Capítulo 20.

El cielo se encuentra despejado, pero se ven muy pocas estrellas. Ensimismado, busco las llaves con la vista en ese manto eterno y pienso en el prendedor que Rachel lleva siempre puesto: una estrella dorada.

Vuelvo en mí al notar que la llave choca con algo. La quito y me agacho para comprobar que ya hay una puesta. Eso significa que Hiram y Leroy han salido antes de tiempo, pues su hija nunca deja la puerta con llave. Hago sonar la campanilla y oigo un rato después las pisadas del otro lado de la pared. Es Hiram quien me recibe.

-Buenas noches, muchacho. Adelante, justo hablábamos de ti.

Procuro no dejar traslucir ninguna expresión. Simplemente entro y le pregunto:

-¿De mí?

El hombre sonríe y me guía al comedor, colocando su mano sobre mi espalda. Allí las luces están encendidas y pese a que ya es algo tarde, la mesa está a medio levantar. Rachel vuelve de la cocina y me mira un segundo. Por un momento creo que va a sonreírme.

-Hola, Noah.

Apenas le echo un vistazo.

-Ey.

Leroy se levanta de la silla depositando su vaso sobre la mesa. Me produce gracia que haya estado tomando agua. Él también me saluda y le respondo con sequedad. Comienzo a dirigirme a la cocina para buscar mis útiles de limpieza cuando Hiram llega a mi lado.

-Esta noche no limpiarás la piscina. Las primeras nevadas están por llegar, y el agua terminará por congelarse.

-¿Quiere que la vacíe?- inquiero, porque dudo que a los Berry les agrade la idea de tener una pequeña pista de hielo. Por el contrario, a mí me parece genial.

-Eso era justo lo que iba a pedirte. Hemos dejado una lona sobre el macetero vacío, para que luego la cubras.

Asiento y me subo el cierre de la chaqueta antes de salir al patio. El frío se siente más ahora que acabo de estar en un lugar cálido. Oigo cómo en el interior terminan de retirar la vajilla, y el sonido del agua corriendo por los platos.

Busco en el único macetero sin vegetal, y en efecto, allí descansa la lona. Mide apenas unos centímetros más que la piscina; los suficientes para que pueda clavarla en la tierra sin la necesidad de controlar que no se vuele a cada rato. Pero primero tengo que quitar toda el agua, y comienzo a hacerlo manteniendo un buen ritmo. La pileta está casi seca cuando escucho el chirrido que produce la puerta al abrirse. Tengo los dedos tan entumecidos, que es preciso que no despegue los ojos de la tarea que estoy realizando, porque de no ser así haré un completo chiquero. Por ende, no descubro a Rachel sino hasta el momento en que me toca el brazo con el que sostengo el limpiador. Cumpliendo a su pedido, me detengo.

-¿Qué ocurre?- mi aliento forma un vaho pálido en el aire.

-Venía a traerte ésto.- explica, y me extiende un par de amplios guantes.- Hace frío aquí fuera.

-Gracias.

Vuelvo a sentir mis dedos en el momento en que los coloco dentro de los guantes. Entonces recuerdo algo que quería preguntarle.

-¿Sabes en qué momento puedo hablar con tus padres?

Se frota los brazos, aunque lleva encima una bata abrigada.

-Supongo que puedes hacerlo hoy, o cuando quieras. ¿Qué quieres decirles?

Voy a decirle que no tiene por qué interesarle, pero me sorprendo al sentarme en una de las reposeras, apoyando el limpiador en el pasto congelado.

-Me preocupa quedarme sin trabajo en invierno.-me paso una mano por la cara y suspiro- Digo, no voy a ser muy útil aquí y dudo que se muestren interesados en mí para ese entonces.

Rachel extiende su mano y la miro a los ojos. Ella continúa de pie, y se la tomo sin detenerme a pensar si en verdad es conveniente que lo haga. Me obliga a levantarme y me dirige hacia dentro.

-Ven, quiero mostrarte algo.

Subo las escaleras con Noah detrás mío, luego de indicarle que haga el menor ruido posible. Mis padres duermen en la habitación de la izquierda, y no va a gustarles nada esta escena a simple vista.

