Hola de nuevo!
He regresado de un largo viaje por las oscuras planicies de mi locura.
Dónde exactamente he estado y las hazañas de la que he sido protagonista, es una tarea que dejaré para los Biógrafos.
No, ahora en serio. Este es el penúltimo capitulo después de una pausa no tan desesperante como a las que nos tiene acostumbrados Moffat pero bastante larga.
Mis más sinceras disculpas y miles de gracias a todas las personas que han seguido este fanfic de principio hasta (casi) el fin.
Un abrazo con cariño para todo el fandom.
Liz.
La Tercera Ley
Capitulo 17
Sherlock se movió en la oscuridad del pasillo. Su cerebro parecía haber sido succionado fuera de su cráneo, su inteligencia barrida, eliminada toda habilidad de pensar.
Le parecía que su persona estaba reducida a la mínima expresión posible para un ser humano. Peor que esas estúpidas personas aburridas que tanto detestaba y que pululaban en el mundo con trabajos monótonos que le aterraban, peor que los idiotas de Scotland Yard que no eran capaces de ver más allá de sus propias placas y cuya incompetencia resultaba siempre sorprendente, peor que Anderson que al menos podía decir que la persona a quien amaba estaba a salvo y jamás estaría en peligro de muerte por su culpa.
Sherlock se sentía inferior a todos ellos. Desequilibrado, arrebatado, incompleto.
Al fin, la vida que llevaba le estaba exigiendo un esfuerzo superior a sus fuerzas, un conocimiento que él no poseía y que no sería capaz de absorber a tiempo.
Tenía la necesidad de un milagro, de que alguien hiciera algo, que alguien viniera al rescate, pero nadie aparecía, nadie venía. Alguien a quien no le importara disparar a través de una ventana o correr tras él sin preguntar nada o verlo morir o perdonarlo, da lo mismo. Alguien a quien no le interesara abandonar una vida que podría haber llegado a ser perfecta porque él se lo pedía y porque lo necesitaba.
No, Sherlock sabía que, bajo otras circunstancias, él podría llegar a hacer un esfuerzo y alcanzar tales logros. Su situación actual requería, no, necesitaba alguien con un tipo de conocimientos específicos, alguien capaz de recoger los trozos de un cuerpo al borde de la muerte, que los pusiera juntos de nuevo y que arreglara el complicado mecanismo interior para hacerlo funcionar nuevamente.
¡No!
Sherlock se reprendió mentalmente.
Tienes que dejar de pensar en el mundo como en un campo de batalla y en las personas como maquinas, no todos funcionan así, no todos son como tú, lo sabes. No todo el mundo, todo el tiempo necesita alguien que interprete pistas, los detectives (aunque sean consultores y únicos en el mundo) son inútiles ante las necesidades vitales de la población. Buscan la satisfacción de la verdad, pero ¿de qué sirve la verdad si no se tiene vida?
Cuando alguien enferma, cuando alguien es atacado, cuando alguien está herido, cuando alguien va a morir…
Sherlock pensaba que los tres años que había pasado convertido en un fantasma de su antiguo ser, le habían herido de una manera imposible de sanar, ahora se daba cuenta que no era verdad. Sus heridas externas habían sanado hace tiempo, su cerebro comenzaba a acostumbrarse a dormir en paz.
Las verdaderas heridas las sufrían personas como John, atrapadas en medio de un fuego cruzado entre su afán de gloria y el amor que le obligaba a permanecer a su lado.
Sherlock necesitaba a John, porque John era capaz de un milagro, capaz de volver a armar los restos humanos y repararlos y darles vida, John era un doctor.
John podía hacer (y había hecho) muchas cosas, pero no podía curarse a sí mismo.
Todo comenzó con las perlas.
Aquellas malditas perlas.
John entró lentamente en la casa y sonrió levemente al ver a Mary sentada en el sofá, con una taza de té en las manos.
