Capítulo 11

La Estación Espacial K-7 seguía con su rutina diaria. No parecía nada anormal, aunque la nave anclada en el muelle Nº 5 llamaba la atención por su increíble historia de rebeldía, comunicada a un cuarto de la Vía Láctea, o más exactamente, al Cuadrante Alfa. Sin embargo, las comunicaciones subespaciales no eran tan rápidas como se creía. Un mensaje a la Flota Estelar podría demorarse una semana completa, dependiendo del lugar donde se encontraran y, pese a esto, la noticia sobrepasó la velocidad warp, llegando incluso al siguiente cuadrante. Por lo tanto, era exacto decir que media galaxia ya lo sabía:

"El capitán James T. Kirk de la nave estelar insignia USS Enterprise renunció al Imperio y se rebeló contra él, por amor a su primer oficial vulcano llamado Spock".

Era tan insólito el chisme, ya que el objeto del afecto se suponía vulcano, no tenía emociones, además de ser hombre. El Imperio repudiaba la homosexualidad, esto era bien conocido. Estaba prohibido bajo pena capital, en especial para los humanos. En los demás planetas también era penado, mas siempre existía uno que otro donde la "tradición" prevalecía, aunque eso significara ser mal mirados por la sociedad.

En Vulcano, la noticia los tomó por sorpresa. Sarek y Amanda estaban tomando el refrigerio de la tarde, tomados de la mano al estilo vulcano y viendo el hermoso paisaje rojo desde la terraza, cuando llegó un asistente a darles la noticia con la transcripción en un padd. El asistente entregó el padd a Sarek mientras comunicaba el hecho.

Amanda al escuchar la noticia, abrió los ojos tan grandes que salían de sus órbitas y pegó un grito, el cual tapó con sus manos. Miró a Sarek esperando que le diera un ataque al corazón (pues tuvo problemas con esto) y cayera muerto a sus pies, así que se preparó para la emergencia; lo sostuvo del brazo y le hizo señas al asistente para que estuviera atento.

Sin embargo, nada sucedió. Amanda extrañada observó cómo su marido sostenía el padd y fijaba la vista sobre él con mucho interés. El mismo interés que ponía cuando estaba trabajando en el Alto Mando Vulcano y le daban un documento oficial.

-Fascinante- concluyó Sarek, igualando a su hijo.

Amanda estalló en risa, que trató de aguantar al principio, pero en vista de su fracaso, siguió riendo de buena forma. Su marido desvió la vista del padd hacia ella y Amanda se llevó una mano a la boca, tapando su sonrisa. Lo miraba risueña.

-¿Por qué ríes?

-Por tu actuar, querido.

-Mi actuar es muy lógico- dijo volviendo al documento.

Amanda dejó de reír de improviso y se acercó a él para ver los caracteres vulcanianos en la pantalla del padd.

-No entiendo. Dice lo mismo, pero se ve más apasionado dicho por James- volvió a cubrirse la boca para contener otra vez la risa, sin éxito.

-No, ¿ves esta palabra?- la apunta con su dedo índice. Amanda lo miró más extrañada- es una palabra especial, pertenece a los albores de nuestros tiempos- miró al frente- Debo comunicarlo al Alto Mando.

Salió con presura, dejando a su esposa sorprendida.

-Espera querido, voy contigo- salió en pos de él sin tener la menor idea de qué pasaba.

Estaba aliviada de alguna forma por la elección de su hijo. Jim era malvado, pero sabía que debajo de todo eso, había un diamante en bruto por pulir, y su hijo podría pulirlo muy bien. Se sonrojó con el último pensamiento, y siguió con su sonrisa en su rostro tratando de disimularla con la mano, aunque unos segundos después, no necesitó de ella. Algo le daba un mal presentimiento.

-Por favor, James, cuida de mi hijo como siempre has hecho- y desapareció por los pasillos de su casa siguiendo a su esposo.

