Capítulo 19.
El profesor de Español entra al aula con una sonrisa adornando su rostro, y las manos cruzadas detrás de la espalda. Me acomodo en mi asiento, y sostengo la lapicera azul, lista para comenzar. Según lo previsto dos semanas antes, hoy es día de dictado, un mes después del inicio de clases, y he practicado todas las noches.
Una bola de papel pasa volando rozándome, y da de lleno en la cabeza de un chico que está delante mío. No quiero voltearme, pues allí atrás debe ser un completo descontrol, y con el griterío ya tengo suficiente.
El profesor no se inmuta y escribe en el pizarrón: "Suspensión de dictado", y debajo, añade una sola palabra "Navidad." Estoy segura de que, pese a ser una de las palabras más leídas en español que hemos tenido a lo largo de la secundaria, más de la mitad del curso no la ha entendido.
-¿Qué dice ahí?- pregunta Noah y giro la cabeza lo necesario para poder mirarlo. Está recostado en la silla, con las piernas sobre la mesa, y se hamaca hacia atrás y hacia adelante. Santana se encuentra sentada a su costado, sonriendo de forma cómplice.
-Navidad- contesta el profesor, esta vez en inglés.- Todos sabemos que se aproximan las fiestas, ¿no es así?
Por supuesto, los alumnos asienten con cierto aburrimiento.
-He preparado una deliciosa actividad para recuperar el espíritu navideño de este curso, y de ser posible, también de McKinley.
-Si se trata de comida, estoy segura de que a Maggie le encantará.
El comentario punzante de la porrista vibra en el salón provocando profundas carcajadas de la mayoría del curso. Miro a Maggie con tristeza; tiene la vista gacha, y se hunde en su asiento.
El profesor cambia su semblante alegre durante el minuto en que se dedica a observar a Santana. Tiene una mueca casi de asco.
-Lo que acabas de decir, López, no fue para nada grato, y estuvo por completo fuera de lugar.
El curso se queda en silencio, alternando la atención hacia ambas personas. La muchacha no separa los labios, pero se nota a la legua que no se acongoja por las palabras del docente. Hasta diría que se está divirtiendo.
-¿No vas a disculparte con Sandy?-pregunta él, aunque todos comprendemos que es una orden.
Santana revolea los ojos.
-Lo siento mucho, Maggie. Confío en que sabrás disculpar los pensamientos que vienen a mi mente cuando veo tu cuerpo rechoncho y grasiento.
El silencio ahora se vuelve más notorio que antes. Los ojos vuelan hacia la aludida, y siento una opresión en el pecho cuando caigo en la cuenta de que está llorando. Por suerte, sólo podemos reparar en ello los que estamos delante, y ninguno de nosotros se burlaría. El profesor también lo nota.
-López, hazme el favor de esperar fuera hasta que finalice la clase; pero la actividad la harás de todos modos. Espero que cuando la hora termine, y te busque para llevarte a hablar con el director, no te hayas movido de tu lugar.
Se elevaron murmullos, y Santana salió del aula sin más, orgullosa de sí misma como siempre, y haciendo ondear su pollera a tablas. El hombre se aproximó al banco de Maggie, y le dijo algo en un tono paternal que no llegué a oír. La chica asintió y él retomó la clase.
Ante mi mirada expectante, y la desinteresada de los demás, se inclina sobre su escritorio y agarra un bonito gorro rojo, con un cascabel en la punta. El sonido que produce cuando camina me resulta agradable y melódico.
-¿Qué es lo que más desean para esta Navidad?
Ingresar a Nyada, es el primer pensamiento que se abre paso por mi mente. Pero luego mis ojos se desvían hacia Noah, como en un acto reflejo. Él también me está mirando. Desvío la vista a la par que intento escuchar las respuestas, puesto que todos hablan a la vez y nadie parece dispuesto a interesarse por lo que sea que estén respondiendo los demás. Al final, el profesor toma cartas en el asunto.
-De acuerdo, de acuerdo. Todos tenemos un sueño, por pequeño que sea, que deseamos ver realizado. La Navidad se trata de eso: la magia que hace que cualquier cosa pueda volverse realidad, por imposible que nos parezca... ¿Qué sienten cuando están reunidos con su familia, frente a un árbol iluminado en colores, en víspera de las fiestas?
-Unas ganas terribles de salir de allí e ir a bailar.
Todos asienten y festejan la respuesta de uno de los chicos del equipo de football, que se muestra satisfecho con la aprobación del curso.
-¿Y qué nos dices de ti, Puckerman?
Me volteo esperando sus palabras. El maestro nos llama a todos por apellido, incluso en situaciones como ésta. Noah busca un segundo lo que quiere decir, y lo suelta.
-Detesto la Navidad.
Siento pena, porque sé que no está rodeado de su familia frente a un árbol adornado en colores. Percibo que el profesor procura cambiar el rumbo de la conversación, que se volvió un poco sombría, y luego de unos intentos lo consigue.
-Bien, chicos, estoy seguro de que saben qué es ésto.-sacude el gorro, y asentimos.- Sin embargo, apuesto a que nadie sabe qué hay dentro.
Arqueo las cejas, intrigada. No se me ocurre qué puede contener el objeto, y al resto de mis compañeros tampoco.
