Capítulo 8-

-Me estás tomando el pelo, ¿cierto?

Karofsky comienza a reírse a carcajadas y abre los ojos como platos cuando le digo:

-Hablo en serio, viejo. Sus padres son hombres. Los dos.

Deja de reírse, pero mantiene una sonrisa de incredulidad mezclada con diversión. Le doy un trago al refresco que tengo en la mano mientras observo el patio. Estamos sentados en un banco de cemento, yo apoyado contra el tronco de un árbol. Muchos chicos caminan por allí, pero sólo miro a las animadoras que están frente nuestro. Hablan y gesticulan en exceso para llamar la atención, y por supuesto que lo logran. Aunque, a quién quieren engañar, son las polleras las que hacen gran parte del trabajo.

-¿Estás diciendo que son gays?- me pregunta en voz más baja.

Parece que le avergonzara la posibilidad de que alguien nos escuche hablando de esto.

-Piensa, Karofsky. ¿Qué otra cosa van a ser sino?

Vacío por completo el refresco, aunque aún lo sostengo en la mano. Él apura el suyo antes de mirarme con el ceño fruncido, ya sin rastros de broma.

-Tienes que dejar el trabajo.

Arqueo una ceja.

-¿Es una orden o qué?

-Vamos, hermano, ¿realmente quieres seguir allí?

Hermano. Admito que este chico es la persona más cercana que poseo, pero de todos modos ni siquiera me agrada.

-Me pagan bien.- me limito a contestar.

Parece no poder creer lo que oye.

-¿Y crees que por eso voy a dejar que sigas allí?

Lanzo una risa despectiva, o más bien, un sonido desarticulado.

-Soy tu amigo, Puckerman.- me dice, y otra vez me repugna. Su concepto de amistad es muy distinto al mío.- Que me corten las manos si voy a dejar que te infecten.

Incorporo el torso con brusquedad y se sorprende. No mucho, pero lo suficiente para que no se me pase por alto.

-No soy un estúpido. No necesito protección. Y, por favor, eso no es algo que se contagia.

Lo digo con desagrado, y asiente con la cabeza. Vuelvo a mirar el patio para distraerme, y mis ojos se posan en la silueta esbelta y bronceada de Santana. Al mismo momento, se me ocurre una idea.

Karofsky sonríe de forma pícara a la par que me levanto del asiento.

-¿Qué tal tu noche con Santana?

Me volteo sin responderle. No es asunto suyo.

Camino hasta donde están las animadoras y le coloco una mano en el hombro. Se da la vuelta, y apenas me ve, su expresión es la de seducción y confianza que tan bien sabe que funciona.

-Oye, Santana- le digo, sin dejarla hablar- tus padres están de viaje, ¿no es así?

Mueve la cabeza a un costado. Típico gesto suyo.

-Se van este fin de semana.

Pienso un instante y se aproxima un poco.

-¿Qué insinúas, Puckerman?

-Algo relacionado a una fiesta.

Abro la puerta de mi casillero y guardo los libros de Botánica y Español. Las imágenes de mis padres pegadas en la parte interior de la puerta llaman mi atención, y me detengo a observarlas. Las fotos son del verano anterior. Hiram, Leroy y yo en nuestra casa de campo, sonriendo ante la cámara fotográfica y ante la vida. Sin darme cuenta, mis labios se curvan hacia arriba un breve segundo. Cómo los quiero. Aparte de ser mis padres, han sido la única compañía que tuve desde pequeña, pues nunca fui buena para hacer amigos... Bueno, tampoco para los novios. Sólo son una distracción que puede desviarme de mi camino y hacerme tomar decisiones erróneas de las que toda mi vida me arrepentiré. Y, claro está, no deseo nada semejante. Broadway es mi único amor, y sé que me está esperando.

Comienzo a cerrar la taquilla cuando un papel cae desde dentro de la misma. Había estado tan sumida en mis reflexiones, que lo he pasado por alto.

Me agacho para recojerlo y deposito los libros que necesitaré en el suelo. Es un papel blanco y grueso, escrito en una letra fina y alargada. Parece de una pluma, pero no lo sé a ciencia cierta. Admirada por la prolijidad, me dispongo a leerla. Sin embargo, mis ojos sólo han recorrido la línea donde descansa mi nombre, cuando distingo dos piernas masculinas a mi lado. Como me encuentro en cuclillas, levanto la mirada con lentitud.

Vuelvo a bajarla al ver que es Noah Puckerman el que me observa.

-Qué extraño. Alguien como la señorita Berry fregando los suelos.

Me está tomando el pelo, y lo peor es que se divierte. Me levanto y me apuro en irme, pero me agarra del brazo. Lo miro con un nudo en el estómago, ya que tiene un refresco en la mano.

Hace amago de arrojármelo y cierro los ojos con fuerza, aunque pasan los segundos y nada golpea mi rostro. Vuelvo a abrirlos cuando oigo que se echa a reír.

-Estaba vacío.-me explica, sin soltar mi brazo.- Me lo he tomado antes de venir.

Como si me importara. Intento zafarme pero lo único que consigo es que me quite la nota de entre los dedos. Me suelta, no obstante, no me muevo. Sabe que no me voy a ir a ningún lado si tiene algo que me pertenece. Comienza a leer la nota en tono burlón:

-"Rachel, ¿qué te parece si el viernes por la noche abrimos el auditorio? Tus padres adoptivos están de acuerdo.- se detiene. Intento quitárselo, pero no me atrevo a ponerle un dedo encima y termina de leer- Jesse" Así que tienes un pretendiente secreto.

Me estiro para arrebatarle el papel y me lo da sin oponer resistencia. Desvío la vista y dice:

-¿Y piensas hacerlo en un auditorio? Creí que tenías gustos más sofisticados.

Eso es demasiado. No soy de ese tipo de chicas que se quitan la ropa interior en la primer oportunidad. Como no me atrevo a decírselo, me pregunto por qué mis padres contrataron a una persona tan aborrecible como él para que trabaje en nuestra casa. Intento pasar por su lado, y otra vez, vuelve a detener mi fuga tomándome del brazo.

-Creo que estás olvidando tus libros.

Señala el suelo y veo que han quedado allí todo este én ahora puedo distinguir que hay varias personas que nos están mirando.

Nunca antes me había imaginado capaz de hacer algo semejante, pero la urgencia por salir de esa situación, de alejarme de Noah Puckerman, me otorga el coraje suficiente para pasar por su lado y espetarle:

-Puedes quedártelos; quizás así aprendas de una buena vez.