Capítulo 16

Jim estaba con la mano temblorosa y muy avergonzado.

-Perdón, perdón lo siento yo...- miró al suelo- es cierto lo que dices.

-Negativo, no es verdad- Spock lo tomó de los hombros y siguió hablando con él pero a nivel del pensamiento:

"Todavía estoy molesto por lo sucedido con Decker, pero yo prefiero esto, y no me importa que nos observe. Peor será para él, después de un rato, no podrá vernos- dijo con esa seguridad que siempre convencía al capitán de confiar en él."

Jim guarda silencio y lo mira interesado.

"¿A qué te refieres?"- decide seguirle la conversación telepática.

Spock soltó los hombros de Jim.

"Por su forma de actuar, es probable que el romulano no crea en el amor"- concluyó.

"¿Cómo no va a creer, si existe en todos los mundos?"- dice Jim asombrado.

"Los humanos atribuyen muchas cosas a esa emoción en concreto, supongo que es posible que él crea en el amor, pero no en el tipo de amor de nosotros: un amor tanto creador como destructor".

"El amor no destruye"- afirma Kirk.

Spock lo mira con intensidad y continúa su pensamiento

"Jim, tú eres mi T'hy'la, de eso no hay dudas. Si él cree que no existe es porque es tan especial que parecía imposible. Yo nunca me lo imaginé: yo te amaba, eras mi asha-yam, mi amado. Mi deseo por poseerte abarcaba todos los sentidos; te quería para mí. Yo nunca quise ser capitán de la nave, ni tampoco ambicionaba grandes cosas, solo quería ser un científico y abocarme en ello".

Cruzó sus brazos y miró sus pies. Así siguió con su explicación:

"Verás, soy muy ambicioso, tú me hiciste así- en este momento elevó la mirada hacia él- Quería todo de ti, no me bastaba tu cuerpo quería tu mente, pero no me bastaba tu mente quise también tu alma, tu katra, y tampoco me basta eso, quiero tu esencia, lo quiero todo, ¿no ves que quiero ahogarme en ti?, ¡es una completa locura!- se agarra la cabeza y vuelve a mirar el suelo- ¡debo ser el tipo más ambicioso del universo!".

"Spock, no eres ambicioso solo estás muy enamorado y no sabes cómo expresarlo"- posó sus manos sobre las suyas.

"Es insano- con determinación lo miró a los ojos- si me hubieras rechazado en el momento que te tomé, yo estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de tenerte por completo, incluso matarte o peor aún, tomar tu oscuridad, hacerla mía. Nos habríamos convertido en unos monstruos."

"Eso ya lo sabía"- respondió Jim con dulzura.

Spock abrió los ojos.

"¿Y sabiendo eso dejaste que te tomara?"

"Claro que sí, no tenía opción, estoy enamorado de ti y en esa ocasión no había otra forma. Tenía miedo, mucho miedo, pero más miedo tenía el perderte. Yo, en el instante último de la desesperación, siempre decido confiar en tu amor, al final, si me amas, no puedes lastimarme. Lo creí firmemente, tanto en ese momento, como en aquél con Decker. Es algo, Spock, sin sustento, ni lógica, solo es un acto de fe- lo miró con amor- por eso te digo, el amor no destruye, tú me lo has comprobado."

Spock perdió el aliento con esa mirada intensa y con el corazón latiendo dijo:

"Eres demasiado para mí. No tengo derecho a pedirte nada T'hy'la mío."

"Haremos lo que siempre hago. Tomaré en cuenta tus sugerencias y seguiré tu consejo"- Jim lo miró con intensidad.

Manifestado lo importante, aquello oculto dentro de sí mismos, supieron que todo estaría bien.

"T'hy'la…"

Spock se acercó hasta él y tomó su rostro con la palma de su mano derecha. Acarició esos labios con su pulgar de un lado para el otro, aumentando la sensibilidad de esos rebordes deseosos. Jim lo miraba intensamente con ojos bajos, pues observaba a su vez, también, los otros labios que lo llamaban con intensidad. Spock sintió el impulso de besarlo al sentir el calor emanando de aquellos pliegues carnosos. La respiración de Jim se hizo más intensa y este cerró los ojos. Entonces, a Spock se le nubló la vista e inclinó la cabeza con lentitud hacia el lado izquierdo para tomar esa boca. Cuando hizo contacto con él, el pulso se le detuvo, porque el efecto fue doble. Jim abrió la boca y requirió de su lengua. Él aceptó el pedido: se la metió por completo para enrollarse dentro de él.

