Capítulo 13-
La mañana me descubre con una agenda en mi mano, y una lapicera en la otra. Bostezo una vez. No he podido dormir muy bien debido a la tormenta, pero ahora que ya no llueve, no tengo ánimos para reintentarlo. Observo el papel en blanco otro instante; lo arrojo a mi costado, junto con la almohada, y me llevo la cabeza a las manos. Según lo que tengo entendido, escribir en un diario íntimo es una buena receta cuando no sabes con qué persona descargar tus sentimientos, aunque en mí no parece funcionar. De hecho, ni siquiera he anotado la fecha. Mi único objetivo, después de todo, era tener un lugar donde volcar lo que me ha sucedido estos días. No obstante, sigo prefiriendo tratar de ordenar mis pensamientos primero.
Aún con el rostro enterrado en mis palmas, pienso que es la segunda vez que Noah se va de mi casa sin previo aviso; por ende, es la segunda vez que termino su trabajo para evitar que mis padres comiencen a arrepentirse. La piscina ha vuelto a ensuciarse, por lo que tuve que hacerme cargo del agua y barro que dejamos en el suelo al entrar desde el patio, pero estoy muy agotada de todas formas.
Doy un sorbo al té que descansa en mi mesita de noche y pruebo las distintas notas musicales para comprobar que todo está en orden: no me he enfermado.
Oigo el golpe de dos dedos en la puerta de mi habitación y sonrío a medias. Es Hiram, él siempre llama así.
-¿Hay moros en la costa?- me pregunta desde el otro lado.
Cambio la postura para que no crea que es una réplica destruida de su hija lo que yace aquí, y respondo:
-No los hay.
El crujido de las bisagras acompaña su entrada. Lleva una bandeja en la mano con desayuno para una persona. Apenas veo las galletas de cereal sé que no es para mí, sino para Leroy.
-¿Descansan del trabajo?- quiero saber, mientras se me acerca con una sonrisa. Me despeina y mis labios tiran hacia arriba casi de manera inconsciente.
-Por el momento. Esta noche no abriremos, así que lo haremos a la tarde.
Aquéllo me extraña. Mis padres nunca, por nada en el mundo, cambian sus planes.
-¿Ha ocurrido algo?
-Claro que no, cariño. Sólo queremos pasar una noche contigo, y mucho más luego de esta terrible tormenta.
-De acuerdo, pero no tienen de qué preocuparse. ¿Cómo está todo afuera?
-Basta con mirar por la ventana.-dice y corre las blancas cortinas. La luz del sol naciente acaricia mis mejillas, y me siento repleta de energía y ganas de vivir.- El tiempo ha mejorado, aunque las calles no parecen contentas.
Me levanto y miro a través del vidrio. Abajo, el agua se acumula en los hundimientos de las veredas, y hay ramas y hojas dispersas por toda la calle, formando una alfombra vegetal.
-Parece que la ciudad se ha despeinado un poco.- observo, aunque ésta es la zona menos afectada. Cera de McKinley se han caído árboles y cables de electricidad, por lo que es imposible asistir a clase por lo menos durante dos días.
Mi padre permanece serio, mirando sin mirar por la ventana, hasta que dice:
-Quería hablar contigo acerca de Puckerman.
Procuro mantener una expresión ilegible. Él no espera a que diga nada, simplemente continúa:
-Cuando lo contratamos, pensé que era una buena elección. Sabes... Parece que hubiera sufrido mucho.
Asiento con lentitud. Sí, yo también creo lo mismo.
-Pero ahora..no lo sé. Temo que sea una mala influencia para ti.
-¿Una mala influencia?
Se pasa una mano por el cabello, como si no estuviera para nada orgulloso de lo que fuera a responder.
-Soy capaz de ponerme en el lugar del muchacho, pero me intranquiliza que pueda..
-¿Afectar en mi conducta?-lo interrumpo, aunque con calma- ¿En mi modo de ser? Papá, no tienes que preocuparte. Noah y yo no hablamos, y tampoco deseamos hacerlo. Y por otro lado, no soy una persona influenciable.
Hiram parece relajarse con mis palabras.
-Me alegra oír eso; aún deseaba que conservara el empleo.
-No han pasado más de tres días- le recuerdo, y me acaricia el rostro de forma paternal.
Vuelve a sostener la bandeja del desayuno, y sale de mi habitación.
¤¤¤¤¤¤
Me siento en la cama con un nudo en el estómago. Es una sensación extraña, e igual de desagradable. Apoyo los brazos en las piernas y me froto los dedos, con lentitud. Me detengo para mirar la cicatriz que recorre mi pulgar izquierdo, curvándose hasta llegar a mi palma. La sigo con un dedo. No siento nada sobre ella; sin embargo, todavía me trae recuerdos que avivan el dolor, el odio. Llego hasta la mitad y quito mi dedo de ella, pues no tengo ganas de rememorar ninguna de esas cosas.
Escucho pasos detrás de mi puerta, y me incorporo. Voy hacia allí y corro la silla que hace de traba para poder abrirla. Cuando lo hago, veo que es Carne Suelta quien camina de un lado a otro del pasillo. Tiene la espalda encorvada por el peso de los años, y sostiene un bastón a cada paso que da.
-Eh, Puckerman. Viste a Robert.
Carne Suelta es una mujer a la que los años la han apresado y tranformado en algo apenas más complejo que un simple harapo. Al yo llegar a esta pensión, ella todavía estaba aquí, y era la misma anciana de ahora, cuya piel se despega de sus miembros, moviéndose de un lado a otro, sostenida apenas por sus frágiles huesos. Por supuesto, el apodo ya lo tenía ganado, aunque estoy seguro que de no ser así, a mí se me hubiera ocurrido uno mejor. Me inspira repugnancia; en especial porque cuando pregunta algo, lo hace a modo de afirmación.
-No sé dónde está, y tampoco me interesa.
-Aún no has mejorado tus modales.
-Qué comentario más irónico.
Chasquea la lengua y escupe a unos centímetros de mis pies. Me doy la vuelta para entrar a mi cuarto nuevamente, y dejar de perder tiempo con ella, pero me dice:
-Necesito que me ayudes a quitar unos troncos de la puerta.
Giro la cabeza y frunzo el ceño.
-Hazlo sola.
-He oído cosas por ahí. Seguirás pensando lo mismo si te ofrezco dinero.
Lo último es una pregunta, y con eso llama mi atención. "Las cosas" que diga la gente me tienen muy sin cuidado.
-¿Cuánto piensas pagarme?
-Lo suficiente para que este mes no te sea necesario robarle a la niñita.
La respuesta me deja un tanto pasmado.
-¿De qué hablas?
Ella niega con la cabeza y dice:
-No importa. Ayúdame a correr eso.
Extiendo la mano, dándole a entender que no moveré nada sin antes tener el dinero. Pero, como me figuraba iba a ocurrir, ríe de manera entrecortada y echa a andar hasta el principio del pasillo.
-Puckerman, al menos a mí no podrás robarme tan fácilmente.