La mujer no hizo ningún ademán de levantarse y también le sonrió cuando lo vio entrar. John miró a su alrededor, esperaba encontrarse con una escena muy diferente, pero aliviado se dio cuenta que esta vez, para variar, habían llegado a tiempo.
O quizás Sherlock se había equivocado y Mary no corría peligro.
El doctor avanzó hacia Mary y se arrodilló frente a ella, tomando sus manos.
"La cercanía reconforta en momentos tensos" pensó John, creyendo que la inmovilidad de Mary se debía a la preocupación.
- ¿Cómo te fue?
Preguntó Mary en un susurro, después de un momento.
- Bueno, tengo buenas y malas noticias. -Dijo John también en voz baja, sin darse cuenta, había adecuado su tono de voz al de Mary.
Mary ladeó la cabeza y pareció un poco distraída. Miró hacia la escalera y después a John, su mano se cerró sobre su muñeca y el doctor solo pudo sentir la antigua presión de la intimidad, ahora desaparecida entre ellos. Por un momento temió que ella fuera capaz de oler algún rastro de Sherlock en él, tuvo el miedo irracional de que ella pudiera saber que habían tenido sexo solo un par de horas antes y que aquello desatara una furia renovada (aunque merecida, John aún se sentía culpable).
- Aunque en perspectiva, quizás las malas noticias no parezcan tan malas después que escuches la buena.
- ¿A qué te refieres?
- Mary, ¿recuerdas a tu padre?
John sintió que el cuerpo de la mujer se tensaba y vio como sus pupilas se dilataron un poco.
- Un poco, creo. Pero murió cuando era una niña y no tengo ninguna fotografía de él... ¿Por qué me preguntas eso?
- Si lo vieras, ¿lo reconocerías?
- No lo sé… supongo.
John sujetó sus manos firmemente.
- Mary, tu padre está vivo. El hombre que te citó en el teatro, el hombre que te llamó, es tu padre.
Mary pareció levemente sorprendida. Pero a John le dio la impresión de que acababa de confirmar algo que ella sospechaba de alguna manera.
- Mary, ¿qué sucede?
- … nada. ¿Dónde está?
Los dedos de John se movieron de su mano hasta su muñeca, tomando su pulso. Frunció levemente el ceño.
- Quizás será mejor que vengas conmigo.
- No, John, dime ¿hablaste con él? ¿Qué te dijo? ¿te dijo dónde está el tesoro?
John trató de levantarse, sorprendido por esa declaración, pero Mary tiró de él, acercándolo.
- ¿Cómo sabes lo del tesoro?
- John, contéstame, por favor.
La mujer se le acercó como si fuera a besarlo, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, sus labios se movieron, sus cuerdas vocales estaban transformando los sonidos en palabras de advertencia, cuando el teléfono de John vibró en su chaqueta.
- Ignóralo…
Pero John sabía que solo podía ser Sherlock. Lo sacó de su bolsillo: un mensaje.
"Pregúntale ¿Dónde está?"
Era Sherlock, claramente. John leyó el mensaje una segunda vez y luego se lo mostró a Mary, el vello de la parte trasera de su cuello se erizó y la sensación incómoda que sintió al entrar en la casa se transformó en la seguridad de estar siendo observado.
Levantó el teléfono y le mostró la pantalla a Mary, la luz blanca iluminó su ya pálido rostro mientras leía el mensaje de Sherlock e indicaba la escalera con los ojos brillantes y el pulso acelerado.
John le dio el teléfono a Mary y se dirigió lentamente hacia la escalera. No tenía plan de apoyo y ni siquiera le envió un mensaje de vuelta a Sherlock.
