La Tercera Ley
Capítulo Final
Sherlock estaba de pie frente a la tumba. La tierra había sido recientemente excavada y el cuerpo que contenía había sido removido y nuevamente depositado en la oscuridad.
Durante todo el proceso sintió un vacío en el estómago, como si su actual situación estuviese siendo conducida por fuerzas ajenas a su poder. ¿Qué pasaba en su vida? ¿Por qué ya no tenía el control de las cosas como antes? abrió y cerró las manos entumecidas por el frío. En realidad no estaba tratando de encontrar una razón, solo dejaba a su incansable cerebro divagar para no tener que pensar seriamente en nada.
Leyó el nombre en la lápida y sintió un leve frío casi eléctrico yendo desde su espalda hasta su pecho. Quién lo diría, Sherlock Holmes sí era capaz de extrañar a alguien después de todo. Miró a su lado, no había nadie y el cielo comenzaba a oscurecerse.
En la lápida podía leerse el nombre de una persona que él había tratado de proteger lo mejor posible, alguien que lo había visto en sus mejores y peores momentos, un hombre que lo conocía demasiado bien, que había estado ahí en las situaciones más terribles y oscuras, en lugares donde no habría arrastrado a nadie y también había sido testigo de lo mejor que podía dar de sí mismo, de la preocupación y el amor que era capaz de dar; al pie del abismo en el techo de Barts, mientras saltaba al vacío para... bueno, no había caso en recordar eso, bastaba con decir que habían sido amigos durante mucho tiempo (demasiado tiempo) y ahora había desaparecido.
Cuando aún era un hombre solitario, Sherlock solía mirar al mundo con cierto aburrimiento y desdén, a menudo preguntándose si él mismo era capaz de sentir nostalgia del pasado, de guardar luto porque una época de su vida había terminado, de extrañar realmente a algo o a alguien. El Sherlock que había asistido a la escuela era un desconocido para el Sherlock universitario, una persona completamente diferente al Sherlock detective consultor y así su vida era una sucesión de lugares, personas y edades con las que él no tenía ningún tipo de atadura sentimental. Ahora era el momento y el lugar correcto para comprobarlo y se encontró a si mismo respondiendo a esa situación con la misma extraña frialdad de siempre.
No extrañaría al hombre que ahora la tierra se había tragado, no había nada que pudiera extrañar de él. Debido a los años de convivencia posiblemente habían algunos hábitos que sobrevivirían, pero podía decir a ciencia cierta que, en esencia, el hombre dentro de ese ataúd había muerto y que él no lo extrañaría en lo más mínimo.
Sintió una voz a su lado.
- ¿Sherlock? Mycroft dice que todo está en orden, el cadáver ya fue descartado... ¿Sherlock? ¿Me estás escuchando? -
Sherlock gruñó ligeramente para darle a entender a John que lo estaba escuchando.
- ¿Cambiarán la lápida?
- Eso era lo que quería decirte, la identificación como "Sherlock Holmes" fue negativa pero no sabemos quién era... eh... - John sonó dubitativo por un momento - Mycroft está esperando dentro, dice que espera al menos que le des las gracias en consideración al esfuerzo que se tomó al hacer que el juez aceptara que no estás muerto después de todo lo que se vio en la televisión y en los periódicos...
John iba a mostrarle a Sherlock los papeles que acreditaban su regreso al mundo de los vivos, pero decidió guardarlos para más tarde. Sherlock seguía mirando la tumba con la lápida rota por un furioso John Watson solo hacía algunas semanas y suspiró un poco cansado por toda esa situación, también un poco triste, no había razón para negarlo. Después de todo, ver su propio nombre en una tumba le recordaba que era sólo un mortal, lo suficientemente inteligente como para engañar a la muerte un par de veces, pero un mortal al fin y al cabo.
John estaba quieto, esperando que Sherlock regresara a la realidad. Últimamente (y cada vez más seguido) el detective se quedaba muy quieto mirando un punto en el vacío, sus ojos se movían de manera lenta y ausente como si estuviera recordando, acariciaba su violín pasando lentamente los dedos largos por las cuerdas, pero sin tocarlo. John jamás lo molestaba cuando eso sucedía y se preguntaba qué estaba pasando por la mente de Sherlock, qué tipo de recuerdos absorbían su presente, qué estaba pasando dentro de ese maravilloso y terrible cerebro. Sherlock parpadeó rápidamente un par de veces y miró a John.
- todo salió bien al final, ¿eh?
John asintió, olvidando la petición de Mycroft y todo lo que no tenía que ver directamente con Sherlock y su mermada salud mental.
Los sucesos de los últimos días habían cambiado para siempre sus vidas y las de quienes los rodeaban y todo había comenzado aquella tarde en el hospital.
Sherlock estaba en el hospital junto a John.
No había querido moverse de su lado, a pesar de que la lógica le decía que no había nada que pudiera hacer. Odiaba los clichés y los lugares comunes de las relaciones humanas, preocuparse por alguien que está en un hospital era una tarea fútil, lo sabía.
John estaba siendo atendido por los mejores médicos, técnicos y enfermeras que el dinero y los contactos de Mycroft habían podido conseguir, con la intención de revertir el profundo coma en el que se encontraba debido al veneno. Le dijeron que había sido una suerte que el dardo diera en el musculo y no directamente en el torrente sanguíneo, de otra manera John habría muerto en cuestión de segundos. Luego se lo llevaron por un pasillo mal iluminado y a través de una puerta, una luz roja se encendió sobre el dintel y luego el silencio.
Las siguientes horas pasaron como pasa el tiempo cuando estas envuelto en una tragedia: tediosa y alarmantemente lento. Una parte del cerebro de Sherlock no podía dejar de analizar la situación en la que se encontraban y tampoco podía evitar llegar a la misma conclusión siempre: el lugar donde estuviera mientras esperaba noticias acerca de John era irrelevante y no tendría ningún efecto positivo ni negativo en su evolución. Aun así, decidió quedarse en el hospital, cerca, a pesar de todo.
Sherlock sabía que se recuperaría. El doctor Watson era una fuerza inamovible, un punto fijo en su vida. Había sobrevivido a la guerra y había sobrevivido la vida junto a él. Era su John y aunque Sherlock no quisiera decirlo en voz alta y ni siquiera pensarlo, no podía morir porque si moría sería su culpa y la culpa era un descubrimiento relativamente reciente y contra el cual aún no había desarrollado mecanismos de defensa.
