Una entrevista con Moriarty nunca acaba bien

Capítulo 2

Lestrade hizo un esfuerzo en sostenerle la dura y cruel mirada a aquel hombre durante un minuto entero, hasta que sin una orden aparente, dos de los guardias armados que los rodeaban se salieron de la formación, se metieron a una de las oficinas de la fábrica y prendieron las luces, con lo cual Lestrade, después de pestañear rápidamente dos o tres veces, pudo observar las máquinas a su alrededor, el inquietante círculo de guardias armados que los rodeaban y las duras y despiadadas facciones del hombre de traje. Lo más inquietante eran sus ojos, grandes e increíblemente negros, cómo si toda la luz se hubiera extinguido de ellos.

Los guardias que habían prendido las luces sacaron dos sillas que colocaron en el centro de la zona iluminada. Uno de ellos se sacó un trapo de su bolsillo y limpió la que era del hombre de traje, regresando después a su lugar.

El hombre se sentó abandonando todo asomo de sonrisa y le hizo una seña a Lestrade para que también tomara asiento.

Después de un pequeño titubeo Lestrade se sentó.

-Cuénteme, Inspector, ¿Cómo conoció a Sherlock Holmes?

Lestrade decidió no contarle nada. No le parecía información muy relevante, y sin embargo estaba seguro que cualquier cosa que le contara a éste hombre podría ser usado de una u otra forma en perjuicio del detective consultor. El hombre de traje chasqueó la lengua reprobatoriamente.

-Vamos, vamos, Inspector. La única forma de que salga de aquí es contestando a mis sencillas preguntas, la primera es ¿cómo lo conoció?-

Lestrade se mantuvo callado.

Casi de inmediato se escucharon los pasos de dos guardias detrás de él. Lestrade se levantó de la silla justo en el momento en que dos pares de manos intentaban asirlo por los hombros. En un solo movimiento se dio la vuelta, tomó la silla y les asestó un tremendo golpe en la cabeza que los hizo caer al suelo, Lestrade se abalanzó sobre el arma de uno de ellos en el momento en que los otros guardias se abalanzaban sobre él. Arrodillado sobre el cuerpo del herido, apenas le había quitado el seguro a su arma cuando recibió una fuerte patada en el estómago que le sacó todo el aire y lo tumbó sobre un costado nublándole la mente durante un angustioso segundo, seguida por otra fuerte patada a sus testículos que lo hizo retorcerse de dolor.

Apenas si notó cuando le quitaron el arma de la mano y lo sentaron de nuevo en la silla.

Durante unos momentos Lestrade no fue consciente más que de los vanos intentos que hacía su cuerpo para recuperar el aliento y del dolor que provenía de su entrepierna. Poco a poco su respiración se fue normalizando y entonces se dio cuenta de que le habían esposado las manos a los brazos de la silla.

El hombre de traje lo veía divertido.

-Me habría desilusionado mucho si no lo hubiera intentado siquiera- dijo y volviéndose a poner serio agregó -Pero, como ya le advertí, no saldrá de aquí hasta no responder a mis preguntas.- Después de una pausa agregó -A mí en lo personal, me gustaría que usted, Inspector, saliera de aquí en una sola pieza, y así pudiera ver las consecuencias de esta pequeña charla. Pero…- remarcó con una nota jovial -… eso depende enteramente de usted.

Lestrade se removió un poco en su asiento. El sonido de sus esposas chocando contra los brazos de la silla le hizo darse plena cuenta de su situación.

Estaba esposado a una silla, en un lugar aislado y a merced de un lunático enemigo de Sherlock que tenía numerosos hombres armados a su disposición. Le comenzaron a sudar las palmas de las manos y sintió en el pecho el rápido y fuerte latido de su corazón; pero a pesar de su creciente pánico trató de mantener una apariencia calmada.

El hombre frente a él hizo una mueca y se inclinó hacia adelante diciendo con voz más seria -Nadie sabe que está aquí. Y mis hombres no son ajenos a la tortura… Usted, Inspector, hablará tarde o temprano… Dígame, ¿cómo conoció a Sherlock Holmes?

-Pregúnteselo a él- respondió Lestrade con voz firme.

El hombre puso los ojos en blanco en una mueca demasiado exagerada.

-Bueno- dijo -Hice lo que pude- se levantó de su asiento y se acercó al Inspector. -Si no quiere decirme la respuesta… entonces ¡haré que la grite!