Sabía lo que había pasado, el detective se quedó afuera de la casa no para vigilar a Morstan, (Morstan ya era una parte resuelta del enigma y seguramente el interés de Sherlock hacia él se había desvanecido) se quedó fuera para inspeccionar la casa como tantas veces lo había visto hacerlo antes: agachado junto al camino, observando las flores y las plantas, pasando un largo y enguantado dedo por el suelo para ver que tan frescas eran las huellas, leyendo claramente los sucesos que rodearon la casa en su ausencia con una claridad que, para el ojo no entrenado, rayaba en los poderes mentales. Pero John sabía que no había nada supernatural en Sherlock. Simplemente era mucho más inteligente de lo que cualquiera podría llegar a ser.
No, no había estado equivocado en ningún momento. Sholto estaba en la casa.
Mary presionó las teclas lentamente, temerosa de que el sonido plástico que hacían despertara alguna sospecha en el hombre que estaba en ese momento en su habitación, buscando la caja con las perlas.
Luego que Sherlock y John se fueran, Mary había subido al segundo piso y se había encontrado con un hombre pequeño dentro de la casa. Parecía un aborigen salvaje de alguna tribu de las que salen en las películas y ella se vio congelada por el terror. Mediante señas le indicó que abriera la puerta de entrada y entonces hizo su aparición el hijo mayor de Sholto.
Pero el hombre no había actuado de manera violenta ni mucho menos, calmadamente le explicó que su padre, el Coronel Morstan, estaba vivo y que tenía algo que le pertenecía, también le dijo que las perlas le debían ser devueltas, ya que su estúpido hermano las había sacado sin el permiso de su padre de un tesoro que les pertenecía a ambos. Lo que Mary tenía que hacer era hacer que su padre le dijera dónde estaba el resto del tesoro, él tenía que saberlo. La mujer había accedido a penas digiriendo la información que se le acababa de dar y luego solo se dedicó a esperar a que John regresara, rogando porque apareciera con Sherlock. Si Sherlock buscaba el tesoro lo encontraría, si John tenía fe en él, ella también la tendría.
John subió las escaleras en silencio y cuidadosamente, sin saber qué clase de peligros le esperaban, esperaba realizar una pequeña búsqueda en todos los lugares donde una persona podría esconderse, pero no esperaba lo que encontró.
Sholto estaba en la habitación principal, de pie junto a la cama con la caja de perlas en las manos. Junto a él estaba una criatura que, a primera vista, le pareció un niño, pero luego John se dio cuenta que su rostro era el de un adulto: cetrino y arrugado, con pequeños ojos negros como si miraran desde dentro de las cuencas de un cráneo primitivo: hundidos y malvados. Medía un poco más de un metro, delgado como si fuera solo huesos unidos entre sí por una piel tostada y sucia, llevaba un taparrabos y su rostro era tan extremadamente salvaje que John se paralizó por un momento mientras su cerebro se preguntaba ¿Qué estaba viendo?
Sholto junior dijo algo en un lenguaje que a John le recordó las calurosas dunas de Afganistán y el monstruo pequeño y delgado tomó la caja de las perlas y se dejó caer por la ventana como si fuese un acróbata en pleno acto, seguro que la red estaría bajo él.
John dejó escapar una exclamación de sorpresa y esperó escuchar el sonido del hombre (si es que era un hombre) cayendo al suelo en la parte de atrás de la casa, pero no escucho nada.
- Demasiado tarde, señor Watson.
Dijo Sholto.
- Su bella esposa ha accedido a entregarnos las perlas robadas desde el tesoro de mi padre, mi ayudante se las ha llevado a su escondite, pero, ya que soy un alma generosa, estoy dispuesto a devolvérselas a cambio del tesoro que mi padre escondió.
John dio un paso hacia atrás y negó con la cabeza lentamente, estaba seguro de haber escuchado unas pisadas en la planta baja. ¿Sherlock? ¿Mary? ¿Quizás el Morstan?
- No sé dónde está el tesoro.
- Obviamente no lo sabe. -Dijo Sholto con cierta impaciencia. - Pero está en algún lugar, un tesoro no desaparece así como así, su ubicación puede ser deducida desde las pistas que dejó mi padre.
- ¿Pistas?
