Capítulo 17-

Recojo mis libros en el mismo momento que suena el timbre anunciando el fin de la última hora del lunes. Me siento aliviada de poder irme, pues todos han estado muy exaltados durante el transcurso de la mañana. Al parecer, la fiesta de Santana fue un éxito.

Salgo del aula con una sonrisa de satisfacción, que en nada se asemeja a la expresión de la persona que viene hacia mí, y me aferra la muñeca con fuerza.

-Hobbit, tú y yo tenemos que hablar.

Santana, por extraño que resulte, está molesta. Arqueo las cejas a la vez, sorprendida y percibo que mi pulso se a acelerado levemente. El pasillo no representa una vía de escape posible, pues los alumnos se apretujan en busca de la puerta de salida, por lo que me dejo arrastrar por la porrista enfurecida hasta que sus pasos se detienen en un recoveco donde nadie nos empuja... Qué digo. Nadie osará nunca apartar de su camino a la persona más cruel de McKinley, capaz de helarte con una simple mirada.

-Tengo que volver a mi casa.- le digo, una vez que me veo libre de su mano. No obstante, permanezco allí, pues Santana posee diversas maneras de retener a la gente.

Y ésta es una de ellas:

-Volverás con tus padres gay luego.

No puedo evitar sentir un deseo hirviente de hacerla callar. No tiene corazón, al igual que las demás porristas, y todos aquellos que se creen superiores a los demás. Aún así, procuro parecer lo menos afectada posible, pues estoy segura que si supiera el terrible escozor que me producen sus palabras, no dudaría en utilizarlas una y otra vez. Se aproxima unos pasos. Desde esta distancia, me hes posible observar con mucho detalle sus largas pestañas postizas, y el labial sutil que cubre sus labios. Los ojos se le entornan cuando me dice:

Será mejor que abandones tu estúpido jueguito antes de que te arrepientas.

No tengo la más mínima idea de lo que insinúa, lo cual debe haberse reflejado en mi rostro, ya que añade:

-Y ahí vas de nuevo, poniendo cara de víctima, como si te acusara de algo que no has hecho.

Quiero hablar, pero no puedo. Mi garganta está repleta de todas las cosas que me gustaría decirle; y sin embargo, opto por aquellas que me hacen callar. Mi silencio termina con lo poco que quedaba de su paciencia.

De acuerdo, huérfana. Te lo pondré así: o te alejas de mi chico, o haré el trabajo por ti. - antes de irse, me guiña un ojo y sonríe con sarcasmo, sin despegar los labios.

Se voltea y las tablas de su pollera ondean de una manera que atrae las miradas de los chicos más próximos a ella. Por más que todavía se encuentre cerca, respiro aliviada y palpo mi prendedor de estrella para terminar de tranquilizarme.

Transcurren unos minutos hasta que decido volver a caminar. La escuela, pese a que ya ha pasado un tiempo considerable desde el momento en que sonó el timbre, hace gala de la inmensa cantidad de alumnos. Salir de McKinley siempre va a resultarme un suplicio.

Camino con el sol de mediodía bañando mi rostro, contenta de al fin estar volviendo a casa. Pensar en que dentro de un rato estaré allí hace que sonría de forma inconsciente. Es en ese momento cuando lo oigo: un golpe, un forcejeo, y un grito. Dejo de respirar durante el instante en que la risa inconfundible de Karofsky lo invade todo.

Aprieto el paso a la par que las palabras van llenando mis oídos.

-Ahora danos el bolso.

-No..- es un débil murmullo, el último intento de hacerles frente a los matones que están acosando a ese pobre muchacho que no llego a divisar.

-De acuerdo. ¿Quieres desobedecer? Tú has decidido.

Me detengo en seco justo al llegar a los contenedores, porque esa voz no es otra que la de Noah. En efecto, allí está: acaba de hacerse con el bolso del chico, un chico delgado y vulnerable, y sin ninguna muestra de esfuerzo, pese a que la víctima parece ejercer sus mayores fuerzas con tal de evitarlo. Obsevo con espanto cómo lo sujeta por los hombros y lo arroja al enorme, mugriento tacho de basura. El rostro atormentado del chico hace que me paralice durante un terrible segundo. Quiero intervenir, pero no sé de qué manera hacerlo, y temo que ya sea demasiado tarde, pues Karofsky acaba de cerrar la tapa del contenedor.

-Bien hecho, Puck. - chocan las palmas, de forma cómplice.- Podemos atorarlo. Le llevará un buen rato salir de allí.

Se me contrae el estómago, y sin intervenir ni irme de aquí, sigo parada unos metros detrás de los bravucones.

-Haz lo que quieras. Yo me largo.- se cuelga el bolso con pesadez, y se da la vuelta. Sé que me ve, no sólo porque nuestros ojos se encuentran, si no porque también, algo en su semblante cambia.