Mary estaba sentada cerca, el cerebro de Sherlock estaba consciente de su presencia en el mismo nivel en el que se está consciente de una sombra o un mueble, pero sí estaba pendiente de sus movimientos o de las personas que se acercaban a hablarle. Después de todo, la primera noticia importante de la evolución de John se la darían a su esposa, no al amigo con el que se acostaba y Sherlock necesitaba saber algo, cualquier cosa.
Abrió los ojos, hacía frio y su brazo había comenzado a doler. Miró por el pasillo y de regreso hasta la puerta con el número 401.
Mary se aclaró la garganta, había estado pensando durante las últimas horas en el extraño giro que había dado su vida y en lo que haría a continuación. Una vez más estaba acompañada del no ajeno sentimiento de ser arrastrada por los acontecimientos. Una vez más era la niña pequeña que era llevada a la India porque su madre había muerto, abandonada en el orfanato porque su padre estaba desaparecido, ingresada a una universidad para estudiar algo con lo que podría ganar dinero sin importar si le gustaba o no, viviendo en la metrópolis de Londres, cuando su verdadero deseo era vivir en el campo... Mary siempre había sido sometida a las decisiones de los demás, pero esta vez tomaría la delantera, porque sabía qué era lo que tenía que hacer, el único problema era que, si iba a hacer lo correcto, tenía que estar segura que dejaría a John en manos capaces.
- No tienes que quedarte si tienes cosas que hacer... - la voz de Mary sonaba dubitativa, como si en realidad no quisiera hablarle a Sherlock, lo cual era más que probable.
El detective no contestó, sus ojos verdes se cerraron por un segundo y cuando se abrieron estaban puestos en Mary.
- Si sucede algo te llamaré... - Sherlock no dijo nada, pero Mary podía leer claramente en su actitud, que el detective no iba a ir a ninguna parte.- Sherlock, creo que deberías...
- Nada. No debería hacer nada. - La voz de Sherlock sonó ronca y cansada, la señal que Mary estaba esperando para dar una última pequeña batalla.
- ¿Por qué estás haciendo esto? - Sherlock la observó durante un momento como si no supiera de lo que estaba hablando, pero luego suspiró.
- ¿Estas tratando de hacerme sentir culpable por lo que le pasó a John?
- Es tu culpa.
- Son cosas que pasan. - Murmuró Sherlock más para sí mismo que para Mary, dándose cuenta que la verdad estaba en algún punto intermedio. Sí, son cosas que pasan, pero que le pasan solo a él y a los que lo rodean. Son gajes del oficio...
- John no es un detective privado, no es un policía, ya ni siquiera es un soldado.
- ¿Entonces qué quieres? ¿Protegerlo como a los niños con los que trabajas? John ya no es un soldado, pero tampoco es tan débil como para pretender que se quedará en casa todo el tiempo. Té y scones con jalea están bien solo de vez en cuando...
Sherlock pasó sus dedos largos pálidos, cubiertos de pequeñas cicatrices por su cabello. Inconsciente de lo hiriente de sus palabras susurró:
- Tú no conoces a John...
- Eso no es verdad.
- ¿Por qué? ¿Porque eres su esposa?
- Soy la mujer que John eligió para compartir su vida. - Mary apretó los puños. Su corazón comenzaba a latir con fuerza.
- Se habría deshecho de ti si yo hubiese estado con él. - Sherlock frunció el ceño y se descubrió levantando la voz, era cierto, siempre pasaba lo mismo.
- Pero no estabas, tú lo abandonaste.
- Fue para salvarle la vida.
- Yo lo amo…- Dijo Mary y el cerebro de Sherlock, terco como el de un niño pequeño: firme y desafiante a pesar de todo lo que había pasado, respondió de la misma manera.
- Yo lo amo más - Interrumpió el detective sin si quiera darse cuenta de lo infantil de sus palabras. Frunció el ceño y miró hacia otro lado, avergonzado por su falta de autocontrol.
Mary se dio cuenta que había sido muy inocente al interpretar el cansancio de Sherlock como un signo de debilidad. No había manera posible de hacer que renunciara a John, nunca lo haría y quizás eso era justamente lo que se suponía que debía pasar, porque John jamás había renunciado a Sherlock, ni en el más desesperado de los momentos ni en el más feliz. Sherlock se oponía a John y lo definía en maneras que ella no podía comprender. Sherlock era único para John y para ella, era una batalla perdida en la que había participado contra un fantasma del cual nunca podría deshacerse, al que nunca podría igualar.
Entonces la rabia, la pena y la sensación de traición comenzaron a abandonarla. Miró a Sherlock mientras este se frotaba el hombro con incomodidad y sintió pena por el, por aquel personaje que todos pensaban que era maravilloso, por el hombre que John veneraba, por el invencible Sherlock Holmes que había regresado de entre los muertos. Había visto determinación y fiereza en los ojos de Sherlock hacia un par de horas pero ahora no veía rastro de eso, solo veía los ojos de un hombre preocupado, asustado y confundido. Cuántas veces antes ella había visto esa misma mirada en algunos niños en su escuela, cuando algo malo pasaba y no entendían sabían que hacer.
- Sherlock, esto no es una competencia. - Su voz se había vuelto calmada y se negó a apartar los ojos de Sherlock. Suspiró y se sentó a su lado, con las manos cruzadas sobre su regazo en una actitud que ya no era desafiante ni protectora. Se veía rendida pero de alguna manera, satisfecha.
Sherlock la observó y fue consiente de muchas cosas que antes no habia visto: de la generosidad dibujada en sus rasgos redondos, de los ojos llenos de lágrimas y la línea de la boca firmemente cerrada para no dejar escapar un sollozo. Mary era una mujer fuerte después de todo. Huérfana y alejada de toda su familia desde temprana edad, John era la única persona a la que amaba en el mundo, el único que le importaba de verdad, el único cuya felicidad era más importante que la suya misma y Sherlock le había quitado todas esas cosas en un momento. Había bastado con su regreso para destruir la vida que le había llevado años construir.