Muy lejos de donde orbitaba el planeta Vulcano, el cuerpo de Spock era examinado por los romulanos como si se tratara del eslabón perdido, aunque en cierta forma lo era. Los romulanos descendían directamente de los antepasados vulcanianos que no quisieron seguir la filosofía de Surak en el Tiempo del Despertar, fundando así Rómulo y Remo. Por esta razón, los vulcanos les resultaban de un interés especial incomprensible para los humanos. Ellos eran casi iguales físicamente a los vulcanos no obstante, se comportaban tan diferentes de estos a causa de sus emociones que parecían de otra raza, y en efecto, lo eran. Vestidos para la guerra, los soldados usaban mantas rojas en sus hombros semejantes a los cintos dorados de los klingons. Ese distintivo, los convertían en una raza guerrera, muy por el contario de los vulcanos.

-¡Basta!, debería servir- dice el romulano a cargo.

-¿Qué hacemos con el humano?

-Si el vulcano se recupera, puede que el humano también, aunque no es seguro.

-¿Llamamos a su doctor?

-Ese doctor sabe menos de vulcanos que nosotros.

-No, pero sabe de humanos.

El centurión lo pensó:

-No creo que quiera cooperar. Ninguno de la nave lo ha hecho por el momento, pese a ser capturados. No dejarán su guarida.

El comandante romulano se acercó a ellos:

-Avísenle de todas formas, veremos qué hacen. Los humanos son sentimentales, pueden que acepten y en ese caso, tendríamos a tres rehenes. No perdemos nada.

El doctor McCoy era un sentimental, porque aceptó bajar de la Enterprise a ver a los oficiales supuestamente heridos. Sulu le pidió que no lo hiciera. No creía que ni el capitán ni Spock estuvieran vivos, después de la batalla con esa nave de combate, más parecía una trampa romulana, como la que les hicieron a ellos cuando capturaron al Enterprise después de salir de warp. Los pobres oficiales se sacrificaron en vano, pues igual los capturaron aunque todavía no todo estaba perdido: la tripulación salvada se encontraba, en shock por las acciones del Imperio en su contra, y agradecida con los oficiales héroes quienes se sacrificaron para salvar sus vidas, por lo cual implicaba, una cierta cooperación por parte de todos. Sulu le explicaba esto al doctor, pero este lo ignoró brillantemente, y hasta por unos extraños momentos, le ofreció el comando de la nave, ya que el doctor tenía un rango mayor al suyo. McCoy lo envió a "bailar con su abuelita", porque era "médico, no capitán", así que no tuvo más remedio que secundarlo. Algo parecido le pasó, cuando fue donde Scott y le pidió ayuda para transportar al doctor sin bajar los escudos, puesto que si los bajaba, quedarían al descubierto. Scott le dio una solución igual de brillante que aceptó por supuesto, y también se vio ofreciéndole el cargo de capitán, dado que Scott era el capitán de corbeta. El ingeniero le dio casi la misma respuesta que el doctor (aunque no con la abuelita) y le dijo que tenía que preocuparse de las reparaciones de la nave.

Sulu se sorprendió de tener el cargo de la nave sin matar por ello como acostumbraban, porque al parecer, nadie quería ser capitán en estas circunstancia y se sorprendió también al ver que él tampoco lo quería por ahora, pero en el ambiente se leía: "bueno, ¿no quería usted jugar al capitán?, pues juegue". El piloto convertido en capitán, sentado en el sillón, trataba de parecer digno, aunque se rebanaba los sesos pensando: ¿Qué haría el capitán Kirk si...?, comprendió que le faltaba mucho para ser un verdadero capitán. La verdad fue que si Chekov, no hubiera tomado la iniciativa de atacar al capitán para subir al mando, él no se hubiera atrevido a intentarlo. Chekov lo hizo por él y por ambos, para vivir juntos, no para ser capitán. Admiraba su valor y lo quería cada vez más por eso. Tampoco, sino hubiera sido porque el ruso creía firmemente que el capitán y el primer oficial estaban vivos, él no se esmeraría tanto en continuar con la farsa, ni hubiera seguido al enemigo hasta K-7. Suerte que tenían un ángel guardián o era el capitán Kirk protegiéndolos desde el más allá, debido a que los romulanos no podían poner un pie en la nave sin desaparecer sin rastro alguno. Así estaban, ellos no bajaban de la nave, los romulanos no subían, anclados en el muelle, en una posición de "jaque al rey", donde un movimiento les daría el "mate" y no tenía la menor idea de por qué seguían vivos todavía.