Uno de los guardias se adelantó, poniéndose frente a Lestrade. Le tomó el dedo índice de la mano izquierda y en un movimiento rápido lo dobló hacia atrás. Lestrade no pudo evitar gritar y retorcerse en la silla. Un agudo dolor le recorrió de golpe todo el brazo y con cada movimiento que hacía una nueva descarga le sacudía todo el cuerpo. Sus gritos se transformaron en gruñidos y después de unos momentos comenzó a respirar pesadamente. Tenía la visión borrosa y entonces se dio cuenta de que estaba llorando. No pudo evitar mirarse la temblorosa mano. La visión de su dedo doblado en un ángulo extraño le produjo aún más dolor. El guardia, entonces, tomó su dedo y bruscamente lo regresó a su lugar. Lestrade había seguido sus movimientos con los ojos por lo que, anticipando su movimiento, había apretado los dientes evitando volver a gritar. Sin embargo no había forma de evitar el largo gemido gutural que retumbó en su pecho, salió de sus labios y que terminó en un sollozo.

Su dedo se hinchó inmediatamente y comenzó a pulsarle al ritmo de su desbocado corazón. El guardia le tomó entonces el dedo meñique y volteó a ver al hombre del traje, esperando instrucciones. Lestrade, siguiendo con dificultad su mirada se dio cuenta de que éste ni siquiera le estaba prestando atención, sino que había vuelto a navegar por su celular. El hombre debió notar que lo miraban porque de pronto levantó la mirada y sonrió.

-No borra muy seguido sus mensajes, ¿verdad, Inspector?- y volteando a ver al guardia le dijo con una colérica mirada de impaciencia. –Bueno, ¿Qué estás esperando?

El hombre se apresuró a doblarle el meñique al Inspector en un movimiento rápido y firme.

Lestrade no tuvo tiempo ni de pensar, cuando una nueva oleada de dolor le hizo soltar un grito y retorcerse de nuevo en la silla. Antes de que pudiera recuperar el aliento el dedo le fue una vez más acomodado súbitamente, dejándole la mano asimétricamente inflamada e hinchada.

El guardia entonces le preguntó en voz baja y grave -¿Cómo conoció a Sherlock Holmes?- Pues aunque sabía que a su jefe no le agradaba que otros fueran los que hablaran, también sabía que el dolor hacía que las personas olvidaran hasta lo que se les estaba preguntando.

Lestrade pestañeó rápidamente; podía sentir que seguía llorando. La pregunta lo hizo fruncir el ceño, ¿Cómo había conocido a Sherlock? La imagen de una escena del crimen en un alejado callejón le llegó de repente, casi podía escuchar la maltratada voz del tambaleante joven, que a pesar de su estado de intoxicación, le había descrito altaneramente al presunto asesino, las evidentes pistas que sus hombres habían pasado olímpicamente por alto, los últimos lugares que había frecuentado la víctima y donde podría hallar al asesino.

¿Cómo había conocido a Sherlock Holmes? ¿En verdad era tan importante esa información? ¿Por qué querían saberlo? ¿Qué sería lo peor que pudieran hacer con ello?

Apretó los dientes y sacudió ligeramente la cabeza. Le dolía la mano, le dolía mucho y no llevaban ni cinco minutos de tortura. Un miedo atenazante le envolvió el pecho.

Quería irse a casa, ¿Por qué no podía irse a casa?

El guardia entonces le dobló el dedo medio. Ésta vez ni siquiera intentó contener el grito de dolor que retumbó en la fábrica.

-¿Cómo conoció a Sherlock Holmes?- escuchó vagamente

Al no contestar, el dedo anular de la mano izquierda fue también doblado. Pero ésta vez no fue en un solo y rápido movimiento, sino que el guardia lo fue doblando lenta y angustiosamente, tomándose su tiempo, mientras Lestrade se removía y gritaba.

-¡NOOO! ¡AHHHH!

Lestrade comenzó a hacer entonces ruidos ininteligibles, no quería hablar, no debía hablar, pero quería que el dolor se detuviera. Comenzó a balbucear mientras se removía torpemente en la silla. Cuando sintió que le soltaban la mano bajó la cabeza y apretó fuertemente los ojos.

-¿Cómo lo conoció?

-Yo… yo…

Lestrade no sabía por qué las palabras no le salían de la boca. No podía. Físicamente no podía articular esa oración.

Su mano le pulsaba, las lágrimas se le secaban en las mejillas.

-Yo…

-¡Aburrido!- gritó entonces el hombre de traje alzando la mirada -No hay tiempo para sus balbuceos, Lestrade, tengo otras cosas que hacer… HABLE AHORA o…

Lestrade abrió los ojos al escuchar su apellido, y levantó la mirada al escuchar que se cargaba un arma. El guardia enfrente de él le apuntaba con su pistola directamente a la cabeza. Lestrade podía oler la pólvora y el metal. Un sudor frío perló su frente. Volteó a ver al hombre de traje y leyó en sus ojos una sentencia de muerte segura si no hablaba de una vez.