Él había reparado solo en la felicidad de John, nunca había pensado seriamente en Mary, en aquella mujer a la que él mismo le debía la felicidad de John cuando él se la había quitado. Abrió la boca para disculparse, pero Mary se le adelantó.
- Quizás tienes razón, quizás lo amas más que yo... - Sherlock no sintió ni un ápice de orgullo cuando Mary le dio la razón. La mujer continuó - Pero lo amo lo suficiente como para dejarlo ser feliz con alguien que no soy yo...
A Sherlock le costó un momento registrar lo que acababa de escuchar y entonces se sintió el hombre más egoísta y miserable del mundo. Pocas veces algunas palabras dichas por alguien habían tenido un efecto tan devastador en él y se dio cuenta de muchas cosas que estaban bien y mal en su relación con John: la manera en la que lo utilizaba y en la que despreciaba su sentimientos y necesidades cuando tenía algo más interesante entre manos. La manera en la que a veces, presa del aburrimiento o la ansiedad, podía llegar a herirlo en formas que no había reparado nunca. Y siendo así ¿con que derecho había reclamado la vida de John?
- Mary... yo...
- No digas nada, por favor. - La mujer se levantó y caminó hacia el baño. La decisión estaba tomada y era lo único que podía hacer, estuviera bien o no.
No regresó mientras Sherlock estaba en el pasillo. No regresó en lo absoluto.
Cuando John despertó habían pasado casi dos días y Sherlock estaba sentado junto a la ventana con un libro en las manos. El doctor lo observó en silencio sin ser consciente que el ligero cambio en su respiración había alertado al detective y le había indicado que estaba despierto. ¿En qué momento exactamente John había comenzado a desarrollar sentimientos románticos hacia ese hombre? ¿Entre la caída y su primer intento de suicidio? ¿Entre su regreso y la aceptación de haber sido engañado? ¿Cuando supo que lo había salvado y que todo había sido por él? No, había sido mucho antes. ¿Fue acaso cuando levantó su arma contra alguien que lo estaba amenazando? Sí, fue cuando se dio cuenta que si no lo salvaba, perdería al que era probablemente la persona más especial que habitaba el aburrido planeta tierra o quizás también fuese cuando lo secuestró la mafia china y lo único que pensaba era que no volvería a verlo... o quizás cuando estaba encerrado en el laboratorio con el furioso sabueso imaginario y él solo lo llamaba en la oscuridad...
Y también... ah, sí, también aquel momento en el que el dardo hizo contacto con su piel y supo que eso era todo, que estaba muerto, que ya no iba a estar ahí para protegerlo... John cerró los ojos y su conciencia se deslizó hacia el mundo de los sueños de nuevo. Pero se había equivocado, estaba vivo y Sherlock estaba con él. Todo estaba bien.
A media tarde, su mente se enfocó un poco en lo que estaba pasando a su alrededor y en la voz de Lestrade que se escuchaba discutiendo con alguien, con Sherlock.
- Sabemos que es una trampa, pero ¿Qué más podemos hacer?
- Dejarlo ir. Ya no quiero saber nada más de este caso.
- Sherlock, ese hombre casi mata a John y tú lo estas dejando ir...
- Si con eso no tenemos más problemas, sí. No te atrevas a tratar de engañarme con la idea de una venganza personal, no voy a caer...
Lestrade añadió algo en voz baja y Sherlock suspiró.
- Tu sabes que no me gusta dejar las cosas a medias... pero esto es diferente... - Se escuchaba realmente aproblemado, John abrió los ojos y los vio en la puerta, hablando muy cerca.
- Tienes que terminar con esto. No pienses que es una venganza... es... una manera de asegurarse que jamás volverá a meterse en tu camino.
Sherlock susurró algo y Lestrade bajó el tono de voz, luego le dio un sobre al detective y se retiró.
Sherlock regresó a su asiento junto a la ventana y puso el sobre en el bolsillo interno de su abrigo. Sus ojos claros brillaban con los colores de las hojas marchitas que se asomaban por la ventana, se veían extrañamente dorados en la luz del atardecer y parecía menos pálido, pero mucho más delgado que antes, sus pómulos resaltaban más que nunca y las sombras dibujaban cansancio y tristeza en su rostro normalmente impasible.
Sherlock se acercó a la cama y dudó un poco antes de besar la frente de John. Por un segundo el doctor se quedó quieto, sintiendo un frío desagradable recorrer su espalda. Eso había sido completamente inesperado. También acarició su cabello claro y seco, mientras besaba su mejilla derecha y sus labios partidos. Finalmente hundió su rostro en el cuello de John y aspiró profundo, murmuró algo y John sonrió.
- Yo también…- Se quitó el saturometro del dedo y lo abrazó. Algo en Sherlock no estaba bien y John supo que Sholto seguía suelto y eso lo tenía inquieto. El Sherlock de ese momento de intimidad era un niño asustado, aliviado pero ansioso que solo regresaría a la normalidad con un poco de contacto físico y con la ilusión de que todo estaba bien.
- ¿No deberías estar atrapando un criminal? - John susurró en su oído. Sherlock negó con la cabeza y John sintió sus labios presionados contra su cuello. - ¿Sherlock?
- En realidad... creo que debería quedarme aquí…- John sonrío de nuevo y, a pesar del cansancio y de lo mucho que le costaba hablar, dijo suavemente:
- Sherlock, si no lo haces tú, nadie lo hará...
- Podría ir... quizás... ¿vas a estar bien?
- Si siento que me muero te mando un mensaje, ¿ok? - Sherlock frunció el ceño y se separó de John. Ladeó la cabeza y por un momento pareció desconcertado.
- Es una broma… ten cuidado…
Sherlock asintió.
- Está bien, lo haré... pero no ahora.
Se sentó nuevamente en la silla, muy cerca de la cama y se pasó media tarde susurrando, contándole anécdotas curiosas que vivió en los tres años en los que estuvieron distanciados.
- ¿Te sientes mejor? - Preguntó con la misma entonación que usaría para consultar una reacción química. John asintió y Sherlock notó que él también se sentía mejor.
- John... Perdóname, lo siento tanto... todo...
John no dijo nada. A veces lo mejor que puedes hacer es aceptar una disculpa, no porque sientas que debes recibirla, sino porque el otro necesita darla.
