En caza del destino
Capítulo 2
Una mano delicada y pálida, delgada y con el toque de la seda, de deslizaba sin prisas pero sin pausas por las tersas plumas del halcón. El ave soltó un chirrido de gusto cuando un índice se paseó distraídamente por detrás de su cabeza, recorriendo su lomo. Desplegó ambas alas y se volteó hacia la joven mujer que le propinaba las caricias.
"Lo sé, ella te hizo enfadar, ¿verdad?", un atisbo de sonrisa empática avivó la gélida expresión de la mujer y el pequeño pájaro chirrió nuevamente. "No te preocupes, pronto lo solucionaremos."
El viento se arremolinaba aún, causando la caída de algunos cúmulos de nieve atascados entre las ramas más jóvenes y blandas de los árboles en el linde del bosquecillo. El sol refulgía con esplendor, colándose entre las hojas y extrayendo los aromas que atrapara el rocío, y sin embargo como venía sucediendo desde hacía ya algunos meses, era incapaz de borrar por completo las huellas de la tormenta de la noche anterior.
En el llano, justo unos metros antes del sitio donde algunas de las raíces más rebeldes y añejas comenzaban a aflorar entre la nieve marcando el inicio de un terreno diferente, un bulto gris azulado yacía sobre una extensa y cálida laguna carmesí que se fundía perezosamente con los copos helados.
La mujer de cabello castaño rojizo, con un peculiar peinado que dejaba caer la mayor parte de su cabellera recogida hacia un lado, dedicó una rápida y compasiva mirada al que fuera un soberbio habitante de su bosque unas horas antes. El resto de las suaves hebras de su cabello rodeaban su coronilla en dos delgadas trenzas engarzadas con varias florecillas en campana, como una diadema de cobre montada con joyas blancas.
Soltó un suspiro al aire y su altivo compañero pareció estremecerse antes de dar un par de pasos inquietos sobre la tela que le cubría el regazo, para luego alzarse en el aire y perderse en la profundidad de los árboles hacia la montaña.
Más allá, otros cuerpos yacían inertes sobre el blanco mantel que cubría la tierra húmeda. Una completa masacre.
Una expresión dura surcó las delicadas líneas del rostro de la joven que yacía sentada sobre la prominente raíz de un castaño, haciéndola parecer repentinamente mucho más sabia. El tipo de sabiduría que sólo se obtiene a través de los siglos de permanencia en un sitio. De estudio con ojos sigilosos. De silencio para oír lo que el mismo tiempo tiene que decir.
La luz y las sombras se movían jugueteando sobre la piel de su rostro a medida que las hojas se mecían.
Sus ojos brillaron del mismo color que los del pequeño halcón, como zafiros de hielo, mientras imágenes de copas cargadas llenaron su mente. Luego, una vista en altura del sendero cerca de la ladera y sobre él un corcel negro como la noche sin luna lanzándose a todo galope, contrastando con la blancura de los alrededores. Mucho más allá, torciendo la falda del primer pico, unas cuantas casas humildes daban inicio al poblado del linde oeste.
El halcón hizo un giro en pleno vuelo para enfocarse en quien montaba al enardecido animal que no aminoraba su marcha.
Aquella larga cabellera dorada agitándose con el viento sobre hombros rígidos cubiertos por una capa de piel, hombros que se continuaban en brazos fuertes pero femeninos, los talones golpeteando contra los flancos del ya apresurado animal, el carmesí que cubría los ropajes de la joven, todo se reflejó en los ojos de la dama del bosque. No pasó desapercibido el desequilibrado movimiento sobre el corcel, ni los torpes esfuerzos de la jinete por aferrarse en su sitio y no caer.
Sin necesidad de que su ave le brindara ya imagen alguna, podía imaginar cada detalle restante.
En su mente estaba grabada a fuego la intensidad de su mirada borgoña, la sutileza de las líneas de su rostro, aquella molesta expresión neutral que sólo se modificaba por fracciones de segundo y sólo a causa de algún suceso que le fuera extremadamente inesperado, las manos blancas y suaves, pero con agarre férreo sobre las riendas y las crines del animal. Manos capaces de quitar la vida, manos capaces de causar mucho dolor.
Esa mujer llevaba ya algo de tiempo rondando su bosque, aunque le era difícil a la dama precisar qué tanto, puesto que el tiempo era justamente algo que ya se le hacía difícil mesurar.
