Capítulo 3-

El auditorio es un espacio de McKinley al que nadie usa. Según lo que he leído, la última vez que hubo gente cantando en el escenario ha sido hace ya 15 años, cuando yo todavía no tenía edad suficiente para abandonar la infancia. El coro estaba dirigido por un hombre cuyo apellido era Howard, que abandonó el instituto luego de haber perdido las seccionales de ese año. Siempre intenté comprender qué lo había impulsado a dejar de esa forma a su propio coro; aunque ahora supongo que se habrá sentido avergonzado.
Las seccionales son la primer etapa de las competencias que se realizan cada 365 días. Entiendo que no se haya sentido muy bien haberlas perdido.
En fin, no tengo derecho a juzgarlo por lo que hizo, incluso hubo rumores de que su vida se desmoronó luego de eso; pero me enfada que nadie más haya querido hacerse cargo. Siempre deseé formar parte de un coro, exponer mi talento, y sentir lo que es que un público te aplauda al oír tu canción. Sería realmente maravilloso. Estoy segura de que las clases que tomo desde que soy pequeña me ayudan a mejorar constantemente, pero me gustaría poder vivir alguna experiencia semejante. O al menos cantar con alguien distinto a mis padres.
Con pasos lentos y elegantes, subo los pequeños escalones que llevan al escenario. Por más que nadie lo utilice, está impecable y reluce. Puedo ver mi reflejo en el suelo liso y negro como la noche.
Me detengo una vez que mis piernas me han conducido al centro mismo, y levanto la vista con un cosquilleo en el estómago. Las filas de asientos se suceden hasta la pared opuesta, y desde aquí arriba parecen muchas más de las que en realidad son.
Cierro los ojos un instante y vuelvo a abrirlos. En la magia de mi imaginación, el auditorio está repleto de espectadores, y mis padres ocupan los primeros asientos.
Acompasando la respiración, empiezo a cantar.

-Puckerman, te aconsejaría que te apartaras de ese casillero.
Volteo la cabeza al oír la voz del entrenador de football que camina hacia mí, con un vaso plástico de café en la mano.
-No estaba cometiendo un delito.
Retiro la pinza con total naturalidad y la guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón. El tipo sonríe. Siempre tiene esa expresión amable que no hace más que aumentar mis deseos de hundirlo en su propio café.
-Ese casillero es de otro alumno.
Vaya novedad. ¿O acaso me cree tan estúpido de forzar el mío propio?
Lo miro sin nada que decirle. Señala la taquilla.
-¿Qué estabas buscando?
Me encojo de hombros. Vislumbro que no le sorprende que haya decidido no confiárselo, pero de todos modos suspira.
-Sabes que no es correcto rebuscar entre las pertenencias de otras personas, y mucho menos si tu intención es robarles.
El semblante se me endurece.
-No estaba robando.
-Porque llegué a tiempo para impedirlo.
Lo peor de todo es que se cree un superhéroe o algo así. Vamos, con todos los casilleros que hay en esta escuela, abrir uno solo no tiene nada de malo.
Sin embargo, decido evitar su mirada para que crea que me estoy dejando regañar y me deje tranquilo.
-De acuerdo. Iba a tomar prestado dinero; conozco al dueño de esta taquilla.
El entrenador aprieta el vaso un poco más que antes. Noto que intenta contener su enojo; he aprendido a leer sus expresiones como las de tantas otras personas. Pero por más que crea que comenzará a darme un sermón acerca de lo que es y no es correcto hacer, mira hacia sus costados y se arrima un paso.
-Entiende una cosa, Puckerman. Robar es un delito es castigado con la expulsión.
-El director Figgins nunca expulsaría a nadie.- lo interrumpo- No tiene las agallas.
Él me mira con ojos fríos y la mandíbula tensa. Sin embargo, continúa:
-Tenga o no agallas, estoy seguro de que te castigaría. Y dudo que estés buscando empezar tu último año en McKenley haciendo trabajos comunitarios.
Acabo de comprender a dónde quiere llegar. Todas esas palabras son sólo un disfraz que oculta su verdadera preocupación, es sencillo darse cuenta. Además, mi estadía aquí a nadie le interesa. Soy un alumno más, y bien puedo ser uno menos.
Pero mientras lleve este uniforme, cuento con una gran ventaja.
-Es el equipo de football lo que le preocupa.
El tipo arquea una ceja durante un segundo en el que no sabe qué decir. Me regodeo al saber que lo he tomado desprevenido, mientras dice:
-Te necesitamos en él. Este es nuestro año.
Asiento con la cabeza y miro sobre su hombro, ya que acabo de percibir un movimiento. En efecto, unos metros más allá se encuentran Karofsky y los otros tres. Todos tienen un refresco, excepto Karofsky.
Él tiene dos.
Decido poner fin a la charla y me dispongo a irme. En el momento que paso por el costado del entrenador, murmura:
-No creas que ser mariscalr de campo va a protegerte por siempre.
Frunzo el ceño a la par que repaso mentalmente lo que acaba de decirme. Uno de los chicos emite un chiflido que me llama a la realidad y voy hacia ellos.
Miro el reloj blanco que cuelga de la pared del pasillo, y como hago en esas ocasiones, aguzo el oído para distinguir los sonidos provenientes de los salones. Bancos que se mueven, mochilas que caen al suelo por accidente, otras que se cuelgan sobre los hombros. Pisadas hacia las puertas. Perfecto, dentro de unos segundos McKenley rebalsará de perdedores.
Aunque...un momento. Disimulado entre todos los otros, hay un sonido que no he oído durante años, y así y todo, no tardo en reconocerlo.
Es una voz femenina.. y está cantando.