Capítulo 17
Decius miró a McCoy con una sonrisa sexy. Su mente se abría con él, al igual que su espíritu. Decidió contarle más de sí mismo. Así que prosiguió con calma.
-Nacido en cuna de oro, me enseñaron a no confiar en nadie para poder sobrevivir. Desde pequeño me pregunté, ¿cómo se puede amar sino se puede confiar? La respuesta fue muy simple: no se puede, y por esta razón, no amé a nadie- clavó su vista negra en los avellanados de él- Doctor McCoy yo nunca he estado enamorado antes.
-Cómo puede decir eso, si hasta se casó y dijo que lo amaban- respondió confundido. Es que todavía no asimilaba las cosas.
-Sí, pero yo no las amaba. Mi primera esposa se suicidó, la segunda, intentó matarme. Pensé que estarían conformes con ser las mujeres de un emperador, de un dios, me equivoqué.
La curiosidad médica le ganó al doctor.
-¿Y fue en ese entonces cuando surgió la impotencia?- preguntó con sus aires profesionales.
Decius lo miró entre divertido y asombrado.
-No, eso fue mucho antes- dijo con sinceridad- No lo recuerdo muy bien en qué momento, era yo muy joven. Por ese tiempo, estaba muy ocupado conquistando mundos y haciendo la guerra. Nada tenía sentido, salvo la lucha. Esa lucha la llevé a todos los niveles de mi vida y no hubo nada más- volvió de sus aires reflexivos- No pensé que fuera usted quien curaría mi impotencia. No confío en usted- dijo con determinación, luego cambió a un tono más íntimo- pero, estoy enamorado de ti, lo que echa en tierra toda mi teoría. Esto me confunde terriblemente, aunque deseo amarte a pesar de todo.
-¿Por qué?- fue la pregunta lúcida de McCoy.
-Porque vi a esos dos haciendo el amor y me di cuenta que yo nunca lo he hecho. Quizás la historia del T'hy'la sea cierta, pero lo único que comprobé con eso, es que yo no he sentido lo que vi ahí, y quizás nunca lo sienta. Por eso me pongo triste, siento que no lo merezco y al mismo tiempo le temo. El amor puede ser terrible también sino es correspondido y sin embargo, lo deseo. Ahora, que te he tratado como a mi mascota, tú no querrás amarme o corresponder a mi amor. Lo he vuelto imposible de tener para mí, porque te amo y tú no me amas- suspiró en derrota- Siento otro tipo de impotencia, peor a la física, pues te necesito, deseo expresarme contigo, sacar lo que tengo adentro. Me siento enfermo y tú eres médico- se iluminó- por favor cúrame- lo abraza desesperado.
-¡No puedes pedirme eso, no es justo!- dijo con seriedad, tratando de zafarse con cuidado.
Decius suelta un poco su agarre y lo mira a los ojos.
-Lo sé, pero no lo resisto debo tenerte ahora, y aunque no confío en ti, quiero confiar en ti- bajó su vista.
McCoy se sintió conmovido.
-La confianza no es algo inmediato- le aconsejó el doctor en un intento de ayudarlo- se adquiere con el tiempo, con el descubrimiento de la verdadera naturaleza de la persona. No puedes confiar en alguien que no conoces- se acordó de Jim- al no ser que lo intuyas, pero eso es muy arriesgado y debes estar preparado para las consecuencias, que pueden ser muy malas.
Decius levantó su vista y la fijó en él con decisión. A McCoy no le gustó mucho lo que vio en las negras orbes.
-Me arriesgaré y confiaré en ti, sino renunciaré al amor para siempre- fueron las palabras del romulano.
Era como si estuviera a punto de tirarse a un precipicio, sabiendo que en el fondo no había nada que lo contuviera. Se sorprendió de la valentía de él, la cual rayaba en la locura.
-Espera qué haces, no puedes hacer eso- sintió esos brazos otra vez aprisionándolo.
-Te deseo- le murmuró Decius en el oído.
-Sí, lo sé, pero no puedes- le dijo con sosiego, tratando de razonar con él, pero no resultó mucho- ¡Oye no hagas eso, espera…!
Decius robó los labios del buen médico para no devolverlos.
McCoy se defendía como podía. Abrió grande los ojos cuando sintió el tacto de los labios usurpadores, peor fue cuando Decius le metió la lengua. La lengua agarró la suya y la estranguló con suaves caricias perturbadoras. Quiso morderla pero era escurridiza, además la idea de la traición, después que el otro depositara su confianza en él, no le atraía. El calor le golpeó la cara y sus palpitaciones subieron de ritmo a uno demasiado alarmante.