-Aquí dentro hay 30 papeles, cada uno con sus respectivos nombres. Y he ahí lo que haremos para esta Navidad: el Amigo Invisible.
Murmullos recorren el aula mientras él trata de mantener el silencio de antes. Sé lo que es el Amigo Invisible, ya que lo he visto en una película de hace diez años atrás.
-El juego consiste en que cada uno de ustedes quitará un papel del gorro, sin mirar, y a la persona que les toque...
-¿Y si nos toca uno mismo?- interrumpe Karofsky.
El profesor sonríe. Debe estar contento de que le estén prestando atención.
-La suerte decidirá.
-¿Y qué hacemos con esa persona?
-Ahí es donde quiero detenerme, Sandy. La actividad consiste en darle un regalo de Navidad a quien les toque, sin que esa persona sepa de parte de quién le llegó.
-Por eso "amigo invisible"- dice uno que acaba de entender el juego.
-Exacto. Comenzaremos a retirar los papeles de acuerdo al orden en que se han sentado.
Algunos se quejan, pero el hombre no les presta atención. Cuando llega a mi lado, me sonríe y le devuelvo el gesto. Me echo el pelo hacia atrás y coloco mi mano dentro del gorro. Siento las puntas de los papeles tocando mis dedos, la suavidad del material. Me detengo en uno, y lo retiro del interior. El profesor sigue su camino mientras volteo el pequeño trozo, y leo el nombre que está escrito allí:
Noah Puckerman.
Apenas suena el timbre abro la puerta de un tirón y escapo del aula. Aún no he entendido qué tienen en común el Español con la ridiculez del amigo invisible, pero lo mismo da. Hundo el papel que me ha tocado en el bolsillo de mi campera del equipo de football, y camino por el pasillo hasta dar con mi casillero. Coloco la combinación de forma automática, y una vez abierto, ingreso la mano hasta el fondo. Siento en la yema de los dedos el contacto de los billetes, y retiro cinco. Cierro el casillero al mismo tiempo que guardo el dinero en el bolsillo interior de la chaqueta que llevo debajo del uniforme.
-¿Noah Puckerman?
Me doy la vuelta al reconocer la voz del entrenador de football.
-¿Qué ocurre?
-¿Cómo que "qué ocurre"?- está enfurecido, y decido usar hasta el último centímetro en que lo supero en altura para intimidarlo.- Ocurre que no te he visto en las prácticas estos últimos días.
-Querrás decir noches.- lo corrijo, y arruga el rostro- He avisado que no puedo ir en ese horario. ¿Por qué quitaron las prácticas de las mañanas?
-Sabes muy bien que las porristas están usando el campo, preparándose para las seccionales de mañana.
-¿Y desde cuándo importan más que nosotros?
El tipo me mira y parece que quisiera pegarme. Que lo intente si quiere que esta sea la última conversación de su vida.
-Nosotros no hemos dejado de practicar. Pero tú sí lo has hecho. Eres el capitán del equipo, Puckerman. Te necesitan ahí.
-Voy a repetirlo- gruño , perdiendo la poca paciencia que me queda.- No puedo en ese horario, tengo trabajo. ¿Entiendes?
Me observa y comprendo que no lo sabía. Increíble cómo Karofsky abre la boca en cualquier momento, menos en el necesario. La estupefacción del viejo se convierte en una expresión neutral.
-¿Por qué trabajas?
-No me parece que tengas ganas de saberlo, y tampoco tengo interés en decirlo.
-Puck, estoy intentando ayudarte.- enarco una ceja, porque no me parece una manera de ayudar.- Sé que si trabajas es para conseguir dinero, no soy idiota. Pero déjame darte un recordatorio de una cosa que he dicho hace un mes.
-Adelante.
-Matthew Herstood, ¿recuerdas?
Siento como si me hubieran arrojado un balde de agua helada. Lo había olvidado por completo.
-Hace un mes les dije que él vendría. Es el reclutador con más experiencia y renombre que conseguiremos que pise esta pobre escuela, y lo sabes. Entiendo que quieras ganar un poco de dinero, pero estás dejando pasar una oportunidad única.
-No puedo depender del football.
Frank suaviza el tono.
-No vendría a decírtelo si fueras uno del montón. Si consiguieras una beca, la vida te abriría sus puertas.- habla más bajo ahora que las personas se pasean por los pasillos.- Imagina a Matthew en este campo, eligiendo a los jugadores con el potencial necesario, y que tú quedes fuera por culpa de esa idea tuya. ¿Te lo perdonarías alguna vez?
Le sostengo la mirada en silencio, hasta que suena el timbre de regreso a clase. El entrenador me da una palmada en el hombro y dice, antes de irse:
-Sólo piénsalo. Vendrá el lunes.
Cuando desaparece de mi vista, camino hasta llegar al patio donde solemos arrojar a los perdedores en los tachos de basura. La reja está cerrada, al igual que siempre, pero no es un problema. Empujo el enorme tacho contra la misma, y me encaramo en él. Desde esta altura, saltar la reja y caer de pie fuera de McKinley es cuestión de segundos.
Llevo la mano al bolsillo interior de mi chaqueta y compruebo que todo está en orden. Cinco billetes. Ahora lo único que queda es echar a correr.
