Capítulo 20

Kirk se puso nervioso y miró a Spock, este último solo le devolvió un levantamiento de ambas cejas.

-Este, bueno…- Kirk quedó con la mente en blanco- por amor, se refiere al doctor McCoy, ¿cierto?

-Por supuesto, no me iba a referir a usted- respondió ofendido el piloto.

-¡Oh, claro que no!- exclamó Kirk.

Aparecieron tres naves romulanas fuera de camuflaje. Naves klingons, en realidad, usadas por romulanos.

-Tranquilos, solo vienen a escoltarme- explicó- ¿Y cómo está, puedo verlo?

-Claro, lo llamaré al puente- dijo medio dudoso.

Va a su asiento y activa el comunicador.

-Doctor McCoy al puente- llama el capitán.

La voz del buen doctor se hizo escuchar a través del comunicador.

-¿Qué pasó ahora? No ve que estoy ocupado remendando a los que cayeron en el ataque- McCoy se oía molesto.

-¿Están muy heridos?- pregunta preocupado el capitán.

-No, solo leves, pero sabes que no se puede descuidar uno- le informa.

-Sí, doctor, ¿pero puede dejar a su asistente a cargo?, solo será un momento- pide con insistencia.

-Oye Jim, no puedo dejar solo esto, ya te lo dije, además todavía estamos en alerta roja- sonó terminante.

Era cierto, no la había cancelado, porque no sabía de las verdaderas intenciones de los romulanos. Así que hizo como si, con todo el ajetreo, se le había olvidado cancelar la roja. Ordenó la amarilla en vez de la anterior.

-¿Mejor ahora?- preguntó con amabilidad- Huesos, esto es una sorpresa para ti, es mejor que vengas de inmediato- exhortó el capitán.

-No me digas que, ahora Marcus nos está amenazando con armas biológicas. Sería lo único que nos faltaba- respondió con su acostumbrado mal humor.

-No, Huesos, quieres venir de una vez- perdió la paciencia- es DECIUS- recalcó el nombre.

Silencio.

-No me agrada tu broma- concluyó con seriedad el doctor.

-No es ninguna broma, quiere hablar contigo. Lo tengo en pantalla.

-Jim, si es alguna broma tuya juro que...- comenzó la amenaza.

-Hueeeesooos...- dijo su nombre a modo de reto.

-Capitán comuníqueme con él por favor- pide Decius.

-Buena idea- se iluminó Kirk, como si una idea genial apareciera en su cabeza- Uhura enlace general.

-¿Señor?- preguntó extrañada.

Jim asintió el pedido, de esa forma lo corroboró. La teniente cumplió la orden.

-Puede hablar. Ha estado insoportable últimamente- explica Kirk.

Decius comenzó a hablar casi al instante.

-Leonard, ¿cómo estás amor mío?- dijo con voz amorosa.

-¡Decius!- mostró tal sorpresa en su voz el doctor, que los demás no pudieron aguantar la risa.

La sorpresa sería peor para el doctor cuando lo escuchó por los parlantes. El capitán enlazó la comunicación con toda la nave y ahora todos los tripulantes escuchaban.

-Vine a estar contigo, te extrañaba mucho- seguía su discurso el romulano sin inmutarse.

-Espera Decius no hables, voy para allá- respondió McCoy asustado.

-Hablé con el emperador Filipo y me dio permiso para venir, dijo que estaba feliz de encontrar al amor de mi vida y quiso que yo lo experimentara para ser un mejor emperador, necesito tu...- ignorando la orden, ya sea por la emoción o por otra cosa, Decius siguió hablando como si nada.

Todos los tripulantes reían mientras escuchaban al romulano. El doctor pasaba entre ellos como un bólido y rojo como tomate. McCoy llegó, tomándose el estómago para recuperar el aliento de la carrera que se mandó.

-Precioso mío, ¿cómo estás?- dijo alegrándose al verlo el romulano.

-Decius...- dijo con el poco aliento que tenía- llegó a los controles de Uhura y cortó la comunicación a toda la nave, solo dejó la del puente.

-Viniste corriendo hacia mí, ¡qué adorable eres!- siguió Decius amoroso.

El capitán sonreía a gusto, ni siquiera la mirada asesina del doctor, le borró la sonrisa.

-Decius, ¿a qué has venido?- preguntó Leonard, respirando con dificultad.

-Vine a estar contigo, por supuesto- fue la respuesta sincera.

-No me refiero a eso. Tu motivo oficial- volvió a preguntar el doctor.

-No tengo, solo vine por ti.

-¿Dejaste tu planeta para venir aquí?- preguntó vacilante.

