Capítulo 7-
Abro la puerta de mi casa y entro hecha una furia. El living está vacío, clara señal de que Leroy todavía no ha vuelto del trabajo. Atravieso el comedor corriendo, y oigo la voz de Hiram. Al principio creo que está hablando por teléfono, pero luego otra voz se eleva, de tanto en tanto. Tengo un oído excelente, y distingo con facilidad que están en el patio. La segunda voz es más grave, quizás un tanto ronca, más ruda que la de mi padre.
Ignoro por qué, pero pienso que es la voz de alguien que ha sufrido mucho. Por más extraño que parezca, todo lo que sentimos se transmite en nuestra voz, y la de esa persona suena como si muchas palabras hubieran sido calladas; palabras que vaya a saber cuándo volverán a salir, y endulzarán el mundo.
Ladeo la cabeza. Aunque confío en mi claridad para distinguir las emociones de la gente, puede que me esté desviando de la verdad.
No me atrevo a asomarme por la ventana que da al patio. Sin embargo, la curiosidad me domina y me acerco un paso a la pared. Deposito la oreja en ella.
-De acuerdo, muchacho, eso es todo de lo que te encargarás aquí.
-¿Empiezo mañana?
En ese momento el celular de mi padre suena y dice:
-Lo siento mucho- hay una pausa en la que, supongo, está buscando el teléfono. Sonrío al escuchar lo animado que se vuelve su tono.- Leroy.
Al breve saludo sigue un silencio. Aprieto un poco más mi rostro contra la pared.
-¿Quién?...Oh sí, me parece una genial idea... De acuerdo, veré si ha llegado Rachel...Te tengo que dejar, estoy con el limpiapiscinas.
Aparto mi cuerpo de la pared y aparento estar a punto de subir las escaleras que llevan a mi cuarto.
Limpiapiscinas. ¿Por qué íbamos a necesitar de una persona que limpie algo que siemrpe se mantiene impecable?
-¡Rachel!
Me volteo fingiendo sorpresa y sonrío a mi padre. Bajo los escasos escalones que ya había dejado atrás y lo saludo con un abrazo breve.
-¿Cómo te ha ido en el trabajo?
-Bien. Hoy muchas personas han comprado gran cantidad de productos.
-¿Leroy sigue allí?
-Sí. Pero acomoda para cerrar. No hemos vendido mucho en su sector.
Mis padres trabajan en un local bastante amplio, que se divide en dos sectores comunicados entre sí: el de peluquería, y el de ropa. Lo cierto es que tienen mucho éxito, y me alegra que sea así. De todos modos, yo prefiero dedicarme al canto; y nada me desviará de mi real destino.
-¿Entonces con quién hablabas? - le pregunto como al pasar, con el objetivo de sacarle algo más de información.
Hiram mira hacia el patio y sonríe.
-Hemos contratado un limpiapiscinas.
Arqueo las cejas, poniendo en práctica mi expresión asombrada.
Voy a preguntarle por qué lo ha hecho, cuando me dice:
-Te lo presentaré. No quiero que te asustas si llegas a verlo en casa. - Me guiña un ojo y grita - ¡Muchacho! ¡Ven aquí un segundo!
Mi padre tiene el don de ser amable en todo momento, incluso cuando eleva el tono. Siempre quise trabajar para poder semejarme a él en ese sentido.
Me acercó a donde está, unos pasos, pero apenas "el muchacho" ingresa al comedor, siento que el estómago se me contrae.
Y no es una sensación precisamente agradable.
Hiram nos mira con una sonrisa en el rostro.
-Rache Berry, te presento a Noah Puckerman.
Lo primero que se cruza por mi mente cuando lo veo, es que parece que fuera a desmayarme. Se ha quedado quieta, con una mano cerca del pecho y cara de pasmo.
Tiene una estatura propia de un duende... De acuerdo, no es para tanto, pero es demasiado pequeña, y apuesto lo que sea a que ni con zapatos llega a mi altura. No tiene puesto ningún uniforme.
-Hola. - le digo con sequedad, pues a este paso estaré toda la mañana hasta que hable.
Sin embargo, su expresión no es de admiración. No permanece callada porque la ha sorprendido mi belleza o alguna ridiculez así. Su rostro pequeño delata miedo, y es entonces cuando la reconozco.