Sintió cómo lo tomaban con suavidad, depositando su cabeza en la almohada.
-Oye no, espera- trataba de empujarlo.
Otro beso apabullador. Las manos acariciadoras tocaron cierto lugar por accidente y soltó, sin querer, un quejido dentro de esa boca.
Decius comprendió por donde debía ir y siguió el camino.
McCoy debió imaginarlo. La lengua y manos de Decius estaban entrenadas para llevar al placer por sí solas. Además, era descendiente directo de los vulcanos, así que debía tener algún poder de ellos en las manos, porque las suaves caricias hacían su efecto, y pronto él se aferraba a una tabla invisible como un náufrago capeando la tormenta amenazante. Con todas sus fuerzas trataba de aferrarse a la tabla de la cordura, cuando sintió humedad en los confines de su cuerpo.
-Qué haces, no, eso está sucio- sintió la lengua como penetraba su entrada- ¡Madre de Dios!- exclamó estupefacto.
Lo tenían en posición invertida, con las piernas hacia arriba, como si el otro las quisiera poner entre sus hombros, pero no. El buscaba la posición más extrema que pudiera su cuerpo para besarlo en ese lugar íntimo. McCoy solo incorporó un poco la cabeza y estirando el brazo, entremedio de sus piernas, agarró los cabellos de Decius.
-¡Imbécil, suéltame! ¡Si me besas en la boca después de esto, te golpearé!- se lo dijo con toda la lucidez que podía en ese momento.
Chocó con sus ojos, cuando Decius subió la vista hacia él sin dejar de chuparlo. McCoy al ver esa mirada tan intensa, seria y apasionada al mismo tiempo, sintió un golpe potente en su pecho que le hizo emitir un quejido débil angustioso y corto. El agarre del cabello aminoró, entonces, el romulano aprovechó ese instante para tomarle su pene y acariciarlo, sin detener lo que estaba haciendo con anterioridad, tampoco sin dejar de mirarlo. El doctor no pudo resistirlo y echó la cabeza hacia atrás para volver a colocarla en la almohada, pegó un gemido, que sonó maravilloso ante los oídos del romulano. Las caricias lo estaban dejando sin resistencia y se culpó por no poder aguantarlo, pero nadie lo había tocado de esa forma tan intensa, tan caliente y con tanto sentimiento para él. Tuvo que tragarse un segundo gemido, ya que esa lengua le estaba chupando solo un poco más arriba, después en el interior de sus muslos, y después ya no supo, porque su respiración comenzó a descontrolarse y el calor comenzó a sofocarlo. La temperatura de su piel subió demasiado, luego bajó un poco y la pobre lucidez volvió por unos momentos. Volvió a mirarlo; se estaba abriendo la túnica de forma tan sensual, que el aliento se le fue; dejó al desnudo sus pectorales bien formados y sus brazos torneados; quedó en ropa interior, revelando un enorme bulto entre las piernas. McCoy sintió pánico y salió volando de la cama, pero apenas tocó el suelo con la planta de los pies, las correas actuaron, para inmovilizarlo primero y atraerlo después a su amo, quien lo esperaba al borde de la cama.
El amo lo tomó de la cintura por atrás y lo sentó en sus piernas. Pegó la piel de su pecho con la espalda de su mascota movediza, rápidamente capturó el pene del doctor entre sus dedos y comenzó a acariciarlo.
-¡Detente!, ¡Ah!- las oleadas de placer golpearon, nuevamente, a McCoy.
Decius aprovechó y le metió en la boca dos dedos- el índice y el del medio- para que los chupara y empapara con su saliva.
-¿Adónde crees que vas, precioso mío?- preguntó el amo con voz sensual.
Sintió una débil mordida en sus dedos en respuesta, y a modo de castigo, comenzó a penetrar su boca con ellos como si lo estuviera copulando por ahí. Siguió el movimiento tanto en la boca como en el pene, hasta dejarlo tan duro como palo. Luego lo estiró en la cama y comenzó a darle una felación tan rica, que su mascota se estremeció de pies a cabeza. Escuchó los exquisitos gemidos de aquella boca salir sin control y decidió meterle un dedo mojado en la entrada con suavidad, de a poco, insistiendo con movimientos eróticos hasta meterlo por completo. Después, lo sacó y metió el otro- el más largo y mojado para repetir la misma operación- y sin retirar ese dedo, metió el anterior, juntos, dilatando con cuidado mientras chupaba ese pene hasta la raíz.
