Yo te cuidaré

Latidos

Sam observaba como Freddie firmaba el papel que los convertiría en marido y mujer, al menos de forma legal. Ella se giró un poco para observar a los presentes, dos testigos necesitaban solamente, Carly y Spencer; a pesar de todo estaban sonrientes y se veían complacidos. Pero lo único que ella podía mostrar era ansiedad. Desde el momento que había aceptado ser su esposa, la idea de que él la abandonara a su suerte estaba latente.

-Ahora pueden besarse –dijo el juez trayendo a la rubia de su letargo.

Freddie sonriente se acercó para besarla en la mejilla y luego rodear sus brazos en su cintura. "Tranquila, siempre estaré a tu lado" le decía al oído. "Nunca te abandonaré… eso solo pasará el día que tú lo decidas" dijo mientras acariciaba su cabello y ella no podía hacer otra cosa más que creerle.

-Detengan esta locura… -Freddie y Sam saltaron de su lugar. –Fredward, te prohíbo que me hagas esto…

-Ya lo hice, madre –murmuró sin mirarla a los ojos.

-Pero… pero tu eres menor de edad… -intentó explicar Marissa en un ataque de lamentos. -¿No es cierto, Pam?

Freddie comenzaba a apretar más su agarre puesto que Sam no podía mantenerse en píe. Su madre había llegado con la intención de detener la ceremonia, pero llegaron tarde y su matrimonio por el civil era completamente legal. Solo necesitaban que uno de los dos tutores legales de la pareja se presentara y aceptara; el peor error de Pam fue darle la legalidad a Spencer o el mejor según la rubia y por parte del castaño, estaba su padre.

-Ni creas que te esperaré con los brazos abiertos cuando esta mocosa te abandone con ese engendro… -gritó de nuevo la mamá de Freddie.

-Oiga le juro que… -¡Zaz! Todo el lugar quedó sumido en el más profundo de los silencios, se podía cortar la tensión con un cuchillo.

-Tú ni hables muchachita. ¿Crees que no sé que estás con mi hijo por dinero? ¡Claro! ¿Qué se puede esperar de una pobretona que nunca tuvo nada? –Sam que no había reaccionado al golpe estaba estupefacta. Ella podía escuchar los reclamos de Marissa hasta que sus ojos se posaron en los de esa mujer.

-Creo que en este mundo se pagan los errores… espero que no te des cuenta del error que has cometido, porque este chico… -dijo señalando a Freddie-, no estará allí para esperarte y perdonarte. Te guste o no, Marissa, ambas llevamos el apellido… Benson.

-¿Cómo te atreves a tutearme?

-Perdiste todo respeto… -era su respuesta, simple y directa.

Freddie entrelazó sus dedos con los de ella y salieron apresuradamente por la puerta, no querían toparse con más problemas. Fueron conscientes de las quejas malhumoradas de sus amigos, pero no le dieron importancia. Para Freddie, era la primera vez que solo le importaba Sam y el resto podía desaparecer, pero había hecho una promesa y esa era cuidarlos a ambos; para ella no fue tan diferente, en su mente solo existía la posibilidad de salir de ese lugar, no resistiría verlo deprimido de nuevo, no por las estupideces de su madre.

-¿Y ahora? –Preguntó Sam de pronto.

-Ahora nos vamos a nuestra casa… -la rubia lo observaba con confusión mientras se formaba un hermoso mohín en sus labios.

Ella decidió no decir nada, ni siquiera intentaría decirle que ellos no tenían casa porque él lo debía saber. Ese tipo de ilusiones no iban con ella, nunca sería dueña de un tráiler siquiera. Se montaron en el coche del padre de Freddie en silencio, aun las cosas entre ellos eran lo suficientemente incomodas como para no entablar, ni siquiera, una conversación amistosa.

Por otro lado, Sam observaba fijamente la carretera. Aun le parecía imposible estar casada con Freddie y sin amarlo, las cosas sucedieron tan rápido. Él era su mejor amigo, su compañero y confidente, parece que solo fue hace dos días que comenzaron a llevar la fiesta en paz y ahora eran marido y mujer. De vez en cuando respondía a los mensajes que Carly le enviaba y luego volvía su vista a la carretera.