- Sé que Morstan tiene en su poder el diario que dejó mi padre, ahí se encuentra la clave para encontrar el tesoro. También se que no me lo va a devolver a menos que le ofrezca algo a cambio.
- ¿La mitad del tesoro?
- Su hija.
Los ojos de John se abrieron un poco más, su mano se aferró a la manilla de la puerta y su pulso se mantuvo asombrosamente estable mientras daba el paso final fuera de la habitación y cerraba la puerta.
Escuchó que Sholto se lanzaba contra la puerta y batallaba por abrirla, pero él la mantuvo firmemente cerrada.
- ¿Por qué las puertas no se cierran por fuera?
Dijo en voz baja mientras con su pie acercaba una mesita del pasillo y la ponía contra la puerta, trancando la manilla.
Corrió escaleras abajo y pudo escuchar a Sholto abrir la puerta, tropezar contra la mesa y gritar algunos improperios y palabras en inglés y en algún dialecto indio.
John saltó el último tramo en la escalera y llegó al salón.
Sherlock estaba en la puerta con su teléfono en la mano, Morstan tras él y Mary a un par de metros de la puerta, frente a la ventana. El horrible hombre-pigmeo estaba en un rincón, casi mimetizado con las sombras de la casa.
Sherlock le dio a John una mirada entre entretenida y maniática, y el doctor estuvo seguro que lo estaba pasando de maravilla a pesar que la situación era bastante riesgosa. Si estaba en lo correcto, los dardos envenenados que habían matado a Sholto padre y a el menor de sus hijos habían salido de ese pequeño salvaje.
John sintió pasos tras él y se giró a tiempo para ver como Sholto caía sobre él como un ave rapaz, con los brazos extendidos y tratando de atraparlo, John retrocedió y ambos cayeron a los pies de la escalera y rodaron hasta chocar con la mesa de centro.
John se levantó rápidamente, Sherlock se acercó a ellos y asió a Sholto del cuello, tomándolo firmemente. El hombre se zafó de su agarre con dificultad, Sherlock avanzó para volver a atraparlo, pero el hombre levantó una mano para detenerlo.
- Ah, yo no haría eso si fuera usted, señor Holmes.
Sherlock se detuvo en ese instante y se giró. John vio su silueta recortada contra la ventana mientras el detective se erguía en toda su altura y levantaba las manos con las palmas hacia el frente a la altura de su pecho.
En cuanto Sholto vio a Sherlock y lo reconoció, supo que sus problemas estaban resueltos, si se movía con cuidado.
- ¿O…? -Dijo Sherlock, el hombre mostró una mueca que distaba mucho de ser una sonrisa. John pensó que ese tipo de hombres no pueden sonreír realmente.
- O nadie saldrá de aquí con vida. -Dijo Sholto.
Mary se había encogido e inconscientemente se había movido un poco más cerca de la puerta. El detective entornó los ojos mirándolo atentamente.
- ¿Cuál es el trato?
- Fácil, quiero mi tesoro.
- Se refiere al tesoro de su padre y del Coronel Morstan.
- ¡Mi tesoro!
Sherlock no hizo ninguna señal evidente, pero la actitud de Sholto le acababa de confirmar que estaba en la misma situación que Morstan: ambos hombres estaban enceguecidos por una pequeña riqueza que no les pertenecía cien por ciento y por la que en realidad no valía la pena poner la vida en peligro, pero ambos llevaban tanto tiempo rumiando sus miserias y convenciéndose a sí mismos con el mantra de "mi tesoro, mi tesoro" que ninguno de los dos renunciaría a la idea de poseerlo.
Sherlock ni siquiera se molestó en decirle que no sabían dónde estaba, Sholto sabía que su padre lo había escondido en algún lugar, solo había que averiguar dónde y Sherlock estuvo seguro que quería que él lo hiciera.
- Me temo que el único que sabía interpretar las pistas de dónde está el tesoro era su padre, a quien su… "ayudante" inconvenientemente mató en el hospital.