Cuando comenzó a beber el jugo pre-orgásmico, supo que su mascota estaba lista. Se retiró para desnudarse por completo frente a la ignorancia de su desfallecido doctor, tomó un poco de loción de amor para mascotas y se embarró su propio pene. Se masturbó un poco con su mano embarrada y con la otra embarró esos dedos anteriores y lo volvió a penetrar con ellos para lubricarlo con más eficacia. Sin querer tocó otro punto sensible y McCoy pegó un grito exquisito mientras movía la cabeza de un lado hacia el otro. Puso el pene en su entrada y metió la punta, la cual comenzó a ser absorbida sin aplicar ninguna presión. Maravillado, se puso encima de él para besarlo con pasión, cuando soltó el beso, supo que quería más, la rendición incondicional, pero después vio que esto podría detenerlo todo y él quería poseerlo. Es más, se preguntó si de verdad estaba haciendo el amor o solo tenía sexo con su mascota.
-Leonard, Leonard- lo llamó- te amo, déjame hacerte el amor, por favor- le suplicó, controlando con todas sus fuerzas, las ansias de penetrarlo de una sola estocada.
Sin embargo, no pudo aguantarlo al ver el rostro sonrojado de McCoy, viéndolo entre jadeos. Todo su autocontrol se fue por la puerta y empujó con decisión su pene dentro de esa cavidad tan estrecha como exquisita.
McCoy pegó un grito.
-¡ESTÚPIDO DECIUS, DUELEEEEE!- exclamó con los ojos abiertos.
Se detuvo.
-Leonard, déjame hacerte el amor- repitió casi agónico.
-¡PERO SI YA ME LA METISTE!- lo gritoneó.
-No toda...- lo miró con deseo.
McCoy tragó saliva.
-¡Vas a partirme!
-¡Dímelo otra vez!
-¡Te dije que vas a partirme condenado demonio!- lo mira enojado.
-No, eso no, mi nombre.
-¿Cómo?- abrió grande los ojos- ¡yo no dije eso!
-Sí, lo dijo, sí- aseguró Decius con una sonrisa.
-No exactamente- el doctor se expresó con tal seguridad, que hizo dudar al otro por un instante.
-Eres adorable- concluyó fascinado y se abalanzó para besarlo.
McCoy iba a reclamarle cuando sintió que invadían su boca. Se sorprendió que no estuviera sucia después de los besos oscuros recibidos con anterioridad, que de solo acordarse, el calor le subió a las mejillas.
-Te amo, te amo, quiero estar contigo. Seré cuidadoso lo prometo- dijo Decius arrastrando las palabras.
Los besos volvieron a abrazarlo. Las manos volvieron a acariciarlo y el placer volvía a poseerlo. McCoy vio como una ola inmensa de ternura, deseo, amor venía hacia él y lo arrancaría de esa tabla a la cual se aferraba con desesperación.
-Que Dios me ampare-murmuró.
La ola lo cubrió y lo hundió en las profundidades de ese mar llamado Decius. Por tanto, se perdió en el placer, pronto respondió a los besos enredando su lengua con la suya y abrazándolo por primera vez, sin que las correas estorbaran en ningún momento.
Decius pegó un quejido de placer, que salió casi al instante de sentirse correspondido: era una emoción tan grande. McCoy en el momento de recibir ese quejido dentro de su boca lo hizo reaccionar de manera improvista: abrazó con toda la amplitud de sus brazos al hombre que tenía encima y enterró sus dedos en la espalda de aquél; ladeó la cabeza bien a su derecha y profundizó el beso. Decius empujó un poco más en él, tan despacio, que el otro solo emitió un dulce quejido olvidado por más besos.
McCoy sintió un pequeño pinchazo, pero lo olvidó pronto, porque estaba entretenido besando. Movió la cabeza hacia el otro lado con suaves besos y al llegar a su izquierda, abrió grande la boca y devoró la lengua del romulano. Estaba totalmente poseído por el deseo y no era el único.
El otro le respondió a cada una de sus demandas, porque se veía que quien tenía el control era la mascota y no el amo- y eso que la mascota estaba "atada"- Así fue entrando en su interior de a poco, con suavidad y lentitud, con amor y delicadeza, para no dañar a su amado, aunque quien empujaba más hacia él, era el mismo McCoy. La forma como se hundía en su interior, la forma como se daba su querido, era totalmente EX-QUI-SI-TA. Hizo un movimiento pélvico donde la sacó un poco, y luego la metió, como tomando impulso para entrar más profundo, y se maravilló al sentir como era recibido con tal calidez. Cuando llegó al fondo, muy adentro, donde sintió el tope de su cuerpo al estar completamente dentro de su amado, tuvo que emitir un grito por la sensación abrumadora con la que fue acogido.