El beso lo acarició con profundidad. La temperatura empezó a aumentar sin previo aviso. Siendo el científico que era, le llamaba mucho la atención las reacciones químicas encontradas en su pareja y en las suyas propias, ya que les parecían fascinantes a más no poder. El joven capitán tenía tantas emociones abrigadas en su interior y al hacerlas salir de él, eran como una explosión que lo golpeaba sin piedad aparente. Gatillaban y contagiaban a sus propias emociones; el control se hacía insostenible; de nada servía el entrenamiento vulcano para reprimirlas.

"Jim, ¿cómo acostumbrarme a ti, quien enciende mi fuego interno vulcano? Mi interior arde con solo acariciarte".

-Spooock- suspiró en respuesta y sintió como el beso se trasladaba a su cuello, en la garganta. Echó la cabeza hacia atrás con ojos entrecerrados.

Con movimientos sosegados, Spock depositó en Jim; su palma abierta izquierda en la espalda, y la otra mano, su derecha; en el cuello. Besaba la yugular de ese lado izquierdo cuando bajó de su beso; y del otro lado, del derecho, deslizaba las yemas de sus dedos por la otra vena palpitante, recogiendo suaves suspiros con su puntiaguda oreja levantada en dirección a esa boca. Pegó su bajo vientre al otro cuerpo, el cual lanzó un gemido sorpresivo, para luego calmarse y seguir suspirando como hasta ese instante. Sintió como agarraron sus caderas para mantener el contacto de esa parte baja.

Decius observaba todo desde el otro lado del cristal, sentado en un cómodo sillón de controles en los brazos. Vio cómo se deslizaban ambos hacia la cama con el vulcano encima del otro. Hasta hace unos momentos, la sonrisa adornaba su rostro, divertido por la pelea de enamorados que presenció. Se suponía debían mostrarle al amante supremo, o al menos fingirlo para tratar de engañarlo, pero, al contrario de eso, se pusieron a pelear, ¡bonito amante perfecto! De esa forma jamás lo convencerían de estar frente a algo especial. Sin embargo, cuando el silencio aplacó al iracundo, todo se revertió. No parecía una pareja que acababa de pelearse, ¿o sí? Estaban bajo comunicación telepática, eso era evidente, mas antes de aburrirse, por primera vez puso verdadera atención en ellos.

Vio como Spock se tomaba la cabeza con ambas manos y Kirk posaba sus palmas encima de esas manos. El vulcano tenía el rostro angustiado, pero luego se sosegó, cambiando a uno con infinita dulzura. Kirk respondía con algo parecido a la preocupación, aunque una sonrisa dulce adornaba su rostro. Sin embargo, toda la escena pese a ser tan interesante, no lo convencía.

La verdad era que el capitán Kirk tenía razón, él los estaba filmando. No era de extrañar, puesto que lo acostumbraba hacer con casi todas sus lindas mascotas y tenía una gran variedad para todos los gustos. Él tenía un gusto exquisito, cosa que cambió al elegir a estos últimos tres. No es que estuvieran mal, de alguna forma eran interesantes, pero no tenían comparación con las bellezas, tanto hombres como mujeres, de mascota que poblaban su harem particular. De igual forma, los convirtió en mascotas: Spock y Kirk solo por derrumbarles sus mentiras del T'hy'la, en cuanto al doctor Leonard McCoy... le divertía, aunque para eso podría contratar un bufón ¿Convertirlo en bufón?, la idea la descartó casi al mismo tiempo de haberla pensado.

Era evidente que no estaba viendo nada del otro mundo en la pareja al otro lado del cristal. Tendría que enviarlos a las Minas de Remo junto con la tripulación del Enterprise, es decir, el mismo destino de la tripulación de la Constelación. En cuanto al doctor McCoy, como prefería ir a las minas en vez de ser su mascota, sería su mascota, y así aumentaría el castigo. Rió con el último pensamiento al imaginarse al doctor cuando le diera la noticia. Después de esto, iría personalmente a informarlo.

