John se lo había advertido esa tarde mientras comían algo y Sherlock, acostumbrado como estaba a siempre tener la razón, eliminó todos los problemas con un gesto de su mano.
- La sodomía no es algo que me haya llamado jamás la atención, John. -Dijo haciendo que medio Speedy's se diera vuelta a mirarlo y que John casi se ahogara con su café.- Pero es una actividad física como cualquier otra, el cuerpo humano está preparado para actos dolorosos de esa índole y personalmente tengo un umbral del dolor bastante alto.
Luego de eso no volvió a dirigirle la palabra.
Estaba molesto porque la pista que siguieron no los había llevado a ningún lugar y dedicó la última media hora en despotricar contra los miembros de Scotland Yard, el personal del hospital y cuanta persona se cruzó en su camino. Luego se quedó sentado en el sofá hasta que dieron las 7 de la tarde y John sintió hambre. Increíblemente Sherlock prefirió bajar con él a Speedy's y no quedarse sentado en silencio como solía hacerlo.
John había expuesto su caso con tacto y elegancia. Siempre pensó que el mal humor de Sherlock se debía a la frustración, el genio del 221B de Baker Street tenía poca tolerancia a la frustración y él conocía muchos tratamientos para eso, ¿el mejor? Pues (y en esta parte John se ruborizó un poco no por lo que estaba diciendo sino por la mirada que Sherlock: una mezcla entre interés y expectación dignos de un niño de 6 años) el sexo a él siempre le había dado resultado.
Después de todo, ahora eran una pareja consolidada y conocían lo peor el uno del otro ¿Por qué no compartir problemas y luchar juntos contra los males que les aquejaban a nivel personal?
Media hora y una taza de café después ahí estaba John, reescribiendo la idea completamente errónea que Sherlock tenía a cerca del sexo como la actividad física más inútil y tediosa jamás inventada por el hombre.
En el cerebro de Sherlock, las experiencias sexuales con John habían sido catalogadas de "completamente satisfactorias". Cualquier actividad que entrara en esa categoría usualmente era abandonada por Sherlock. Sus experimentos eran la prueba más firme de eso: si un experimento salía mal, Sherlock lo repetía hasta que se encontraba satisfecho con los resultados, caso contrario volvía loco a John con explosiones, intoxicaciones y viajes a urgencia a las tres de la mañana. Pero una vez que el experimento daba resultado, Sherlock no volvía sobre el mismo camino. Anotaba sus conclusiones, las catalogaba y almacenaba en su palacio mental y continuaba con algo diferente.
Lo único que se escapaba hasta el momento era su violín. Sherlock podía ejecutar piezas de Chopin y de Vivaldi con absoluta y maniática perfección, pero no dejaba de tocar las mismas melodías una y otra vez porque, a pesar de estar bien interpretadas, cada vez había algo diferente, una sensación diferente al presionar las cuerdas, al hacer vibrar las notas, sus dedos que conocían las melodías y las tocaban a la perfección, de alguna manera lograban darle un tono completamente diferente a la música.
Con John le pasaba exactamente lo mismo.
Sherlock lo conocía mejor de lo que conocía a cualquier persona, mucho mejor de lo que se conocía a sí mismo sin duda y aun así estar con él era una experiencia diferente cada vez. El resto de sus actividades no eran así, el resto del mundo no era así.
Podía deducir donde había estado durante el día, la clase de pacientes que había atendido, si Harry lo llamó y si las noticias fueron buenas o malas. Pero al instante siguiente, cuando Sherlock dejaba de deducir cosas a cerca de John, se revelaba una persona completamente diferente. Alguien que le sonreía cuando los demás lo censuraban, alguien que corría junto a él en vez de alejarse. Sherlock se estaba acostumbrando a las reacciones de John, las sabía todas. Sus gestos, sus palabras. Sabía que opinaba a acerca de un asunto sin la necesidad de preguntarle, entonces ¿Por qué John lo atrapaba de esa manera?
- ¡Ah! ¡John!
Sherlock gimió una y otra vez. Los brazos de John temblaban tratando de sostenerlo y el teléfono volvió a sonar.
John se quedó quieto un momento, aquello era diferente a todo lo que había hecho antes, y Dios sí que había hecho cosas antes. "en el ejercito se aprende de todo" le dijo una vez un compañero de armas y después de haber pasado por tres continentes y haber disfrutado de los encantos de todo tipo de mujeres, John no podía menos que pensar que se había pasado por alto unas de las clases más importantes.
