Capítulo 2-
McKinley está igual que siempre. El mismo color de paredes, los mismos carteles, las mismas caras. Claro que a las únicas personas que reconozco son aquellas que visten el uniforme de las cheerios, o el del equipo de football. Los demás se limitan a correrse de mi camino, y mejor que sea así porque no confío en mi estado de humor. Sería capaz de arrojarle un refresco a cualquiera que se atreviera a hacer contacto visual en este momento, incluso al estúpido director.
Llego a mi casillero y coloco la combinación de forma casi mecánica. 12345. Sé que es un tanto obvia, pero me trae sin cuidado. ¿Quién se animaría a hurgar ahí dentro? Abro la puerta, estampándola y veo que un chico da un respingo. Sonrío con satisfacción y tiro la mochila en ese espacio reducido que generalmente no uso. Vuelvo a estampar la puerta. Ahora es una chica con lentes la que se aparta con prisa.
Continúo caminando. Aún no es la hora de ingreso y tampoco deseo respetarla. Sea quien sea mi nuevo profesor, tendrá que adaptarse a mis reglas.
Cuando llego al final del pasillo, doblo a la derecha. Éste vendría a ser una especie de corredor principal; no tiene taquillas ni nada parecido, sólo conduce a la mayoría de las aulas y la gente suele apoyarse en las paredes a hablar.
La gente como yo, por supuesto. Este es nuestro territorio, nadie se atreve siquiera a pisarlo si estamos nosotros cerca.
-¡Oye, Puckerman!
Hacia mí vienen cuatro de mis compañeros de football. Quizás debería llamarlos "amigos", pero lo cierto es que no tengo ninguno. De todos modos, para qué los necesitas. Todas las personas te abandonan llegado el momento, y no estoy dispuesto a aferrarme a ninguna de ellas.
-Karofsky-eso es lo único que tengo que decirle, y choco sus palmas a modo de saludo.
-¿Qué tal tus vacaciones, viejo?- me pregunta uno que ni siquiera recuerdo cómo se llama.- Has desaparecido.
-Estuve un poco ocupado- me limito a responder. Sin embargo, ellos intercambian miradas cómplices y asienten.
Sé lo que están pensando. Que me he acostado con todo Ohio. Me he hecho conocido por mi facilidad para conseguir mujeres, aunque sólo duren una noche, y parece que eso me otorga más respeto.
-Escucha, Puck- me dice Karofsky luego de un rato en el que no hemos hecho más que seguir caminando- Hay que ir a clase ahora; pero recuerda que tenemos que arrojar los refrescos para inaugurar el nuevo año.
Lo dice como si se tratara de una obligación, aunque a estas alturas, puede que esté reducido a eso.
Recuerdo las caras de consternación de los que fueron en algún momento, los blancos de mis slushies, y me regodeo para mis adentros.
-Sabes que cuentan conmigo.
Cuando el timbre suena recojo mis cosas con cuidado y atención para no olvidarme de nada, y espero a que el aula se vacíe en unos segundos. Ahora que no corro peligro de ser atropellada, le sonrío a la profesora de Geografía y salgo del salón. Para ser el primer día de clases, es un buen comienzo, pues no me he topado con ningún inconveniente. Por lo menos, no de momento.
El pasillo está atiborrado de gente, cual si fuera un hormiguero. Me encojo junto con mis libros cada vez que pasan por mi lado los chicos del equipo de football. Hace más de dos años que he asistido a McKinley, y ya he aprendido a no fiarme de ellos.
Concentrada como estoy en llegar a mi casillero, no veo a tiempo a una de las porristas, cuya diminuta pollera a tablas ondea al chocar contra mi costado. Sigo andando, pero no puedo dar más de tres pasos que me agarra del hombro y me obliga a dar la vuelta.
Las porristas no me aterran tanto como los del equipo de football; sin embargo, no se siente precisamente agradable que Santana te mire con odio a apenas dos centímetros de tu rostro.
-Fíjate por dónde caminas, enana.
Se voltea antes de que pueda decir nada y la coleta tirante que adorna su cabeza da un giro que amenaza con golpearme. Aunque no lo hace. Me quedo mirando cómo camina, sin necesidad de abrirse paso ni una sola vez. De repente noto un cambio en su postura, la pollera comienza a ondearle más y frunzo el ceño tratando de descifrar de qué se trata. Al ver que se detiene a hablar con un chico de buso blanco y rojo, todo tiene sentido.
Y mucho más cuando distingo que se trata de Noah Puckerman.
Apoya el brazo derecho en la pared, semirecostado sobre la misma, y Santana deposita su costado izquierdo en ella. Da la sensación de que su conversación los mantiene abstraídos de la realidad que los rodea, y recuerdo los rumores que había oído acerca de un noviazgo entre ambos. Me dispongo a dar la vuelta y continuar con la búsqueda de mi casillero, cuando los ojos de él se clavan en mí. Aunque realmente dudo que sea yo el blanco de su mirada, algo dentro de mí me dice que me está observando, por más que crea que no es consciente de mi existencia.
Aún así, su mirada me intranquiliza, y le doy la espalda con prisa.
Ya no me importa quién pasa por mi lado; sólo quiero llegar a la taquilla para guardar los libros que no presisaré en la próxima clase, y guarecerme en la tranquilidad del auditorio.