Sherlock avanzó un poco.
- Tome las perlas y abandone el país, Sholto. Esta es su única oportunidad.
- Las perlas no son ni el uno por ciento del tesoro…
- Pero ese uno por ciento es mejor que nada y una vida en prisión.
John lo observaba con su expresión de "¿qué demonios estás haciendo?", pero Sherlock estaba completamente concentrado en Sholto, ofreciendo lo que parecía la mejor solución para todos.
Pero la ambición de los hombres como él es grande y Sherlock hablaba aun sabiendo que diría que no. Alguien que ha pasado tanto tiempo buscando algo, simplemente no lo deja de un momento para otro.
- No. Tengo una idea mejor.
Sholto dijo algo en ese extraño dialecto y el hombre-animal del rincón sacó una larga cerbatana del cinto de su taparrabos.
- Una palabra mía y uno de sus dardos anidará en la frente de cualquiera de los presentes, señor Holmes.
Sholto miró a Mary y a John.
- Lo más adecuado sería la hija del Coronel Morstan, ¿verdad? Después de todo. ¿Qué tesoro es más grande en el mundo que el amor de una hija?
- Maldito…
Dijo el coronel Morstan desde la puerta, Mary ni siquiera lo miró, tenía los ojos fijos en John.
- ¿Así que va a cooperar conmigo?
John sabía que si alguien podía encontrar el tesoro era Sherlock, quizás la presión era demasiada o las pistas muy pocas, quizás estaba en riesgo la vida de todos, pero también sabía que para Sherlock todo eso se había transformado en un buen juego, en una entretención que tenía que vencer, en un problema que podía solucionar. "claro que lo hará, por supuesto que lo hará" pensó el doctor.
- No.
Dijo Sherlock.
- ¿No?
Preguntó Sholto, convirtiendo en palabras la pregunta que John formó sólo en su cerebro, ambos lo miraron incrédulamente.
- No puedo saber dónde está el tesoro, no hay nada que lo indique, ninguna pista, ningún testigo, nada. Su padre escondió el tesoro hace años, temeroso que Morstan regresara a reclamarlo. Eso lo sé, pero lo que haya hecho con él me temo que solo él lo sabía.
El rostro de Sholto se contrajo por un momento, pero luego avanzó hacia Sherlock, determinado.
- Mi padre tenía un diario del cual no se desprendía jamás, no estaba en su habitación cuando regresé por él, pero estas páginas…
Sacó de su bolsillo unas hojas dobladas y las puso cerca del rostro del detective, los ojos de Sherlock se movieron rápidamente sobre la blanca superficie garabateada.
- … Las saqué hace mucho tiempo, antes que cayera enfermo…
- Dibujos sin sentido.
- Quizás pondría más esfuerzo si su propia vida estuviera en juego.
- No sé dónde está.
- A mí no me engañas, señor "Héroe de Reichenbach" sabes dónde está el tesoro y me lo dirás en este mismo instante a menos que quieras que ponga una bala en tu tan preciado cerebro.
- Ese tesoro esta perdido…
- ¡Claro que no!
Dijo Sholto sacando un revolver y apuntándolo, pero Sherlock no pareció afectado en lo más mínimo, en cambio dijo.
- No sé si se ha percatado, pero podría parecerle una tarea fútil apuntarle con un arma a alguien para quien su bienestar físico no es prioridad en horas de necesidad.
Sherlock de pronto pareció bastante más alto de lo que realmente era y mucho más alto que Sholto.
- Prueba de ello es el haber saltado, sin protección, desde el techo de un edificio de cuatro pisos o, si mira más cerca, las marcas de inyecciones en las venas de mi brazo izquierdo… me temo que las cicatrices ganadas durante estos tres años y las situaciones vividas me han convertido en un ser un poco negligente a la hora de sentir temor por mi seguridad.
