Capítulo 14-
El viernes llega muy deprisa, casi en un parpadeo. Incluso ahora que camino por los pasillos de McKinley todo me resulta un tanto irreal. En los días que han pasado, los ciudadanos de Lima colaboramos en arreglar los destrozos producidos por la tormenta. El barrio donde se sitúa el instituto está libre de cables sueltos y árboles caídos, por lo que las actividades se han reanudado con normalidad.
O al menos, eso esperaba. Sin embargo, hay una diferencia completamente visible en los pasillos, y es que las paredes están repletas de afiches que alertan sobre una fabulosa fiesta en la increíble casa de Santana, que tiene lugar hoy, y "que no puedes perder". Los estudiantes gritan y festejan la noticia, exaltados con la manera de volver a clases.
Me detengo a observar uno de los papeles. La mitad izquierda del rostro sonriente de la porrista es lo único que aparece en primer plano, y el resto de la imagen lo ocupa una foto de la casa, encabezada por unas letras gigantes y a colores que a la gente los atrae, maravillados. Frunzo el ceño: nunca me interesaron ese tipo de cosas, y por eso no sé qué hago mirando el cartel.
De repente una mano lo arranca de su sitio y me volteo, sobresaltada al ver a Jesse que sonríe de costado.
-Supongo que no tendrás pensado ir a esa fiesta.- me dice, haciendo un movimiento extraño con sus cejas. Quizás intente ser seductor, pero dudo que alguien se muestre interesado en seducirme; y de todas maneras, sólo me produce gracia.
-No. Por supuesto que no.
-Genial. Eso quiere decir que recuerdas lo que tenemos planeado hacer hoy.
-¿Te refieres a cantar?- le pregunto, con un indicio de frustración, debido a la forma en que me habla.
Hace un bollo con el papel y dice:
-Diste en el blanco.
Intento sonreír pero no consigo una mueca del todo natural. Jesse no me agrada, podría decir que hay algo en él que me repugna. Y me molesta que se aparezca por aquí apenas lo dicte su antojo. Por suerte, el timbre suena y le doy la espalda el instante en que recojo mis libros, y cierro la taquilla. Cuando lo vuelvo a mirar, continúa con la misma expresión.
-Esta noche, a la entrada de McKinley, a medianoche. Cuento con el permiso de tus padres.
Dicho ésto se va, y revoleo los ojos. Camino por el pasillo con prisa, y doblo en la esquina, en dirección al aula de Literatura.
-¿Qué estoy viendo? Rachel Berry llegando tarde a clase. Wow.
Me detengo al distinguir la voz. Noah Puckerman se coloca frente a mí en una pose de superioridad.
-Aún no es tarde.- respondo secamente, aunque no parece interesado en eso.
-Así que finalmente lo harás en un auditorio. Tengo que admitirlo, pero creí que tenías mejor gusto.
No me interesa escuchar sus ridiculeces y tampoco pensar que ha estado oyendo la conversación que mantuve con Jesse hace unos minutos. En lugar de contestar, decido contraatacar.
-Y tú esta noche no irás a trabajar, ¿me equivoco?
Cambia su expresión, como si estuviera ofendido, pero no comprendo qué significa en realidad.
-Claro que voy. No pienso ir a esa fiesta.
La respuesta me toma por sorpresa y luego de un rato logro murmurar:
-Lo siento.
Me mira sin que sus labios digan nada, y su endurecido rostro tampoco. Incómoda, le doy la espalda y entro al salón, adonde, por suerte, el profesor todavía no ha llegado.
-
Cuando suena el timbre del recreo, busco la mochila en la taquilla y me la cuelgo al hombro. Un idiota se mete en mi camino y lo fulmino con la mirada hasta que decide correrse, lo que es en el mismo momento en que me ve. Camino por el pasillo sin prestar demasiada atención, pues nada me parece interesante. Mi atención se centra en algún punto lejano, del que yo mismo me resulto ajeno.
-Puck, espabila.-la voz de Karofsky casi logra sobresaltarme, pero por suerte no ha llegado a hacerlo. -Frank nos quiere a todos en el campo de entrenamiento.
-¿Por qué tanta prisa?
Se encoge de hombros.
-No lo sé. Se rumorea que quiere decirnos algo.
Al ver que no me muevo se va, apartando a la gente que camina por la misma línea imaginaria que él. Me parece estúpido que este año los entrenamientos no hayan empezado aún, y que la primer reunión del equipo sea nada más que para hablar de trivialidades. Lo cierto es que nunca tuve fe en ese tipo. Es un entrenador deplorable. De todas maneras, en toda la academia se dice que es "un genio" y que éste es nuestro año, y Frank parece muy relajado al ver que es así. Si es tan fantástico como se cree, el año pasado deberíamos haber clasificado para la instancia final, y sin embargo quedamos fuera. Resoplo y me dirijo al campo de football.
Entrecierro los ojos al sentir la radiante luz del sol en mi rostro y arrojo la mochila a un costado mientras me acerco al trote al círculo que conforman los chicos del equipo, que rodean a Frank.
El tipo me mira en el momento en que me incorporo al círculo y hace un movimiento con la cabeza, al que no respondo. Se aclara la garganta antes de hablar.
-Tengo algo que comentarles, chicos.-a mi lado dos navos se mueven con nerviosismo. Pobres, deben pensar que se trata de algo importante.- Excepto tres de ustedes, el resto del equipo se encuentra en el último año en McKinley, y sabemos lo que eso significa.
-Que este es nuestro año.- aclara Karofsky con un orgullo que me da ganas de golpearlo. Algunos asienten y sonríen, dándole la razón. No sé qué me parece más repulsivo.
Pero Frank niega con la cabeza y dice algo que no esperaba:
-No hablo de eso. Sé que estás en lo cierto, Karofsky, pero esta vez quiero inclinar la balanza hacia el otro lado, el que nunca mencionamos.
A juzgar por las caras del resto, nadie comprende a dónde desea llegar.
-Déjate de metáforas, Frank, y dilo de una vez.
Él me mira con frustración. Tal vez dejara de hacerlo si supiera que esas miradas no me acongojan ni nada parecido. Quiere pasar por alto mi comentario, puedo notarlo, pero siento satisfacción al notar que va directamente al grano.
-Es momento de que piensen en su futuro. Puede ser que algunos ya tengan decidido qué hacer, qué persona ser. Pero les traigo una oportunidad única.
Nos quedamos en un silencio de funeral. Ni siquiera yo, la persona a la que menos le interesa este tema del futuro brillante, me atrevo a romperlo. Con aire solemne, y contento de haber obtenido la atención, el entrenador declara:
-El lunes comenzaremos las prácticas, y luego de un mes tendremos una visita.
-¿Quién vendrá?- pregunta Karofsky, sin contenerse, pero esta vez no me irrita, pues es lo mismo que me estoy inquiriendo.
El hombre sonríe.
-Matthew Herstood.
