Hola gente bella! Tanto tiempo! Cómo están? Cómo pasaron la navidad? Espero que muy bien :)

Volví una vez más después de algunos días de ausencia. Y les traigo un nuevo cap que dada las épocas que estamos viviendo y las emociones y reflexiones de fin de año a flor de piel, está lleno de buenos augurios y profundos sentimientos… Poco a poco nos vamos acercando al final de esta historia y el amor entre nuestros adorados protagonistas se hace cada vez más fuerte…

Aclaración: La frase que dice Darien al comienzo del cap es de una canción de Jimi Hendrix, "Angel".

Bueno, lxs invito a leer el DIECISIETE y espero que lo disfruten tanto como yo. No dejen de contarme qué les pareció!

Todos los personajes pertenecen a su autora, Naoko Takeuchi, yo sólo los tomé prestados.

Besitos y abracitos per tutti!

Bell.-


:: Capítulo Diecisiete ::

Algunas semanas después…

Una tarde Serena esperaba a Darien en la placita donde siempre se encontraban. Estaba algo ansiosa porque él llevaba retrasado más de media hora y cuando intentaba llamarlo la atendía siempre el contestador automático, quizás tendría el celular apagado. Miraba fijamente hacia la esquina por donde siempre aparecía por si lo veía llegar y se fijaba en la hora a cada minuto.

Soltó un suspiro para intentar tranquilizarse y seguir esperando, cuando de repente alguien le cubrió los ojos con las manos y le susurró al oído. —"Ayer un ángel bajó del cielo y estuvo conmigo el tiempo suficiente como para rescatarme" —enseguida reconoció la voz de su novio y sonrió feliz porque al fin había llegado. Tomó sus manos y volteó a verlo. Él también sonreía contento y se sentó a su lado—. "Y ayer ella me contó una historia sobre el amor dulce entre la luna y el profundo mar azul" —y le regaló un tierno beso en los labios.

Serena lo abrazó efusiva. —¡Hola, amor! —él reía por su reacción—. Tardaste mucho —y lo besaba en los labios con impaciencia.

—Hola, amor —dijo él entre besos—. ¿Me extrañaste?

—Muchísimo —Serena suavizó los besos—. ¿Qué pasó? ¿Por qué tardaste tanto? Ya me estaba preocupando.

—Es que hoy tuve mi última sesión.

—¿Ya la última?

—Bueno, la última de este año, el próximo retomo.

—Comprendo, ¿y cómo te fue?

—Muy bien —comentaba él entusiasmado—. Estuvimos evaluando cómo trabajamos hasta ahora, qué hubo, qué logré, si se cumplieron mis expectativas, cómo estaba cuando empecé y cómo estoy ahora. Conversamos sobre muchas cosas, por eso demoramos.

—Qué bueno, amor, ¿y cómo te sientes?

—Me siento bien, va a ser extraño no venir por un tiempo, ya me estaba empezando a acostumbrar —comentó Darien riendo—. Pero me dijo que continúe con la tarea del diario, que piense en propósitos para el año que viene, para mi futuro y también me dijo que espera que regrese con buenas nuevas.

—¿Buenas nuevas?

—Sí, porque ya le adelanté que muy pronto mi hermosa novia va a mudarse conmigo —la besó de nuevo—. Y ella está más entusiasmada que yo con la novedad —ambos rieron—. Y me dijo que desea que las cosas continúen marchando bien entre nosotros y que sigan las buenas noticias.

—Ay, amor, ¡ella es toda una celestina! —comentó Serena divertida—. ¡Me encanta tu terapeuta! —y los dos volvieron a reír.

—¿Y tú cómo estás? —preguntó él.

—Bien, también tengo novedades.

—¿Ah, sí? Pues cuéntame.

—En realidad es una pequeña propuesta —dijo ella algo nerviosa.

—¿Una propuesta?

—Sí, pero antes que nada quiero aclararte que no tienes que sentirte obligado en responderme que sí. Sólo hazlo si realmente tienes ganas. Si no quieres hacerlo, dímelo con sinceridad y yo lo entenderé.

—¿Qué cosa, Serena? ¿Qué quieres pedirme? —Darien comenzaba a impacientarse.

—Bueno, hoy estuve hablando con mis padres y… Nosotros en mi familia no somos muy tradicionalistas con estas cosas, pero por una costumbre que heredamos de mis abuelos todos los años nos reunimos a festejar navidad y como ya te conocen y te adoran, y saben que entre nosotros las cosas están marchando muy en serio… Bueno, ellos me pidieron que te invitara a celebrar con nosotros.

