Yo te cuidaré
Cuando los sueños se convierten en pesadillas…
La rubia estaba dormida en el sofá de la sala. Ella solo se había acostado para esperar a Freddie, pero se quedó dormida. El cansancio de la semana de trabajo y clases nocturnas, al menos para ella, habían calado en sus nervios y resistencia. El lugar se encontraba en completo silencio, normalmente se escucharían los ecos de risas o llantos por parte de su hijo. Sin embargo, Carly y Freddie se las arreglaron para convencerle, su hijo debía estar en una guardería porque ya no podían cuidarlo tiempo completo; con la desigualdad de horarios de Freddie y Sam, no le había quedado otra opción que aceptar. Por una parte, Freddie, estudiaba por las mañanas y trabajaba toda la tarde y parte de la noche. En cambio, la rubia trabajaba por las mañanas y estudiaba por las noches, así que solo tenía las tardes libres. Tiempo escaso para poder cuidar a su hijo.
Sam se movió solo un poco del lugar donde estaba acostada mientras dejaba escapar un suspiro tembloroso. Ella se sentía agotada, era viernes y con este se habría paso a un fin de semana exclusivamente familiar.
Logró escuchar el sonido de las llaves al otro lado de la puerta, luego como esta se abría lentamente desde el exterior. Era Freddie, su rostro mostraba el cansancio del día. Sus ojos normalmente llenos de vida se veían apagados. La rubia se incorporó solo un poco para sonreírle y él, a cambio, le devolvió una sonrisa ladeada.
-Carly tiene a David. Ella dijo que lo cuidaría el resto de la tarde… que merecemos un descanso –el castaño la besó y suspiró cuando ella rodeo sus brazos en su cintura. –T-Bo también me dio la noche libre, así que trabaje solo parte de la tarde y no deseo otra cosa que estar a tu lado, abrazado a ti.
Esa declaración le hizo sonreír.
-Hmm, eso está bien –murmuró la rubia cuando él la tomó entre sus brazos. –Unas cuantas horas de descanso nos vendrá bien.
-No lo dudo –secundó el castaño dejando escapar un suspiro de sus labios.
Era cierto, no habían tenido un tiempo para ellos mismos desde aquella mañana donde se dejaron llevar y su relación subió otro peldaño que lenta y dolosamente estaban bajando de nuevo. Él no sabía cómo recuperarle, sobre todo cuando ambos mantenían el malhumor por las nubes, pero debía suponer que todo se calmaría con el pasar de los días. Solo debían acostumbrarse a la presión de los estudios y el trabajo, era algo más que debían superar.
Cuando llegaron al cuarto, Freddie la dejó sobre la cama. Las prendas fueron cayendo al suelo hasta que solo quedaron en ropa interior. Sam apartó las sabanas para luego deslizarse en la mullida cama, solo le faltaba una cosa para completar su confort, el calor de Freddie. Esté no tardó mucho en llegar y la rubia dejó escapar un suspiro placentero antes de rendirse al sueño.
Después de lo que parecieron minutos, Sam escuchó su celular. Dejó escapar un gemido ante el sonido insistente del aparato. ¿Quién podría ser? Con otro gemido, la rubia comenzó a buscar a ciegas el aparato que le había arrebatado el descanso. Cuando por fin lo encontró contesto la llamada.
-¿Bueno? –Su voz sonó más ronca de lo que pretendía.
-¿Samantha Benson? -¿Uh? ¿Quién era?
-Ehh, sí… ¿Quién habla? –Lo sabía, no tenía muchas palabras en ese momento. Pero, ¿Quién podría culparla?
-Soy tu tutor de historia y me preguntaba por qué faltó a la cita de hoy –murmuró la voz del hombre al otro lado del teléfono, no sonaba muy complacida.
-¡Oh, mierda! Lo siento, día fuerte –sabía que era una pobre escusa y que eso no le iba a ayudar en nada, pero debía intentarlo.
-Aún podemos reunirnos en el café de la facultad. Puedo esperarla allí –ofreció la voz al otro lado del teléfono. –debo atender a otro estudiante en tres horas, tiempo suficiente para comenzar…
-En quince minutos estaré allí… -dijo levantándose de la cama.
Después de finalizar la llamada, ella correteó por toda la habitación. Buscó entre sus cosas algo apropiado para el inmenso frio que hacía en el exterior por el invierno, la lluvia en esa época del año podía ser implacable. Luego de una ducha rápida, se vistió y tomó todos sus libros de historia. Se acercó a Freddie para besar su frente y susurrarle palabras de amor no escuchadas.