Sin embargo, no pasaba demasiado entre cada una de la incursiones, y ella se encontraba más de una vez frunciendo el ceño con desagrado cuando esta impía rubia vertía su irrespetuosa ira sobre alguno de sus protegidos.
En el interior de su pecho, sentía el burbujear de una de aquellas sensaciones que el tiempo había acabado por robarle hacía ya bastante, y que sólo había reencontrado luego de conocer a esta criatura.
Algo entre el enojo, la indignación y la impotencia. Algo que bien podía ir de la mano con el orgullo herido que había comenzado a palpitar como una herida abierta en el fondo de su consciencia desde no hacía demasiado. Algo que la hacía desear poner a esa inescrupulosa mujer de nuevo en su sitio, que la hiciera reconocer en qué punto sus libertades se acababan y comenzaba su dominio. Pues ella era la señora del bosque, y el bosque era su reino.
Ante todo se sentía molesta, y los motivos sobraban como se puede ver. Lo peor sin dudas es que con todo y todo, no podía evitar sentir alguna enfermiza clase de fascinación con aquella extraña, puesto que cada vez que la dama creía comprenderla, hacía algo que la maravillaba y derrumbaba la estructura que había creado para explicarla.
Y así es como luego de cazar sin remordimiento a algún conejo que se paseaba ingenuamente en un claro, le lanzaba un trozo de su carne a algún pequeño depredador hambriento que se cruzaba en el camino. O tras asesinar vilmente a un felino cazador del bosque, se ocupaba de subir a su nido a un pichón caído. Desconcertante de a momentos, y de hecho, causaba que la señora del boque no pudiera alinear sus emociones respecto a la mujer en un solo sentido.
Decidió evitar alimentar su propia curiosidad cerrando los ojos y deteniendo con ello las visiones de inmediato.
Se incorporó. Tenía prohibido hacer algo, y sin embargo no podría mantenerse neutral más tiempo. Las consecuencias que podría tener cualquier acción eran un completo misterio, pero junto con ese burbujeante sentimiento de desagrado se encontraba bien acomodada la necesidad de establecer contacto. Pondría fin a esto de una vez por todas, así tuviese que pagar luego con sangre por haber interferido. Y lo haría tan pronto la rubia volviese a poner un pie en su bosque. No pasaría demasiado.
oOo
Ocho días pasaron luego del tortuoso camino de regreso al hogar. Con mayor rapidez de la esperada, Fate iba recuperando las funciones normales de su brazo, aunque su hermana se negaba a permitir que lo pusiese a prueba.
Se encontraba en ese entonces sentada junto a la puerta de la cabaña, jugueteando con una navaja entre los dedos de la mano derecha y un trozo de madera al que iba dando forma en la izquierda. Con una paciencia interminable, la rubia cazadora contorneaba la figura y pulía detalles.
La imagen del hermoso halcón blanco que seguía resurgiendo en su memoria tomó forma entre dedos escrupulosos, seguidos con atención inmersa por ojos carmesí.
Alicia alzó su propia mirada de la página y la dirigió a la quincuagésima figurilla de madera en forma de halcón en las manos de su gemela.
"¿Quién lo hubiera dicho?", lanzó sobresaltando a la ensimismada Fate. "Otro pajarraco."
El ceño de la menor no se hizo esperar, y tras pensárselo por algunos segundos dobló y guardó en un ágil movimiento la navaja, así como también el trozo de madera moldeado en el bolsillo antes de volver la atención a su hermana con un lastimero quejido.
"Quiero salir", sentenció finalmente en forma de pedido. Bueno, eso era lo más cercano a un ruego que Alicia lograba arrancar por parte de Fate. La pobre cazadora estaba completamente harta de no hacer nada y su hermana era firme, mas no necia. "Prometo que no haré ningún esfuerzo que pueda hacer que esto empeore, juro que no permitiré que empeore, sólo quiero alejarme de aquí por un par de horas y tomar aire…"
Pasaron unos cuantos segundos de silencio.
"Vete antes de que cambie de opinión…", musitó Alicia, que en menos de lo que lleva un pestañeo estaba de nuevo enfrascada en su libro. Si tenía que volver a escuchar a Fate lloriquear o verla producir una sola estatuilla en forma de gallina más, estallaría. Sin contar que sus lloriqueos no le permitían concentrarse. "Te quiero aquí en dos o tres horas máximo, y ven ya mismo a saludarme."
La mirada de Alicia seguía clavada en la página, pero su índice daba suaves golpecitos sobre su mejilla derecha. Fate, quien estaba ya saliendo de la cabaña con la capa a medio arreglar sobre sus hombros, se giró sobre los talones para regresar donde su hermana y con un asomo de sonrojo besar su mejilla.