- lo siento... yo... John, cuando creí que estabas... – Sherlock se detuvo un momento y lo miró fijamente, como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por poner sus pensamientos y sentimientos en palabras. – Te amo.- Dijo Sherlock, simplemente, y sintió que al fin la balanza podía comenzar a equilibrarse. Sintió que debía hacer algo para acompañar esas palabras o decir algo más, pero el silencio parecía ser la mejor alternativa.
Luego de un par de minutos se levantó y besó la frente de John de nuevo, pero esta vez el doctor estaba dormido. Su voz ronca susurró en la penumbra de la habitación.
- No se me va a escapar.
Sherlock sabía que la debilidad de Sholto era su patética obsesión con el oro de su padre, un hombre enceguecido por un tesoro es capaz de hacer estupideces increíbles, como pretender acercarse a Sherlock de nuevo y salir con vida.
Regresó al hospital donde Sholto padre y uno de sus hijos habían muerto y revisó el sobre que Lestrade le había dado. La policía tenía órdenes de no atacar ni seguir a Sholto, en cambio solo reportarían su ubicación y se apostarían en las inmediaciones para asegurarse que no escapara. El papel contenía en detalle cómo se resolvería la operación para atraparlo y convertía a Sherlock en el blanco de todas las miradas una vez más.
A grandes rasgos, todos sabían que Sherlock era el único que sabía dónde estaba el oro y lo usarían como cebo. Le envió un mensaje de texto a Lestrade diciendo que había llegado al hospital, aunque el detective inspector ya había recibido la noticia por uno de los francotiradores. Entonces Sherlock le envío sus propias especificaciones para llevar a cabo el plan.
En menos de diez minutos la calle se llenó de ambulancias. Los primeros en ser evacuados fueron los enfermos, todos pacientes antiguos y extranjeros. Lestrade consiguió que los trasladaran a un pequeño hospital cercano, luego Sherlock y un subordinado de confianza de Mycroft, movieron las camas a una sola habitación del hospital. Una vez listas, Sherlock sacó la ropa de cama y le ordenó llevársela a otro lugar y retirarse. Se quedó solo con las carcasas de las camas vacías, como esqueletos de insectos blancos, solo que no todos eran de ese color. Eran más de veinte, pero no todos eran los típicos catres clínicos que abundan en los hospitales hoy en día. Siete de ellos eran antiguos y tenían varias capas de pintura cubriendo el material del que estaban hechos. Eran tan antiguos como el hospital, tan antiguos como un tesoro.
Sherlock sacó la libreta de Sholto y comenzó a ver las figuras.
Primero tenía los números, cada cama debía tener uno en algún lugar. Las inspeccionó hasta que dio con la numeración en la parte interna de cada pata izquierda delantera. Luego tenía los dibujos de las diferentes piezas. Sherlock sacó un pequeño estuche de su bolsillo y de él un aun más pequeño bisturí, con él raspó un poco lo que pensaba era la pieza 5-9. Al caer la pintura descubrió un color diferente al metal con el que se suponía que estaban fabricados. Cada uno de los dibujos calzaba con una pieza de las camas. Siete camas y más de treinta piezas por cama estaban hechas de oro sólido.
Ahí estaba el tesoro de los Sholto y del padre de Mary.
Obviamente el oro había sido derretido y con el habían confeccionado piezas interiores de la maquinaria de aquellas pesadas camas de hospital. Sherlock suspiró y sonrió. Sholto padre había sido astuto, había logrado vivir su vida a expensas de un tesoro robado y había ocultado su riqueza con éxito durante décadas, una pena que su astucia no le ayudara a descubrir la codicia dentro de su propio hijo.
Mientras esperaba, la mente de Sherlock divagó hasta John nuevamente y se sentó un momento en una de las camas. A pesar de todo, no había bajado la guardia y estaba más que consciente que Sholto probablemente estaba en ese mismo momento esperando la mejor oportunidad para atacarlo, pero no pudo evitar, por un segundo, sentir la angustia y culpabilidad que nunca antes había experimentado.
Se levantó y con encendedor en mano, se fue a un rincón de la habitación. Primero hizo añicos la libreta de Sholto y luego la quemó. Finalmente puso las cenizas en una palangana con agua hasta que no fue más que una masa negra y consumida de la que habría sido imposible sacar información.
Sherlock había memorizado la información de la libreta hacía mucho tiempo, pero esperaba utilizarla como cebo para atrapar a Sholto, aunque a la luz de los recientes acontecimientos la única manera de vengarse de él era destruir la única cosa que había pertenecido a su padre y que tenía valor. Él era suficiente carnada.
Tocó el bolsillo de su chaqueta y sintió el arma reglamentaria de John haciéndole compañía, era como si el doctor mismo estuviese ahí para defenderlo. Sintió ganas de llamarlo, la voz de John en ese momento de tensión lo habría ayudado a tranquilizarse, pero sabía que no podía hacerlo. John tenía que descansar y él tenía que acabar con Sholto sin dilación. Se consoló en pensar que probablemente John no tenía su teléfono con él en ese momento.
El teléfono de Lestrade ni siquiera alcanzó a sonar cuando el detective inspector ya lo había contestado. Uno de sus hombres que vigilaban las inmediaciones del hospital había dado con un hombre en actitud sospechosa.
- Sholto está en las bodegas, ingresó por uno de los canales antiguos de desagüe.
Obviamente no habían considerado esa posibilidad. Llamó a Sherlock de inmediato quien no se mostró para nada sorprendido con la noticia.
- Por supuesto que entró por el desagüe, todos saben que los hospitales antiguos como este están conectados a la red de alcantarillas subterráneas de Londres. - Sherlock dijo secamente como si fuera lo más obvio del mundo y colgó, preparándose para recibir a su visita.
El Detective Inspector observó el telefono por un momento y después marcó otro numero. Sabía que no tenía que hacerlo, que debía dejar todo en manos de su equipo, que tenían todos los flancos cubiertos, que era muy poco probable que algo le pasara a Sherlock. Pero Mycroft se había presentado en su oficina aquella mañana y le había dejado muy claro que la seguridad de Sherlock era prioridad nacional. Nada podía pasarle pero si algo le pasaba Lestrade sería el principal responsable.