—Vaya —dijo él sorprendido.

—Si no quieres, yo no tengo ningún problema, en serio —Serena se mostraba preocupada, no quería hacerle sentir que lo presionaba—. Entiendo que para ti las reuniones y eventos familiares no son algo tan sencillo y corriente como lo son para mí, y que quizás tú prefieras…

—Amor —la interrumpió Darien—, quiero ir —dijo serio.

—Pero no tienes obligación si no quieres…

—Serena —volvió a interrumpirla—, te dije que sí quiero ir —tomó su rostro con dulzura—. Antes que nada tú eres mi familia —ella sonreía emocionada—, y quiero compartir todo contigo —y la besó otra vez.

—Amor…

—En serio, Serena. Desde que estamos juntos lo que más quiero es acompañarte y que me acompañes en todo —profundizaba los besos—. Eres mi familia, mi hogar, mi refugio —decía entre besos—. Mi ángel, mi amor… Soy tan feliz contigo como nunca antes en mi vida lo fui, como jamás me podría haber si quiera imaginado que llegaría a serlo. Te amo… Y quiero compartir todo contigo —y le regaló una cálida sonrisa.

—Gracias, amor, es tan hermoso lo que me dices —lo abrazó—. Yo también quiero compartir todo contigo. Hoy y siempre. Te amo tanto… —y volvieron a besarse.

.

.

.

En esos días se prepararon para viajar al pueblo donde vivía la familia de Serena. Compraron algunos regalos, ropa nueva, Darien organizó su trabajo para tener más días libres y quedarse más tiempo.

Y llegaron a la casa de Serena el día de noche buena. Los esperaban y recibían entusiasmados Kenji, Ikuko y Sammy. Como eran pocos, Darien se sentía menos nervioso con el acontecimiento, igualmente al ya haberlos conocido en tan buenos términos cada vez podía sentirse más cómodo y a gusto con ellos, ya que lo trataban como a un hijo más y eran muy atentos y afectuosos con él.

A la hora de la cena hubo abundancia de comida, incontables brindis y muchos gestos y expresiones de solidaridad y buenos deseos para todos. Fue una velada sumamente agradable y Serena y Darien se sentían plenamente felices de compartir juntos un momento tan íntimo y familiar por primera vez.

Después de comer y celebrar hasta entrada la madrugada, Serena ayudó a su mamá a ordenar el comedor y la cocina. Y cuando ya todos se habían ido a dormir notó que Darien no estaba dentro de la casa. Se asomó a la ventana para ver si lo encontraba afuera y vio que estaba sentado en los escalones de la entrada. Se despidió de Ikuko, buscó una manta y salió a su encuentro.

Cuando se acercó a él le dio un tierno beso en la mejilla, Darien respondió con una leve sonrisa y Serena se sentó a su lado cubriéndolo con el extremo de la manta que llevaba encima. Permanecieron en silencio por largo rato. Ella lo notaba algo melancólico y no quiso importunarlo con preguntas.

Después de varios minutos Serena se atrevió a hablar. —¿Quieres que te cuente una historia? —él asintió, sabía que ella recurría a cuentos y lindas historias para animarlo, y adoraba que lo hiciera—. En una casa más o menos sencilla vivía una humilde familia. Al acercarse la navidad el padre había comprado un rollo de un costoso papel para envolver los regalos antes de ponerlos en el árbol, pero cuando fue a buscarlo se encontró con el tubo de cartón pelado. Y eso lo hizo explotar de furia. Mandó a llamar a su familia para ver quién le había quitado el papel y su pequeña hija de 5 años le dijo que ella lo había usado para envolver una caja. Era un regalo para su papá. El hombre se enterneció y le pidió disculpas, pero al abrirlo volvía a explotar a gritos porque no encontró nada adentro. Y la niña afligida le explicó: "La caja no está vacía, papá, yo soplé adentro cuarenta y siete besos para ti". El padre abrazó a la niña y le suplicó que lo perdonara por su ceguera y su ignorancia. Y desde entonces guarda esa caja debajo de su cama y siempre que se siente derrumbado, la abre y toma un beso de su hija, para recuperar la conciencia de lo que es importante y de lo que sólo son tonterías.

Darien tomó la mano de Serena y le dio un beso en la palma para agradecerle por la bonita historia que acababa de regalarle. Se sonrieron y volvieron a quedar en silencio con las miradas perdidas en el horizonte.

