Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.


A Christmas love story

por Onmyuji


II. Es paz interior. Es vida nueva.


Cuando Higurashi Kagome despertó esa mañana del 25 de diciembre, creyó que se encontraba en un sueño. Entre nubes de vapor helado y la fría luz del cielo nublado colándose por la ventana, la azabache se dio una vuelta entre las cobijas, tratando de conservar el calor, buscando alcanzar entre sus brazos el cuerpo de su amado, desperdigado por ahí.

Se obligó a sí misma a abrir los ojos cuando no encontró su cuerpo junto al propio en la cama; descubriendo que, para su total descontento, el cuerpo de su amado ni siquiera se había hundido en las cobijas a dormir con ella.

Se dio la vuelta nuevamente y se llevó las manos a la cara, cubriéndola con una desesperación inusitada. De más estaba decir que la angustia que expulsaba por cada poro de su cuerpo no era rara ni poca, sino todo lo contrario.

Con esta ya había perdido la cuenta de todas las veces que su novio no llegaba a dormir, ocupado en cosas de trabajo. Ella lo entendía perfectamente pero estaba llegando al punto de la frustración sin remediar. Sus ausencias tan prolongadas, la distancia. Una larga y gruesa pared comenzaba a crearse entre ella y su amor.

Ahora comenzaba a preguntarse cuándo volvería. Si sería conveniente preparar el recalentado o simplemente cocinar un desayuno normal.

Se levantó sin darse tiempo a desperezar y sin cambiarse el pijama. Ni siquiera se molestó en pasar por el baño para asearse. Era Navidad. La noche anterior había esperado a su novio hasta las tantas de la noche-madrugada, con una cena elaborada que ella se había esmerado por cumplirle. Aguardando con ansias que dieran las 12 de la media noche para darle un regalo que con mucha ilusión le había preparado.

Y aún con esa promesa de volver temprano a casa, Inuyasha lo había arruinado todo.

Caminó hasta la puerta de la habitación, lista para enfrentar esa mañana olvidada en que su novio probablemente no regresaría hasta el atardecer. Y sus fiestas de Navidad se irían al desagüe.

Finalmente, giró la perilla y salió de la habitación que desde que se había mudado con él, hacía poco menos de un año, se había convertido en la de ambos. Grande fue su sorpresa al encontrar sobre la mesa del pequeño comedor restos de una cena ya fría y un joven de cabellos platinados bien acurrucado dentro de las mantas en uno de los sofás de la sala de estar.

Enternecida por la escena, caminó hasta el sofá y se puso de cuclillas a su lado, observándolo dormir. Acarició juguetonamente los mechones que caían traviesos por su frente y luego lo vio respingar, mientras se estiraba perezosamente en su sitio y luego abría sus ojos adormilados, curiosos.

—Buenos días.

Kagome sintió unos inmensos deseos de llorar por la forma en que él lucía tranquilo y casual, como si no hubiera ocurrido nada—. ¿Por qué no fuiste a la cama? —había un tono de angustia impreso en su voz.

—No quería despertarte. Preferí dormir aquí. La cena estaba aún caliente cuando llegué, por lo que asumí que recién habías ido a dormir. Debiste estar muy cansada de esperar tanto. —Él, a su vez, parecía preocupado por ella, mientras acariciaba suavemente su mejilla y la observaba de esa manera que provocaba que las piernas de Kagome se volvieran como fideos. Con esa devoción de los primeros días de ensoñación en el noviazgo.

Pero esos días habían quedado mucho tiempo al pasado. Y las cosas ahora habían cambiado.

—Debiste avisarme que llegarías más tarde. —reprendió ella suavemente, mientras se sentaba en el pequeño espacio que quedaba disponible en el sofá. Y no perdió de vista la reacción nerviosa de su amado que movió ligeramente, enrojecido.

—No pude a hacerlo. Se-... atravesó algo en el camino.

Kagome arqueó una ceja, dudosa de la explicación del chico de platinados cabellos, así que prosiguió—. ¿Emergencia del trabajo?

—No-... ¡Digo, sí! —Kagome frunció el ceño ante la forma en que él parecía nervioso por responder, pero una extraña y pesarosa sensación de decepción inundó su cuerpo. Hizo lo mejor que pudo para poner su mejor cara y se levantó sonriendo, aunque evitando a consciencia la mirada de su amado de ojos dorados.

—Entiendo. —Respondió sin decir más nada, rodeando el sofá y caminando hacia la cocina, revisando algunas gavetas y el frigorífico para buscar alguna cosa para comer—. ¿Quieres algo de desayunar?

—Estoy bien así. —Aseguró el chico mientras estiraba los brazos para desperezarlos y luego se tallaba la cara para quitarse los retazos de sueño del semblante. Luego pareció dudar un momento antes de agregar—, pero, ¿qué te parece si vamos a comer algo de ramen?

Kagome caminó hasta el árbol de Navidad mientras buscaba detrás de él y luego olvidaba su angustia y decepción previa, preguntando divertida—. ¿En Navidad, Inuyasha? —luego pareció encontrar aquello que buscaba ante el árbol y extrajo de su escondijo una gran caja envuelta con un precioso papel navideño y un gran moño rojo.

