Capítulo 9-

Miro por la ventana de mi habitación, iluminada con una luz difusa. Ya está anochechiendo y aún tengo la nota de Jesse en mis manos. No logro distinguir mis sentimientos en este momento, pero admito que la idea de cantar con él me atrae. No es que haya cambiado mi punto de vista hacia su persona (continúa resultándome arrogante), pero será la primera vez que podré medir mi voz con alguien distinto. Y Jesse es el vocalista principal de Vocal Adrenaline, lo que es todo un reto. Si no me conociera, diría que estoy asustada.

Tarareo un rato para distraerme. Mis ojos se posan en la tarjeta de Nyada que descansa en mi escritorio y sonrío. He sido una de las primeras en calificar para la audición decisiva, y lo he hecho por un lugar encima de Jesse.

Escucho la llave girando en la puerta y dejo la nota en mi cama. Es tarde ya, y mi estómago comienza a reclamar atención. Me gusta cenar en familia, y por más que mis padres vuelvan demasiado tarde del trabajo, mi ritual de limpieza me mantiene entretenida el tiempo suficiente para opacar el hambre lo más que pueda.

Salgo de mi cuarto dejando la luz encendida, y bajo con presteza los escalones que me conducen a la planta inferior. Mi cuadro parece observarme cuando paso por delante de él.

Como llevo puestas pantuflas, la madera apenas cruje bajo mis pies, por lo que decido darle la bienvenida a mis padres sin que lo esperen, pues deben creer que estoy en mi habitación.

Cuando doy el último paso hacia la sala de estar, y la puerta se abre, grito:

-¡Leroy! ¡Hiram!

Sin embargo, la sonrisa se me desdibuja y una horrible sensación de alarma atenaza mi pecho. Quizás sea mi imaginación. Quizás, mi mente haya decidido jugarme una broma pesada luego del suceso de esta mañana...

Pero no. Realmente es Noah Puckerman la persona que se encuentra dentro de mi casa, con un juego de llaves en la mano, que me resulta demasiado conocido. La mandíbula se me despega y pienso que, de ser posible, la vería caída en el suelo. Él arque las cejas en una mueca de sorpresa, y levanta las manos en mi dirección, mostrando las palmas. Parece que intenta demostrar que su intención es robarme y ya, y no hacerme daño.

De todos modos, lejos estoy de relajarme, y tomo con firmeza la lámpara pequeña que tantos días ha pasado sin movimiento alguno en uno de los muebles. Es incluso más diminuta si la comparo con el cuerpo robusto de este muchacho, pero puedo, por un segundo, respirar con calma.

-¿Qué estás haciendo?

Noto su voz algo tensa. Me aferro a mi arma con mayor intensidad.

-No des un paso más.

Está por moverse, pero duda y vuelve a dejar la pierna en el lugar donde estaba. Analizo sus expresiones, y determino que no sabe qué dirección tomar: si la de su instinto, o la del sentido común. Al fin y al cabo, su obstáculo consta de una chica que mide 1,58 metros, y que tiene la misma experiencia en lucha que la lámpara que lleva en la mano.

-Vamos, deja eso.-me dice, y podría afirmar que habla suave ahora. De acuerdo, ha optado por el sentido común.

-¿Así es como nos agradeces?- le espeto, moviendo los brazos para comprobar si todavía puedo usarlos. Me resulta desagradable que esté haciendo ésto. Habla con mis padres, le ofrecen trabajo, observa la casa mientras ellos le preparan algo de tomar, y, aprovechando la confianza que Leroy e Hiram profesan hacia cualquier persona, les quita un juego de llaves que utiliza ahora para llevarse todo lo que detectó anteriormente. Vaya. Poniéndolo así es molesto que lo único que le haya salido mal, sea mi presencia aquí.

-¿Qué tengo que agradecerte?

-No creas que vas a distraerme.-ambos sabemos qué ocurre aquí, y lo puedo vislumbrar en el modo en que frunce el ceño- ¿Dónde has conseguido ese juego de llaves?

Mira su mano como si no comprendiera del todo.

-Me las dio tu padre- responde, pero luego se corrige. - No recuerdo cuál de los dos.

Típico chiste homofóbico. Lo cierto es que no me causa gracia, y estoy que echo humo. Puede robarnos, comprendo que no lo voy a evitar aunque quiera; pero burlarse de mis padres delante mío es un error que tendrá que aprender a remediar.

-Te crees muy listo, ¿cierto? Deberías seguir mi ejemplo, y aceptar a las personas que se enamoran de gente de su mismo sexo. ¿Qué problema ves en ello?

Tal vez haya sacudido la lámpara sin ser conciente, pues retrocede un paso.

-¿Qué te ocurre, chica?- inquiere, sin ocultar su extrañeza.

-¡¿Qué haces en mi casa?!- le grito, y percibo la vibración en mi garganta. Lo único que pido es que mis padres lleguen de un momento a otro, para no terminar por enloquecer.

Se acerca a donde me encuentro, con las manos extendidas hacia adelante.

-Traba..

-¡No te muevas!- me desespero y busco el móvil en el bolsillo de mi pantalón. La situación se me está yendo de las manos y empiezo a asustarme cada vez más. Sin embargo, descubro con horror que lo que llevo puesto es el pantalón de pijama, y no hay bolsillos con celulares en él. Intento disimular mi pánico- ¡Llamaré a la policía!