Ignoraba cómo era su nombre, o su apellido. Pero nunca me olvido de las personas a las que arrojé alguna vez un refresco, y justamente, esa es la chica a la que acosamos con Karofsky la mañana anterior. Mierda. Si llegara a abrir la boca, sus padres me despedirán en mi primer día de trabajo.
Rachel asiente con la cabeza y se da vuelta. Vuelve a subir las escaleras caminando con prisa; y noto que mantiene una postura erguida y la mirada alta.
Qué extraño. La mayoría de los ceros de McKinley no levantan la vista del piso, incluso da la sensación de que desean con todas sus fuerzas que los trague.
Cuando desaparece de mi vista respiro con alivio, pero Hiram no lo nota. No le ha dicho nada acerca del slushie, aunque queda abierta la posibilidad de que lo haga en un momento más propicio.
-Disculpa a mi hija – me dice él, que está un tanto asombrado – suele ser muy cortés con la gente.
Como que si no me saludara me hiciera perder el oxígeno. En vez de eso, digo:
-No se preocupe. Todos tenemos nuestros días.
Me sonríe y miro hacia otro lado. Me resulta imposible tolerar esa mirada, de excesiva comprensión. Quizás sea así con todas las personas, pero siento que me observara con lástima. Como si supiera todo lo que ha pasado en mi vida, o como si creyera saberlo. Pero nadie lo sabe. Y eso me da fuerzas para volver a mirarlo a los ojos.
-¿No deberías estar en la escuela, muchacho? - me pregunta de repente Hiram. -¿A qué instituto asistes?
-A McKinley. - contesto de forma casi automática.
El hombre abre los ojos con sorpresa y dice:
-Entonces ya debías conocer a mi hija, ¿cierto?
-No precisamente.
Se queda serio un momento bastante corto como para llegar a disfrutarlo. Va hacia la cocina y dice:
-Si algunas vez quieres, también puedes ayudar aquí dentro. En invierno, por ejemplo. - me mira mintras abre la heladera y vuelve con una jarra de limonada con hielo – Sólo si no tienes problema, por supuesto.
Tuve el impulso de preguntarle si aumentarían mi paga. Pero me detuve. Los Berry ya me pagaban demasiado en relación con el escaso que, al parecer, iba a tener ahí.
Y de todas formas, siempre cuento con mis métodos en caso de emergencia.
-Lo tendré en cuenta. - contesto, a la par que por mi garganta se deslizó la fría limonada. Uf, qué calor que hace hoy.- Usted sólo digame cuando me necesiten.
Hiram me apoya la mano en la espalda mientras se termina el vaso, y lo deja sobre una mesada que conecta el comedor con la cocina.
-No me has dicho qué horario tienen en McKinley.
-Todos los días de la semana, hasta el mediodía. - respondo dando otro trago, y me mira.
-¿Eso significa que has faltado hoy?
Me encojo de hombros.
-Pues sí.
Hiram niega con la cabeza, y por primera vez noto verdadera seriedad en su rostro.
-Me niego a que pierdas días de clase por trabajar; al menos en mi casa.
Siento como si algo se derrumbara. Al fin podía conseguir otra oportunidad para largarme de la vista de Robert para siempre; y quizás durara sólo una mañana.
Pero, por supuesto, me mantengo inexpresivo, y él me dice:
-Leroy y yo descansamos a la tarde, y a la noche volvemos al trabajo. Si quieres, puedes venir a ese horario a partir de mañana.
Lo primero que pienso es que no perdería los entrenamientos de football, que es lo único que me importa de McKinley. Además, me mantendría lejos de un Robert ebrio.
-¿Entonces mañana?- le pregunto.
Asiente y vuelvo a oir la puerta de entrada al abrirse. El rostro de Hiram se ilumina y comenta:
-Ya ha llegado Leroy.
De nuevo, ruego que sea igual a la señora Dumont, por más que sea un nombre extraño para una mujer. Sin embargo, cuando veo a la persona que entra, me quedo mudo.
-Hola, Leroy. Este es el muchacho del que te hablé.
Me mira y sonríe.
-Encantado, es un placer.
Encantado.
Porque Leroy es un hombre.