Como si Lestrade fuera a dejar que algo le pasara a Sherlock. Tenerlo de regreso en el mundo de los vivos era un milagro y lo sabía. No iba a cometer dos veces el mismo error.
Mycroft recibió la noticia con su usual tranquilidad. Después que Lestrade le asegurara que los francotiradores estaban apostados muy cerca y listos para proteger a Sherlock, cortó.
Sholto junior se arrastraba en ese momento por los pasadizos que solo él conocía, lugares en los que había jugado de niño y que le ayudaban a desplazarse con agilidad hasta su víctima, pasajes que le habían ayudado a escapar después de matar a su padre y hermano. Mientras se movía (a veces a gatas, a veces de pie) trataba de averiguar qué era lo que Sherlock estaba haciendo: ¿Por qué sólo se había llevado a los pacientes y la ropa de las camas? no tenía ni una razón para estar dentro del hospital y aun así el detective no se había marchado.
Entonces Sholto lo vio a través de la rejilla de ventilación del cuarto frente a donde estaba Sherlock, en medio de la habitación, quieto y con los ojos cerrados, Sholto lo supo: lo estaba esperando.
Se decidió a salir. Las camas habían sido arregladas a su alrededor y mostraban los fierros blancos como huesos lavados por el sol y la arena del desierto. Sherlock abrió los ojos y sonrió, caminó hacia él lentamente, como un gato que se estira después de una siesta y en su sonrisa había algo que no había antes, un atisbo de orgullo pero también de tristeza.
Sholto también sonrió, pero su sonrisa se desvaneció casi de inmediato.
- Holmes...
Sherlock se sacudió un poco de tierra de su camisa e hizo un leve gesto con la cabeza.
- Señor Sholto.
El detective se irguió en toda su altura, conscientemente poniendo a Sholto en una situación de inferioridad.
- Ha sido un juego muy entretenido, pero me temo que mi benevolencia murió en el momento en el que el doctor Watson resultó herido.
- Podría haber sido peor...
- eso me temo, por lo mismo no lo enviaré a la cárcel. Su vida termina aquí.
Sholto junior solo frunció levemente el entrecejo y sonrió socarronamente.
- No hay nada que pueda hacer contra alguien de recursos como yo...
- Sé que no lleva ningún arma encima y que su amiguito no está cerca, eso es suficiente. Acabaré con su vida, mano a mano.
- No sea estúpido Holmes, dígame dónde está el oro y me largaré de Inglaterra, no tendrá que verme nunca jamás y su vida y la de su desafortunado novio estarán a salvo...
Sherlock sabía que esa era una opción, también sabía que podía entregarlo a la policía y que eso era lo mejor que podía hacer. Una solución pacifica sin necesidad de ensuciar más su conciencia. Pero para ser honestos, las manos le ardían por causar daño. Habían pasado varios meses desde la última vez que resolvió algo de manera violenta y cierta parte de él nacida durante esos tres años había llegado a añorar ese tipo de situaciones.
"Quiero saber que ya no estás en este mundo, que no hay nada que puedas hacer para dañar a nadie más... necesito saber que el responsable de que John haya estado entre la vida y la muerte está acabado y sin posibilidades de recuperarse, quiero que pagues por todo." los pensamientos de Sherlock se aceleraban cada vez más, imaginando mil y una maneras de acabar con la miserable excusa del hombre frente a él, su rostro impasible mientras pensaba en eso resultaba terrorífico.
"Fue mi culpa..." pensó finalmente apretando los puños mientras Sholto miraba a su alrededor, uniendo los puntos que habían estado ocultos durante tanto tiempo y fallando.
- Dígame donde está el oro, Holmes.
Sherlock recobró la compostura de inmediato.
- Lo está mirando...
La mirada del hombre fue desde de Sherlock, pasando por sus manos sucias y sus mangas arremangadas, luego se depositaron en las camas, pero su cerebro pequeño, inútil y ambicioso no fue capaz de conectar las pistas y su expresión de desconcierto solo enfadó más al detective.
- Holmes, mi paciencia se está agotando…
Sherlock no apartó la mirada de los ojos de Sholto mientras hacía sonar los nudillos de una manera brusca, pero no es sabio amenazar a alguien que viene recién saliendo de un trance de tres años viviendo en el límite de lo que la cordura le permitía.
Sholto sacó un pañuelo de su bolsillo un dardo que Sherlock conocía muy bien estaba envuelto en la tela. El hombre lo tomo con cuidado y sonrío.
- Soy bastante rápido, Señor Holmes, ahora... quizás quisiera reconsiderar-
- No, no, no... - La voz de Sherlock sonó áspera y amarga, avanzó hacia el hombre frente a él, lentamente. - Ya me han proferido todo tipo de amenazas, señor Sholto. Me han amenazado con matar a mis amigos... con arruinar mi vida, con destruir todo lo que me importa...
La mente de Sherlock comenzó a divagar de regreso hacia los difíciles tres años de los cuales había escapado a penas, recordó de golpe todas las cosas horribles que había pasado, todo lo que tuvo que hacer para no morir: los gritos, las persecuciones, la violencia del ataque final y el silencio lleno de pánico de sus cazadores al convertirse en sus víctimas.
Notó el suave movimiento de la mano de Sholto. Resopló y las curvas de sus labios mostraron una sonrisa maligna.
- Por favor... me han disparado, envenenado y torturado durante los últimos tres años de maneras que su infantil y retrasado cerebro ni siquiera podría llegar a pensar.
Recordó todas las clases de dolor que había sentido: agudo e intenso, el dolor vivificante, el dolor que adormecía su cuerpo, que lo dejaba cansado y abandonado en un rincón. Cientos de agujas arañando su piel, el corte casi quirúrgico de las navajas de bambú, disparos calientes, cuchilladas frías, el sonido seco de sus huesos al romperse, de los tejidos cediendo a la presión, el pánico de saber que ese cuerpo que se está desarmando es el tuyo y el terror de no saber si todo volverá a funcionar como antes.
Movió el hombro, ligeramente y avanzó.
Llegó frente a Sholto, observándolo como un tigre frente a una presa muy pequeña, un dragón que defiende su tesoro frente al más inepto de los saqueadores. Sherlock se movió con rapidez y tomó las manos de Sholto. Las apretó hasta que fue turno de sus débiles nudillos de sonar de manera dolorosa. El dardo cayó inerte a sus pies.
