Chapter 9: El ataque
Ambos caminaban por la helada periferia de Hogsmeade, exhalando vaporosas nubes de vaho mientras intentaban entrar en calor abrazándose a sí mismos. El silencio que reinaba juntamente con el ambiente tenso que había creado su último encuentro en los baños de prefectos propiciaba la incomodidad de la joven.
¿Qué podía decir para acabar con aquella desagradable situación sin terminar peleando con el rubio?
No se sentía con fuerzas suficientes para discutir con él, y menos después del pequeño incidente la noche anterior con Ronald. "Maldito desagradecido" refunfuñó la chica mentalmente. Y es que después de llevarle a la enfermería, el pelirrojo la había echado a gritos alegando que no necesitaba una madre.
¿Era mucho pedir un día de paz? Al parecer sí, y Hermione comenzaba a perder la esperanza de recuperar su antigua vida.
Mientras ella se sumía en sus pensamientos, él se encargaba de maldecir al imbécil que le hubiese puesto a hacer la ronda por aquella zona. Ya no sentía los dedos de los pies, y notaba cómo los copos de nieve mojaban su pelo y se helaban en él. ¿Por qué no podía haberles tocado, como a McMillan, vigilar Las Tres Escobas? "Maldito repelente con suerte…" empezó a pensar, hasta que el frío volvió a cortar sus pensamientos con un estremecimiento. Joder, se le estaban helando los…
-¿Oyes eso?-le interrumpió la Gryffindor.
-No oigo nada Granger, tengo nieve en las orejas. Volvamos al pueblo-sugirió.
-Tenemos que acabar la ronda Malfoy.
-Venga ya, aquí no hay nadie. Ni siquiera comadreja y cara-rajada serían tan estúpidos como para acercarse a esta zona. ¡Esto es el culo helado del mundo!
-Haz lo que quieras, pero mi deber es terminar la ronda y lo haré-concluyó ella.
-¿Cómo no? Doña perfecta prefecta sabelotodo Granger no puede irse sin más…
-No es eso. Simplemente no entra en mis planes incumplir órdenes de McGonagall.
-Oh sí, claro, disculpa que olvide tu amor por las normas. A excepción de cuando pobretón y San-Potty entran en el juego ¿verdad? ¡Ahí las normas no importan una mierda!-le espetó el rubio, sin entender realmente porque estaba de ese humor de perros.
-Mira hurón, si estás cabreado no es mi problema, no pienso discutir contigo.-atajó la chica, frunciendo el ceño y comenzando a acercarse a la ajada Casa de los Gritos.
-Ah no Granger, esta vez no vas a huir. Llevas esquivándome desde hace días. ¡Vaya leona! ¿Dónde está tu valentía?-intentó provocarla para que se girara, mientras la seguía con paso firme, con la sangre hirviendo ante su indiferencia- ¡Maldita sea, te estoy hablando sangresuc…!
No pudo acabar de pronunciarla, aquella palabra tan común en su vocabulario fue silenciada por una mirada de furia que ocultaba tras un fino velo el dolor que provocaba en la joven.
-Granger, yo no…
-¡Cállate!-le gritó- Cállate Malfoy. Maldita sea, ¿es que no cambias? Siempre con esa mentalidad elitista donde la sangre prevalece. Los de tu clase nunca cambian, siempre serás el hijo de un mortífago; demasiado cobarde para seguir sus pasos, y demasiado débil para enmendar los antiguos errores familiares.
-¿Y tú qué sabes? No entiendes nada-dijo sonriendo con amargura- Vives en un mundo idealista donde todo es blanco o negro, todos son buenos o malos. ¡Abre los ojos, Granger! O el mundo se encargará de abrirlos por ti.
Mirándola fijamente se acercaba a ella poco a poco, congelándola con sus palabras, poniéndola nerviosa. Ella le observaba desafiante, haciéndole ver que veía las diversas gamas de negro que bañaban su podrida alma.
De pronto el momento fue interrumpido por un gemido lastimero que provenía del interior de la vieja casa.