Dijo con una media sonrisa y, en un rápido movimiento, tomó el arma que apuntaba a su cabeza y la arrebató de las manos de Sholto.
El hombre aulló de ira y gritó algo en ese extraño dialecto gutural, ninguno de los presentes necesitaba saber ese idioma para darse cuenta que le estaba dando la señal de atacar.
El hombre salvaje disparó el dardo, que pasó a centímetros de la cabeza de Sherlock y quedó clavado en la pared. Era una pieza de metal larga y delgada, seguramente una evolución de los dardos que el salvaje usaba en la India. A falta de materiales originales había usado una larga aguja quirúrgica.
Una gota de veneno, roja como un rubí, se deslizó por el papel mural.
Sherlock tomó a Sholto por el brazo y lo torció hasta que la cara del hombre se volvió blanca y cayó de rodillas al suelo.
John por su parte corrió hacia el salvaje que buscaba con dedos hábiles otro dardo y lo noqueó, golpeándolo con la tetera que estaba sobre la mesa de centro.
Sherlock y John se miraron a través de la habitación, solo una corta conexión visual para asegurarse que estaban bien: una pequeña sonrisa en los labios de Sherlock y una mueca en la comisura de la boca de John.
El doctor fue hacia Mary.
- ¿Estás bien?
- … sí…
- ¿Segura?
- Sí. -Dijo la mujer con voz más segura.- ¿Ese es mi padre?- Preguntó en un susurro mirando de reojo al hombre que estaba en la puerta.
- Sí. Lo siento… Me gustaría que te hubieses enterado de otra manera.
- Está bien, es solo que… lo recordaba de manera diferente.
Algo en la presencia de aquel hombre le recordaba a su padre, el padre que había dejado de ver hacia tantos años. Pero aquella imagen estaba borrosa en su mente.
Mary hizo un esfuerzo y observó mientras el hombre se acercaba a donde estaba Sherlock y Sholto y recogía las hojas que el hombre le había mostrado al detective. Algo en su manera de moverse, un movimiento casi imperceptible de su mano, la manera en la que inclinaba la cabeza le parecía familiar, pero ¿Cómo estar segura?
Durante mucho tiempo ella había extrañado a su padre y necesitado su compañía. Había hecho dibujos para el día del padre y escrito cartas que nunca mandaba, fingía delante de las demás niñas del orfanato que su padre no estaba muerto y que algún día regresaría por ella, inventaba cuentos fantásticos para contarles de su vida en la india. En su mente su padre aún estaba vivo, pero cautivo, la pequeña Mary no sabía lo acertada que estaban sus suposiciones, pero no importaba mucho, el hombre jamás regresó mientras ella lo necesitaba y creció con una visión idílica de un padre que se formó puramente en su imaginación.
Entonces ¿Cómo saber ahora que era realmente su padre aquel hombre que no se parecía en nada al soldado de Su Majestad que ella había visto por última vez cuando era solo una niña?
- Mary…
La voz de John fue ahogada por un sonido, se giró para ver a Sholto forcejeando nuevamente con Sherlock. John casi suspiró hastiado, sabía que no tenía ninguna oportunidad contra la fuerza del detective.
Sherlock lo empujó casi sin esfuerzo y Sholto azotó su cuerpo contra la pared. El hombre, lleno de ira, levantó la vista y vio el dardo abandonado.
Sin pensarlo dos veces, Sholto sacó el dardo y atacó a Sherlock con él.
El cuerpo de John apareció de la nada justo en el momento en el que Sholto iba a apuñalar a Sherlock con el dardo, protegiendo al detective y recibiendo el ataque en su hombro izquierdo.
John cayó hacia atrás, sobre Sherlock, respirando agitadamente y con el dardo aun enterrado en el hombro a través de su chaqueta.
- ¡John! ¡John! ¡Mírame! Vas a estar bien.