- Señor Sholto. - Dijo de manera despectiva. - Después de todo lo que he pasado para llegar aquí, su presencia no es nada más que una broma. No hay nada que pueda arrebatarle a un hombre que ya lo ha perdido todo, no hay ninguna herida que pueda superar el dolor de estas cicatrices... no hay nada y tú no eres nada...
Sholto balbuceó algo, los ojos de Sherlock estaban opacos y parecía estar casi en trance. Su mente se encontraba en los años en los que su día a día estaba plagado de miedo, en los que no había nada que perder excepto la vida y que ese era un precio que estaba dispuesto a pagar en cualquier momento. Su voz sonaba diferente, peligrosa. Sholto se dio cuenta que estaba equivocado a cerca de Sherlock: en realidad no le importaba nada, no, no era eso. En realidad, aquello que le importaba valía la pena cualquier sacrificio.
Sholto tembló cuando sintió la voz de Sherlock nuevamente susurrando de la manera en que susurran los verdugos mientras prueban con el dedo el filo de la guillotina.
- ¿Ha sentido alguna vez el temor de ser asesinado de un momento a otro? ¿Se ha encontrado alguna vez temiendo no poder recuperar la cordura mientras hunde un cuchillo en el pecho de un hombre y se prepara para deshacerse de sus restos mientras aún respira? ¿Es familiar, señor Sholto con el sonido de los huesos al separarse? ¿Con la dolorosa desesperación de saber que son sus huesos los que se separaron? ¿Con el ruido fresco de la sangre cayendo? ¿La tibieza de la vida abandonando su cuerpo?... Estoy seguro que no, porque no es más que un cobarde asesino de dos presas tan ineptas como usted mismo, todo por un montón de oro que no le llegaría a las rodillas...
Sherlock presionó sus manos y Sholto soltó una exclamación de dolor al tiempo que sus piernas se doblaban y se esforzaba por no caer al suelo.
- Incluso ahora mismo, el tesoro está frente a sus narices y no es capaz de reconocerlo, ¿Por qué habría de temerle a un hombre así? ¿Qué poder pueden tener sus amenazas contra alguien que venció a la muerte una y otra y otra vez? adelante... si quieres matarme, ataca y veamos a quién favorece la fortuna esta vez...
En el fondo de su cerebro, Sherlock se dio cuenta de lo que estaba diciendo y por un momento se sorprendió. Jamás pensó que la presión se desbordaría de esa manera, pero el momento era el adecuado y dejó que la bestia herida en su interior tomara el control, una vez más, solo una vez, después de eso podría dormir y lamer sus heridas junto a John.
John.
Sherlock soltó a Sholto y retrocedió un poco aturdido.
No fue consciente de lo que sucedió a continuación.
Aprovechando el momento de incertidumbre de Sherlock, Sholto saltó hacia adelante y lo empujó por los hombros para obligarle a retroceder, instintivamente el detective protegió su brazo herido mientras el pequeño hombre tomaba el dardo desde el suelo y, recuperándose del miedo que le había provocado Sherlock en ese estado demencial, lo atacó al verlo tambalear. En ese momento una bala atravesó los ojos de Sholto y fue a incrustarse en la pared frente a Sherlock.
El cuerpo enclenque y sin vida cayó al suelo con un sonido sordo.
El menor de los Holmes se giró rápido, tambaleando y cayendo al suelo de rodillas. Se afirmó en su brazo herido, lo que provocó que se doblara de dolor. Levantó la mirada y entonces lo vio: vio a su hermano mayor en el marco de la puerta: arma en alto y en los ojos la determinación de todo el gobierno británico, rojo como un tomate y con perlas de sudor en la frente, Mycroft Holmes tenía una expresión que Sherlock jamás había visto en él. Su mirada pasó desde el arma humeante hasta la densa mancha escarlata que manaba de la cabeza de Sholto.
Sherlock se levantó sin decir palabra alguna y Mycroft dejó el arma sobre una de las camas, sin siquiera mirar a la persona que acababa de matar, no había ni una gota de arrepentimiento en sus facciones que habían vuelto a tensarse en el flemático rictus que caracterizaba a los hermanos Holmes. Sherlock se apoyó en una de las camas tratando de no mover su brazo herido. La cicatriz que Mycroft había visto aquel lejano día en el Hotel Vernet no había sanado completamente y en realidad nunca lo haría.
- G... Gracias. Dijo Sherlock con la garganta seca.
- Sherlock, ¿Qué fue eso?
- La herida de mi brazo aún…
- Me refiero al discurso del "hombre dispuesto a morir" que le diste a Sholto.
Sherlock sacudió la cabeza.
- No es nada... en verdad, muchas gracias…- Dijo Sherlock un poco avergonzado y para su completo asombro, Mycroft sonrió.
- Pareces sorprendido de que lo haya hecho, Sherlock, infravaloras mucho mi preocupación por ti.
- Eso creo... ¿podrías llevarme al hospital?
Mycroft miró el brazo de Sherlock, pero este negó con la cabeza.
- No, es por John… le dije que le avisaría en cuanto todo hubiese terminado.
Mycroft tomó su teléfono móvil y marcó algunos números.
Para cuando Sherlock iba con Mycroft camino al hospital, el cuerpo de Sholto ya había sido retirado con discreción, las camas estaban arregladas, la sangre eliminada y se dio la orden de que regresaran los pacientes sin que nadie hiciera ninguna pregunta al respecto.
John estaba despierto y acababa de preguntarle a una enfermera por Mary cuando Sherlock entró en la habitación con el brazo derecho en un cabestrillo.
- Prometiste que estarías bien -Dijo el doctor, tratando de sentarse en la cama, pero estaba muy débil debido a los tranquilizantes.
- Tranquilo, es solo para que descansar.
John volvió a su posición original, apoyando la cabeza en la almohada, pero seguía mirándolo fijamente.
- ¿Qué pasó?
- Mycroft lo mató - Dijo Sherlock, pero no fríamente como lo habría dicho antes, su voz fue un susurro de sorpresa y una nota leve de orgullo. El caso estaba cerrado y aquel hombre ya no podría lastimar a nadie más.
- ¿Y dónde está el oro?