Caminó tan rápido como pudo hasta el café, se tropezó con varias personas sin disculparse, no creía tener tiempo para eso. Cuando abrió la puerta dejó escapar un suspiro de placer, el calor inundaba sus sentidos dejando rápidamente de lado su entumecimiento. Colgó su abrigo mientras barría con su mirada todo el lugar. Una mueca de descontento se formó en sus labios al darse cuenta que ni siquiera la apariencia de su tutor conocía. Había algunos profesores sentados en las mesas dobles en espera de algún estudiante o simplemente tomándose un café y disfrutando de un buen libro. Frunció el ceño al darse cuenta que debía preguntarle a cada uno de los presentes si esperaban a una estudiante con su nombre. Veinte minutos después se rindió.
-¿Está ocupado? –Preguntó la rubia a un hombre que tomaba café mientras leía su diario. –Es que no hay lugar… -se excusó con las mejillas sonrojadas.
-Para nada, puedes tomar asiento –indicó sin despegar sus ojos del diario. –Te dejaron plantada… -no fue una pregunta, era una confirmación.
-No lo sé… -murmuró abatida. –Por favor señorita, un café…
Mientras esperaba, podía sentir los ojos del hombre sobre ella. Era intimidante y algo fuera de lo común ya que solo tenía diecinueve años. Nadie de la edad de él podía interesarse por alguien tan joven. Se reprendió mentalmente por esos pensamientos antes de abrir su carpeta y revisar sus apuntes.
-¿Esperabas a alguien? –Sorprendida por su intervención, Sam negó con la cabeza lentamente. Sinceramente, ella no entendía porque no había regresado con Freddie.
-A mi tutor… si no es que ya se ha ido por mi estupidez –dijo más para ella que para él.
-¿Samantha Benson? –Preguntó el hombre con sorpresa.
-¿Thomas Anderson? –Preguntó con nerviosismo.
-Así es… -el pelinegro dejó escapar una risita formando hoyuelos en sus mejillas en el proceso. Luego extendió su mano, mano que Sam tomó rápidamente. –Es un placer, ahora a trabajar.
Por otro lado, Carly caminaba de un lado a otro mientras observaba su reloj. Once de la noche y su amiga aun había llegado. Freddie por su parte, observaba la taza de chocolate caliente con desdén, estaba preocupado y lo peor de todo es la cantidad de llamadas que había realizado y ninguna fueron contestadas.
-No lo sé, tal vez está en la universidad… -dijo la pelinegra con David dormido en sus brazos. Freddie no pudo hacer otra cosa más que asentir ante la lógica. Esa sería la primera vez que algo como eso pasaba.
-Tal vez –Freddie hizo eco a las palabras de Carly.
Después de una larga espera, Carly se quedó dormida en el sofá y Freddie tomó a su hijo para acostarlo en su cuarto. Buscó un cobertor y cubrió a su amiga con el antes de irse a su cuarto.
El despertador comenzó a sonar cuando la oscuridad comenzaba a desaparecer en el exterior y el sol se alzaba lentamente sobre la ciudad. Él se giró solo un poco para percatarse que Sam había abandonado la cama pocos minutos atrás. Su lugar aún estaba caliente. Luego de levantarse y asearse, caminó somnoliento hacia la cocina donde se encontraba su esposa.
-Buenos días, tengo prisa y no pude preparar tu desayuno. Llevaré a David a la guardería, nos vemos en la noche –ella besó su mejilla antes de tomar todas las cosas del bebé y salir del apartamento con David en brazos.
Un mal presentimiento se asentó en su pecho. ¿Cómo pudo cambiar todo de la noche a la mañana?
Freddie caminaba rápidamente por el campus, sabía que su esposa estaba allí y debía encontrarla a como dé lugar. David estaba enfermo, hospitalizado por una fiebre alta y él no había logrado contactar a la rubia. Preguntó a algunos de los compañeros de Sam donde podía encontrarle y todos respondieron lo mismo, el cafetín.
Él tenía conocimiento de todas sus clases y sabía que frecuentaba a dos de sus tutores personales para clases especial. Demonios, si la idea fue suya en primer lugar, pero de haber sabido que su tiempo con ella se reduciría a nada, jamás lo hubiese hecho. Doblando la esquina, Freddie se encontró con algo que lo dejó sin habla… Reprimiendo su ira, se giró sobre sus talones y regreso al hospital.