De sus labios se escaparon algunos sonidos entrecortados. No habían pasado más de un par de minutos aunque no podía estar seguro ya que todo estaba oscuro, pero John sentía que estaba a punto de terminar. Movió su mano hacia el calor de la entrepierna de Sherlock y frotó la punta de su miembro lentamente mientras se hundía más en su cuerpo. Sherlock había movido sus manos hasta el cabello de John, tirándolo con suavidad o fuerza dependiendo del dolor que estuviera sintiendo en ese momento.
- John… yo
- No hables.
- Pero…
- Shh. No hables.
John lo besó de nuevo y mordió su labio inferior, tratando de hacerlo callar. La voz de Sherlock resultaba inquietantemente afrodisiaca en algunas ocasiones, como esa misma noche, mientras se sacaba con calma la ropa y le iba explicando por qué regresaron al hospital y su frustración al no encontrar nada. Pero había otros momentos en los que John simplemente no podía prestar atención a sus palabras.
John movió sus caderas, retirándose un poco del cuerpo de Sherlock. La fricción los hizo gemir al unísono y el detective se aferró a la espalda del doctor. El vaivén hizo que la cama crujiera, las cortinas se movieron un poco por la brisa nocturna y Sherlock recordó vagamente que estaban en su habitación.
Sherlock escuchó como John apretaba los dientes por un momento y luego trataba de absorber todo el aire que podía.
- ¿Estás bien?
- Sí... ¿y tú?
John no contestó, se inclinó más, haciendo caso omiso del dolor en su espalda y en su hombro y lo besó de nuevo y de nuevo y otra vez. Esparciendo pequeños besos sobre sus labios y en las comisuras de su boca.
Al fin comenzaron a moverse al mismo ritmo. El cuerpo de Sherlock dejó de oponer resistencia y John, sosteniéndose con los brazos a cada lado del cuerpo de Sherlock, decidió que eso aún no podía acabar. También cerró los ojos.
En el silencio de la habitación lo único que John percibía claramente era el sonido del roce de sus cuerpos y la respiración agitada de Sherlock mezclándose con la suya.
El detective puso una mano en el pecho de John y a través de su palma, sintió su corazón acelerado, desbocado, al borde de la taquicardia. Deslizó sus dedos a lo largo de sus brazos sintiendo los músculos en tensión.
Los movimientos de John se volvieron más pesados, más lentos. Su respiración más agitada y su mano arrancaban gemidos más desesperados de la garganta del detective.
- Sherlock…
Susurró y en respuesta recibió una caricia en la oscuridad. Las puntas de los dedos de Sherlock recorrieron su mejilla y la línea de su mandíbula, moviéndose hacia su cuello y delineando su clavícula.
Era tan delicada, tan suave que John sintió que su corazón se detenía por un momento, su cuerpo entero se detuvo un segundo antes de dar el último salto hacia la nada, hacia la dulce inconsciencia del orgasmo y el bendito momento en el que todo se transformaba en nada, en absolutamente nada.
No habían casos ni misterios, ni una ex esposa furiosa y decepcionada de él, no había Baker Street ni tres años pensando constantemente en Sherlock, ni siquiera estaba Sherlock, es decir, estaba, pero no era él. Era otro ser en sus mismas condiciones, pero John no lo sentía como una entidad aparte, sino dentro de él, tanto, que Sherlock Holmes pasaba a formar parte de la definición de John Watson. No había el uno sin el otro y John lo comprendió mientras se dejaba caer sobre el cuerpo de Sherlock, respirando agitado y a penas consciente de que su amante se había tardado unos pocos segundos en seguirlo a aquel mismo lugar de vacío y revelaciones.
John abrió los ojos, un poco asombrado por la cantidad de pensamientos que inundaban su mente. Usualmente nada pasaba por su cerebro durante el momento en el que caía en la cama con alguien hasta que se levantaba de ella. Miró a Sherlock y vio su perfil dibujado contra la luz de la madrugada. Dios, ¿cuánto tiempo había pasado?
