Capítulo 12
Jim cerraba y abría los ojos adormilados.
-Tranquilo no es un sedante fuerte. No puedo aplicarte uno así, por tu corazón- le dijo McCoy en modo conciliador.
-Spock, Spock, por favor- seguía suplicando en forma queda.
McCoy lo sujetó de la cintura, porque las piernas le estaban flaqueando.
-No nos separe...- le gemía.
-No haría eso- dijo con suavidad mientras lo levantaba para llevarlo a la camilla.
Dio un paso y se dio cuenta de que no podía moverlo como si estuviera atascado en algo. Miró y supo lo que era: Jim no soltaba la mano del vulcano. Era más cabeza dura de lo imaginado. Tironeó un poco como tanteando.
McCoy lo tenía abrazado de la cintura, con aquel rostro caído en su hombro. Sus manos tocaron la espalda del otro al tratar de levantarlo. Recordó entonces, lo herido que estaba por los latigazos y el abuso. No lo había curado del todo, porque estaba más preocupado en regular el ritmo cardíaco. Debía dolerle mucho y aún así...
-Ayúdame...- le escuchó decir en su hombro.
No sabía si se refería a él o a Spock. Huesos se enojó.
-¡Arg!, ¡está bien, está bien!, ¡eres más terco que una mula!- gritó ya fuera de sí.
Dejó a Jim, inclinado con medio cuerpo encima del pecho desnudo de Spock, para que no cayera mientras empujaba la otra camilla y la acercaba. Cuando llegó lo más cerca que pudo, el cuerpo de Jim se estaba resbalando e iba a caer al piso, así que rodeo la camilla que estaba empujando para apresurarse y sostenerlo, pero una mano se le adelantó:
Era la mano de Spock, quien sujetaba a Jim de la espalda, pese a estar inconsciente.
Revisó los signos vitales de Spock, y vio con sorpresa que se estaban regulando, pasando de latidos humanos e irregulares, a latidos humanos normales, y luego, a latidos vulcanianos. Ahora no sabía si quitarle a Jim de encima o dejarlo ahí, hasta que el vulcano recobrara el sentido. Decidió dejarlo ahí, pero igual juntó las camillas para subir la otra mitad del cuerpo de Jim.
Después de un rato, logró estabilizar a Spock, aunque estaba inconsciente todavía con Jim durmiendo plácidamente, casi encima de él, abrazados. Terminó de curar los cuerpos- ahora se preocupaba más de sus mentes- y se mantuvo monitoreando los signos vitales en el escáner médico.
-El rumor parece cierto- le dijeron.
Volteó a ver de quien se trataba esa voz, aunque le parecía familiar. No había notado la presencia de esa persona por estar muy ocupado.
-¿De qué rumor habla?- preguntó el doctor.
-Sobre esos dos- le respondió el imponente romulano dueño de las instalaciones médicas y de la nave.
-No sabía que estuviera enterado.
-Por supuesto, es la comidilla del momento- dijo con elegancia.
-Una persona de tan alto rango como usted no debería hacerle caso a rumores mal intencionados.
-No son mal intencionados si vienen de la boca del propio protagonista.
-En ese caso, supongo que es verdad- suspiró el doctor y continuó con su trabajo.
-No nos hemos presentado como es debido. Mi nombre secular es Gaius Messius Quintus Decius, pero puede llamarme, simplemente... Decius.
-Doctor Leonard McCoy. Ahora sí, ¿puedo darle las gracias por prestarnos sus instalaciones para atender a mis pacientes?- le preguntó formalmente, Huesos.
-Por supuesto, fue un placer ayudar a sus amigos- le fijó la vista.
Tenía una mirada intensa el romulano, aunque más parecía un vulcano por su porte, su forma de vestir con esa túnica larga y negra con hermosos motivos blancos, su forma de expresarse, moverse, tranquilo como si nada lo perturbara, con ese aire familiar. Es más, juraría que se parecía al Rey Duende- el que ahora sin barba, solo era un Duende de Sangre Verde- con su peinado liso, un poco más en punta en la frente que el otro, y se le parecía en algunas de sus facciones, aunque este las tenía mejor distribuidas, quizás por la forma del cráneo. Sí, tenía buena estructura ósea, buena altura, más alto que ellos tres, ¿1, 85? Parecía de su edad, disfrutando de una muy buena salud, ¿quién sería su médico?, pero tampoco debía suponer mucho, debido a que estos extraterrestres eran engañosos en cuanto a la edad, podían tener 40 y parecer de 20, o 70 y tener 150 años. Además, los romulanos eran descendientes de los vulcanos y por eso se parecían, así que...
