Capítulo 15-
Tomo la chaqueta en mis manos, con cuidado de no arrojar el perchero al suelo, pues cuelga de una de las perchas más altas, y a punto estoy de no lograrlo, por más que esté parada sobre la punta de los pies. Finalmente lo consigo, y observo la campera de Noah con una especie de vértigo. Hace tres días que está aquí, ya que la olvidó la última vez que vino, y apuesto lo que sea que hoy irá a la fiesta de Santana; por lo que no encuentro otra solución que llevársela yo misma. Podría esperar un día más, pero él no trabaja los fines de semana, y de seguro la echará en falta. Me digo que lo que estoy haciendo es correcto, y me convencería si no continuara sintiendo las punzadas de los nervios en el estómago.
Casi sin ser consciente de ello, giro la llave dentro de la cerradura y abro la puerta. No tengo en casa nadie a quien darle explicaciones, pues mis padres no han vuelto de trabajar, y de haber estado aquí, creerían que he ido al auditorio de McKinley. Detesto mentirles, así que me alegro de no tener que hacerlo.
Según lo que he averiguado, la casa de Noah se encuentra a las afueras de la ciudad, próxima a las olvidadas vías de un tren que se ha perdido en sus viajes por los años. Nunca estuve allí antes, prevenida por las instrucciones de mis padres; pero una parte de mí se emociona con la idea de conocer ese sector. Aunque la otra parte tiene miedo.
Llamo al primer taxi que pasa por esta calle y que está desocupado. Entro y me siento en el asiento trasero con un nudo en la panza. Quizás el conductor note mi tensa postura, mi ansiedad irreprimible, porque me mira con extrañeza.
-A Carfax Street, por favor.- le indico, todavía aferrando la chaqueta en mis manos. Observo que frunce ligeramente el entrecejo, no del todo seguro de qué hacer. Esa actitud no logra tranquilizarme en lo más mínimo. Luego arranca.
Las casas, personas, y calles pasan por mi lado como una exhalación. De vez en cuando, controlo la hora marcada por las pequeñas agujas de mi reloj de pulsera. El tiempo parece correr igual de rápido, pero se me antoja una eternidad.
Cuando el auto se detiene vuelvo a mirar por la ventana. Ahora las casas no son tan grandes como las de mi barrio, ni están igual de limpias. Veo que se aglomeran las unas contra las otras, como si estuvieran inmersas en una constante disputa de cuál de todas merece destacarse entre las demás. Por todos lados hay baldosas sueltas, y unos niños juegan alrededor de un montículo de basura. Siento que me encojo dentro de mi vestido bordado.
El taxista carraspea y me señala el precio.
-Son quince dólares.
Busco el dinero que tengo oculto en uno de los pliegues de mi vestido y se lo entrego. Bajo del auto mientras le digo:
-Quédese con el cambio.
El hombre dice algo que no entiendo y el taxi se aleja. En la calle no se divisa otro auto, aunque el semáforo sigue marcando el paso de forma monótona y constante. Cruzo a la vereda de enfrente, allí donde juegas los niños; mis zapatos repiqueteando en la acera.
-Qué bonita.
La voz de la niña es dulce y devela asombro. La miro, enternecida, y le sonrío. Tiene el rostro sucio, al igual que el que supongo su hermano y el cabello rebelde se escapa de sus trenzas negras. Es preciosa, y parece que también tímida, puesto que desvía la mirada y sus labios esbozan una sonrisa contenida. Unos pequeños hoyuelos se le marcan en las mejillas. Me pregunto dónde estará su madre. Ambos están muy entretenidos, pero solos.
En ese momento la puerta de una casa se abre y un hombre sale tambaleándose. Aunque mi vestimenta es todo menos provocativa, no puedo evitar sentirme incómoda por la manera en que me mira. La puerta vuelve a abrise, y el hombre se queda quieto. Ya había empezado a caminar hacia mí.
-¡Robert! ¡Espera!
Reconozco la voz antes que su propio cuerpo, y no sé si agradecer la interrupción, o echar a correr antes de que me vea. En cualquier caso, es demasiado tarde. Noah sigue la mirada del, al parecer, Robert, hasta que sus ojos se encuentran con los míos.
-¿Rachel? ¿Qué haces aquí?
Antes de que pueda contestar, el borracho exclama:
-¡Vaya, vaya! Esta vez has ido por una niña rica, Puckerman.- luego de un rato añade- ¿Qué Rachel?
Noah se limita a empujarlo y arrojarlo al suelo. Me sobresalto y vuelve a mirarme. Noto que no sabe muy bien qué hacer.
-¿Quieres...? ¿quieres pasar?
Titubeo pero al final asiento. Camino detrás de él, y abre la puerta de su casa. Me hace pasar primero, y la cierra a sus espaldas.
-Robert no molestará, no te preocupes. Estará mucho tiempo tratando de recordar cómo levantarse.
No respondo. Una luz verdosa ilumina un largo y angosto pasillo, de paredes destartaladas por la humedad. El olor a rancio y a alcohol lo impregna todo. El suelo está sucio y gastado, y casi no se oyen nuestros pasos sobre la línea estrecha de polvo. Cada un metro, distingo una puerta a cada lado del pasillo. ¿Cuántas personas vivirán aquí?