En la mente de Sherlock explotaban pequeñas burbujas de información: la mayor parte del veneno estaba en la pared, el resto quedo atrapado en tu chaqueta, el metal de la aguja…
- La mayor parte del ven…-
John levantó una mano, indicándole que se callara y tragando con dificultad. El veneno había actuado de una manera increíblemente rápida y aunque habían pasado un par de segundos, ya no sentía su brazo izquierdo.
Sherlock le quitó la chaqueta, incapaz de mirar a su alrededor o de percibir si Sholto había salido corriendo o sin importarle si Morstan había hecho algo por detenerlo o no.
Rompió la camisa de John en un desesperado intento por encontrar la herida y vio, para su espanto, un círculo de piel rosada en su hombro izquierdo con una pinta roja en medio, señalando el lugar donde el dardo con veneno sí había penetrado la carne.
Con manos temblorosas tomó su teléfono y marcó el número de Lestrade, Mary ya estaba llamando a una ambulancia.
Sherlock se inclinó y pegó su boca al hombro de John, succionando el veneno y escupiéndolo en el suelo a su lado. John hizo una mueca de dolor, la sensación caliente y adormecedora que se había llevado la movilidad de su brazo ahora estaba esparciéndose hacia su pecho, tragándose y apagando a su paso sus terminaciones nerviosas. Si llegaba a su corazón…
- Vas a estar bien… vas a estar bien…
Susurró Sherlock solo para sí mismo, John había perdido el conocimiento hacia pocos segundos.
Lestrade llegó primero que la ambulancia, siete minutos y medio después de la llamada de Sherlock.
Cuando llegó, lo encontró sobre el cuerpo inconsciente de John. El doctor estaba pálido y sus signos vitales eran prácticamente inexistentes.
Sherlock aún succionaba la herida y trataba de despertarlo. La herida en el lugar del pinchazo ahora era de un color morado negruzco.
Los paramédicos se lo llevaron en menos de un minuto y Sherlock los observó alejarse por la puerta, sintiéndose el hombre más inútil del mundo.
Y no había dejado de sentirse así desde entonces.
Habían pasado horas, no, no horas, como máximo una, pero a Sherlock le había parecido una eternidad. Sí, ahora pertenecía a la inmensa mayoría que podía usar esa frase cliché "los minutos sin ti me parecen horas" negó con la cabeza, asqueado consigo mismo y con lo que se había convertido.
En algún punto de su nueva vida se había prometido no volver a poner en riesgo a las personas que amaba (o que lo amaban) en especial a John, sobre todo a John, únicamente a John. Estaba determinado a mantenerlo a salvo y con vida porque había aprendido el valor de su compañía y lo sincero de su amor. Y esta era la manera en la que él le correspondía.
- No deberías haberlo hecho…
Susurró en voz baja mientras las luces del hospital parpadeaban y la lluvia aumentaba su intensidad fuera del edificio.
Sherlock se encontraba en una situación horrible y habría preferido (de hecho, habría dado cualquier cosa) por regresar a París en la época en la que John estaba felizmente casado y sobreviviendo (sin saberlo) a un duelo ficticio.
Recordó las veces en las que había atacado las guaridas de los hombres de Moriarty y aquellos momentos en los que había estado a punto de morir y lo liberadoras que eran esas ocasiones.
No tenía nada que perder ni que ganar, estaba muerto y pasara lo que pasara, todo seguiría igual, no existía y no le importaba a nadie, era increíblemente liberador. Podía morir repentinamente y se dio cuenta que era algo que solo dependía y le incumbía a él, solo a él: dueño de su vida, arquitecto de su propia destrucción, podía elegir si quería morir por aquella causa, por recuperar su buen nombre, por liberar al mundo de las arañas de Jim, defendiendo a sus seres queridos. Su muerte era algo que solo le pertenecía a él.
Se preguntó si John, en la mesa de operaciones, estaba sintiendo lo mismo en ese momento.
Fin del capitulo 17
Muchas gracias por leer! como siempre, cualquier comentario es bien recibido.