De pronto se dio cuenta que habían dejado Brushwell plaza atrás y que aparcaban el coche en un nuevo edificio. La rubia fruncía el ceño mientras Freddie le sonreía desde el asiento delantero.

-Vamos, quiero enseñarte algo… -murmuró antes de salir para abrirle la puerta. –Te gustará.

Ella enarcó una ceja ante la seguridad que tenían sus palabras, ya extraña al antiguo Freddie. Él siempre fue así, sin importar los golpes o el miedo que pudiera infundirle la rubia, sus palabras siempre denotaban seguridad. Por ese motivo y otros más, él se había ganado el respeto de la rubia. Sam caminaba hacia los elevadores, pero él la detuvo y le dijo que debían ir por las escaleras. Encogiéndose de hombros, decidió seguirlo sin chistar. Él sabía que su amiga no se imaginaba lo que le tenía preparado, lo podía ver en su indiferencia y tranquilo andar.

-¿Qué hacemos aquí? –preguntó cuando se detuvieron frente a la puerta que llevaba grabado el numero "1-H" en ella. -¿Aquí vive tu papá? –Volvió a preguntar mientras miraba hacia atrás, pero nadie los había seguido.

Cuando Freddie abrió la puerta le sorprendió tanto que quiso gritar. El apartamento estaba más vacío que un apartamento promedio; también era algo pequeño, pero acogedor. Lo primero que observó Sam mientras caminaba fue un pequeño sofá en el medio de la sala. Luego una mesa comedor para cuatro personas. A pesar de ver todo eso, ella no entendía que hacían ese lugar. Comenzó a caminar hacia la cocina para observarla con detalle, había varios electrodomésticos necesarios y básicos, en una de las esquinas estaba la nevera y mucho más. Pero lo que más llamaba su atención era el papel pegado en la nevera, que era retenido por un imán; llevaba gravado su nombre.

Al tomarlo entre sus manos comenzó a leerlo. Solo pasaron unos cuantos segundos antes de que Freddie escuchara el grito que salía de sus labios. La observó girarse y noto que tenía lágrimas en los ojos, además había arrugado el documento entre sus manos. El castaño quiso patearse por hacerla sentir mal y cuando quiso disculparse por lo que había cometido. Entonces sintió los brazos de su amiga alrededor de su cuello.

-No puedo creer todo lo que has hecho por mí… -murmuró en su cuello. –Eres le mejor amigo que he tenido…

-Bueno, ahora soy tu esposo –respondía Freddie en broma.

-Sí, lo eres… -dijo separándose de él y correr hasta el pasillo donde estaban las habitaciones.

El apartamento era pequeño, pero perfecto. Tenía dos habitaciones y dos baños, había un pequeño balcón que daba a la calle y un pequeño estudio. Ya en el cuarto principal se dejó caer en la cama y suspiró, ni siquiera le importaba el hecho de no poseer un televisor porque nada podía bajarla de su felicidad.

-¿Te gustó? –La rubia asentía incorporándose para observarlo. -Mi padre me lo regalo y yo te lo regalo a ti… sé que no es mucho y que todos mis ahorros se fueron en pequeñeces y que no son de buena calidad…

-¿Puedes callarte? –dijo Sam entre risas. –Me encanta y no solo es mí casa, también es tuya.

*Freddie*

No podía dormir, lo único que hacia era juguetear con su cabello mientras ella dormía plácidamente a mi lado. Es extraño, todo esta pasando tan rápido y ni siquiera estoy enamorado de ella. Pero ella despierta ese instinto protector en mí que ni siquiera sabía que existía. Era obvio que no podía olvidar mis problemas, pero el estar a su lado y saber que nos apoyábamos mutuamente me daba una sensación de satisfacción que nunca sentí.

¿En qué momento me rendí al sueño? La verdad es que no lo sabía, solo sentí los rayos del sol sobre mi piel y sus brazos rodeándome. Me giré un poco para poder abrir los ojos, traté de enfocar mi mirada en el reloj que tenía en mi muñeca. Casi grito al ver la hora.