-¿A dónde vamos?- me pregunta en un susurro que con suerte alcanzo a oír. Me volteo con el índice sobre los labios, y terminamos de subir.

El pasillo da a tres habitaciones: a los costados, y enfrentadas entre sí, la mía y la de Hiram y Leroy; y abro con una pequeña llave la que tengo delante. Me detengo en la abertura para decirle a Noah que entre, y vuelvo a cerrar la puerta.

Cuando enciendo la luz principal, lo observo. Su rostro asombrado me hace sonreír. Estamos en mi cuarto de canto.

-¿Te gusta?

Mi pregunta lo sobresalta, pues he vuelto a hablar a un tono de voz normal.

-La acústica es perfecta-le explico mientras rozo con los dedos las negras paredes tupidas.- ya que las paredes sólo permiten el sonido aquí dentro, sin que rebote ni se disperse por el resto de la casa. Tuvimos que construirlo luego de que los vecinos nos iniciaran una demanda debido a que cantaba muy fuerte.

En ese momento, Noah gira la cabeza y se ríe. De acuerdo, no es una carcajada, pero es un sonido igual de dulce en su brevedad. Es la primera vez que lo oigo reír.

Recorre con la mirada el piano de cola, las guitarras, las partituras, el mueble con todos los trofeos de mis concursos de canto y baile, los discos. Camina con lentitud de un extremo al otro, como si temiera que todo eso fuera a desaparecer.

-¿Por qué me has traído aquí?

Sigue sorprendido, y lo entiendo. Si me conociera más, se asombraría el doble si cabe, pues es la única persona de mi edad que alguna vez entró a este cuarto. Es mi rincón mágico, mi auditorio en miniatura.

-Mis padres no van a despedirte- le digo, desviando el tema- Ya hemos hablado de eso.

Deja de caminar e inquiere:

-¿Era ese tema del que hablaban hace unas horas?

Niego la cabeza y hago un intento sobrehumano en no sonreír.

-Tienen pensado darte trabajo hasta que tú decidas lo contrario.

Su rostro se cubre de una expresión que creo reconocer: alivio, quizás alegría. Aprovecho la oportunidad para murmurar:

-El dinero... ¿por qué es tan importante para ti?

Noah mira el techo un instante. Entiendo su reticencia, no es una persona que se caracterice por hablar de sus sentimientos. Y sin embargo ahí está, haciendo un intento.

-No es sólo para irme de Ohio. Cuando termine en McKinley, iré a Los Ángeles.

Ahora es mi turno de asombrarme.

-¿Los Ángeles?

-Planeo llevar adelante un negocio de piscinas. He averiguado bastante, y confío en que me irá bien.

-¿Y qué hay del football?

Se sienta en el suelo y hago otro tanto.

-No lo sé. No soy lo suficientemente bueno.

-Eso no es cierto. Eres el mejor de McKinley.

Arquea una ceja de forma pícara pero no dice nada, y decido continuar hablando.

-La escuela entera estará al tanto de las pruebas del lunes. Creo que posees el suficiente talento para conseguir la beca, pero depende sólo de ti.

-Sería un idiota si no me presentara, ¿cierto?

Observo su rostro y le respondo:

-No. Hubieras dejado pasar una gran oportunidad.

Mira hacia delante con los párpados entornados, asimilando lo que acaba de escuchar. Sin pensar muy bien lo que hago, sostengo su mano entre las mías.

-La vida se trata de elecciones, Noah. De saltos a ciegas. No vas a saber lo que realmente quieres hasta que no lo hayas intentado primero.- clava su mirada en mí, pero no percibo el deseo de que suelte su mano.- Las grandes oportunidades quizás definan nuestro futuro, pero surgen de pequeños riesgos que tomamos en el presente. Así que, ¿por qué no te presentas?

Antes creía que escuchar la risa de Noah iba a ser maravilloso, único. Verlo sonreír sin reparos es incluso mejor.

-Me gustaría que fueras a verme. Puedes terminar siendo mi estrella de la suerte.

Toco mi prendedor y sonrío.

-Lo prometo; allí estaré.