-¿Lo has oído?-preguntó ella en un susurro.
-Ni lo pienses, será algún gato. Aléjate de la casa.-le ordenó el rubio, poniéndose cada vez más nervioso al prever que la Gryffindor intentaría comprobar si había alguien en peligro.
Desoyéndole, ella se encaminó a una ventana por la cual traspasaba mejor la poca luz solar del día.
Acercó su rostro a las rendijas descubiertas por las maderas que tapiaban la casa, e intentó aclimatar su vista a la oscuridad del interior. Su rostro palideció hasta poder confundirse con la nieve cuando logró discernir unos ojos plateados entre las sombras:
-¡Malfoy corre!-gritó ella intentando recular a toda velocidad y desenfundar su varita.
Demasiado tarde, ni todos los reflejos del mundo hubiesen podido evitar que justamente las maderas que antes impedían el paso a la casa salieran volando y golpearan a la Gryffindor haciéndola caer, creando un feo corte en el nacimiento del pelo, empapándole de sangre la frente y dejándola aturdida.
-¡Granger!-exclamó él cuando la vio estrellarse contra el suelo.
Empezaba a acercarse a ella para levantarla cuando fue consciente de la figura que emergía de la casa rodeada de polvo y astillas, comprendiendo así el grito de la castaña.
-Hijo mío, es bueno verte de nuevo-sonrió con maldad Lucius Malfoy mientras prácticamente pisaba a la chica al salir.
-Padre…
Las neuronas del rubio empezaron a trabajar a toda velocidad, debía alertar a alguien y retener a su padre hasta que llegaran, pero no podía poner en peligro la vida de Granger, pues aunque la situación ya era compleja, su padre podría matarla o peor, llamar a Bellatrix.
-Veo que has cambiado de compañías, Draco. No puedo decir que me sorprenda demasiado. Eres una vergüenza para la familia, pero qué esperar de ti, juntándote con ese amigo tuyo adora-muggles de Nott y escondiéndoos ambos bajo las faldas de tu inútil madre.
Los ojos del rubio relampaguearon con furia mientras observaba los iris idénticos de su padre.
-No te atrevas a hablar de ella-dijo el joven entre dientes, cerrando sus manos en puños y dejando sus nudillos blancos de cólera.
El hombre que tiempo atrás había sido la imagen de la elegancia ahora le devolvía la mirada con las carnes consumidas, el pelo sin lustre y la mirada llena de desprecio. Una sonrisa burlona se formaba en sus labios mientras observaba a su hijo sin una pizca de amor.
-¡Mírate Draco, si hasta te indignas!-se largó a reír- He estado esperando este día por mucho tiempo, controlándote desde que salí de Azkaban y vi que tu madre había desaparecido. Esa maldita escoria cree que puede esconderse de mí, pero yo le recordaré quién es Lucius Malfoy, y el primer mensaje de aviso serás tú. ¡Enloquecerá!
La diversión en el tono del mortífago en lugar de helar al muchacho hizo hervir sus sangre y trajo a su mente todos los gritos y las suplicas de su madre, los moretones disimulados y los ruegos a su padrino para que los llevase a ambos lejos de aquel ser despreciable que ahora se daba el lujo de regodearse en el dolor de su pobre madre.
-Expelliarmus-bramó apuntando a su padre, quien con solo un movimiento de varita logró defenderse del ataque.
-¿En serio Draco? Tantos años enseñándote las artes oscuras ¿y ahora utilizas un triste encantamiento de desarme? ¡Qué decepción! Pero tranquilo hijo, yo te enseñaré lo que es una maldición. ¡Crucio!
Recordaba bien ese dolor y había aprendido a resistirlo durante algún tiempo, pero su padre conocía sus puntos débiles, y mientras la sensación de cuchillos clavándose en su piel se intensificaba palabras crueles sobre su madre iban danzando en sus oídos:
-¿Recuerdas sus gritos hijo? ¿Recuerdas cómo lloraba al ser maldecida? Y tú no hiciste nada, eres sólo un mocoso incapaz de proteger a tu propia madre. No mereces llevar mi apellido…
Unas chispas rojas hicieron que el mayor de los Malfoy cesará el cruciatus, sorprendido al ver a la castaña tras él, aun en el suelo, invocando un pericullum que delataría su posición.