Al doctor le pondría una pareja corpulenta, quizás un minero remano, para un espectáculo digno. Lo pondría en esta misma cámara donde estuvieron sus amigos y lo grabaría, luego se lo haría ver a su lado. Esa idea lo emocionó, pero la idea de verlo acostado con un remano, no le pareció y la descartó. Comenzó a emparejarlo con alguna de sus mascotas y ninguna le pareció. Finalmente, decidió que él mismo lo acariciaría con su lengua y con sus dedos. Ese pensamiento sí, le gustó mucho y se abocaba al plan original, por esta razón lo tenía esperando en su alcoba.

Se preguntó cómo sería el doctor en la cama, ¿sería apasionado?, o solo un pescado muerto. Había observado cada uno de sus movimientos desde que bajó del Enterprise. No, el doctor sería de todo menos un pescado muerto, porque era un ser muy intenso. Si con solo mirarlo fijo, provocaba exquisitas reacciones en esa persona. No es que no las produjera en otra gente, pero aquí había algo diferente que le gustaba mucho. Por eso había llegado a la conclusión de que el doctor le agradaba, le gustaba, le atraía... En este último pensamiento se quedó en blanco y solo fue distraído por unos quejidos.

Volvió la vista, se había perdido parte del espectáculo por culpa de sus cavilaciones. Sus dos mascotas estaban desnudas tocándose con insistencia encima de la cama. Se recostó en el sillón, ajustó el ángulo de las cámaras para tener diferentes planos: general, medio, primer plano, primerísimo plano (su favorita) y otras más, que podía ver en varias pantallas al mismo tiempo, proyectadas en su lado del cristal. Tomó uno de esos ricos pastelillos de crema que tanto le gustaban de bocadillo y se lo echó a la boca de una vez, pues eran pequeños y del tamaño justo, adornados con una, igualmente, pequeña fruta roja.

Las suaves caricias de Spock encendían la piel de Kirk. Cada una de ellas lograba un efecto de reacción táctil, ya que parecía saber todos los puntos erógenos del otro. La minuciosidad al aplicarlo y la dedicación en ello, hacía suspirar al cuerpo del capitán. Ese conocimiento, pensó Decius, se adquiría con los años, con la experiencia de una vida juntos. Ellos eran una pareja nueva al parecer, pero ya aplicaban ese conocimiento. Esto primero llamó su atención, después comprendió que no era eso y se sintió confundido. Poco a poco estaba entrando en esa visión, inclinándose hacia adelante para prestar todo su interés a la pantalla principal, la del medio, donde aparecían ambos en cuerpo completo.

Ignorantes del mundo, Spock lamía el pecho de su amado, acariciando con su lengua húmeda hasta los pezones. Jim se inclinaba para adelante y luego se encorvaba hacia atrás, dejando que su vulcano hiciera el camino hacia abajo. Spock llegó hasta ese vientre y pasó su palma por el pubis, haciendo que Jim levantara las caderas en el acto. Se enderezó entre las piernas abiertas y se introdujo en ese interior con suavidad, mientras abría la boca con aflicción al recorrer el camino hacia las profundidades de su amado.

Los quejidos de Jim se convirtieron en gritos pequeños, entrecortados, a medida que la penetración se hacía más profunda; la cabeza iba de un lado hacia el otro, a medida que los emitía de su boca, y cuando sintió el golpe final, se pegó con más fuerza a las caderas de Spock. De esta forma, Jim se autopenetró por completo y luego se levantó para abrazar a su amante, para besarlo. Comenzó a moverse y lo atrajo hacia su cuerpo, hasta que cayeron otra vez en la cama, él con Spock encima. Jim lo besaba y movía sus caderas; Spock estaba ocupado lamiendo y acariciando ese cuerpo. Las manos de Jim también se movían casi con el mismo sentido que se movían las de Spock mientras era penetrado con tal dureza, que la carne sonaba en el golpe, pero luego era tan suave que parecía acariciarlo. En esa suavidad, Jim alzó sus brazos por encima de su cabeza, moviéndose seguía quejándose con sutileza y ojos vidriosos. Volteó hacia un lado y su vista se fijó directamente.

Decius dio un respingo en su asiento, ya que creyó lo estaba mirando fijamente a él, pero no era así. Los ojos de Kirk estaban vidriosos por el placer, mas no estaban ahí, sino en otro lugar que no pudo comprender. A Decius se le secó la boca y ya no era Kirk quien lo miraba: era el doctor McCoy. La sacudida fue tan grande, que saltó de golpe y se levantó de su asiento. Quedó de pie temblando.

