Capítulo 6-

Mi dedo se posa en el timbre de la casa de los Berry. Es una casa blanca, inmensa, con una ventana a cada lado de la puerta de madera, y unas columnas que sostienen un pequeño balcón superior. Mientras espero, doy un paso atrás y levanto la cabeza. Como es de mañana, no necesito hacer pantalla con mi mano sobre el rostro, pues el sol todavía está muy bajo. Observo que el balcón está bastante cuidado: el mármol limpio, el vidrio del ventanal reluce, y posee plantas colocadas a cada esquina. No soy bueno distinguiendo entre ellas, pero puedo asegurar que una es una enredadera, pues cae casi hasta la altura de mi cabeza, y se enreda en la baranda. No puedo ver a través de la ventana, puesto que posee unas cortinas color marfil que me impiden distinguir algo más que el contorno difuso de objetos que no logro identificar.
El sonido de la llave al girar en la cerradura llama mi atención y bajo la vista, deseando con todas mis fuerzas que la señora Berry sea igual de tentadora que la señora Dumont. Sin embargo, es el señor Berry quien abre la puerta.
-Hola, muchacho-me dice sonriendo. Es un hombre unos centímetros más alto que yo, con el cabello gris y tez algo bronceada. Los ojos delatan amabilidad detrás de unos anteojos negros y cuadrados.- Tú eres el limpiapiscinas, ¿cierto?
Limpiapiscinas. Es la primera vez que me llaman así.
-El mismo.- extiendo la mano con dureza, sin responder a la sonrisa en ningún momento- Noah Puckerman.
El hombre enarca una ceja con expresión divertida y acepta mi mano. Tiene una manera extraña de estrecharla; como si fuera demasiado delicado para un gesto tan vulgar.
-Hiram Berry. Encantado de conocerte.- se aparta de la puerta y señala el interior- ¿Quieres pasar a ver la piscina?
Sólo ha hecho la pregunta por mera educación. Es obvio que voy a tener que observarla y esperar las nuevas órdenes de limpieza. Así que asiento con la cabeza y cruzo el umbral.
La casa de los Berry es incluso mejor desde dentro. Lo primero que veo es una sala de estar pulcramente ordenada. El tapiz de las paredes de un verde bosque, y el piso de madera oscura cruje de forma apenas audible cuando camino sobre él. De las paredes cuelgan portarretratos a montones, pero he aprendido a ignorar las fotos, por lo que no siento la necesidad de mirarlos. En toda una pared, hay una biblioteca construida a partir de negros tablones que relucen y rebalsan de libros.
Frunzo el ceño. Me resulta agobiante y también repulsivo que esa gente sea capaz de leer una cantidad semejante de historias, o lo que sean.
Desvío la vista y la deposito en una mesa de vidrio en la que descansa un control remoto y un florero vacío. Lo único que espero es que no sean de esos que colocan las cenizas de sus abuelos allí dentro.
-Nuestra idea original era adornar el florero con unas rosas blancas para nuestra hija- explica Hiram, que al parecer a seguido el trayecto de mi mirada- Pero le han gustado más en su habitación.
No respondo. Nada de lo que acaba de decirme me interesa, y tampoco deseo aparentarlo. De modo que miro los elegantes sillones que rodean la baja mesa, y el amplio televisor que permanece apagado en el extremo opuesto de la pared.
Hiram detiene sus ojos en mi, y lo observo.
-La piscina está detrás del comedor, en el patio.- me explica, y echa a andar.
Lo sigo. El comedor posee un mobiliario similar al que acabo de ver, sólo que en una de las paredes se abre una puerta-ventana, e Hiram la atraviesa, directo al patio.
Apenas lo imito, me detengo de forma inconsciente y abro un poco los ojos.
El patio presenta una gran extensión, bien podría tratarse de un poco más que media cuadra. El pasto verde está perfectamente cortado, con una prolijidad inusual, y no hay una sola porción de suelo donde no crezca de la misma forma. La piscina ocupa la mitad del lugar, y el agua transparente y limpia llega hasta el borde mismo de ella, tan quieta que parece un espejo. Reposeras y sillas...
Pero detengo el estudio del patio y me volteo hacia Hiram.
Como dije antes, la piscina está limpia.
Todo, absolutamente todo en esta casa lo está.
Él nota mi estupefacción y sonríe, aunque la malinterpreta.
-¿Te gusta, muchacho?
-Ésto permanece impecable.- musito todavía sorprendido, sin ser eso una respuesta.
La sonrisa da paso a una expresión de orgullo.
-Sí. Con Leroy somos cuidadosos del sitio en que vivimos, al igual que nuestra hija.