-Por supuesto- respondió el romulano, luego se dirigió a Kirk- capitán, pido permiso para abordar su nave. Usted necesita a un buen piloto de combate. Espero haberlo convencido en algo sobre eso y pido una asignación en su nave para ese puesto.

-¡Qué!, ¡abandonas el Imperio Romulano!- chilló McCoy con sorpresa.

-Por ti cualquier cosa, amor mío- lo dijo tan sensual y sin muestra de emociones en la cara que el pobre McCoy volvió a sonrojarse.

-¿Pero, usted está seguro de lo que pide?- preguntó dudoso el capitán.

-Sí, muy seguro- le respondió Decius.

-Jim, no puedes dejarle hacer eso, tiene obligaciones con su pueblo y es heredero al trono- dijo con pánico el doctor.

-No sería el primero en renunciar a un trono por amor- respondió el capitán con diversión en su rostro.

-El doctor McCoy tiene razón, no es lógico- aportó Spock.

-No hay ninguna lógica en el amor, usted ya debería saberlo señor Spock. Permiso concedido- fue su conclusión final.

-Gracias, capitán- respondió con una venia el romulano.

Las naves romulanas desaparecieron tan rápido como aparecieron y Decius abordó con su nave de combate sin problemas en el hangar. Estaba vestido con un uniforme negro muy ceñido a su cuerpo. Apenas salió de la nave, se lanzó para abrazar y besar al doctor frente a todos.

-Aquí no. No puedes besarme en público.

-¿Por qué? ¿Es alguna regulación?- miró Decius al capitán.

-Eeeeeeh algo así- dijo no muy convencido, más convencido por la mirada de McCoy que por otra cosa- Es verdad que necesitamos pilotos de combate y toda la ayuda que podamos tener. No puedo darme el lujo de rechazarlo, solo hay una cosa que necesito saber, ¿usted es capaz de aceptar órdenes de mí?- lo miró dudoso.

-Usted es el capitán de la Enterprise y yo desde el momento que pisé esta nave, estoy a sus órdenes. No tendré problema alguno, antes de ser político fui un guerrero y como tal, recibía órdenes de mis superiores. No tiene de qué preocuparse conmigo, capitán, se lo aseguro.

-Muy bien, eso quería escuchar. Tendrá el grado de comandante, pero mi primer oficial siempre será el señor Spock.

-Pues, naturalmente, no faltaba más- sonrió.

El capitán vio la sonrisa de Decius, esa que nunca mostraba ante nadie, y quedó medio impactado de verla en alguien que más parecía un vulcano.

-Vine también, porque se me olvidó entregar esto a su dueño- mostró el cinturón de Jim.

-Oh, gracias- dijo Jim.

-Tome, tenga más cuidado con él de ahora en adelante- se lo pasa a Spock y a Jim lo deja con la mano estirada.

-Lo tendré en cuenta- dijo Spock, recibiéndolo.

Jim iba a decir algo al respecto, pero lo interrumpieron.

-¿Es de usted esa nave señor?- preguntó Scotty entusiasmado.

-¿Le gusta?- le preguntó Decius.

-¿Gustarme? ¡Claro que me gusta! Se parece al difunto Dante, que en paz descanse gracias a estos... comandantes- dijo mirando de reojo a Jim y a Spock.

Jim sonrió afectado y Spock solo alzó una ceja, preguntándose cuál sería el insulto.

-¿Se refiere a esa navecita que atacó a la Constelación?- respondió el romulano con aires de suficiencia.

-¡Navecita!- exclamó Scotty con los ojos bien abiertos.

-Créame- le dijo Decius en modo confidencial- era una navecita al lado de esta- ¿Le gustaría examinarla?

-¿En serio me dejará verla?- lo miró incrédulo Scotty.

-Por supuesto, tómese toda la libertad que desee y si necesita algo me pregunta.

-Wooow y eso que recién lo conozco, ¡me gusta este tipo!

-Qué bueno, porque será nuestro piloto de combate desde ahora- explicó Jim- señor Decius, le presento a Montgomery Scott es nuestro jefe de ingenieros. Scotty este es el comandante Decius, el novio del doctor McCoy.

-¿Oh, en serio?... – dijo Scotty mientras evaluaba- bueno, al menos tiene mejor gusto que el señor Spock.

-¡Oye!- chilló Jim.

-Gracias señor Scott- dijo el doctor McCoy sonriendo con alegría.

-Pero no se quede ahí- Scotty tomó del brazo a Decius- presénteme a esta preciosidad, digo, si el doctor McCoy lo permite.

-Claro- sonrió Leonard dando un saltito con las manos tomadas en sus espaldas.

No habiendo impedimento, surgió un nuevo romance, no muy humano, pero romance al fin de cuentas, y no siendo humanas las involucradas, no habían celos de por medio, ni problema alguno para Scotty.