Podía sentir su mano adolorida y el pánico distribuyéndose por sus venas cómo veneno, nublándole la vista y distendiendo su vejiga. No quería morir. No así.

La boca del arma le dio un pequeño golpe en la frente.

-Me… Yo… Fue…

Trató de enfocar su vista una vez más en el hombre de traje, pero cuando lo logró no pudo sostenerle la mirada.

-Inspector… - la voz juguetona le erizó los vellos de la nuca. La amenaza estaba implícita en cada sílaba.

Lestrade se sentía perdido, solo. Todo su cuerpo temblaba.

-En… en una… escena… del crimen… - dijo con voz pastosa y muy baja.

La pistola le dio otro pequeño empellón en su frente. Lestrade intentó aclararse la garganta y hablar un poco más fuerte.

-Hubo un… asesinato… en un… callejón… - dijo tratando de controlar su respiración, ya que estaba empezando a hiperventilar -Sh… Sherlock… - Lestrade dejó salir otras lágrimas, ya no de dolor, sino de rabia e impotencia -Sherlock se acercó y nos dijo donde… donde encontrar al asesino.

El hombre de traje sonrió.

-¿Qué edad tenía Sherlock?

Lestrade cerró los ojos. No, no, no… eso era información personal.

Pero, ¿No estaba eso en el registro de la policía? Habían abierto un informe. Él había abierto ese informe. No era información confidencial, ¿o sí?

-Veinti… veintitrés.

El hombre lo miraba ávidamente.

-¿Supusieron que él era el asesino?

Lestrade asintió sin poder despegar sus ojos de los de su interlocutor. Recordó las órdenes de su entonces superior. Las protestas del joven…

Los ojos negros y vacíos del hombre lo taladraron con la mirada. Lestrade se sintió obligado a agregar algo más

-Estuvo en custodia… pero, tuvimos que soltarlo… por… falta de pruebas.

El hombre seguía viéndolo con un odio hambriento, engullendo sus palabras cómo si su vida dependiera de ello y Lestrade supo que tenía que seguir hablando.

-Yo… hablé con él…

Recordó la primera impresión que había tenido al escuchar de boca de aquel arrogante joven, que no paraba de temblar por la necesidad de drogas en su sistema, una descripción detallada de lo que había hecho ese día junto a pequeños retazos de su vida.

-Capturamos al verdadero culpable… con la información que él nos dio y…

Lestrade le había ofrecido a ese joven ser un consultor de la policía con la condición de que se desintoxicara y de que permaneciera limpio. Pero… ¿cuántas personas más sabían que Sherlock había sido un vagabundo drogadicto en su juventud? Quizá… quizá Mycroft había borrado cualquier documento que hiciera referencia a esa particular etapa de la vida de su hermano.

-… y lo he consultado… desde entonces.

El hombre de traje se inclinó hacia Lestrade y entrecerró los ojos.

-¿Qué hacía Sherlock en aquel callejón?- preguntó el hombre de traje con voz baja y grave.

Lestrade comenzó a temblar. Sherlock había estado drogándose en una calle aledaña; se había acercado dando tumbos soltando sin ton ni son, datos y cifras, sacando conclusiones… pero hablar sobre la pasada adicción de Sherlock parecía una verdadera traición. Sintió palpitar sus dedos lastimados y no supo que contestar.

Recordó sus propios interrogatorios. Siempre iniciaba preguntando algo que ya supiera, para asegurarse que el sospechoso le estaba diciendo la verdad. ¿Qué tanto sabía aquel hombre?

Los negros ojos brillaron un momento.

-¿Qué tanto aprecia su vida, Lestrade? ¿Moriría guardando un secreto así?

Sus ojos se encontraron. Lestrade no dijo nada. La poca voluntad que aún le quedaba le decía que no abriera la boca. Apretó los dientes. No diría nada más. No debía decir nada más.

Sin embargo lo invadió una profunda tristeza al saberse ya muerto. No importaba si hablaba o no. Lo matarían de todas formas y... no había podido despedirse de su esposa. Después de la pelea que habían tenido, él se había salido sin siquiera voltearla a ver. No intentó detener la pesada lágrima de desesperanza que le salió.

Lo único que le quedaba era morir tan dignamente cómo pudiera.

El hombre de traje sonrió burlón, meneando ligeramente la cabeza.