-¡Maldita sangresucia!-gritó encolerizado.-Debí matarte nada más llegar.
Una sonrisa llena de maldad se formó en su rostro mientras se giraba para mirar a Draco:
-Habrás podido esconder a tu madre, pero verás como ella muere, y será el recuerdo de tu inutilidad y te traición al Lord. Pero antes me divertiré un poco. ¡Crucio!
El grito de Hermione se elevó en el aire, bailando con los copos de nieve que caían sobre la joven que se retorcía en el suelo.
Draco la vio con el rostro manchado de sangre y contraído por el dolor, y la recordó con los ojos iluminados por la astucia, una pequeña sonrisa en sus labios cuando él era agradable, rememoró los instantes con ella en la enfermería y cómo cada noche traía su dulce favorito para mitigar el sentimiento de culpabilidad porque él estuviese allí postrado. Recordó su inocencia, su calidez, el aroma florar que emanaba su cabello y la caricia de sus labios contra los de ella.
No podía dejar que algo tan bello se marchitara en las manos de aquel ser desalmado que era su padre, no podía dejar que Hermione se convirtiese en su madre.
Un rugido salió de su pecho y con unas fuerzas que no era consciente de poseer se puso en pie, recuperó su varita y pronunció:
-¡Expecto patronum!
Ante el lobo que tomó forma frente al joven, éste sólo dijo:
-Severus.
El espectro caminó con los colmillos asomando hasta el mortífago, le rodeó y hociqueó a la joven semi-inconsciente. Poco después desapareció al interior de la Casa de los Gritos.
-Muy bien niño, eso ha sido un buen truco, lástima que tu lobo vaya a quedarse atrapado ahí. Sólo has retrasado un poco el destino de tu amiguita inmunda, morirá igual, como lo hará tu madre. Daré con ella, no podrás salvarla Draco, y ella morirá por tu culpa.-rió el hombre.
-No le escuches-el susurro estrangulado salió de la joven, que conseguía levantar la cabeza y proyectar su mirado a los ojos del rubio entre el cabello ensangrentado que le caía por la frente.-Eres más que eso Malfoy, tú no eres como él.
-¡Cállate! No hables en mi presencia sangresucia-espetó el hombre mientras volvía a apuntarla con la varita.
Pero las palabras habían llegado al rubio con claridad. Si ella creía que no era como su padre, tal vez su padrino y Theo estaban en lo cierto, y no todo en él estaba perdido.
Así mientras su padre volvía a pronunciar la maldición torturadora, Draco se interpuso entre el rayo rojo y la joven, y éste alcanzó su cabeza.
Mientras, Severus Snape y varios aurores emergieron de la ajada casa tras ellos y redujeron al mortífago.
-Malfoy-llamó suavemente la joven al Slytherin que estaba sobre ella.-¿Malfoy?
Hermione repitió su nombre y elevó su rostro para verle inconsciente, mas su rostro estaba desencajado.
-¡Malfoy!-gritaba mientras le zarandeaba-¡Responde! ¡Despierta Malfoy!
Las lágrimas empezaron a apoderarse de ella, más aun cuando el profesor de pociones le quitó al chico de encima y dirigió su mirada consternada a la Gryffindor mientras se lo llevaba en brazos con los ojos brillantes.
Intentó ir tras ellos, pero los aurores no se lo permitieron.
-¡Malfoy!-volvió a gritar, mientras veía como Snape se lo llevaba sin mirar atrás y con paso acelerado-¡Draco!
No supo mucho más, salvo que todo daba vueltas y lo único que podía ver con claridad era el brazo inerte de él zarandeándose por el rápido caminar de su padrino.
Al abrir los ojos la chica sólo apreció la excesiva claridad e inmediatamente volvió a cerrar los ojos.