-¿Cómo puedes renunciar a tu trono?- preguntó McCoy cuando estuvieron a solas en su habitación.

-No he renunciado, solo lo he pospuesto. Mi padre, el Divino Filipo, es muy joven todavía y yo al lado de él soy solo un niño.

-¡Pero cómo!, ¡si pareces de mi edad!

-¿Lo parezco?

-Bueno, no tanto quizás uno o dos años menos, pero nada más. No me digas que soy un pedófilo- dijo asustado el doctor.

-Jajajaja- rió de buena gana- te diré cuántos años tengo- se acercó a su oído y le susurró su edad.

-¡Qué! ¡Pero si eres más viejo que yo!- dijo asombrado y medio fastidiado de que el otro se viera más joven que él.

-Privilegios de la raza- le guiñó un ojo- es un secreto- y le puso un dedo en sus labios.

Acarició esos labios deseados.

-Tienes más títulos, no solo el de heredero- insiste McCoy.

-Me encanta tu sentido de la responsabilidad, amado mío- le sostuvo la mirada- pero para que veas que también soy responsable, me llevó dos semanas arreglar mis asuntos para venir a ti y eso que soy solo un senador, los otros títulos son honoríficos, porque alguna vez realicé esos cargos. Hay otros que gané por mérito propio y esos son los que cuentan. El cargo de senador fue el que, realmente dejé, pero me dieron otro a cambio, uno de embajador, un enlace entre tu civilización y la mía- lo tomó de la cintura- ¿Y bien, comenzamos el enlace?- lo mira con deseo.

McCoy tragó saliva y no pudo retirar su vista de sus labios. Decius interpretó el silencio como un sí. Tomó sus labios en un beso cariñoso, primero, luego más ardiente a medida que su lengua controlaba la lengua del otro. Sintió el estremecimiento de ese cuerpo tan honesto, mucho más que su propio dueño, y aumentó las suaves caricias hasta que los quejidos soltaron el beso.

-Tu cuerpo está más receptivo, ¿me extrañaste?- besó su cuello- porque yo te extrañé mucho… "Huesitos"…

-¿Qué?- preguntó como despertando de un sueño.

-"Huesitos"…- sonrió- es que estoy loco por tus huesitos- se justificó.

-¡Ah, no!- se incorporó de su agarre- nada de apodos ridículos. Qué tal si yo te dijera "Divi", ¿no te gustaría cierto?... "Mi Divi"- lo dijo con voz burlona.

La sonrisa desapareció del rostro de Decius como si estuviera procesando algo en su cerebro. Luego, volvió a aparecer en su rostro, y eso no le gustó al doctor: era mala señal.

-Me gusta- concluyó.

-¡QUÉ!- exclamó sorprendido a más no poder- ¡Estaba seguro que lo odiabas!

-Sí, odio que me llamen así, pero… viniendo de ti- lo miró insinuante- se escucha sexy.

Lo que no sabía el doctor, y que el otro no se lo iba a decir por ningún motivo (por lo menos por ahora) es que "Divi" significaba "dios" en idioma romulano.

-Puedes decirme "Mi Divi" cuando quieras, en especial cuando estemos haciendo el amor- se lo dijo como un depredador y lo abrazó.

El doctor McCoy se dio cuenta, que ese hombre delante de él, siempre lo hacía sentir. Removía su mente, removía su alma y estremecía su cuerpo. Estas dos semanas que pasaron solo pensaba, hasta en la masturbación, en ese hombre. Sentía como si una parte de él, se hubiera quedado en la nave romulana, y aunque nunca dudó en su decisión de volver a la Enterprise, sentía que el precio de su elección fue muy alto. Lo extrañó, lo extrañó demasiado, extrañaba sus caricias, su lengua, su cuerpo, pero más que nada, sus ojos cuando lo traspasaba con la mirada como si estuviera leyendo su ser, como un anhelo para compartir, como si fuera lo único en el universo. Extrañaba su amor.

Sus manos comenzaban a volver loco al doctor. Decius le tomó la nuca y volvió a besarlo en la boca, luego en la mejilla y después en el cuello. Metió sus manos por debajo del uniforme y tocó ese pecho, topándose con el relicario. Sonrió satisfecho, entonces, lo desnudó de la cintura para arriba.

-Me honras al llevar mi regalo- susurró al oído.

Bajó con sus labios por ese cuello, por la garganta- al punto del que el otro hizo la cabeza hacia atrás- y siguió bajando hasta ese amado corazón donde tomó el relicario con su boca, para luego, mirarlo con deseo.