Suspiró, sentado en el sillón del capitán y sintió una presencia cerca de él.

-Pareces un verdadero capitán sentado ahí y sin esa fea cicatriz en el rostro- le sonrió Chekov.

Sulu se tocó su mejilla y le devolvió la sonrisa. El doctor le ofreció, antes de bajar, quitarle la cicatriz. Él aceptó de buen agrado, si eso significaba no gastar tiempo. El doctor gruñó, agarró un aparato y se lo pasó por la cara como si nada.

-¡Listo!- dijo sin más y lo dejó tocándose la mejilla, confundido al extremo.

Llevaba unos minutos fuera el doctor y no había nada más que hacer, salvo esperar.

-No había razones para conservarla, Chekov, solo era un trofeo de guerra- le explicó a su chico.

-Eres como los cosacos- le sonrió en respuesta.

Sulu deseó que Chekov tuviera razón en todo y que el capitán estuviera vivo.

En algo tenía razón Chekov, porque McCoy encontró a los dos oficiales "casi vivos", más muertos que otra cosa, más si estaban desnudos boca arriba en mesas para cadáveres, blancos como el mármol. El doctor tuvo que hacer gala de todos sus años de servicios para acercarse y comprobarlo.

-¡Necesito unas mantas!, ¡Por Dios!- gritó a los romulanos. Estos no se impresionaron mucho, pero fueron por sus mantas y por las ropas de los cautivos, después de una venia del centurión.

Estaban vivos, de milagro, porque el ritmo cardíaco de ambos era muy débil e irregular. Le llamó la atención de que tenían el mismo ritmo como si latieran juntos o trataran de latir, y eran latidos humanos. Podría tratar de estabilizar a Spock primero, pero vio que Jim estaba más estropeado, además, algo le decía que debía empezar por el chico. Así hizo todo lo que pudo, con la precaria implementación de la estación espacial, que más parecía un hospital sacado de una película de horror, por su escasa iluminación, paredes, suelos, sucios y quebrados.

Se enteró de lo sucedido por boca del centurión romulano. McCoy se estremeció al escucharlo, pero agradeció en el fondo que los romulanos los rescataran y dieran masaje cardíaco a ambos.

Supongo que debo darle las gracias- le dice McCoy al centurión.

-No debe dármelas a mí.

-¿A quién entonces?

El centurión no respondió en vez eso le pasó las mantas.

Les puso solo los pantalones, dejándolos desnudos de la cintura para arriba.

-Necesito instalaciones más avanzadas- puntualizó- mientras arropaba a ambos con las mantas, como una madre a sus hijos antes de dormir.

-Tendrá que arreglárselas con esto- fue la dura respuesta del comandante romulano.

-No ven que puedo perderlos en cualquier momento. No tengo el equipo necesario para estabilizarlos- dijo angustiado.

-Esta es una estación de comercio, no una clínica. Agradezca que lo dejamos usar la sala de primeros auxilios- dijo el centurión.

-Esta no es la sala de primeros auxilios, más parece la morgue- murmuró McCoy, luego alzó la voz- Déjenme llevarles a la nave, cuando estén recuperados los traeré de regreso, tienen mi palabra.

-Jajajajaja- se rieron los soldados enemigos de la ocurrencia tonta del humano.

McCoy se mordió los labios.

-Puede ocupar mis instalaciones personales, doctor- escuchó una voz profunda viniendo de atrás.