Quince minutos más tarde ingreso a la sala de emergencia donde sus amigos estaban allí. Todos eran un gran grupo de estudio, pero demostraron ser más que eso cuando le aconsejaban y se preocupaban por él. También estaba Spencer y Carly acurrucados en uno de los asientos en la sala de espera ya que solo los padres podían pasar a verlo.
-¿La conseguiste? –Preguntó Tara, una compañera de clases que le había tomado cierto aprecio a él y su hijo.
-Sí… -se limitó a responder.
Alejándose de todos, Freddie caminó hacia la habitación de su hijo, solo quería estar solo y nada más.
-Siempre te voy a querer hijo, no importa lo que pase tú siempre serás mi hijo –murmuró con voz rota antes de tomar sus manitas entre sus dedos. –Eres tan frágil, siento que en esto también he fallado… -susurró con lágrimas en los ojos. –Falle en todo… pensé vivir en un sueño y terminé en una pesadilla.
-No se preocupe, señor Benson. Su hijo está bien, la fiebre ha bajado y eso es un buen síntoma –aseguró el doctor de pronto, él no lo había notado llegar. –Presenta amigdalitis, los niveles de infección eran altos, pero lo estabilizamos…
-Gracias –dijo con monocorde.
-Trate de descansar… solo uno de los padres puede quedarse en la habitación –comenzó el doctor, pero Freddie lo detuvo.
-Seré yo…
-Muy bien, llenaré la hoja y mañana a primera hora podrá recibir visitas –aseguró antes de abandonar la habitación.
Freddie besó la frente de su hijo antes de seguir el camino del doctor, no podía quedarse y dejar a todos sus amigos en la sala de espera. Cuando estuvo con ellos, él les explicó la situación y les pidió que fueran a sus casas para descansar.
-Te excusaré con los profesores, ellos saben lo importante que son los hijos –aseguró Tara mientras lo abrazaba. –Se va a mejorar, ya lo verás.
-Es cierto. Tienes que descansar tú también, aunque sea en una silla dura y sin comodidades –bromeó Carson apretando su hombro.
-Gracias –el fantasma de una sonrisa se deslizó por sus labios.
-Iré a tu apartamento, buscaré a Sam y la mataré –susurró Carly con ira. –Te lo juro…
Freddie negó con la cabeza: -No hagas nada.
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Sam estaba apoyada a la puerta de su apartamento, lo que menos quería era entrar y enfrentar a su esposo. No después del desliz de esa noche. No estaba entre sus planes que su tutor se confundiera y, en consecuencia, la confundiera a ella. Dejando escapar un breve suspiro, abrió la puerta para encontrarse con Carly sentada en el sillón cruzada de brazos.
-Buenas noches, Sam –la voz de su amiga destilaba veneno. –Por casualidad sabes que tu hijo está en el hospital. Supongo que no, porque estás muy relajada…
-¿Qué sucedió con David y por qué Freddie no me ha avisado? –Preguntó rápidamente.
Carly se encogió de hombros.
-De seguro tienes unas cincuenta llamadas en tu celular que no has respondido, como de costumbre –espetó la pelinegra ácidamente. –Tiene amigdalitis y sufrió una fiebre muy alta por ello… -ella vio como la rubia se giraba para salir. –Te advierto, no puedes verlo. Como tu has llegado tan temprano, decidieron que Freddie lo cuidaría esta noche…
-Pero soy su madre –gritó Sam.
-Eso no evitó que tú desaparecieras… -Carly entrecerró los ojos acercándose a ella. –Si quieres ve, acércate y espera toda la noche en la sala de emergencia hasta que te permitan la entrada. Pero te advierto, un solo reclamo hacia Freddie y me conocerás…
-No puedes hacer eso, él…
-Él corrió a buscarte y regreso molesto y lleno de amargura –admitió Carly acercándose a la puerta. –Ojala no sea lo que pienso, pero si vio tu jueguito con tu tutor Sam… no te ayudaré más. Te lo advertí ese día y no me hiciste caso. Ahora asume tu error y ojala aun puedas arreglarlo. Buenas noches.
La pelinegra se fue dejándola fría y con el corazón acelerado, preguntándose si eso realmente debía pasar. Nunca fue su intensión… nunca… -Oh Dios, ¿qué he hecho?
