Capítulo 4-
Por un momento creo que he oído mal, que es mi mente jugándome malas pasadas. Pero no. La voz sigue elevándose, distante y a la vez clara, y de repente soy consciente de que he dejado de caminar. Me siento extraño, como si sólo mi cuerpo estuviera en McKinley, y yo viajara a miles de lugares al mismo tiempo. No comprendo qué me ocurre; y de todas maneras, una parte de mí me obliga a recordar...lo que he procurado olvidar hace tantos años.
El timbre suena demasiado fuerte y me hace parpadear. Parezco un estúpido. Ahora que la voz se ha tapado con los ruidos que anuncian el recreo, vuelvo al pasillo donde Karofsky y sus amigos me miran, preguntándose qué demonios me pasa.
Aunque no quiero explicarlo, ellos no lo entenderían. Muevo la cabeza a los costados y empujo a un chico que pasa por mi lado. Tropieza y cae sobre otro, que lo aparta para quitárselo de encima.
-¿Estás listo, Puck?- me pregunta Karofsky a la par que extiende su mano derecha hacia mí. Sostiene un refresco de frambuesa, lleno hasta el borde mismo del vaso.
-Lo estoy.
Agarro el recipiente. Los otros tres se separan y caminan entre la gente. Es gracioso ver cómo todos se apartan y se aplastan contra las taquillas; nadie desea ser el blanco, y menos aún tratándose del primer día de clases. Incluso algunos cierran los ojos y comprimen el rostro, como si de esa manera pudieran pasar desapercibidos.
Karofsky me toca el hombro y señala con la cabeza otro de los tantos pasillos de McKinley. Asiento y caminamos hacia allí. Este también está atiborrado de perdedores. Pobres, seguro creían que estaban a salvo.
Busco con la mirada entre la gente. Sin embargo, la única persona que llama mi atención es Santana, y no voy a cubrir su cuerpo con mi refresco.
-Oye, Puckerman- me dice cuando llega frente a mí. Sonríe sin mostrar los dientes, con seducción. Enarco una ceja para que sepa que la estoy escuchando- ¿Qué te parece si hacemos algo esta noche? Estoy libre.
Me quedo pensando un momento. O mejor dicho, simulo que la idea no termina de cerrarme. Ese es uno de mis métodos más efectivos: hacerme desear. Porque está claro que aceptaré; pero la espera lo hace mejor.
-No lo sé.- le digo, y observo de reojo que Karofsky me mira consternado. Él nunca comprenderá cómo conquistar a una chica.- No estoy muy seguro de que vaya a divertirme.
Santana continúa sin perder la expresión confiada, pero sé que estoy alimentando su deseo. Deposita su dedo índice en mi pecho, sin desviar la vista de mi rostro, y dibuja un círculo con lentitud. Levanta el rostro y aproxima sus labios a mi oído.
-Las gemelas quieren conocerte. Apuesto a que no te aburrirás con eso.
Sin esperar a que diga nada, se va por el mismo lugar que por donde vino. Miro a Karofsky y lo empujo.
-¿Qué te ocurre? Cambia esa cara de idiota.
Sigue pasmado, y por un momento creo que el refresco va a caérsele.
-¿Estás bromeando? Tú eres el idiota si rechazas a una chica como Santana. Esa cheerio está que arde.
No me preocupo en negarlo, porque es cierto. Sin embargo, eso no significa que no sea capaz de jugar con ella.
-Todas caen en mi red, Karofsky, cálmate. Ahora vamos a tirar estos slushies de una vez.
Miramos nuevamente el pasillo. Allí, unos cuantos metros delante nuestro, una chica de pelo castaño acaba de unirse a la gente. No es necesario observar a mi compañero de football: sé que acabamos de encontrar nuestro blanco.
-¿Plan 1/2?
Karofsky asiente y sonríe con malicia.
-Plan 1/2.
Cantar en el auditorio me ha servido para encontrarme nuevamente. A veces, cuando me siento extraña como ocurrió hoy, cantar me ayuda a sentirme mejor. Aunque en realidad canto constantemente; mis padres dicen que no necesito aire para vivir mientras tenga mi música. Y tienen razón. Mi voz es lo único enteramente mío de lo que estoy orgullosa, y es lo que me hace ser yo misma.
Ahora que transito otra vez por los pasillos, me siento más fuerte. No quiero ocultarme en mis libros, ni apurar el paso. Sólo camino sin responder a los empujones, y por alguna razón, no percibo que me estuvieran empujando. Sonrío y sigo caminando, aunque.. un segundo. No es mi imaginación; en verdad no hay personas apartándome del medio. Observo a mis costados y veo las expresiones de horror de los que se agrupan contra las taquillas. Justo frente a mí, un chico del equipo de football me observa con desprecio.
Tiene un refresco en su mano izquierda, y yo soy la única que ha quedado vulnerable aquí. No puede estar pasando esto en el primer día de clases. El chico da un paso y caigo en la cuenta de que se trata de Karofsky. Ese gigante me aterra, no sólo por su físico, sino por la violencia que emana de él. De forma instintiva, me detengo en seco y me doy la vuelta, con la intención de salir corriendo.
Sin embargo, en el momento mismo que le doy la espalda, Noah Puckerman aparece frente a mí y arroja un refresco de lleno en mi rostro. Me quedo paralizada, sintiendo el líquido caer por mis mejillas, desde mi cabello mismo. Él pasa por mi lado, riéndose, y giro la cabeza para ver que se chocan las palmas y abandonan el pasillo.
Todos se quedan mirándome unos segundos, pero yo continúo absorta e inmóvil, con la vista fija en el final del corredor. Los ojos comienzan a arderme y lucho por aparentar calma. Después de todo, es el refresco número 20 que recibo, y ninguno de ellos ha evitado que mi talento siga existiendo, ¿no? Eso logra tranquilizarme en parte, y me dirijo al lavabo para quitarme todo el azúcar y líquido que pegotea mi rostro.
Sin embargo, aún cuando el agua fría y limpia logra dejarme nuevamente como antes, o al menos, de forma similar, me es imposible quitarme de encima la sensación de que este refresco me ha dolido más que todos los otros.