Sherlock tenía los ojos cerrados y una leva patina de sudor cubría su piel pálida, se veía como si estuviera tallado en mármol, lo único que delataba la vida en él era su respiración. John recordó aquella leyenda griega de Endimion y Selene. Endimion iba a ser joven por siempre pero Selene (malvada como eran a veces las diosas de la antigüedad) se cansó de él y lo puso a dormir eternamente. John lo imaginó así durante un momento. Vivo, pero dormido por siempre.
Sherlock abrió los ojos y lo miró como nunca antes. Había recuperado el aliento lo suficiente como para dar la cara y aceptar que había estado más que equivocado durante gran parte de su vida con respecto a muchas cosas.
Pero las palabras que salieron de su boca no fueron las que quería decir y lo sorprendieron tanto a él como a John.
- Te amo.
Susurró. Ambos se miraron por un momento.
- De verdad...
- Claro que sí.
- Quieres…
- No
- Estás….
- Sí.
- Sherlock, déjame hablar.
- Lo siento.
- También te amo.
Lentamente John abandonó el cuerpo de Sherlock y hundió su rostro en su cuello, aspirando aquel aroma que había pensado que nunca más iba a sentir. Sintió como el cuerpo de Sherlock se tensaba de nuevo y un breve gemido escapó de sus labios al sentir movimiento nuevamente.
Con movimientos expertos John se quitó el condón, le hizo un nudo y lo arrojó a la papelera junto a la cama, Sherlock lo observó con ojos de esmeralda más brillantes y despiertos de lo que jamás habían estado y la boca ligeramente entreabierta, mientras su cerebro recuperaba sus facultades cognitivas perezosamente.
John tomó una toalla húmeda que él mismo dejó sobre la mesa la noche anterior y regresó junto a Sherlock. La pasó suavemente por su estomago, limpiando el sudor y los demás fluidos que se habían mezclado en su piel. Su corazón al fin latía con suficiente normalidad.
- ¿Y? -preguntó sonriendo. Sherlock también sonrió como solo lo hacía cuando estaba con John y miró al techo.
- ¿Y? ¿qué quieres que te diga?
- Nada.
John tomó su mano y lo miró con atención. Claro que no necesitaba que le dijera nada, todo estaba escrito en el rostro de Sherlock y sobre todo en la comisura de su boca, donde una sonrisa que antes no estaba ahí se asomaba tímidamente.
Ambos se quedaron en silencio un momento, luego John sacó un par de pijamas limpios y se vistieron.
Eran las seis cuando el cerebro de Sherlock estuvo al 100% de nuevo y se vio en condiciones de hablar. Movía sus manos nerviosamente y manoseaba la cinta que habían encontrado con las letras "C.M". Las preguntas brotaban de su boca sin esperar ser contestadas, todo aun era muy circunstancial. John lo observaba con los ojos a medio cerrar y la terrible idea de que seguiría hablando hasta el fin de los días, contestando con pequeños "aja" y "hum" para que Sherlock supiera que lo estaba escuchando.
John estaba comenzando a relajarse al fin, después de toda esa extenuante actividad física que había dejado a Sherlock mucho más despierto de lo que normalmente estaba a esas horas.
- ¿no vas a dormir?. murmuró, pero Sherlock solo movió su mano como si no pudiese siquiera molestarse en pensar en eso y continuó hablando.
Entonces el teléfono de John volvió a sonar, pero el doctor se acurrucó junto al detective y cerró los ojos oliendo algo que reconoció como el champo de Sherlock, que muchas veces durante los anteriores tres años había tratado de encontrar, pero nunca tuvo éxito porque era "professional care" y no lo vendían en Tesco.
Sherlock se detuvo en medio de su teoría del tesoro escondido de la que John no había escuchado nada y dijo:
- ¿No vas a contestar?
La voz de Sherlock estaba ronca. No quería que John contestara y si hubiese sido su teléfono, lo habría arrojado por la ventana. Ese era su momento ¿quién osaba perturbarlo?
Alguien lo había estado llamando toda la noche, así que John estiró el brazo y la voz desesperada de Mary sonó del otro lado.
- ¡John! Por favor, John, ¡tienes que ayudarme!
- ¿Mary? Calma, ¿qué pasa?
- John… ¡no se a quién más recurrir!
- Mary, cálmate y dime qué te pasa.
La voz de John sonó firme y demandante. Sherlock se sentó en la cama y se acercó lentamente a John para escuchar lo que decía la mujer.