—Es curioso —habló él al fin—, acabo de recordar algo —ella lo miró para escucharlo con atención sin interrumpirlo—. Cuando era niño en mi casa también celebrábamos la navidad. Y me acuerdo que durante esos días mi mamá nos pedía a mi hermana y a mí que la ayudáramos a confeccionar tarjetas de felicitaciones. Ponía música clásica de fondo, si no me equivoco Beethoven era su preferido, y nos sentábamos los tres en el suelo de la sala con muchísimos papeles de colores, cintas, crayones y nos pasábamos horas trabajando. Era muy divertido, hacíamos un montón de tarjetas, no sé por qué tantas si no teníamos familiares, pero ella se las regalaba a todo el mundo. A los vecinos, a los dueños de las tiendas donde habitualmente hacía las compras, a nuestros compañeros de la escuela, a todo el que conociera —hizo una pausa—. Ella era tan… —suspiró con pesar—. Era hermosa, buena, cariñosa —bajó la mirada, le dolía recordar, y Serena apretó su mano al notar su tristeza—. Es extraño, hasta hoy lo único que recordaba de mi infancia era… —y no pudo seguir hablando.

Serena comprendía perfectamente lo que él no se animaba a decir y tomó su rostro con suavidad para que la mire. —Darien, no fue tu culpa —él asintió y sus ojos se llenaban de lágrimas—. Tú no eres responsable de lo que pasó —sin poder contener más sus emociones, Darien la abrazó con fuerza y comenzó a llorar. Serena, conmovida por su dolor, también soltó algunas lágrimas. Lo mecía entre sus brazos y acariciaba su cuello con delicadeza para intentar contenerlo—. Tranquilo, amor… —le susurraba al oído—. Tranquilo…

Poco a poco Darien pudo aliviarse y se separó de Serena que acariciaba su rostro para limpiar sus lágrimas. Él tomó su mano y apretó los ojos para intentar no volver a llorar. —Serena —pudo mirarla, ella sonreía con calma—, he tenido mucho miedo durante tantos años. Miedo a estar solo, a que me abandonen, pero yo no quería reconocerlo y sólo sentía rencor, remordimiento, desconfianza. Odiaba mi pasado, mi historia, me odiaba a mi mismo. Y me encerré en una vida solitaria y aislada por tanto tiempo —suspiró otra vez—, hasta que me encontré contigo —ahora él acariciaba el rostro de Serena y ella volvía a dejar escapar sus lágrimas—. Al principio creía que podía huir de mi dolor si me apegaba a ti e intenté con desesperación tener algo seguro a tu lado, tener poder sobre ti y sobre lo que sentía creyendo que así superaría mis temores y sanaría mis heridas. Pero después de aquella noche —bajó de nuevo la mirada—, cuando perdí el control y todo se echó a perder de nuevo, recién a partir de ahí pude darme cuenta de lo resentido y culpable que me sentía y de cuánto te había lastimado al actuar de esa forma. Pero tú no me abandonaste, Serena —volvió a mirarla—, sino que me enseñaste a sentirme seguro y confiado conmigo mismo, a creer en que soy capaz de construir contigo algo tan bello, tan real como lo que tenemos. Aprendí lo que es el amor y ya no me siento más solo y abandonado, ya no tengo miedo —la besó en los labios—. Te amo tanto… y te necesito conmigo —ella le devolvía los besos con tanta ternura, con tanta calidez, que él pudo sentirse tan contenido y comprendido por ella—. Te amo… —y volvieron a abrazarse.

—Yo también te amo y te necesito, Darien —dijo ella sin soltar el abrazo—. Desde la primera vez que te vi me siento unida a ti, aunque en un primer momento creí que sólo se trataba de mi deseo de cuidarte y protegerte, por haberte encontrado tan vulnerable y triste. Pero cuando te fui conociendo mejor me di cuenta de que en realidad algo mucho más profundo había surgido entre nosotros. Que no sólo me divertía contigo y me gustaba que pasáramos tiempo juntos, sino que me sentía acompañada, valorada y querida de verdad. Te convertiste en mi amigo, mi compañero y descubrí que en realidad estaba locamente enamorada de ti. Aunque me llevó tiempo admitirlo, lo supe desde ese día que te volví a ver en el video y desde entonces no quise volver a separarme de ti jamás. Y ahora que estamos juntos quiero compartir todo contigo, quiero crecer a tu lado, amarte, comprenderte, aceptarte y elegirte todos los días —se separó para besarlo en los labios con ternura—. Te amo… —y se abrazaron de nuevo.

Después de permanecer abrazados y en silencio por unos instantes, Darien soltó un largo suspiro. —Estas fechas nos ponen muy sensibles —bromeó y ambos rieron. Él se separó de ella pero sin soltarla—. Amor, todavía no te di tu regalo —dijo con una pícara sonrisa.