-¿Hermione?-la voz angustiada de su mejor amigo le llegó de cerca.
¿Qué ocurría? ¿Qué hacía Harry a su lado?
-¿Ha despertado?-otra voz cargada de preocupación se escuchaba acompañada de pasos acercándose.
¿Ese era Ron? Demonios, algo grande debía haber pasado para que ambos estuviesen allí.
De pronto todo llegó a su mente: la Casa de los Gritos, Lucius, el lobo, Draco… ¡Draco!
De un salto se puso de pie, dejando a sus amigos pasmados, y echó a correr por la enfermería.
-¡Hermione!-gritaron ambos a su espalda, pero no se detuvo, tenía que encontrarle, no podía haber muerto por su culpa, no por salvarla ella…
-Señorita Granger-la voz pausada del profesor de pociones la detuvo, y se giró a mirarle.
El rostro del jefe de Slytherin estaba más pálido que de costumbre, grandes ojeras adornaban sus ojos y parecía muy cansado.
-¿Él…?-un nudo se formó en la garganta de la joven al pensar en la muerte del rubio y la humedad acudió a sus ojos.
El hombre de nariz aguileña apartó una cortina a su espalda, instándola a pasar.
-Sigue inconsciente, madame Pomfrey no es muy optimista. Lleva demasiado tiempo sin responder a ningún estímulo.-la voz de Severus Snape no mostraba ese deje tedioso que siempre imprimía en sus frases, más bien se veía alicaído.
Hermione entró al pequeño cubículo y pudo ver a Draco postrado en la cama con la cabeza envuelta en vendas. Ante aquella imagen las gotas saladas empezaron a bañar sus mejillas mientras se acercaba al chicho.
Él estaba a punto de morir por ella, si tan solo no se hubiese empeñado en acercarse a la casa, si tan solo le hubiese escuchado, ahora estaría mirándola con diversión y con esa pose arrogante mientras hacía algún comentario mordaz.
Se sentó a su lado, sin atreverse a tocarlo, sólo observándole.
-¡Señorita Granger!-la llamó enfermera acompañada de sus dos amigos que la miraban como si le hubiese crecido una segunda cabeza-Debe volver a su cama, aún tengo que hacerle algunas pruebas para ver si está completamente curada.
-Estoy bien-dijo ella con voz estrangulada sin retirar la mirada del rubio.
-Pero…-comenzó a protestar la mujer.
-Déjela Poppy, yo haré su revisión. Dudo mucho que se mueva de aquí hasta que él despierte.
-Severus, ya hemos hablado de eso-le respondió con tristeza bajando la voz-Sería un milagro que el señor Malfoy despertara, han pasado prácticamente dos semanas desde el ataque.
-¿Qué?-se interesó ahora la castaña, observando a la enfermera.
-Sí Hermione, en dos semanas es navidad.
La voz de Harry solo le llegó lejana, mientras sus ojos perdían la expresividad y volvía su vista al Slytherin.
Los días fueron pasando lentamente sin que la castaña fuera consciente, sabía que Severus Snape le hacía pruebas constantemente y le hacía tomar Merlín-sabía-qué debido a lo poco que comía. El profesor de pociones también había hecho traer un butacón para ella, de modo que no ocupase la incómoda silla al lado del joven, pues aún no se había separado de él más de media hora.
Draco todavía no respondía, y no había indicios de que estuviese mejorando. Aun así ella seguía empeñada en permanecer junto a él, sin moverse ni tocarle, tan solo observaba su rostro y la respiración pausada que le daba la esperanza suficiente para mantenerse ahí.
Había escuchado al profesor y a madame Pomfrey hablar sobre la situación de ambos:
-Severus, debes hacer que esa muchacha se vaya, está perdiendo peso a pasos agigantados, mira su cara, si no se va de aquí se volverá loca, el muchacho está prácticamente vegetal.
-No puedo hacer eso Poppy, si la obligo a marcharse entrará en crisis, sólo fíjate en ella cuando la hacemos marcharse para lavarle.