-¿Sucede algo doctor?
-¿Es usted un vulcano?- le preguntó sin más.
-¿Eh?- quedó extrañado, pestañeó varias veces y luego hizo algo totalmente desprevenido para el humano.
Comenzó a reír en forma dulce y melodiosa.
McCoy se quedó asombrado de ver reír a alguien de su especie y ver que le quedara tan bien el buen humor. Luego se ruborizó de vergüenza al ver lo tonta que había sido su pregunta, quedó como idiota, ¡claro que era romulano! El que usaran naves klingons o túnicas vulcanianas no cambiaba el hecho de que efectivamente, lo eran.
-Discúl... peme...- dijo avergonzado.
El otro tranquilizó la risa y lo miró fijamente con una sonrisa.
-No hay nada de qué preocuparse. Es usted muy gracioso.
Genial, ahora era considerado un payaso. Se movió incómodo.
-Perdone, no quise ofenderlo- el romulano ya no sonreía.
-¡Oh!, no, no, no se preocupe. No me ha ofendido se lo aseguro- dijo el médico apenado.
Silencio.
McCoy decidió no hablar hasta que el otro dijera algo, mas nada decía, solo lo observaba con una casi sonrisa y esos potentes ojos negros que parecían verlo todo. Reconoció la mirada. Era la misma irresistible de Jim que usaba en sus conquistas, pero esta tenía algo más. Era como si lo estuviera desnudando con la mirada. Ese pensamiento, lo puso nervioso en extremo y se notaba en cada uno de sus gestos, ya que el doctor era muy expresivo. Trató y trató, pero no pudo aguantarlo por más tiempo.
-¡Deje de mirarme así y diga algo, por Dios!- lo señaló con la palma de su mano derecha hacia arriba.
-¿Y qué quiere que diga?- lo miraba risueño, pero serio.
-¡No lo sé, cualquier cosa!... ¿A qué vino?
-Vine a preguntarle cómo estaban sus amigos y si le gustaron mis instalaciones. Si necesitan algo más- dijo con simpleza.
McCoy se tranquilizó.
-Ah, sí, están bien- sonrió con alegría el doctor- Pude estabilizarlos por completo gracias al equipo médico fabuloso que tiene. Nunca había visto uno tan completo y compacto, ni en los hospitales de la flota. Camas suaves y fuertes. También está bien decorado, eso es bueno para el espíritu del paciente, un toque sencillo, pero sobrio- puso ambas manos en la espalda en posición oficial y asintió con una sonrisa de satisfacción- ¡Ah!- sacó las manos de la espalda- y todo está perfectamente, no necesitamos nada, muchas gracias- desplazó las manos adelante como si estuviera nadando mientras decía lo último, era la típica seña "se acabó" y luego volvió a su posición oficial.
La sonrisa en el romulano volvió:
-Me alegra mucho escuchar eso.
-Entonces…
-Entonces…- repitió el romulano.
-Entonces, puede volver con lo que estaba haciendo, sería de mal gusto tenerlo aquí distraído con cosas tan poco importantes. Supongo que tendrá muchas cosas qué hacer.
-¿Me está echando?- le dijo sorprendido el romulano.
-¡Claro que no, hombre!- dijo ofendido, en verdad lo decía en serio- ¡Cómo podría hacerle eso a usted, quién salvó la vida de mis amigos! Solo se lo digo, para que no tenga preocupada a su gente por su seguridad. Digo, aquí solo con el enemigo, deben temer por usted.
-No, no temen por mí en absoluto- dijo con una seguridad aplastante- puedo cuidarme muy bien solo- avanzó hacia él con lentitud- y enfrentarme a mis enemigos sin miedo.
El instinto de McCoy le decía que retrocediera, pero no podía hacer eso. Se obligó a permanecer en su posición actual. Ese sujeto era peligroso, lo sabía, tenía el porte de un rey y esos eran los peores. McCoy tenía miedo de él, sin embargo, por mucho miedo que tuviera no se dejaría intimidar. Había atendido a muchos hombres importantes que en el momento de atenderse con él, gritaban y pataleaban peor que un niño de cinco años. En el fondo todos eran criaturas. Así que surgió la pregunta que no había querido hacerle antes, porque sabía que la respuesta no le gustaría.