McCoy al verlo tan sexy, no pudo contenerse y se lanzó a besarlo. Se besaron, jugueteando con el relicario en sus bocas. Luego lo soltó y quedó con aires de abandono, de deseo insatisfecho, ansiando esa lengua dentro de su boca. Alzó su vista, mordiéndose los labios con anhelo. Vio a Decius sublime chupeteando el relicario, mientras lo tironeaba un poco, haciendo que se acercara- si eso era más posible de lo cerca que ya estaban- y esos ojos lo hipnotizaron.

-Sí…- respondió el doctor como sabiendo lo que el otro quería oír- te extrañé demasiado. Debiste venir conmigo en ese momento, si tu intención era perseguirme ¿Por qué no lo hiciste?, ¿vivimos ocultos, sabes?, no hubieras podido encontrarme tan rápido.

Ahora el doctor sacó los cálculos mentales y no concordaban. Dos semanas dijo que le tomó ordenar sus cosas, entonces, ¿llegar hasta él no le tomó nada de tiempo?

Decius sonrió con el relicario en la boca y con una mirada muy significativa.

-No puede ser…- a McCoy se le cayó el rostro.

McCoy trató de tomar el relicario, pero el otro cerró la boca sin dejar de sonreír. Exclamó un gritito de frustración.

-¡Le pusiste un rastreador!- acusó ofendido el doctor.

Decius le sacó la lengua, mostrando el relicario, el cual comenzó a deslizarse por esa lengua hasta caer por completo frente a la mirada estupefacta del doctor.

-"Nunca"- dijo el romulano arrastrando las palabras con voz profunda- es mucho tiempo, Leonard. Tú mismo me lo dijiste.

-¡ERES UN VERDADERO DEMONIO!- lo gritoneó- ¡Pudiste causar una desgracia! ¡A puesto que el escuadrón de Marcus se guió por tu señal!- retó fuera de sí- ¡Qué no ves…!

Fue acallado por un beso delicioso que lo dejó medio atontado. El beso se soltó con un sonido lascivo.

-El pulso que emite ese collar- siguió Decius, aprovechando el silencio- es el latido de tu corazón. Si te lo hubieras quitado, la señal se detenía. No es rastreable, porque triangula la posición y emite un eco subespacial que no se sabe de donde viene. Solo quién tiene el código puede descifrarlo.

-Aun así- dijo McCoy saliendo de su mareo- si emite una señal, ¿Por qué no nos percatamos?- pensaba en Uhura y Spock que debieron descubrirlo.

-Es cierto, pudieron percatarse de la señal, pero esta solo se emitía una vez al día y en diferentes momentos. Tendrían que coincidir que justo en ese instante, alguien lo viera y eso es muy poco probable- sonrió con satisfacción Decius.

En eso sintieron la llamada de la puerta. Decius dejó de sonreír. Leonard lo quedó mirando y luego se dirigió hacia la puerta.

-¡Spock!- exclamó el doctor con ojos de plato- qué… qué… ¿Hay alguna emergencia?- preguntó ya más calmado.

-Ninguna doctor- lo miró Spock con disimulo, provocando que McCoy se cubriera el pecho desnudo con los brazos cruzados- me permite al señor Decius, por favor, necesito hablar con él.

-Señor Spock, dígame- preguntó curioso Decius.

-¿Me permite unas palabras?- pregunta Spock con su acostumbrada oficialidad y con sus manos tomadas en la espalda- doctor McCoy, ¿me permite? Será solo un momento- le vio el collar, pero solo fue un instante.

-¿Eh?- quedó extrañado Leonard que Spock le insinuara los dejara solos.

-Por supuesto, señor Spock- el romulano le hizo una mirada significativa al doctor- creo saber a qué viene.

McCoy dio un respingo y no se movió.

Frente a la mirada atenta de Spock, Decius se acercó al doctor y con un "permíteme amor mío" tomó su collar con el relicario y se lo quitó del cuello. McCoy lo miró de mala gana y sacudió la cabeza en negativo, refunfuñando.

-No me mires así, querido. El señor Spock lo revisará, le quitará el rastreador y te lo devolverá, ¿no es cierto?- dijo con amabilidad.

-Naturalmente, sin embargo, necesito saber si hay otros dispositivos del cual no sabemos- respondió Spock.

-¡Qué!- chilló Leonard- ahora sí, condenado demonio…- dijo amenazante.

-No, no, no hay ninguno más- levantó las manos Decius como defendiéndose- ¡En serio...!

Spock salió con tranquilidad de la habitación, dejando a la pareja con sus problemas. Después de todo, los enamorados siempre los tenían. Esa era una verdad universal, según sus últimas investigaciones exhaustivas sobre el fascinante tema.

Fin capítulo 20