-¿Por qué crees que reacciona así?-preguntó la mujer.
-No lo sé, pero sí sé con seguridad que se siente culpable.
-¿Culpable? Tonterías, ¿qué culpa podría tener ella de que el loco de Lucius Malfoy atacase a su hijo?-razonó ella.
-Piensa que podría haber evitado esto, que podría haberle protegido.-resumió el profesor.
Severus se culpaba también, había faltado a la promesa de Narcisa, no había podido evitar que ese desgraciado de Lucius dañase a Draco, y por ello el sueño le rehuía desde el ataque.
En cuanto vio las chispas supo que algo iba mal, pero no fue hasta que el hermoso lobo llegó a él que comprendió lo que estaba sucediendo. Había salido corriendo, mandando un patronus a la Orden y avisando a Minerva de que Lucius estaba en Hogsmeade.
Si Draco moría no sabía cómo enfrentaría a Narcisa, y cómo ella podría superar la noticia de que no volvería a ver a su pequeño, la única persona que la había querido incondicionalmente, la única aparte de él.
Snape había tenido que convencer a Potter y los Weasley de que se marcharan a casa por navidad, pues sabía que Hermione no deseaba ver a nadie a su alrededor mientras continuara en la enfermería. Cuando la informó, la joven lo miró por primera vez desde el día que había despertado y asintió en agradecimiento.
Parecía una leona herida, con la mirada perdida, intentando enfocar el rostro del chico inconsciente, demasiado ocupada tratando de no ahogarse en sus propios pensamientos como para conseguirlo.
La noche antes de navidad el profesor le llevó el postre especial que se estaba sirviendo en el comedor para los alumnos que se habían quedado y se marchó rápido, incapaz de ver como su ahijado se marchitaba en la cama y como aquella muchacha lo hacía con él.
Hermione se quedó sola de nuevo, sin moverse o tocar el delicioso postre. Estaban solos en la enfermería, pues madame Pomfrey había asistido a la cena especial de aquella noche.
Hermione seguía dándole vueltas a por qué no había sido capaz de dejar estar aquel sonido quejicoso de la casa hacía ya más de tres semanas, por qué se había acercado, y sólo había encontrado una respuesta a ello: se sentía tan sola, tan desprotegida sin todos aquellos que amaba, que se sintió identificada con aquel sonido, como si fuese ella misma la que la llamaba desde el otro lado de la ventana tapiada.
Y Malfoy estaba a las puertas de la muerte por su estúpida soledad, por su afán de proteger a los demás los había alejado a todos, y con ello había conseguido que hirieran al rubio.
Por primera vez en mucho tiempo los ojos de la castaña consiguieron enfocarse, mirando el pecho del rubio, que parecía respirar más rápido. Eso hizo que la Gryffindor se levantase de su butaca, sus músculos elevando una queja contra ella misma por haber estado inactivos tanto tiempo.
Se acercó a la cama, sentándose en un extremo, y se quedó mirando la cara de Draco, cubierta con una pequeña sombra de barba rubia, se veía algo descuidado, mucho más de lo que el propio Malfoy habría permitido de estar consciente, pero seguía siendo alguien digno de contemplar por largas horas.
Su cabello seguía siendo sedoso, seguía oliendo a bosque húmedo y lluvia, y sus pestañas rubias, casi transparentes reposaban sobre sus altos pómulos con elegancia.
De pronto, las pestañas que tan ensimismada la tenían aletearon ligeramente, mas la chica pensó que eran imaginaciones suyas. Cuando vio la mano del rubio moverse buscando algo y sus ojos abrirse se quedó petrificada.
Él agarró su mano y se la quedó mirando con la vista algo ida, como si le costara fijarse en un punto en concreto después del tiempo a oscuras.
-Estás viva-graznó él, con la voz ronca por el desuso.
Ese fue el fin de su inmovilidad, la castaña salió del shock, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin parar y se abalanzó sobre el rubio, asiéndose a sus hombros.
-¡Estás bien! ¡Oh Merlín, estas vivo!-berreó ella contra él.