Tonta Alicia y su manía por tratarla como una niña. Ella sabía que eso la avergonzaba. Aunque tenía que admitir que en el fondo le hacía sentir feliz ser mimada por su hermana mayor - exactamente dos minutos y medio mayor.
Sí, Alicia podía ser un fastidio a veces, pero la cuidaba y la ayudaba como nadie más hubiera podido hacerlo, porque tenía un don que sólo ella podía tener cuando de Fate se trataba. Su gemela sabía cuándo necesitaba una reprimenda, o un empujón, o un abrazo, sin que esta tuviera que pedirlo.
Tuvo un segundo de duda antes de estrujarla en un fuerte abrazo de oso con su brazo sano.
"Volveré pronto."
Las demostraciones de afecto no eran el fuerte de Fate, pero tampoco es que fuera necesario observarla de la forma en que Alicia estaba haciéndolo por sólo un abrazo. Tras permitirse una risa entretenida ante la cara de extrañeza que le dedicó su gemela, tomó el arco y el carcaj en plena carrera y salió de la casa. Mientras caminaba con paso enérgico se acomodó el cinturón de donde colgaban sus espadas.
Antes de darse cuenta se encontraba en el serpenteante río congelado que bajaba desde el valle, y lo siguió sintiéndose de mejor humor con el aire helado de la montaña inflando y entumeciendo sus pulmones.
Luego de una larga caminata decidió tomar un descanso al pie de un roble que parecía bastante viejo, en un claro dentro del bosque donde el río se ensanchaba y daba una vista verdaderamente apacible, a pesar de encontrarse totalmente congelado en esta época del año.
Se recargó y se dejó caer. Justo debajo del roble no se había acumulado nieve, puesto que las ramas que se desplegaban a montones habían hecho reparo a sus encrespadas raíces. Entre ellas, Fate se acomodó como mejor pudo y respiró profundo antes de meter las frías manos enguantadas en los bolsillos. Densas nubes de vapor salían de entre sus labios a medida que su respiración se regularizaba. Llevaba demasiado tiempo sin hacer ejercicio…
Jugueteó con algo que encontró en el bolsillo de la capa entre los dedos, como era su costumbre, antes de retirar la mano para ver de qué se trataba, y no pudo evitar reír al ver el 'pajarraco' que le había ocupado una buena parte de la mañana. Dejó la figurilla sobre la tierra y suspiró. Sus ojos se cerraron pesadamente mientras se disponía relajarse, haciéndose pequeña dentro de su abrigo para evitar el viento helado que golpeaba su rostro.
La imagen arrancó a los ojos azulinos de su ensimismamiento, que hasta entonces había sido causa de la pequeña figura de madera, sólo para sumirla nuevamente en ese estado. Esta vez el objeto de fascinación era, para su propia sorpresa, humano.
El sonido de la risa de la mujer frente a ella le era ajeno, y a la vez lo sentía extrañamente familiar. La observó acurrucarse hasta que sólo quedaron expuestas unas mejillas tenuemente sonrojadas por el frío por encima del cuello de su capa, sus ojos cerrados, su rostro sereno. Todo se la hacía dolorosamente añorable.
Esta mujer, que debía ser el blanco de su ira, era en ese momento alguna especie de intocable obra de la naturaleza a sus ojos. Y no se sentía capaz de hacer lo que había decidido hacer, lo que había ido a hacer, no se sentía capaz de hablarle.
No, aunque habían terminado por pasar más días de los que creía que pasarían en espera para volcar su enojo sobre ella, aunque había decidido romper su propio juramento y entablar contacto con un humano de nuevo luego de… bueno, siglos, sin duda, pero quizás incluso más, aunque de pocas cosas se había sentido alguna vez tan segura como de que tenía que ponerle fin a su destrucción irresponsable, y que tenía que alejarla, asustarla incluso, no lograba que sonido alguno abandonara su garganta.
Una mueca que se veía fuera de lugar trazó las líneas del rostro de la hermosa mujer, una expresión de rebeldía infantil ante sus propias y traicioneras reacciones. Se sentía con la guardia baja, completamente vulnerable, completamente indefensa.
Con pasos suaves se había acercado a la cazadora que yacía recostada contra el tronco del roble. Y se sorprendió al notar que aquellos intensos ojos borgoña se abrían de par en par para observarla, bañados en fuego, clavándose en los suyos, perforándolos, derritiéndolos, y su mano sana se movía con una agilidad impropia de un humano a la empuñadura de su espada.