Volteó y vio como una figura alta se abría paso por los soldados romulanos.

-Su Excelencia- se inclinaban los soldados, el centurión, e incluso el comandante de la nave romulana.

-Mis instalaciones cuentan con lo mejor de la medicina romulana, puede ocuparlas sino le molesta subir a mi nave- dijo la elegante figura.

El doctor quiso saber quién era el sujeto, vestido con una túnica negra tan diferente de los otros, pero no quiso tentar a su buena estrella, así que aceptó el ofrecimiento, asintiendo con la cabeza. No tenía otra opción.

-Supongo que es a usted a quien debo darle las gracias por salvarlos- le dijo al romulano con porte de vulcano gracias a su seriedad y parsimonia.

-Démelas después, cuando salve a sus amigos- le respondió clavando sus negras pupilas en las avellanadas de él.

Sus dos pacientes y él mismo, se materializaron solos en las instalaciones médicas de la nave romulana. Luego de la primera impresión, McCoy puso manos a la obra para recuperar a los oficiales.

El primero en reaccionar fue Jim, quien despertó como si saliera de una pesadilla. Tuvo que echar mano a su arsenal de hypospray para calmarlo. Cuando tuvo el dominio de sí, lo reconoció con un "Huesos", que desde hace mucho tiempo no escuchaba, después le preguntó por Spock.

-¿Cómo está?

-No puedo estabilizarlo, no sé qué le pasa- respondió el doctor angustiado.

Jim trató de levantarse de la camilla, para llegar hasta su amado, pero no podía hacerlo y el doctor lo impidió.

-Ayúdeme McCoy.

-No, usted no se ha recuperado todavía del todo, debe quedarse acostado- lo sujetaba de los hombros contra la camilla con suavidad.

-Huesos, por favor, ayúdame- insistió con el brazo estirado, tomando su brazo y mirándolo intensamente.

El doctor lo miró preocupado.

-Está bien, Jim.

McCoy lo dejó apoyado en la cómoda camilla de Spock y vio como Jim ponía la palma de su mano en el rostro del vulcano de forma vacilante, sin saber qué hacer específicamente, o en qué posición iba. Luego apretó la mano en un puño y lo miró asustado. El doctor solo le devolvió la mirada con preocupación, entonces, él volvió su vista al cuerpo de Spock y depositó sus dedos en el rostro como la fusión mental.

-Jim, tú no eres vulcano.

-No, pero quizás solo sirva con él. No se me ocurre otra cosa.

Vio como cerraba los ojos, tratando de concentrarse, no lo consiguió; despejó su cabeza y volvió a la carga, era increíble su forma de no rendirse. Esa era una cualidad de Jim, siempre admirada por él.

Los segundos pasaban y Jim contraía su propio rostro como si estuviera haciendo una fuerza invisible. Luego comenzó a hablar.

-Spock, Spock, vamos responde, sé que estás ahí.

No le gustaba nada y comenzó a impacientarse. Jim a veces era demasiado cabeza dura, quizás debería usar un hypospray para calmarlo.

-Jim.

-Ssssh- lo acalló con los ojos cerrados.

Definitivamente, era un cabeza dura. Tomó con lentitud un hypospray lo ajustó y se acercó sigiloso con la calma de un doctor, ignorando las palabras de Jim.

-¡Spock! ¡Responde maldición!

Estaba cerca...

-Spock, ya no es necesario, ¡podemos vivir!

Un movimiento y...

-Te necesito.

Psssssh- lo aplicó casi en la nuca.

-¡NO!- gritó Jim, mirándolo con los ojos abiertos de la impresión con la mano en el cuello.

McCoy sabía que Jim odiaba sus hypospray, pero ya estaba exagerando mucho.

-¡NO, HUESOS!, ¡No sabes lo que has hecho, debo sacarlo o...!- y el sedante comenzó con su efecto inmediato.

Fin capítulo 11