—Pero si me regalaste unos discos de…

—No —la interrumpió—, eso sólo fue para despistarte —ella lo miraba confundida sin dejar de sonreír—. El verdadero regalo te lo quiero dar ahora que estamos solos —dijo mientras sacaba un sobre de su bolsillo—. Feliz navidad, Serena —y se lo entregó.

Serena no salía de su asombro ante la tan inesperada sorpresa y Darien reía por su expresión. Abrió el sobre con impaciencia y al ver lo que se encontraba en su interior una enorme sonrisa iluminó su rostro. —¡Amor! —miraba el sobre y a Darien alternadamente sin saber cómo reaccionar—. Esto es… —sus ojos comenzaban otra vez a llenarse de lágrimas—. Es uno de mis sueños, no puedo creerlo —lo abrazó efusiva—. ¡Voy a cumplir mi sueño! ¡Contigo! —Darien acababa de regalarle dos pasajes de avión a París.

—Lo sé, amor —él la abrazaba con fuerza—. Sé que es tu sueño y yo quiero compartirlo contigo —Serena lo besó con intensidad y él respondió de igual forma.

—No puedo creerlo —decía ella entre besos—. ¡No puedo creerlo! —repetía y profundizaba más los besos—. Es… es el mejor regalo que jamás haya recibido —suavizó los besos.

Darien acariciaba su rostro sin dejar de sonreír. —Y tú eres el mejor regalo que me dio la vida. Eres un dulce ángel que dios envió a la tierra para mí. Te amo, Serena…

.

.

.

Después de muchos mimos y besos más, ambos comenzaron a sentir algo de frío y decidieron entrar a la casa para irse a dormir.

Adentro había mucho silencio, ya todos dormían. Subieron las escaleras intentando no hacer ruido, fueron hasta la habitación de Serena tomados de las manos y cuando llegaron a la puerta Darien se detuvo de repente. —¿Qué pasa, amor? —preguntó ella en voz baja.

—¿Yo… yo voy a dormir contigo? —preguntó él temeroso, ella asintió sonriente—. ¿En tu habitación? —Serena volvía a asentir y se tapaba la boca con la mano para contener la risa—. ¿En la casa de tus padres?

—Sí, amor. Ven —ella tomó de nuevo su mano—. Ven conmigo —y entraron juntos. Y apenas cerró la puerta, Serena comenzó a besarlo apasionadamente.

Darien cortó los besos. —No, Serena —murmuraba preocupado—. No es correcto que lo hagamos aquí.

Serena volvió a reír al encontrarlo tan nervioso. —Está bien, pero si después te arrepientes ya será demasiado tarde —susurró con una coqueta sonrisa—. Enseguida regreso —y se fue hasta el baño.

Darien permaneció inmóvil en medio de la habitación observando todo a su alrededor. Había unos estantes llenos de conejos de peluche, las rosadas paredes estaban repletas de dibujos de hadas, de fotografías de Serena y se acercó a curiosear. Sonreía enternecido al ver las distintas imágenes, Serena de bebé, de niña, con su hermano, con amigos. Y en cada foto encontraba en su rostro la misma clara y cálida expresión que él tanto amaba de ella.

Suspiró emocionado y fue hasta la cama. Allí también había algunos peluches y volvió a sonreír pensando en la curiosa coincidencia de haberle regalado uno hacía tiempo sin todavía conocerla lo suficiente como para saber sobre su fascinación por los conejos y que por eso su papá la apodaba 'conejita' cariñosamente.

Tomó uno de los peluches y se sentó en el borde de la cama. Observaba el conejo pensativo, recordando todo lo que acababan de hablar, todo lo que había pasado ese día, las últimas semanas, todo el tiempo desde que la había vuelto a encontrar. Y cuando ella apareció desde la puerta del baño y comenzó a caminar hacia él con una dulce sonrisa en su rostro, Darien pudo confirmar una vez más lo inmensamente feliz que se sentía a su lado. —Hola, conejita —le dijo en tono seductor.

Serena rió y se sentó a su lado. —Hola, guapo —respondió y lo besó en los labios—. ¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Acaso desobedeciste a mi padre y te colaste por la ventana para visitarme?

—Así es —le devolvía los besos—. No permitiré que nada ni nadie me aparte de ti, jovencita. Nadie nos prohibirá jamás que podamos estar juntos, aunque tengamos que hacerlo a escondidas —acariciaba su cuello delicadamente con los dedos y no dejaba de besarla.