-¡¿Estás loca?!- él también ha perdido la calma, y viene rápidamente hacia mí.

Comienzo a gritar cuando comprendo que va a arrojarse sobre mi cuerpo. No puedo dejar la casa desprotegida.. Leroy, Hiram, ¿por qué no vuelven? Todo se mueve a cámara lenta; el ladrón que me agarra los costados sin dejarme mover los brazos por más que forcejee, diciendo cosas que no llego a entender, y su rostro amenzador pidiendo que me tranquilice, como si eso no fuera lo que me gustaría hacer en estos momentos.

Percibo la sala dar vueltas y vueltas. No sé dónde estoy ahora, ni dónde está el ladrón, tampoco siento el peso de la lámpara en mi mano. Sólo veo una oscuridad total.

Miro el reloj que cuelga en la chimenea con preocupación; y los brillos de una piedra que hay allí llaman mi atención por un instante, aunque luego vuelvo a concentrarme. Han pasado cinco minutos y la chica no vuelve en sí. Está igual de pálida que cuando desmayó, y tiene los labios entreabiertos. Antes de que se diera contra el suelo, he llegado a agarrarla. Justo a tiempo, a decir verdad. Y ahora estoy agachado en la alfombra de la sala de estar, sosteniéndola todavía en mis brazos. Lo cierto es que su peso es una mera molestia, y no me extraña porque posee un cuerpo bastante diminuto.

La observo otra vez, y siento algo extraño en mi estómago. Lo adjudico a los nervios; nervios producidos por el hecho de que no despierte cuando lleguen sus padres. Si la vieran así, con mi cuerpo procurando distanciarse del suyo lo que me permitan mis brazos, aunque de todas maneras demasiado cerca, y con la lámpara convertida en añicos a nuestro alrededor, seguro me despedirían al instante.

Vuelvo a mirar el reloj cuando siento que se mueve. Sus ojos comienzan a abrirse y a punto estoy de dejarla caer por accidente. Pestañea una vez, y deposito su peso en mi costado izquierdo.

-¿Qué ocurre?- pregunta en un susurro apenas audible.

¿Y si ha perdido la memoria? Aunque, qué digo. Si hubiera sido así, supongo que en vez de susurrar habría dado un salto debido a la sorpresa de tener a un extraño frente a ella. La preocupación amaina.

-Estabas..- no sé qué tengo que decir.

-Creí que venías a robarnos.-dice, como si fuera necesaria la explicación. No es la primer persona que piensa eso cuando me ve.

-Lo sé.- musito duramente. Cuando empieza a incorporarse, la suelto y dejo que se las apañe sola. Usa la chimenea como apoyo y se levanta sobre sus piernas temblorosas. Me hace acordar a una actriz, igual de dramática y exagerada.

-Tus padres me cambiaron el horario de trabajo, porque no quieren que deje de ir a McKinley.

A pesar de que debe sentirse débil, sube el mentón y se tira el pelo hacia delante.

-Debería haberte escuchado. Lo siento.

Me sorprende que me esté pidiendo disculpas. Una parte de mí deja de estar a la defensiva, y admito que no es tan orgullosa como creí en un principio.

Asiento con la cabeza mientras me sacudo los tejanos y me paro. Ella mira el espacio que la rodea, hasta que distingue los trozos de vidrio y se lleva una mano al pecho. Esa reacción es un tanto cómica, y ayuda que esté vestida con pijama.

-No hice a tiempo de agarrarla- digo.

No responde. Se agacha para recoger los restos del objeto y noto que se marea, ya que aprieta los párpados durante un rato. Pensarlo hubiera sido estúpido, así que deposito las rodillas en el suelo antes de que lo haga ella y junto de a poco los pedazos dispersos.

Sé que me mira pero no hago lo mismo. Incluso me preguntó qué es lo que me impulsa a ser amable, pero de todos modos, mis manos continúan el trabajo de procurar dejar el suelo limpio de lo que antes fue una lámpara.

Luego de un rato, se sienta a mi lado y dice:

-Deja que te ayude.

Lleva su cuerpo contra la alfombra, apoyándose en la palma de su mano y estira la otra con la intención de alcanzar un trozo de material. Sin darme cuenta de lo que hago, sostengo su muñeca, deteniendo el recorrido de su brazo. Me quedo quieto, al igual que ella, atónito por completo por mi propia reacción. La miro, y aparta la vista, a la par que ejerce la suficiente presión para poder retirar su delicada muñeca de entre mis dedos.

-¿Por qué estás siendo amable conmigo?- me pregunta, llevándose un mechón de cabello detrás de la oreja, y sus ojos chocan con los míos sólo un segundo.

Me incorporo con brusquedad. Siento que si no salgo de esta casa, algo dentro de mí va a explotar en cualquier momento. Camino lo más deprisa que puedo hasta la salida.

-No estoy siendo amable.- contesto, y hago girar nuevamente la llave en la cerradura.

Escucho que se levanta también, aunque no quiero voltear para mirarla otra vez, y lo último que oigo allí es el portazo que doy con la puerta al salir.