Capítulo 16-
Subimos al taxi, yo después que ella. El conductor se voltea y enarca una ceja, como preguntando dónde queremos ir. Observo a Rachel pero está mirando por la ventanilla, ajena a nosotros; así que digo en voz alta la dirección de su casa. El tipo vuelve a enfrentarse a la calle y pone el auto en marcha.
-¿Conoces a esos niños?- su voz llama mi atención y sigo con la vista el recorrido que señala con su dedo. Aunque apenas llego a verlos, puesto que los acababos de dejar atrás, no tardo en reconocerlos. Asiento con la cabeza y vuelve a hablar:
-Estaban allí desde que fui a tu casa, y de eso hace ya más de una hora.- percibo la preocupación que le causa ver a esas criaturas en la calle a estas horas.
-No les va a ocurrir nada. Todos en el barrio los conocen.
Sin embargo, no parece satisfecha con la explicación. Mira hacia atrás, buscándolos, pero se voltea enseguida.
-¿Y su madre?
Por primera vez soy completamente consciente de lo buena que es. En un principio, la veía como una chica con dinero, interesada en sí misma y en su familia. Digo, suele ocurrir que las personas que han aprendido a ser ignoradas en la secundaria, sientan el deseo hirviente de destacarse sobre los demás. Al menos, eso pensaba hasta el momento.
-No tienen madre, ni padre. Cuando eran unos bebés Carne Suelta los encontró en nuestra casa, en la puerta.
Rachel mueve la cabeza. Pienso que quizás la historia le resulte semejante a la suya propia, si supiera de qué manera llegó a la casa de los Berry. De todos modos, sólo inquiere:
-¿Quién?
-Carne..-resoplo, al caer en la cuenta de que ella no tiene idea de quién le estoy hablando.- Una de las mujeres que vive en la pensión, una vieja. Pero no quiso cuidarlos y han quedado en manos de Robert.
Oigo que por sus labios sale un sollozo débil.
-Lo poco que he visto no parece coincidir con ese concepto. ¿Un hombre borracho haciéndose cargo de niños de no más de seis años?
Me encojo de hombros. No porque no me importe, sino porque no sé qué decir.
El auto se detiene y el taxista nos señala el precio. Veo que ella rebusca entre los pliegues de su vestido y me apresuro a tenderle un gastado billete.
-Buen escondite.- bromeo, mientras el hombre me alcanza el cambio.
-Gracias.- musita, pero sin mirarme, y noto que mi comentario la ha incomodado. De todas maneras, no veo nada extraño en el hecho de ocultar dinero.
Nos bajamos al mismo tiempo y el auto se aleja tomando las calles más transitadas. Una moto pasa y toca bocina, y creo distinguir a dos de los chicos del equipo de football. De seguro que están yendo a la fiesta de Santana.
Rachel tiene la llave en la mano, y titubea.
-Iré andando hasta McKinley. Llegaré a tiempo al auditorio.-me señala- ¿Vas a pasar? ¿O..?
-¿O iré a la fiesta?- completo la frase por ella.
-No tiene nada de malo si vas. Luego hablaré con mis padres y les diré que te has tomado el día libre. Van a entenderlo.
Apoyo una mano en la pared de su casa y me acerco un paso.
-Podría ir, y de esa manera valdría la pena el que me hayas llevado la chaqueta hasta mi casa.
Baja la mirada.
-Creí que no vendrías.
-Y sin embargo, aquí estoy.
Se alisa despacio el vestido y dice:
-De acuerdo. Tú también tienes llave, así que no me necesitas aquí- habla con una voz extraña y fijamente vuelve a mirarme- Tengo que irme si no quiero retrasarme.
Sus pasos resuenan cuando pasa por mi lado. Sin saber qué es lo que me mueve a hacerlo, la agarro del brazo, buscando que se detenga, y lo hace. Siento algo molesto oprimiendo mi pecho.
-Quizás me vuelva a olvidar la chaqueta.- bromeo, aunque con el rostro inexpresivo. Insulto para mis adentros. Fue una de las cosas más patéticas que he dicho en mi vida.
Sonríe con timidez a la par que suelto su brazo y murmura:
-Intenta no hacerlo.
Se aleja. Las luces de los autos la iluminan de forma intermitente, hasta que se pierde en la inmensidad de la ciudad.
Cuando llego a la puerta de McKinley, aún me tiemblan las piernas. Me llevo una mano debajo del hombro, allí donde Noah me sostuvo hace unos minutos, y suspiro. Todavía siento en la piel la fuerza de su mano, su temperatura.
-Así que has venido.
Doy un respingo. Jesse se abre paso a través de unas plantas ubicadas a los lados de la puerta vidriada del instituto, y se acomoda el cabello despeinado.
-¿Me estabas espiando?