—Eres un joven muy valiente por haberte atrevido a venir hasta aquí —Serena profundizaba los besos—. Y te mereces una recompensa por eso —lentamente comenzó a inclinarlo contra la cama sin cortar los besos y se acomodaba sobre él con una pierna a cada lado de su cuerpo.

—Serena… —susurraba Darien ya algo agitado y ella empezaba a besarlo en el cuello—. Serena, espera —la tomó de los hombros para alejarla—. Por favor, entiéndeme, no me parece correcto —ella suspiró frustrada y se incorporó. Él se sentó a su lado—. No te enojes, amor —tomaba su rostro con dulzura para que lo mire a los ojos—. No pienses que te estoy rechazando ni nada por el estilo, eso jamás. Muero de ganas por estar contigo ahora, pero estamos en la casa de tus padres, ellos están al otro lado del pasillo y no creo que sea correcto que nosotros…

—Está bien —lo interrumpió ella apoyando un dedo sobre sus labios—, sólo dormiremos —él suspiró algo aliviado—. Pero ni me mires fuerte que no podré resistirme —ambos rieron—. Ay, amor —volvió a besarlo en los labios—, eres tan hermoso…

Serena se puso de pie y fue a buscar unas mantas al armario. Darien sacó todos los peluches de la cama y los dejó con los demás en los estantes. Se acostaron vestidos para prevenir cualquier tipo de tentación y Darien acomodó las mantas para cubrirlos a ambos. Se recostó frente a ella y la abrazó por la cintura para acercarla más a su cuerpo. —Tengo frío, amor —susurró mientras le daba besitos en la punta de la nariz. Ella lo abrazó y él acomodó su rostro contra su pecho. Ambos suspiraron y permanecieron un rato en silencio—. Amor —volvió a hablar Darien, ella lo escuchaba pero el sueño comenzaba a vencerla—, si algún día tenemos una hija, ¿vamos a dejar que duerma con su novio en su habitación?

Serena despertó de golpe al escucharlo. —¿Una hija? —preguntó riendo nerviosa.

—Claro, nuestra primera hija de los muchos que tendremos —aseguró él y la miró con una alegre sonrisa.

—¿Tendremos muchos hijos? —volvió a preguntar Serena.

—Sí, muchísimos —Darien le dio un corto beso en los labios—. Seremos la familia Conejo —bromeó y ambos rieron—. Pero cuando nuestra hija tenga novio yo no creo que permita que se quede a dormir con ella.

—¿Serás un papá celoso? —Serena no dejaba de reír.

—Muuuuuy celoso —respondió él con firmeza y volvió a acomodar su rostro contra el pecho de Serena, ella lo abrazaba con fuerza y acariciaba su cabello—, porque será tan hermosa como su mamá y todos se volverán locos por ella y yo no dejaré que la toque nadie.

—Pobre chica —bromeó ella y ambos rieron un rato más hasta que volvieron a quedar en silencio.

—Amor —Darien volvió a despertarla—, jamás creí que algún día desearía formar una familia —la miró de nuevo y ella sonreía emocionada—. Me cambiaste la vida, Serena —se acercaba lentamente a su rostro mientras acomodaba unos mechones de cabello que caían sobre su frente—, contigo soy un hombre nuevo —susurraba casi rozando sus labios con los de ella—, contigo tengo sueños y deseos que nunca imaginé que tendría —acariciaban sus narices con suavidad y cada vez estaban más cerca—. Y quiero hacerlos realidad a tu lado. Te amo… —y sus bocas se encontraron en un tibio e intenso beso.

—Darien —Serena comenzaba a vencerse de nuevo ante los besos y caricias de Darien que ahora se ocupaba de su cuello—, te dije que… —y soltó un suave gemido al sentir que él empezaba a acariciarla bajo la ropa—. Te dije que… —le costaba hablar por la respiración irregular—. Que no podré resistirme —enredó sus dedos en su espeso cabello y también besaba su cuello—. Si continuamos así ya no podré detenerme.

—Tienes razón —dijo él jadeante al separarse de repente de ella—. No es correcto —y se llevaba las manos a la cabeza mientras intentaba recuperar el aliento.

Serena se mordía el labio inferior al verlo y sentía que lo deseaba con desesperación. —Ya es demasiado tarde, jovencito —y volvió a su boca para besarlo con impaciencia.

Hicieron el amor de una manera tierna y pausada, dulce y delicada, pero al mismo tiempo de forma apasionada y abrasadora. Y durmieron tranquilos y abrazados toda la noche.