-¿Qué quiere realmente?- apenas lo dijo se arrepintió, pero lo miró fijo, y esperó valientemente la respuesta, como un condenado frente al pelotón de fusilamiento sin venda en los ojos.
El sujeto se detuvo a pocos centímetros de él, entre asombrado e intrigado, pasó la vista por su rostro como buscando algo en su cara.
-Solo están vivos por capricho mío- respondió insinuante y agresivo.
-Lo sé- dijo golpeado y seco, ya que lo sospechaba desde el principio.
Una sonrisa afectuosa apareció en ese rostro y el aire agresivo se calmó.
-¿Y bien? ¿Qué quiere? ¿Me lo va a decir o tengo que imaginármelo?- McCoy estaba molesto.
El romulano río suavemente y la ira del doctor comenzó a subir al punto de la ebullición. Quería golpearlo en la cara y quitarle toda esa arrogancia. Fuera de toda razón y lógica, pensó:
"¡Maldito sujeto, quién se creía el muy desgraciado!"
-Me gusta doctor McCoy, me gusta mucho- confesó con sinceridad el romulano.
Al doctor se le cayó la ira a los pies y quedó en blanco de la impresión. Sintió como le levantaban la barbilla, suavemente, con los dedos y vio ese grácil rostro muy cerca de él, violando, total y completamente, su espacio personal.
-Es usted increíble- le miró los labios, que luego acarició con el pulgar.
Huesos dio un respingo.
-¡Oiga!- le quitó la mano de su barbilla con un manotazo veloz y lo miró desafiante.
El sujeto se rió de él y caminó hacia los durmientes. Dándole la espalda continuó hablando.
-Definitivamente, muy increíble, hasta adorable- llegó a la cabecera de los dos amantes- me pregunto, si estos dos son tan interesantes como usted- pasó su dedo primero por la cabeza de Jim y luego, por la de Spock.
El doctor McCoy dio un paso asustado de que les hiciera algo, pero se detuvo de improviso al ver como el otro retiraba la mano de ellos.
-¿Me preguntó qué quería?- preguntó terminante, clavándole su mirada negra.
El corazón de McCoy latió a mil y le escuchó decir la respuesta con lentitud:
- Quiero…- hizo una pausa angustiosa- …comprobar que estos dos…- depositó ambas manos al mismo tiempo, una en la cabeza de Jim y la otra en Spock- …mienten.
Había odio en esa voz, peligro, y otra cosa más que no supo identificar.
- Cuando logre hacer eso- siguió hablando el romulano- tomaré su nave y sus secretos tecnológicos, si es que los tienen. Esclavizaré a la tripulación, la cual irá a las minas de Remo y en cuanto a ustedes tres…- agarró el cabello de ambos con fuerza, después retiró sus manos y comenzó a caminar hacia el doctor-… tenía pensado torturarlos y mandarlos a las minas, donde padecerán trabajo, hambre, locura y muerte, pero antes de hacerles eso, tengo una mejor idea…- sonrió al estar muy cerca de él.
McCoy se estremeció por completo cuando el romulano, volvió a tomar su barbilla con la mano, pero esta vez no fue un ligero toque con sus dedos, sino que, usando toda su mano, agarró con firmeza y fuerza su mandíbula al punto de lastimarlo. Con ojos entrecerrados por la presión, siguió escuchándolo paralizado.
-Ustedes serán mis mascotas…- lo dijo como si ya fuera un hecho- Si ustedes, logran complacerme, quizás, solo quizás, no los mande a Remo- le clavó la vista- ¿No soy generoso?- lo soltó con tal brusquedad, que lo hizo desviar su rostro hacia un lado- comuníqueselo a sus amigos- empezó a caminar hacia la salida dándole la espalda otra vez, pero en dirección contraria.
McCoy vio como antes de salir, se volteaba hacia él.
-Cuide de ellos, mi querido y precioso doctor, déjelos sanos y fuertes. Prepárelos y prepárese para llegado el momento- salió de la habitación con su acostumbrada elegancia.
La puerta se cerró tras el romulado, dejándolos solos en la sala médica. No podía moverse de donde estaba. Dio un paso y flaqueó, entonces se dio cuenta que temblaba de pies a cabeza. Miró hacia atrás para ver a sus amigos y pensó en cómo les iba a decir que, después de todo lo pasado y librado, cayeron de la sartén al fuego.
Fin capítulo 12