- Un hombre me llamó, diciendo que quiere reunirse conmigo… y hoy… acabo de recibir una nota. ¡Vino a dejarla el mismo!
- ¿Lo viste?
John le dio a Sherlock una significativa mirada.
- Sí… era… viejo y raro. Su piel era oscura y… creerás que estoy loca, pero me resultó muy familiar.
Sherlock sonrió ante ese comentario, una de las teorías que tenía en su cerebro acababa de subir de nivel alejándose de las otras cinco.
- John tienes que ayudarme, por favor, no sé a quién más recurrir.
- Está bien, quédate tranquila, voy para allá.
John colgó y puso la cabeza entre sus manos.
- Sherlock...
- Tienes que hacer lo que tienes que hacer.
Dijo el detective moviendo su mano, dudó un momento, pero luego se inclinó hacia John y lo besó.
- No serías el John que conozco sino fueras a asegurarte que Mary esté bien.
Iba a agregar "dale saludos de mi parte", pero no sabía si sonaría como algo agradable de decir o algo extremadamente cruel. Pero dada la naturaleza de sus pensamientos hacia ella, decidió quedarse callado.
John se dio una rápida ducha, se vistió, tomó sus llaves y su móvil y luego de darle un breve beso a Sherlock, que parecía a punto de quedarse dormido, salió corriendo.
Mary había cerrado todas las puertas y las ventanas con pestillo, también trancó la puerta de entrada con la mesa de centro y estaba sentada en el sofá echa un ovillo.
John llamó a la puerta varias veces antes que se decidiera a contestar, todo el rencor que sentía por él se desvaneció cuando escuchó su voz. Ese era John, el hombre que había prometido defenderla y protegerla para toda la vida y en ese momento, cuando más indefensa se sentía, el llegaba en su ayuda. No la había dejado sola a pesar de que ya no tenía ninguna obligación con ella.
- John.
Mary lo abrazó y lo tiró dentro de la casa, cerró la puerta muy bien tras él.
John le hizo una taza de té y la tranquilizó lo mejor que pudo.
- Está bien, estoy aquí. Cuéntame todo.
Mary estaba pálida y su voz sonó temblorosa cuando habló.
- Un hombre me llamó ayer por la noche, me preguntó por qué ignoré la carta que me había mandado. Estaba furioso aunque trataba de ocultarlo. Le dije que yo no había recibido ninguna carta, que estaba equivocado, pero él insistió y me dijo que tenía que reunirme con él. Y hoy en la mañana encontré esto bajo la puerta.
Mary estaba a punto de echarse a llorar, pero no lo hizo. Logró controlar sus miedos y le dio a John un papel que el reconoció como un trozo mucho más pequeño del mismo tipo de papel que Sherlock le había mostrado.
- "esta es su última oportunidad".- leyó John.- si le da miedo la oscuridad reúnase conmigo a las 7 de la mañana, ya sabe el lugar. La estaré esperando, no me falle, Mary".
- Cuando me asomé a la ventana, ahí estaba, mirando hacia acá. John, estoy aterrada, este hombre sabe donde vivo, ¡sabe mi nombre!
- Tranquila. -John puso su mano sobre la de Mary, se sentía culpable por no decirle que él se había llevado la primera carta, si no lo hubiese hecho Mary no habría tenido que pasar por esa situación, de hecho, si hubiese escuchado a Sherlock habrían asistido a esa reunión en vez de Mary y probablemente ya se habría resuelto todo eso.- Yo iré, llamaré a Greg y estoy seguro que solucionaremos esto, no te preocupes.
No mencionó a Sherlock aunque Mary estaba tan asustada que difícilmente habría podido estallar nuevamente en celos o recriminaciones.
- Gracias, John. Sabía que podía contar contigo. -Mary lo abrazó brevemente.
- ¿Estás segura que quieres quedarte aquí? ¿No sería mejor que te quedaras con alguna amiga?
- Estoy bien.
John salió de la casa (que por una fracción de segundo su cerebro reconoció también como suya) y miró la hora, no había tiempo para llamar a Lestrade, ni siquiera para regresar a Baker Street, tomó un taxi y decidió enfrentarse solo a quien fuera que estaba atormentando a Mary.
Fin del capitulo 15
Trataré de actualizar lo más pronto posible.
Muchas gracias por leer y espero sus comentarios.