Draco le rodeó la cintura con su brazo y sonrió ligeramente, hundiendo el rostro en la maraña enredada que era el cabello de la joven, relajándose inmediatamente con el olor floral que desprendía.
Ella continuaba llorando a lágrima viva sobre él.
-Granger, si no he muerto tú me vas a ahogar con tanto lloriqueo, relájate-se burló.
Ella se apartó, sorbiendo la nariz, mirándole con los ojos muy abiertos, y de pronto arrancando en cólera:
-¡No estoy de broma Draco! ¿Sabes el susto que me has dado? ¡Pensaba que te morías!-chilló ella, para inmediatamente después de acabar la frase echarse a llorar de nuevo, girando la cara para que él no la viese.
Que ella le llamase por su nombre con lágrimas de alivio en los ojos había hecho que su corazón latiera más deprisa y había impreso una sonrisa condescendiente en sus labios mientras apretaba un poco más su mano.
-Vamos Granger, no llores, estoy bien.-la tranquilizó.
Ella se giró de nuevo a él, enfurruñada e intentando contener los hipidos del llanto.
-Eso dices ahora, pero llevo dos semanas viéndote ahí sin moverte, yo…pensaba que ibas a morir por mi culpa.-dijo mientras su labio temblaba y ella resoplaba para aguantar las lágrimas.
-¿Dos semanas? Y ¿qué es eso de por tu culpa? ¿De qué hablas Granger?-la interrogó él, ahora serio.
-Sí, mañana es navidad.
La respuesta de la joven concluyó ahí, pero él la asió más cerca y la miró fijamente claramente diciendo "no te hagas la tonta y contesta".
-Es sólo que si yo te hubiese escuchado y no me hubiese acercado a la Casa de los Gritos, tú estarías bien.
-Granger, ¿no eras la más lista de la promoción?-empezó él a reírse y rápidamente comenzó a toser.
Ella le acercó un jugo de calabaza, algo sorprendida por su respuesta y a la vez preocupada por la tos.
El Slytherin apuró el vaso y la observó sonriente.
-Granger, te hubieses acercado o no mi padre nos habría atacado. ¿Dónde está?-preguntó poniéndose tenso.
-Bueno, él… fue condenado al beso del dementor la semana pasada. Ayer fue su entierro-le dijo ella, algo azorada.
El suspiró y la forma en que los músculos del muchacho se relajaron la hicieron observarle, ambos mirándose fijamente el uno al otro.
Horas más tarde, cuando el profesor Snape y madame Pomfrey entraron en la enfermería para comprobar el estado de los chicos quedaron estupefactos al encontrar a Draco recostado contra el cabezal y a ella sentada en los pies de la cama al más puro estilo indio, mientras compartían su postre navideño y se reían el uno del otro.
Dos días más tarde el joven recibió el alta, pero la enfermera le exigió reposo hasta año nuevo, así pues Hermione se pasaba el día lanzándole miradas a Draco, exigiéndole que fuese a estirarse. Sólo hablaban cuando estaban solos, normalmente en el patio donde había charlado con Luna, el que ella había apodado "el patio de la Dama Gris" al no entender el comentario de la Ravenclaw.
-Granger, eres como una mama gallina, todo el santo día cloqueando detrás de mí. Relájate, por Merlín, estoy bien.-le dijo él en uno de sus múltiples encuentros.
La mayoría de las veces Hermione bajaba a las cocinas y pedía algo de comer a Dobby para así llevarlo al patio y compartirlo con el Slytherin, en pocos días sería año nuevo y todos volverían de las vacaciones, lo que sumado a las clases impediría que se viesen tanto como ahora.
-Haz lo que quieras, hurón engreído. Pero si vuelves a la enfermería no pienso ir a visitarte-le espetó ella, algo dolida por el apelativo.
-Eso no te lo crees ni tú-se burló el joven mientras masticaba tranquilamente una uva.
-Lo digo enserio, no pienso ir.-refutó ella.
Él dejó la fruta y se acercó a ella con los ojos entrecerrados.
