Capítulo 12-
Golpeo la puerta de los Berry una sola vez, y únicamente por lo sucedido la noche pasada. No quiero volver a ingresar de esa manera brusca. Juego con el llavero unos segundos, pero nadie atiende. Al igual que la primera vez que estuve en este umbral, retrocedo un paso y levanto la vista hacia la ventana superior.
Tiene las cortinas descorridas, pero la habitación se encuentra completamente a oscuras. Frunzo el ceño y decido ingresar la llave en la cerradura, porque al parecer no hay nadie esta noche. Entro y cierro la puerta a mis espaldas. También aquí las luces están apagadas, exceptuando un pequeño farol que cuelga fuera, y que ilumina nada más el patio. A tientas, cuelgo la chaqueta en un perchero que se encuentra ubicado en la esquina próxima a la entrada de la elegante sala, y me volteo para encender la luz.
-Creí que no ibas a venir.
Reconozco la voz apenas oírla, pero no puedo evitar sobresaltarme. Miro a Rachel con fastidio, y ella dice:
-Vaya; acabo de ver un Noah Puckerman asustado.
Está sentada en el sofá más largo, con las rodillas próximas al pecho. Lleva puesto el mismo pijama que ayer. Aunque...Qué estupidez digo, ni siquiera ella debe de tener dos pijamas.
Evito responderle y se acomoda el cabello, depositando la vista en otro punto de la casa. Aparentemente, no tiene pensado decir otra cosa, así que insulto para mis adentros y le pregunto:
-¿Por qué no iba a venir?
Me observa y musita:
-No lo sé. Tú fuiste quien se burló de las personas para las que trabaja.
-No me he burlado de tus padres.
En ese momento adopta una expresión de incredulidad, como si no pudiera creer que me esté defendiendo de esa acusación. Será por eso que añado:
-Lo digo en serio. Nunca haría eso. Cuento al menos con sentido de la ubicación.
-Te he visto arrojar chicos a tachos de basura, y burlarte de todos los que son distintos a tu grupo popular. Quizás sea por eso que me cuesta creerte.
Se levanta del sillón y camina a paso rápido hacia el patio. Me quedo donde estoy, atónito. Es la segunda vez en el mismo día que me ha dejado con la boca cerrada, y no me gusta en lo más mínimo. Dejo pasar un rato donde tamborileo con los dedos sobre un apoyabrazos del sofá para que no crea que la persigo, y también me dirijo hacia allí.
Después de todo, tengo que limpiar la piscina.
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Ya he logrado calmarme cuando él se asoma al patio. Veo que recoge el barrefondo de la pileta y comienza a limpiar el agua con lentitud. Observo sus movimientos con el rabillo del ojo, aunque poco debe afectarle si lo hago o dejo de hacerlo. Lleva puesta una musculosa blanca adherida al cuerpo, de esas que no son otra cosa que un trozo de tela que resalta los brazos masculinos. Sin embargo, no me interesa deleitarme con esa mundana imagen. No soy de ese tipo de chicas.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el tronco del único árbol que hay en este patio: un manzano que hace años no da un fruto, pero sigue siendo hermosa con sus hojas verdes del tamaño de mi palma. Al instante, los sonidos pasan a ocuparlo todo en mi mente, al no haber imágenes. El murmullo del viento rozando el pasto, los grillos cantando para encontrarse, el lejano ronroneo de algún auto, y el rítmico rumor del agua que se desliza hacia delante y atrás, siguiendo los movimientos de Noah. Siento que la cabeza comienza a balancearme de un lado al otro, y decido que ya es hora de irme a dormir.
Abro los ojos y me levanto, aún con los sonidos de la noche rondando por mi cabeza. Me desperezo y levanto la vista a las estrellas, y es entonces cuando lo veo. El cielo está cubierto de nubes de tormenta.
Él me mira y sigue la línea de mis ojos durante un lapso de tiempo. Luego vuelve a mirarme y dice:
-No vas a decirme que tienes miedo a las tormentas.
-Por supuesto que no; sólo que no quiero mojarme.
Camino hasta la puerta, con el objetivo de ingresar nuevamente a la sala de estar, pero llega primero y se coloca frente a mí.
-¿Qué haces?- le espeto, de forma demasiado brusca para mi gusto- El cielo va a venirse abajo, déjame entrar.
Es más una orden que una petición, aunque él no parece distinguir la diferencia. Por el contrario, vuelve la vista al manto que ahora se ha transformado en marrón y dice:
-No lo creo. Y en el caso de que se nos cayera encima, valdría la pena verlo.
-Empiezo a entender la manera en que funciona tu cabeza.- le suelto sin pensar.
Me arrepiento, pero no parece afectado. Veo con horror que cierra la puerta con una expresión que no logro decifrar.
-Mejor así. Significa que empiezas a conocerme.
Se lleva una mano al bolsillo del pantalón en el mismo instante que un trueno hace vibrar toda la noche. Doy un respingo y enarca una ceja.
-Vaya; acabo de ver una Rachel Berry asustada.
Tengo deseos de golpearlo, no obstante, logro contenerme. Ese muchacho puede destrozarme sin esfuerzo, y de todos modos, no me atrevería a ponerle un dedo encima.
Otro trueno más. Comienza a llover cuando extrae de su pantalón el juego de llaves, que incluye la de esta puerta.
-No vas a dejarme fuera, ¿cierto?- le pregunto, con las primeras gotas frías en mi rostro. No me hace caso y busca la que complementa con esa cerradura.
-¡Noah, por favor, puedo enfermarme!- exclamo con desesperación. Hace meses que me cuido en exceso la garganta, y no voy a echarlo a perder por una ridiculez semejante.
Sin embargo, él me mira con sorpresa, totalmente inmóvil. El agua resbala por su rostro, pero ni siquiera pestañea.
-¿Cómo..? ¿Cómo me has llamado?
Apenas puedo oírlo. La lluvia es cada vez más fuerte y los truenos lo cubren todo.
-Me has dicho Noah.- murmura, y me da la sensación de que no es a mí a quien se dirige. Pero eso es ridículo, porque soy la única persona que está aquí con él.
Asiento con la cabeza, sin saber qué decir y sin entender nada tampoco. Abre la puerta y entra a la casa. Hago lo mismo, pero la lluvia ya ha dejado de importarme. Apenas soy consciente de que vuelvo a estar a resguardo de la tormenta.
-¿Qué ocurre?- le pregunto, pero no me responde.
Introduce la llave en la puerta de salida y la hace girar. Lo último que veo es su cuerpo fundiéndose en la oscura y borrascosa noche.