-No entiendo qué tendré que arreglar en esta casa.-murmuro y frunzo el ceño, pues acabo de sonar como un niño.
Pero al parecer, Hiram no opina lo mismo, ya que me da un leve apretón en el hombro derecho y dice:
-Ya lo creo que tendrás trabajo aquí; no te preocupes.
No sé qué pensar. Al fin de cuentas, yo no les soy para nada necesario. Quizás la familia Berry no está tan mal, después de todo.

El timbre suena, estridente, y doy un respingo. Estoy tan concentrada en la actividad de Literatura, que no he notado hasta recién que ya es la hora de volver a casa.
Como presos a los que la suerte dispuso abrirles la celda, mis compañeros se escapan del salón, mientras yo me rezago al guardar los cuadernos en la mochila y sostener los libros sobrantes en las manos. Cuando paso ambas tiras por los hombros, noto que el salón ha quedado vacío. Sé que no es para nada bueno quedarse sola en Mc Kinley, siempre y cuando eres una marginada, y por supuesto que yo lo soy. Por ende, me pongo a tararear una leve melodía con el fin de tranquilizarme.
Salgo del aula a toda prisa, y choco directamente con una persona que no llego a identificar. Los libros se me resbalan y caen al suelo, y el joven se agacha a recojerlos sin darme tiempo a reaccionar.
-Lo siento mucho.- me apresuro a decir mientras se levanta. Me aterra la idea de que forme parte del equipo de football, pero lleva unos tejanos y una remera negra de manga corta.Y además, no hace falta recordarme que un comportamiento cortés como aquél no puede provenir de ninguno de esos chicos.
-Ha sido un accidente; venía distraído.- repone con tono calmo y me relajo al oír lo sedosa que suena su voz.
Cuando extiende los libros con su mano izquierda, observo su rostro y caigo en la cuenta de que es la primera vez que lo veo en este colegio. Tiene el cabello castaño oscuro algo revuelto, ojos marrones, y, por supuesto, es más alto que yo.
-Gracias.-le digo, aceptando mi material. Sin embargo, pese a que ya tengo todo lo que me pertenece, no me muevo de allí.
Él sonríe de forma sutil, pero noto cuando lo hace que la expresión se le transforma. Parece más aniñado ahora.
-¿Eras tú quien tarareaba?
El simple comentario me impulsa a sonreír, pero procuro contenerme. De todos modos, estoy segura de que mis ojos han dejado traslucir el amor que siento por el canto.
Bajo la vista de forma inconsciente.
-Sí.
No tengo idea de qué otra cosa puedo decir, por lo que me quedo sumida en un silencio un tanto incómodo. No obstante, él sabe manejar la situación y me alarga su mano para que la estreche.
-Soy Jesse St. James.- dice, y el nombre me resulta demasiado familiar, aunque no logro descifrar dónde lo he oído antes.
Le estrecho la mano.
-Rachel Berry.
Jesse asiente con la cabeza y me sorprende cuando dice:
-Lo sospechaba. Eres igual a como creí.
-¿Nos conocemos?- le pregunto algo insegura.
-Ahora sí- responde y sonríe.- He oído hablar mucho de ti.
-¿De dónde eres?
Me resulta extraño y a la vez emocionante que haya gente hablando de mí en lugares que ignoro. Siempre me sentí invisible, y es por eso que ésto representa una nueva experiencia.
-De aquí mismo, Ohio. Quizás conozcas el coro llamado Vocal Adrenaline.
-Por supuesto que sí.
Vocal Adrenaline es uno de los mejores coros del país. Llevan ganadas innumerables nacionales, y practican ardua e intensamente. Según lo que averigûé hace tiempo, les exigen en exceso, eso rinde sus frutos: tanto sus coreografías como sus voces son admirables.
Sin embargo, mis padres nunca permitieron que cantara allí.
Él hace una mueca y comenta como al pasar:
-Bien, yo soy la voz principal de este año, y también lo he sido el año anterior. Tú eres la hija adoptiva de Hiram y Leroy, ¿cierto?
-Lo soy.
No me ha gustado que haya dicho "hija adoptiva". De acuerdo, es cierto que es así, pero he sentido una especie de desdén en esas palabras. Al parecer, repara en mi disgusto, ya que se apresura a aclarar:
-No he querido resultar impertinente. Queria decir que tus padres me conocen, y tú habrás oído de mí, sólo que no lo recuerdas.
-Tengo algunas lagunas.- me limito a decir.
Sonríe con orgullo.
-Te ayudaré con eso. Yo soy otro de los diez que han sido aceptados para la audición de Nyada.