-Claro que no. Vigilaba si aparecía alguien por aquí.
Mis ojos lo recorren, y descubro que está vestido de negro, de pies a cabeza.
-¿Qué es ésto?- le pregunto, haciendo un esfuerzo por no reír.- ¿Una especie de imitación barata a las películas de ficción de Hollywood?
Al parecer, no comparte la gracia del chiste. Deja salir un suspiro entre sus labios y me mira como si fuera una niña pequeña.
-Nunca entenderás lo que es un allanamiento institucional.
-¿Qué? ¿Eso acaso existe?
Se exaspera más.
-Olvídalo. Limítate a caminar.
Rodea el edificio y lo sigo, unos pasos detrás. Poco a poco, dejo de sentir deseos de estallar en carcajadas debido a la locura de Jesse, y mi preocupación aumenta cuando llegamos a las rejas del patio.
-¿Qué te propones, Jesse?- la voz me sale tensa y me alejo- No piensas entrar de esa manera, ¿cierto? Podríamos haber ensallado en cualquier parte.
Se voltea para mirarme y ríe. Cuando se relaja, no resulta tan desagradable. Incluso me parece atractivo.
-¿De qué manera? ¿Ilegalmente?
-Llámalo como quieras,- le espeto, perdiendo los nervios- pero vine a cantar, no a cometer un crimen con un vocalista demente.
-¿Vocalista demente? Vamos, Rachel, parece que ahora eres tú la que dice tonterías.
-Lo único que quiero es que no trepes esa reja. Suponía que si hablabas con mis padres para traerme a ensallar a estas horas, al menos lo tendrías todo bajo control.
Paro de hablar ante una señal de su mano.
-Nunca he dicho que fuéramos a treparla. Creo que eres tú la que busca imitar una película de ficción.
Pongo los ojos en blanco, relajada en parte.
-Entonces, ¿cómo vamos a entrar?
-¿Conoces al hombre que trabaja en el turno de noche?El conserje.
Dudo un momento.
-No lo conozco, en realidad. Pero sé su nombre.
Sonríe de costado, y dice:
-A eso me refería. ¿Cómo se llama?
Frunzo el ceño, haciendo memoria.
-Frank, pero..
-¡Frank!
El grito de Jesse me hace saltar del susto. ¿Qué demonios pasa por la cabeza de este chico?
-¡Jesse!-exclamo, y lo llevo a un costado- ¿Qué se supone que haces?
-Cumplo tus deseos.- me guiña un ojo y vuelve a donde estaba antes.- Si eres demasiado cobarde y aburrida como para arriesgarte, entraremos como dos niños buenos... ¡Frank!
Ante el último grito oigo el sonido chirriante de una de las puertas que dan al patio. La cabeza calva del hombre es lo primero que se asoma; luego el resto del cuerpo.
-¿Quién me busca?
Nos ilumina con una linterna y entrecierro los ojos, molesta ante tanta claridad. Sonríe, y supongo que es porque me ha reconocido.
Jesse no pierde un segundo y habla.
-Frank, no creo que me conozca. Soy Jesse St James. - pasa la mano entre el rejado y se la estrecha.- ¿Nos dejaría utilizar el auditorio por esta noche?
No estoy convencida de que funcione, y no puedo por menos que sorprenderme cuando veo que la puerta de rejas se abre.
-Por supuesto que sí. Tengo confianza en la señorita Berry.
Atravesamos el patio e ingresamos en la silenciosa escuela. Es extraño ver los pasillos vacíos, y no oír nada más que el incesante correr de los segundos del amplio reloj de pared.
-¿Me avisan cuando lo desocupen? Estaré limpiando los vestuarios.
Asentimos con la cabeza, y me guiña el ojo cuando le agradezco el habernos dejado entrar. Luego de abrirnos la pesada puerta del auditorio, se aleja silbando entre dientes.
-¿Este plan te ha gustado más?- dice, una vez dentro.
Finjo que no lo oigo y camino entre los asientos desocupados. Subo al escenario experimentando la misma emoción que me alberga en momentos similares a éste. Es la primera vez que cantaré con alguien distinto a mis padres, y soy consciente de lo bueno que es Jesse.
Cuando levanto la vista, él ya está frente a mí. Ya no es el chico gracioso con el que perdí los nervios hace menos de una hora. Ahora es el principal vocalista de Vocal Adrenaline, máxima competencia para mi futuro ingreso a Nyada.
Retira la funda que envuelve el piano y se sienta con movimientos suaves. Comienza a tocar, sus dedos bailando sobre las teclas. El dulce sonido de las notas lo impregna todo. Tomo aire una vez, y relajo la garganta. En el mismo momento que la suya, mi voz se eleva en la soledad del auditorio, que ahora parece estar atiborrado de gente.