Estaba delirando y se dejó llevar por el momento. Comenzó a moverse con lentitud. La volvió a sacar, luego la metió otra vez hasta el fondo, y escuchó en respuesta aquellos hermosos quejidos que lo enloquecían. Volvió a repetir la acción. Esta vez la hizo más larga que la anterior, y el gritito que percibió, lo llenó de gozo más que el mismo placer sentido por su cuerpo al realizar el acto. Entonces, salió del cuello y se incorporó encima de él. Comenzó con movimientos cortos y pausados mientras tenía sus brazos estirados, con las palmas de las manos apoyadas en la cama.
McCoy vio la visión de esos pectorales encima suyo, y eso lo hizo quedarse sin aire. Tuvo que echar la cabeza hacia atrás y respirar, sonoramente, con la boca bien abierta, para poder aspirar una bocanada que llegara a sus pulmones.
-Déjame verte... mirarte- el romulano le dijo entre quejidos roncos.
Se sujetaba de los antebrazos de Decius con fuerza, y con la cabeza echada hacia atrás, respirando afanosamente, de a poco, la enderezó hasta mirarlo con la respiración entrecortada.
-Ah… ah… ah…- trató de decirle algo, pero, no pudo, no fue necesario.
Lo que vio Decius fueron los ojos cristalinos imaginados y soñados por el deseo.
-Lo sabía, eres increíble- le dijo y poseyó sus labios en un abrazo sin igual, que fue totalmente correspondido con pasión desbordada.
Sintió el abrazo de aquellas maravillosas piernas por arriba de su cintura y Decius ya no tuvo cuidado, pues no era necesario. Comenzó a dar movimientos rápidos, golpeando con fuerza mientras lo besaba con toda su lengua caliente.
McCoy con la cabeza ladeada, recibía los besos que correspondía con ansias, hasta que la cópula rápida lo hacía gritar, entonces, cambiaban el ritmo, a uno más lento, donde los besos se reiniciaban con intercambio de posición de las cabezas hacia el otro lado.
Alternaba el ritmo, de uno bien rápido golpeándolo, a uno muy suave, pero profundo. Cuando llegaba al final dentro de las profundidades, Leonard pegaba un quejido-grito maravilloso que él aprovechaba de comerlo con su boca. Pronto no pudieron seguir besándose, salvo cuando podían, porque el ritmo, especialmente el demasiado rápido y frenético, volvía sus bocas erráticas cargadas de gemidos de placer. Las gotas de sudor los perlaban con hermosa brillantez.
Sentía como esas bolsas de carne golpeaban su trasero mientras era penetrado sin cesar y eso lo enloquecía totalmente, al igual que la sensación de ser invadido por dentro con esa espada caliente, que parecía atravesarlo por completo hasta la cabeza. Ya estaba fuera de sí, no entendía nada, no razonaba, solo estaba perdido en el placer de sensaciones nunca antes experimentadas y nuevas por ende.
-Leonard, Leonard… - gemía su amante romulano.
Leonard recibió un fuerte estremecimiento en todo su cuerpo, lo cual anunció la culminación en un éxtasis. Su semen se derramó entremedio de ambos, mientras su cara se deformaba por el placer del orgasmo. Decius, al ver esto y sentir la calidez en su estómago, recibió un choque de placer que lo inundó por completo ante la belleza de McCoy, y expulsó su semen dentro del cuerpo llenándolo por completo. Leonard estaba en el proceso del orgasmo cuando sintió como lo llenaban y apretó fuertemente su culo como exprimiendo ese órgano hasta vaciarlo, eso lo hizo emitir otro gritito de éxtasis, el cual lo hizo retorcerse de placer.
El otro sintió ese exquisito apriete y empujó, acomodando todo su miembro dentro a ver si entraba más, pero era imposible, ya lo había empujado todo adentro, así que se mantuvo quieto con fuerza mientras emitía su propia culminación del amor. El momento pareció eterno y los gritos se confundían. Esperó hasta la última resistencia de sus músculos, luego cayó sobre su amante, quien se relajó de igual forma, quejándose los dos al mismo tiempo por el movimiento.
Estuvieron un rato así mientras sus respiraciones se regulaban. Él quedó en su interior hasta que la misma naturaleza lo obligó a retirarse. Se acostó a su lado boca arriba, tomando la sábana olvidada para cubrir a ambos. Atrajo a un desfalleciente McCoy sobre su pecho con besos acariciadores en su sien. Lo acurrucó lo mejor posible y empezó a acariciarlo con suaves cariños hasta adormecerlo.
-Duerme, mi amor. Me gustaría hacerte el amor otra vez, pero no quiero lastimarte- le dijo con dulzura a un ya dormido Leonard- ahora, eres mío.
Fin capítulo 17