-¿Quieres decir que me abandonarías?-la cuestionó repentinamente serio.
Una extraña ansiedad se instaló en el pecho del joven, no sabía por qué pero le preocupaba el hecho de que al llegar San Potty y zanahorio ella pudiese olvidarse de él, y que ambos volviesen al trato arisco e insultante de antaño.
-Oh vamos, no seas tan dramático Draco. Sólo he dicho que no iría a la enfermería.-se rió ella.
-Pero sí irías si Potter o Weasley estuviesen allí pasara lo que pasase ¿no?
-Claro que sí, igual que contigo-aseguró ella.
Los celos se apoderaron de él repentinamente, haciéndole decir sinsentidos.
-Mientes.
-¿Pero qué demonios…? ¿Se puede saber por qué miento?
-No vendrás.-aseveró él.-Cuando tus amiguitos vuelvan te olvidarás de mí, y de hecho, si te arreglas con Krum lo harás incluso antes de que vuelvan.
-No mezcles a Viktor con esto Draco, no tiene nada que ver.-le advirtió ella.
Él cada vez se acercaba más, con el rostro contraído por la furia.
-Me dejarás. Harás como si esto no hubiese existido y volverás a mirarme por encima del hombro. Volveré a ser la escoria hijo de un mortífago, y te olvidarás de mí.
-Draco, no digas tonterías-dijo ella agarrando su rostro para que le mirara-No voy a olvidarme de ti. Ha sido una broma, por supuesto que iría a la enfermería.
La pequeña sonrisa en su rostro y sus ojos fijos en él le encogieron de nuevo el corazón, últimamente le pasaba a menudo.
-¿Por qué?-ella le miró sin comprender- ¿Por qué vendrías después de todo lo que te he hecho pasar?
-Yo… me preocupo por ti, me importas.-susurró Hermione avergonzada.
Esa era la respuesta que sin saberlo había estado esperando, y sin contener sus impulsos el rubio acortó la distancia entre ambos, besándola suavemente, como si fuese una caricia en agradecimiento.
Ella se había quedado inmóvil, sorprendida por la reacción del Slytherin, mas solo le llevó unos instantes procesarlo y sus brazos se cerraron en torno al cuello del joven, enterrando las manos en su pelo y comenzando un nuevo beso, esta vez mucho más profundo.
Sentía su corazón bombear con rapidez, el olor de ambos mezclándose, el calor de la mano del joven posada en su estrecha cintura y su pechos prácticamente rozándose.
Podía distinguir el sabor de las uvas dulces en la boca de él y cómo sus respiraciones comenzaban a agitarse, obligándoles a cortar el beso. Draco la colocó sobre su regazo y apoyó la frente en la suya:
-Llevo queriendo hacer esto desde el día del baño-le susurró él sobre su boca, haciendo que ésta se entreabriera.
-Pues te has tomado tu tiempo-le contestó ella sonriente mientras lamía sus labios inconscientemente.
-No te preocupes, pienso compensártelo-dijo él volviendo a besarla, mordiendo su labio ligeramente como castigo por su inocente provocación.
Y mientras ambos se saciaban de los labios del otro, Helena Ravenclaw observaba la escena escondida tras una columna, cerrando los ojos y recordando amargamente cuando ella fue parte de una escena semejante en aquel mismo lugar.
Bueno, ehem, sigo viva.
Perdón a todo el mundo, un año y medio es mucho tiempo para no publicar.
No pienso poner ni una excusa, lo prometo!
Sigo sin poder garantizaros unas actualizaciones fijas, porque acabo de entrar en la universidad y básicamente tengo el tiempo justo para respirar.
Hemos llegado al ecuador de la historia, quedan unos 5 capítulos, así que espero poder publicaros el epílogo antes del 2018!
Muchas gracias a los que seguís leyendo desde el primer día y a pesar de mis altibajos monumentales, y a los que acabéis de incorporaros: bienvenidos!
Feliz navidad a todos y, por si desaparezco, feliz año nuevo!
Mery J Black