Decius se dio cuenta que no fue solo él quien se levantó, sino también, su entrepierna despertó, después de muchos años dormida, tantos que había perdido la cuenta. Se llevó la mano ahí como palpando algo invisible, pero no, estaba ahí, tan duro que no parecía ser parte de su cuerpo. Se levantó la túnica y lo liberó, ver para creer, tocar para saber. Era cierto, pero al tomarlo con la mano no pudo resistir la emoción y cayó sentado hacia atrás donde estaba el sillón, por fortuna, para recibirlo. Siguió viendo con atención y comenzó a acariciarse con torpeza, casi como un virgen.

Jim siguió volteándose para ese lado, el lado derecho, hasta que se puso boca abajo en la cama, sin apartarse del cuerpo de Spock al hacer este cambio de posición. Sin embargo, no fue Kirk quien hizo este movimiento, sino otra vez, fue McCoy. El otro cuerpo lo dejó encima de sí mientras se movían con calma.

Decius, con el corazón acelerado, no pudo seguir viendo. Cerró los ojos para sentir su propio placer, pero cuando traicioneramente los volvió a abrir, vio como los cuerpos habían aumentado el ritmo y se balanceaban con fuerte golpe. Su alucinación tomó el control, esos cuerpos no eran ya de sus dueños, sino de otros más deseables. Decius no lo soportó por mucho tiempo. Se vino con la imagen del cuerpo de McCoy bajo el suyo, su propio cuerpo encima de él, penetrándolo con fuerza.

El orgasmo fue desesperado en un grito que raspó su garganta. Con aliento entrecortado vio su mano manchada y pegó un segundo grito, esta vez de miedo. Fue tal la confusión y el terror, que apagó los monitores, pero quedó el audio. Buscó desesperado los controles del audio en la silla y los apagó con brusquedad. No supo cómo se limpió la mano, la cual vio como un tembloroso hipnotizado. Se la llevó por inercia hasta su nariz y la olió; de solo sentir ese aroma explotó en llanto. Cuando por fin logró controlarse, se dio cuenta que la grabación la había detenido al apagar el audio.

Se levantó de su asiento con dificultad y caminó para tomar la tarjeta que contenía tal grabación. Luego, la quedó mirando con dolor y la tiró al desintegrador de basura donde desapareció sin rastro. Inmediatamente después, comenzó a reír. Si alguien lo hubiera visto en ese momento, hubiera jurado que estaba loco. Al calmarse, limpió sus lágrimas y con su templanza caracterizada por aires vulcanianos o la sobriedad misma, se dispuso a salir de la cámara con la dignidad solemne de un emperador.

-Centurión- dijo sin ápice de estar alterado.

-A sus órdenes Excelencia- hizo una venia.

-Dejen encerradas a las mascotas en la cámara y no entren por ningún motivo hasta que yo les diga.

-Como usted diga, Divi- hizo otra reverencia un tanto exagerada, sin saber que su última palabra lastimó a su señor.

Decius llegó con el corazón destrozado hasta la alcoba donde lo esperaba McCoy. Destrozado, ante la revelación, ante la ironía que le presentaba la vida, a alguien como él. A alguien, quien no creía en el amor: en ese amor verdadero, tan sobreestimado, tan imposible, tan ilógico, tan temido y rechazado por él.

-... Así es mi querido doctor- terminó relatando su experiencia- debería estar feliz, porque mi impotencia sexual fue curada gracias a usted- lo miró con intensidad, el doctor dio un respingo- pero no es así...- se puso melancólico.

McCoy estaba sentado en la cama, las correas ya no lo tironeaban y la sábana cubría de su cintura para abajo. Había escuchado el relato de Decius sin interrumpirlo en ningún momento y no podía creer que se lo hubiera contado. Era una cuestión muy personal.

-¿Y por qué no está feliz?- le preguntó directamente McCoy.

Decius lo volvió a mirar con la misma intensidad anterior y el doctor se puso nervioso a más no poder. Las palpitaciones le subieron hasta la garganta.

-¿Qué no lo ve?

McCoy quedó en blanco.

Decius sonrió.

-Estoy enamorado de usted.

-¡A perdido el juicio!- dijo sobresaltado McCoy.

-Concuerdo con usted que he perdido algo- se acercó hasta respirar su aire- perdí mi corazón, devuélvamelo enseguida.

McCoy quedó con la boca abierta sin poder creerlo.

Fin capítulo 16