- En el hospital, estuvo todo el tiempo en frente de sus narices, pero era demasiado estúpido como para darse cuenta.
- Ya veo.
- ¿Dónde está Mary?
- No lo sé, no la he visto.
- ¿Y su padre?
- Tampoco lo he visto, sólo tú has venido a verme, bueno y Molly. Lestrade se niega a decirme que pasa…
- ¿Molly vino a verte?
- Lestrade le avisó que me habían herido en cuanto sucedió, estuvo aquí mientras tú estabas fuera y me trajo flores.
Sólo entonces Sherlock notó que el aroma dulce que había percibido al entrar emanaba de unas flores en un rincón del salón, se acercó a verlas y sonrió levemente.
- Sólo Molly es capaz de un detalle así, aliviar el dolor físico con flores, ¿o sólo expresan un deseo? "espero que te sientas mejor" nunca me ha quedado muy claro la relación entre regalar flores y globos a los pacientes en recuperación. Las flores pueden ser extremadamente tóxicas en algunos casos, no deberían ser permitidas en los hospitales... - Sherlock hablaba y hablaba para aparentar normalidad. Vio una tarjeta en medio de las flores y la tomó con su mano buena.
- ¡Ah!, por supuesto, la ilusión de las flores solo está completa si se acompaña de una tarjeta en la que expresar lo mucho que quieres que se recupere el paciente y las co... - La abrió, y se detuvo al notar que no era la infantil caligrafía de Molly, como había esperado.
Era una caligrafía desconocida, pero supo inmediatamente de quién era.
"John, mi padre y yo dejaremos la ciudad en cuanto podamos para retomar lo que dejamos hace tanto tiempo inconcluso. He hablado con él y aceptó renunciar al tesoro a cambio de que no vuelva a comunicarme contigo, en realidad es un buen hombre, pero muy sobreprotector.
Lamento que las cosas entre nosotros terminaran así, pero sé que serás feliz con Sherlock y eso me hace feliz, de alguna manera. Ya no te guardo rencor, sé que tu amor es incondicional y leal así como sé que Sherlock siempre fue el único para ti, después de ver como actúas cuando estás con él me han quedado claro que tu lugar es a su lado, y que si no fuese así Sherlock terminaría muerto en menos de un mes.
Quizás la vida con Sherlock es peligrosa, pero él te ama y sé que estás en buenas manos.
Al menos me consuela saber que quizás mientras estuvimos casados me amaste tanto como lo amas a él ahora, quien sabe.
Eres un gran hombre John y una parte de mí siempre te amará.
Mary."
Sherlock leyó en silencio la nota, John abrió un ojo y lo miró.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara?
- ¿Qué cara?
- Esa cara de "no me esperaba esto"
Sherlock lo miró por un momento y luego le entregó la nota.
-Toma, es para ti. Ahora sabemos dónde está el Sr. Morstan y su hija... lo siento...
John tomó la nota, pero no la leyó.
- Se fue, ¿verdad? - Sherlock asintió.
- Es lo mejor... siempre decía lo mucho que le habría gustado tener una oportunidad de vivir con su padre, ahora la tendrán...
John no leyó la carta, se quedó mirando el papel doblado con un nudo en la garganta. Sherlock se sentó en la silla junto a la ventana y nadie dijo nada más.
Baker Street
Un par de meses después, John pensó que el mundo debía oír la historia del incidente Sholto o "El caso de la libreta con dibujos misteriosos que resultaron ser un montón de oro por el cual casi me matan" (como lo llamaba John para molestar a Sherlock) y se dispuso a escribirla en su blog. Constantemente consultaba detalles con Sherlock mientras juntos repasaban la información que aparecía en los periódicos y en las revistas a cerca de su milagroso regreso, el caso de Sholto y como la prensa y la siempre influenciable policía se habían dejado manipular por una mente maestra criminal. Al fin se sabía la verdad y John poco a poco sentía que el equilibrio regresaba su pequeña parte del mundo.
La comunicación entre el detective y el doctor ahora fluía de una manera diferente, más silenciosa y mucho más complicada. John se había acostumbrado a extrañar a Sherlock y a no poder hacer nada al respecto, pero ahora estaba ahí y las pequeñas cosas que solían sacarlo de quicio y que había añorado durante tres años regresaron con más fuerza.
Tenían nuevos códigos, nuevas miradas y gestos y cuando John (cansado de escribir toda la tarde frente al ordenador) pensó que era un buen momento para una taza de té, Sherlock ya estaba ahí con la tetera puesta y las tazas preparadas. El detective no podía dejar de sentirse curioso al respecto, quería probar cuán unidos estaban ahora, cuán bien ambos encajaban y hasta qué extremo, ahora que las cosas que los separaban eran más que las que los unían y de nuevo estaban sumergidos en un descubrimiento constante el uno del otro.
Durante las noches el tema era mucho más complicado. Sherlock tenía el sueño muy liviano como resultado de pasar tantos años sin poder dormir de manera normal y temeroso de ser atacado en cualquier momento. Se despertaba al más mínimo movimiento. Pronto descubrió la calamidad que significaba dormir en la misma cama con John. Se despertaba a media noche con la mano del doctor sobre el pecho, o con su brazo alrededor de su cintura, o al otro extremo de la cama pero siempre en una posición diferente a como cuando había cerrado los ojos, acaparaba las sabanas, dormía con pijama incluso cuando hacía calor y cuando estaba muy cansado babeaba la almohada.
Las pesadillas de Sherlock regresaron un día, solo para disolverse nuevamente. Regresaban por temporadas a arruinar su ánimo y recordarle que eran reales, que todo era real. John era el único que entendía sus bruscos cambios de carácter en ciertas fechas del año y le decía que era normal, que llegaría un punto en el que se irían definitivamente y solo volverían muy de vez en cuando, como sueños pertenecientes a otra vida y Sherlock le creía, después de todo John había pasado por un infierno parecido.
Al principio John se había escandalizado con la cantidad de heridas que arruinaban la piel de Sherlock, pero luego se había acostumbrado a verlas. Para cuando llevaban casi un año viviendo juntos nuevamente la única cicatriz que le molestaba era la de su brazo, la que no le dejaba tocar el violín de la manera en la que lo tocaba antes y que dolía cuando hacia frio. John tenía sus suposiciones de que estaba mal con Sherlock, anatómicamente hablando, pero lo más probable era que simplemente Sherlock ya no era el mismo de antes.