No era posible que la hubiera oído, sus pasos eran tan sigilosos como los de ningún otro ser en el bosque… y sin embargo ahí estaba, su mirada fija en el ella, desafiante. Y tan pronto como el desafío se instauró en las orbes escarlatas, la mujer frente a ella pareció recobrar el sentido y su rostro se volvió inexpresivo, como si un inmenso e imbatible muro la rodeara de repente y no existiera nada que pudiera tocarla en el mundo.
Un poderoso escalofrío recorrió la espalda de Fate, que se removió incómoda en su sitio y aflojó el agarre sobre la empuñadura de su espada.
Luego del shock inicial por encontrar de buenas a primeras a una persona frente a ella, cuando no había oído a dicha persona – y no porque sus sentidos no fueran más filosos que la daga de un ladrón – acercarse hasta el último momento, su rostro se relajó en contra de su voluntad cuando la línea de su atención se comenzó a dispersar por las bellísimas facciones de la mujer.
Por un segundo, la cazadora se tuvo que plantear la posibilidad de haberse visto atrapada por un sueño abrumadoramente hermoso.
Esa mujer frente a ella se sentía etérea, y sin embargo sabía que era más real que ninguna otra cosa que hubiera visto en su vida.
Su rostro y la expresión en él hacían que algo dentro de ella se inundara y rebalsara de un calor que se esparcían lentamente, desde su pecho y por todo su cuerpo, llevándose el frío glacial de los alrededores y sumergiéndola en un estado de embriaguez que no hubiera logrado el más fino de los licores.
Sus ojos… azules, helados, profundos, agudos, perceptivos, cargados de voluntad, cargados de soledad, cargados de fuerza y sabiduría, pero a la vez dolidos y confundidos… Había demasiadas emociones en esos brillantes y curiosos zafiros…
Su piel era algo fuera de este mundo, algo que causaba que cada nervio, cada sensor en las yemas de sus dedos se activara dolorosamente en necesidad de rozarla. Y esa sensación se expandía por cada centímetro de su propia piel, necesitando el contacto.
Su cabello, que parecía tener la suavidad de la seda, caía despreocupadamente sobre su hombro derecho y enmarcaba perfectamente su rostro, arrancando a la luz del sol del mediodía sus mejores cualidades, variando en su color entre el castaño y el cobrizo y conspirando contra los aletargados sentidos…
Y su cuerpo… su cuerpo era algo digno de una deidad. Incapaz de siquiera sentir vergüenza, en un estado de enajenación absoluto, Fate recorrió el cuerpo de aquella mujer sin reparo alguno con la mirada. Lento. Saboreando cada rincón, cada curva, cada tramo de piel descubierta, cada detalle.
A juzgar por la inmensa cantidad de cosas que pasaron por su aturdido cerebro, cuando reaccionó, Fate sintió que la había estado observando por horas. Y se sintió enrojecer y cada uno de sus músculos se tensó involuntariamente. Y de repente no se atrevía a volver la mirada a los ojos de quien se mantenía en la misma posición desde que el escrutinio comenzara.
"Tú cazas a mis animales."
Oh Dios, su voz… Fate podía jurar que alguien había metido el puño en su pecho, aferrado su corazón, y apretado las garras alrededor con una fiereza inhumana. Y ahora, incapaz de otra cosa, sus ojos volvieron a clavarse en los helados zafiros. Todo esto era demasiado confuso. Todo esto hacía que su cabeza diera vueltas. Necesitaba detenerse, sino…
"Fate… Testarossa…"
Y oír su nombre en esa voz, casi un susurro dudoso, fue suficiente para que todo se volviera borroso, los colores se mezclaran entre sí, lo claro se volviera oscuro y Fate colapsara.
Bueno, espero que hayan disfrutado el nuevo capítulo, sé que es corto y que me demoré mi tiempo, pero hay algunas cosas de la historia que quería pulir (porque siento que no queda de la manera en que quiero que quede) y que ahora creo que va tomando la forma que debería...
Como siempre, espero cualquier clase de crítica y espero no haberme excedido aunque sé que lo hice :P pero necesitaba que el encuentro fuera mucho muy impactante para Fate. Perdón si me pasé con las descripciones!
Muchísimas gracias por sus reviews, y sus favs/seguimientos, me hacen sentir un poquitito más segura de publicar estas cosas extrañas que me inundan la cabeza llena de aire esta que tengo n_n