Puedo ver que Karofsky traba el contenedor, aunque mis ojos siguen posados en los de Noah, que se ha quedado completamente inmóvil.

-Rachel.. - dice, dando un paso hacia mí.

No quiero escucharlo. Decido que luego volveré para salvar al muchacho, giro sobre mis talones, y echo a correr.

Me detengo en la puerta de los Berry y resoplo para despabilarme. Tengo la llave en la mano, y la introduzco en la cerradura frunciendo el ceño. Desde que Rachel me ha visto esta mañana, no puedo pensar en otra cosa, por lo que entro en la casa con una sensación asquerosa de vergÜenza. No soy cobarde, así que voy a admitirlo: estoy nervioso.

El lugar está a oscuras, con excepción de una luz débil que se filtra por las escaleras, así que supongo que viene de las habitaciones del piso de arriba. Prendo una lámpara, que al parecer es nueva, pues ocupa el lugar de la que Rachel rompió la noche que creyó que iba a robarle. Quizás estoy esperando verla en el sofá, pero el mismo se encuentra vacío y desordenado. Recorro la planta baja para asegurarme de que allí no hay nadie. El comedor no muestra indicios de algún movimiento reciente, y la puerta del patio permanece cerrada. Echo una rápida mirada a través de las rejas, pero tampoco hay nadie fuera.

Me dirijo con lentitud a la cocina, tratando de anular la sensación de culpa que me recorre por dentro. Detesto sentirme así. Detesto no poder mirar a la cara de Rachel de la misma forma en que miro a los demás. Y por sobre todas las cosas, detesto que esta situación me afecte, cuando en otro momento ni me habría importado. Sobre los útiles destinados a mi trabajo de hoy, hay una nota, escrita con una letra que veo por primera vez. Dice que la familia Berry ha ido a cenar a un sitio que no conozco, y luego adjunta algunas indicaciones de lo que tengo que hacer esta noche. Veo que está firmada por Hiram Berry.

Ignoro si siento alivio o decepción. Agarro los objetos con fuerza, y noto que un recipiente de plástico cede bajo la presión de mis dedos. Poco me afecta. Abro la puerta del patio y lo arrojo a un lado de la pileta. Después vuelvo a entrar.

Esa luz que viene desde arriba aún sigue llamando mi atención. Casi sin pensar en lo que hago, subo uno a uno los peldaños de la escalera. Nunca antes habia estado en esta parte de la casa, y miro con cautela el pasillo de paredes blancas y piso de madera que lleva a tres puertas. Una de ellas, la que está a mi derecha, aparece entornada. Agudizo el oído pero no oigo nada que perturbe la calma en la que está sumida esta casa. Entonces, empujo la puerta y entro en la habitación. Basta una simple mirada para darme cuenta que estoy en el cuarto de Rachel.

No se asemeja en nada a lo que alguna vez me había imaginado. Aquí también las paredes son blancas y en ellas se alzan varias estanterías con una increíble cantidad de libros. En comparación con los que hay en la biblioteca del living, es una reducida cantidad, pero a mí me resulta demasiada para una sola persona. En un extremo, cercano al pequeño balcón, hay un mueble con un espejo amplio y rectangular apoyado en la pared. Tiene muchos papeles en la parte superior. Noto que cada uno de ellos posee una frase diferente, aunque no les encuentro mucho sentido. En un costado, más alejado que los demás papeles, unas letras prolijamente cortadas y adornadas forman una palabra: BROADWAY. Muevo la cabeza, todavía sin entender, y aparto la vista. Hay muchas cosas sobre el mueble: un cepillo, un reproductor de música de mediano tamaño, y un cd de Barbra Streisand, entre otros. Sin embargo, lo que llama mi atención es un papel plastificado. En la parte de arriba, dice: Audición para Nyada. Debajo de aquello, en letra más pequeña: Participantes. Y a su vez, también debajo, una lista de diez nombres acompañados por sus apellidos. Sólo me resulta conocido el primero, pues es el de Rachel. Por último, están escritos la fecha, la hora, y el lugar donde el encuentro se llevará a cabo. Es dentro de 6 meses, por lo que dedujo que se trata de algo importante.

Dejo el papel donde estaba anteriormente, y me dispongo a salir del cuarto, aunque no lo hago tan rápido como hubiese convenido, porque oigo la llave en la puerta de entrada, y luego unos pasos rápidos que suben la escalera.

Siempre he sido una persona que se jacta de su velocidad para actuar. No obstante, Rachel me sorprende de pie, en medio de su cuarto, antes de que pueda siquiera terminar de voltearme. Al menos, agradezco contar con un espejo, y miro su reflejo pasmado durante un instante.