-Sam, despierta… el doctor te verá en cuarenta minutos y nosotros no hemos desayunado siquiera –era de esperarse que reaccionara de la misma forma. Comenzó a buscar ropa en sus maletas, se veía desesperada y yo la entendía.

Mientras caminaba hacia la cocina escuché la puerta del baño cerrarse con fuerza, típicas reacciones de Sam. Busqué un poco de fruta en la nevera como fresas, naranjas, manzanas, melón, sandía y bananas. Este día sería algo pesado, no solo era el control de Sam si no la primera vez que escuchaba el corazón de su bebé.

Preparé la ensalada de frutas con rapidez y coloqué dos vasos con jugo de naranja, para luego esperarla. Por el movimiento en la habitación supe que se estaba vistiendo. Minutos más tarde estaba a mi lado, desayunando en silencio. Su mente parecía estar en otro lado porque solo se movía para comer. De pronto sus ojos buscaron mi mirada y yo le sonreí.

-Freddie… -su voz salió como un chillido. -¿Quieres ir conmigo?

Mis ojos se abrieron ante la sorpresa y yo no pude hacer otra cosa más que asentir. Mi necesidad de alimentos pasó a un segundo plano, así que decidí darme un baño. Ya en la ducha no pude evitar sonreír, ella me había tomado en cuenta para esto… cuando yo ni siquiera soy su padre. Luego me vestí tan rápido como pude, pero parece que todo lo que hago me sale con torpeza, tal vez era nerviosismo o emoción, puede ser ambas.

No me sentía bien para manejar por lo que decidimos tomar un taxi hasta la clínica de maternidad. Cuando llegamos solo faltaba una paciente en ser atendida, luego sería el turno de Sam. Ella apoyó su cabeza en mi hombro y comenzó a juguetear con mi anillo, lo giraba cada vez que tenía una oportunidad. ¿Quién vería a Sam Puckett tan calmada y pasiva a mi lado? De vez en cuando la escuchaba suspirar y cambiar de posición, para luego volver a lo que hacía en ese momento; ella jugaba con las líneas de mis manos, imaginando letras en el camino.

-Puckett, Samantha –la sentí tensa y sus dedos se entrelazaron con los míos.

-Es Benson, me case ayer… -dijo con un rubor en sus mejillas y me hizo sentir extrañamente complacido.

-Muy bien, cambiaremos el nombre de su historia Señora Benson –no pude evitar reírme y sé que ella tampoco.

-Buenos días… Señora Benson. Wao, esas son excelentes noticias, Felicidades… -dijo el doctor con una sonrisa cálida en los labios. Era un anciano muy gracioso a mi parecer. –Estamos listos para escuchar el corazón de tu bebé, ¿cierto? –Ambos asentimos.

Esperé sentado en el consultorio mientras Sam se cambiaba y luego le harían un chequeo general. No sabía hasta que punto quería que participara en este encuentro.

-Señor Benson, no creo que se quiera perder de esto –no sé que me paso, pero no me podía levantar de la silla. –No te preocupes, todos reaccionan así.

Entré a la habitación continua y ella estaba acostada con una sabana que cubría su desnudes, pero dejando al descubierto su vientre abultado. Me senté a su lado con mi rostro lleno de angustia, no tenía ni idea de lo que pasaría; obviamente sé lo básico, lo estudiamos en la clase de educación sexo, pero tengo miedo.

-Muy bien, sentirás un poco de frio con este gel –advirtió antes de comenzar.

Entonces allí estaba yo, viviendo la experiencia más extraña de mi vida y a la vez emocionante. Mientras el doctor deslizaba el aparato por su piel, me imaginé como sería cuando experimentara esto en un futuro.

-Sam, tranquila… -grité de pronto al sentir sus uñas en mi piel.

-Escucha, Freddie… es mi bebé –murmuró con voz entrecortada.

Es único, simplemente no tengo palabras.

-Es… es… es maravilloso Sam, ¿lo escuchas? –alcé la voz más de lo que me proponía.

-¿Lo ves? Toda pareja está nerviosa al principio, pero cuando escuchan el corazón de su hijo es pura felicidad –no dejé de mirar a Sam desde ese momento, me tenía maravillado y ahora habían muchas más razones para protegerla.