El tiempo pasaba con una normalidad desesperante, no había nada que delatara los extraños eventos que habían tenido lugar en sus vidas hacia solo un par de meses. Quizás un trato más cordial entre Sherlock y Mycroft, un tono de agradecimiento en su voz que antes no había, toneladas de cartas para Sherlock escritas por fanáticos que aseguraban jamás haber dudado de él y el hecho de que ahora ya no necesitaban la habitación de John. Lo único que faltaba era abrir el ataúd y que Sherlock recuperara su identidad.
El proceso fue lento y difícil, pero una vez más el hermano mayor de los Holmes se hizo cargo de la friolera de documentos que había que llenar y de tirar de algunos hilos para que las cosas resultaran lo más expeditas posible.
Sherlock estaba ahí el día que el juez y dos testigos escogidos por Mycroft en persona se habían reunido para atestiguar que dentro del ataúd del detective había un cuerpo en efecto, pero que este no era quien todos creían que era. La sentencia fue concluyente. El juez le ordenó a Sherlock abandonar la sala bajo acuso de desacato si se volvía a pronunciar a cerca de las fallas en el sistema forense y la manera en la que se estaba conduciendo el proceso.
- Me he presentado esta mañana en este lugar solo por hacerle un favor a su hermano, señor Holmes si continua tirando del hijo de mi paciencia, se dará cuenta que está hecho de un material poco resistente a las críticas.
Medio minuto después, Sherlock fue escoltado fuera de la sala.
Paseó sin rumbo por el cementerio y cuando todo terminó John lo encontró delante de la tumba a medio destrozar que aún ponía su nombre, como si fuese un sitio reservado o una tumba fuera de tiempo en la que Sherlock ya estaba muerto y enterrado.
John se estremeció al pensar en eso y trató de pensar en todas las cosas que habían pasado hasta ese momento y todo lo que tenían por delante: altos y bajos, peleas y reconciliaciones, crímenes, tiroteos, deducciones, enemigos en las sombras, soluciones y acción. Años de resolver misterios, viajes y quizás después el retiro en una casita en Sussex.
Si – pensó – eso sería agradable.
John sonrió para sí mismo mientras la idea de Sherlock dedicándose a la apicultura, como alguna vez mencionó que le gustaría, flotaba en su mente.
Miró el perfil de Sherlock, ausente y con los ojos pegados en la lápida. John se aclaró la garganta.
- Mycroft dice que sería bueno que la tumba se quedara como está. Ya que no sabemos de quién es el cuerpo, pero obviamente pondrán otro nombre en la lápida.
- Me gustaría que se quedara como esta, completamente.
- Es morboso.
Sherlock tardó un poco en responder.
- No, es único.
John asintió levemente, lo entendía. Después de todo, alguien que inventa su propio trabajo y se casa con él era perfectamente capaz de tener una tumba con su nombre.
Aun así, John no sabía bien cómo reaccionar a eso. Sherlock no era un hombre de muchas palabras ni demostraba abiertamente sus sentimientos y en ese momento John se dio cuenta que habían demasiadas cosas a cerca de él que ya no sabía, cosas que habían cambiado. Sherlock era el mismo de siempre en esencia, pero con un millón de otras cosas por descubrir, algunas siempre habían estado ahí, otras eran completamente nuevas; algunas maravillosas y algunas aterradoras.
Y por Dios sí que estaba dispuesto a descubrirlas y redescubrirlas todas.
- Como quieras, es tu tumba después de todo.- John rió levemente, un sonido nasal único que Sherlock conocía muy bien y que quería escuchar más seguido. Sherlock notó de pronto que John no reía mucho cuando estaba con él y decidió que toda esa situación había llegado demasiado lejos.
Se giró a mirarlo y sonrió.
- Por su puesto. Dijo comenzando a caminar. Y siempre puedes amenazarme con meterme de vuelta en el ataúd si te despierto a media noche gritando de aburrimiento.
- Prometiste que ya no lo volverías a hacer. John dijo reprobadoramente, caminando a su lado.
- sabes lo difícil que es para mí mantener promesas...
- Como no meter manos en la nevera.
John susurró en tono de reproche.
- No dijiste nada a cerca de dedos sueltos. Tendrás que hacerme una lista de especificaciones a cerca de lo que puedo y no puedo mantener en la nevera.
- Nada que comparta el código genético con un ser humano.
- pero eso deja fuera algunos vegetales...
Sherlock agregó, sopesando el requerimiento con la seriedad que se merecía.
- Lo siento. Nueva vida, nuevas reglas.
- Quizás deberíamos tener dos neveras.
- Ni siquiera tenemos espacio para un comedor decente, Sherlock, no tendremos otra nevera. No, tendrás que restringir tus insumos humanos a la mínima expresión.
- Pero si no tengo ejemplares humanos frescos los datos serán erróneos.
- Ah, lo siento, no hay nada que pueda hacer.
Sherlock pensó en las opciones que le quedaban.
- Tal vez podría hacer algunos experimentos contigo…
Por un segundo John olvidó como caminar y casi choca contra la estatua de un ángel. El tono de Sherlock era casual y John no estuvo seguro de cómo interpretar esa frase.
Lo miró de reojo con una ceja levantada.
- Eh… me refiero… a los que puedan hacerse en sujetos vivos…
Dijo Sherlock, perdiendo el hilo de sus pensamientos. Ambos se quedaron en silencio por un segundo, solo para largarse a reír al mismo tiempo.
John lanzó una carcajada, pero de inmediato bajó la cabeza, como reprobando su propio mal comportamiento.
Sherlock lo observó por un momento y de su mundo desaparecieron las lápidas y los casos y los jueces y los experimentos. Solo existían John, su risa y el recuerdo de su primera escena del crimen juntos.
"No podemos reírnos, es una escena del crimen."
Como si fuera un eco de sus pensamientos, John susurró.
- ¡Shh!... no podemos reírnos, estamos en un cementerio…
Pero John estaba sonriendo y Sherlock, después de tanto tiempo, también.
Muchas gracias por leer y por esperar.
Liz.