-Es la próxima puerta.
Me detengo frente a una puerta de madera que, a juzgar por el color apagado y las bisagras oxidadas, hace años que no recibe un poco de atención. La abre con un simple movimiento y me sorprende que no tenga llave. Otra vez me cede el paso y la cierra tras de sí. Es una habitación diminuta, del tamaño de mi cuarto de baño, con una cama de estructura de hierro y un colchón demasiado delgado para ser cómodo. A un lado, hay una mesa de noche a la que un cajón le ha sido arrebatado, y sobre ella descansan unas escasas pertenencias dispersas que no quiero observar para no resultar entrometida. No hay armarios, ni algún otro mueble, por lo que parecen sus únicas prendas, se encuentran amontonadas sobre una silla. La oscuridad es por poco absoluta, y sólo puedo apreciar todo ésto gracias a la luz que entra por una ventana, que no es más grande que la ventanilla de un auto.
Me volteo para mirar a Noah, sintiendo que inspeccioné demasiado. Está apoyado sobre la puerta y tiene una expresión extraña en el rostro.
-He venido a traerte ésto.- murmuro, y alargo el brazo donde sostengo la chaqueta. La agarra y vuelve a su posición anterior.
-Con razón no la encontraba. Creí que Robert me la había robado.- después agrega- Gracias.
Me digo que eso es más de lo que hubiera esperado conseguir, y me reconforto en mi interior.

-Apuesto que te hubiera sentado bien.- le digo, y arrojo la campera de cuero en la cama. Rachel sonríe y baja la mirada. Si no me equivoco, es la primera vez que me sonríe. De acuerdo. Eso sonó demasiado idiota.
Me siento en la cama y ella se acerca, pero se mantiene parada. Por la forma en que se muerde el labio, deduzco que quiere decirme algo, aunque no se atreve a hacerlo.
-No deberías haber venido.
Me mira sin comprender. Debe pensar que la estoy echando, y considerando la forma en que la traté con anterioridad, motivos no le faltan. Me observa un segundo en el que asimila mis palabras; luego se dirige a la puerta. Me apresuro y llego a su lado en dos zancadas. Después de todo, este cuartucho es chico.
-No me refería a eso.- le digo, y se voltea. Tengo una mano en su hombro y la retiro en el momento en que me doy cuenta de ello.- Este barrio es peligroso para alguien como tú.
Alza el mentón de manera desafiante, y por más que me cueste admitirlo, me produce ternura.
-Decidí venir hasta aquí.- replica- Y aún sigo viva.
-¿Y todo ese riesgo para traerme una chaqueta?
Enarco una ceja al ver que no contesta deprisa. Retrocede un paso y sólo entonces caigo en la cuenta de lo cerca que hemos estado hablando.
-No sé qué insinúas, Noah, pero te aseguro que no vine por eso.
Otra vez el nombre. Otra vez siento un peso en el estómago y aprieto un puño sin que lo note. Me trae a la memoria recuerdos; duros recuerdos. Y así y todo, en el fondo se siente bien.
Me siento nuevamente en la cama, incapaz de mantener la compostura de antes y ella se aproxima.
-¿Puedo?-duda.
Le indico que sí, y se acomoda el vestido antes de colocarse a mi lado. No le he prestado antes, pero ahora que la luz de la calle nocturna le da en el rostro, la analizo sin dejar traslucir ningún sentimiento. Pienso que ese vestido le queda bien. Entonces recuerdo a quién verá esta noche y contraigo los labios, porque una punzada me ha tirado de la piel, como si quemara. ¿Celos?
Esto es suficiente: me estoy dando asco.
-¿Alguien de tu familia vive aquí?
Su voz se eleva en un susurro, y evita que nuestras miradas se crucen.
-No.
Juega con el borde de uno de los pliegues de su vestido. Con la cabeza inclinada como la tiene, nada más puedo apreciar su perfil.
-Por un momento creí que ese hombre..- se corrige- Robert, era tu padre.
Emito un sonido extraño, que bien podría haberse considerado como una risa, si tan solo hubiera sentido ganas de reír.
-No lo es; pero no sé qué preferiría.
No habla, instándome a que siga. La intensidad de su atención me resulta casi imposible de aguantar, y centro mi vista en mis manos.
-Mi padre...Ignoro qué es de él en estos momentos. Si está vivo, muerto, o si al fin ha recibido lo que merece.
Tiembla levemente. Quizás la dureza de mis palabras la sorprenda, aunque no puedo evitarlo. Detesto a ese hombre.
-Era un borracho. Incluso peor que Robert. Por eso lo aborrezco a él también. Me hace acordar demasiado a los días en que...- me paso una mano por la cabeza. Hablar de ésto no me resulta sencillo. Me hace daño.- Mi padre golpeaba a mi madre.. Y a mí igual; pero me producía más dolor verla sufrir a ella. Él... la mató.. Yo tenía ocho años.
Rachel se estremece. Pese a lo horrorosa que debe resultarle mi historia, coloca su mano sobre la mía. Es un simple gesto, un delicado contacto. Y es mucho más de lo que nadie ha hecho por mí desde hace diez años.
Mis ojos se detienen en su rostro, y por más extraño que parezca, sé que la quiero.