—Oh, vamos. Sabes perfectamente que nadie allá afuera celebra realmente la Navid-... ¿Qué es esto, Kagome? —El chico calló en seco cuando su novia volvió sobre sus pasos con aquel hermoso paquete y regalo navideño y, con una tierna y dulce sonrisa, habló.

—Feliz Navidad, Inuyasha.

.

Inuyasha no cabía en sí de felicidad mientras acomodaba cuidadosamente el furgón de su flamante y nuevo tren de juguete tras la maquinaria y el vagón que transportaba el carbón, pasando por el vagón comedor. Luego lo levantaba con más cuidado que el anterior y lo colocaba muy despacio sobre las vías.

Tras asegurarse que lo había colocado perfectamente en su lugar, tomó el control con que manipulaba semejante juguete y lo encendía, escuchando el sonido de la maquinaria haciendo un sonido parecido al auténtico 'chuu-chuu' de un tren de verdad. Soltó una risilla autosuficiente y encantada.

Delante del lavaplatos, enjabonando algunos platos, Kagome sonrió.

Sabía que había tomado la mejor elección del mundo al regalarle a su novio aquello que durante su infancia no había podido tener: ese trenecito de juguete navideño que nunca en su infancia había recibido.

Eran esos pequeños momentos juntos los que endulzaban cuidadosamente el corazón de Kagome, aquel que en los últimos tiempos parecía enfriarse y abrigarse en la tristeza de saber que tal vez Inuyasha ya no encontraba la felicidad en sus brazos.

Pensaba en eso con ansiedad cuando sintió el cuerpo de Inuyasha pegarse al suyo, rodearle la cintura con sus brazos y luego depositar un delicado y sensual beso en su cuello. La azabache se erizó al sentir el contacto de su piel y luego sus mejillas tomaron color violentamente.

—¿I-Inuyasha?

—¿Qué te parece si vamos a la habitación y pasamos una Feliz Navidad? —Kagome sintió que su estómago se vaciaba al instante para reemplazar aquella emoción distante y cruel que poco a poco poblaba su cuerpo y fue reemplazado por esa sensación de amoroso vértigo. Sintió el cuerpo de su amado cada vez más unido al de ella, mientras subía y bajaba un pequeño camino de besos sobre su cuello—. Y no creas que no tengo un presente para ti por Navidad. —susurró seductoramente en su oído, suspirando a consciencia contra él y casi provocando que Kagome desmayara de la emoción. Inuyasha, que hasta ese momento aún llevaba la ropa del día anterior, aprovechó ese momento de ensimismamiento de su novia mientras metía la mano dentro de uno de los bolsillos de su abrigo y rebuscaba el presente que tenía para su novia. Al no encontrarlo, cambió de bolsillo y repitió el proceso—. No. Puede. Ser.

Estaba jodido.

—¿Inuyasha? —se dio cuenta de que la ojiazul seguía esperando por alguna acción de su parte, pero el chico de los ojos ambarinos ya estaba lejos de ella. Con la mente volando directo a la oficina y escombrándola mentalmente. Pero ni siquiera en su mente fue capaz de dar una apropiada caza a su objetivo.

—Mierda. Lo olvidé.

Kagome parpadeó confundida mientras sentía que Inuyasha la soltaba para correr al sofá y rebuscar en él alguna clase de objeto extraviado. Sacó las manos del agua del lavaplatos y las secó con el mandil que llevaba puesto, más extrañada que nunca—. ¿Olvidar qué?

—¡No puedo explicarlo ahora! —Inuyasha lanzó los cojines del sofá de vuelta a su lugar mientras corría a la puerta de la casa, tomaba su chaqueta del trabajo y una bufanda roja que se colocó alrededor del cuello. Luego habló, decidido—. Necesito volver a la oficina.

La azabache, que hasta el momento le había seguido por la casa curiosa de su modo de actuar, finalmente estalló a modo de alarma al verlo tan alterado y decidido a salir de la casa. Se lanzó contra él, sosteniéndole por el abrigo. De pronto sentía que las piernas le temblaban—. ¡Pero Inuyasha! ¡Prometiste que pasaríamos la Navidad juntos!

—Esto es importante, Kagome. Volveré pronto. Lo prometo. —Objetó él, bastante alterado y nervioso mientras se soltaba bruscamente del agarre de su novia y abría la puerta de la casa y salía de ahí como alma que lleva el diablo.

Kagome se quedó quieta frente al recibidor de su pequeño hogar, con los ojos enormes y vidriosos observando la puerta que no se abría a la espera de que él se arrepintiera y volviera para pasar aquellas fechas tan especiales que para ella significaba muchísimo el pasarlas junto a él.

Pero eso no sucedió.

Y mientras sus pasos lentos y torpes comenzaban una pequeña carrera contra la nada, Kagome se limpió las lágrimas que salían de sus ojos desesperadas y con la voz pastosa y quebrada, le dijo al vacío de la casa—. Esto se acabó.


Miroku se paró en el umbral de la puerta de la oficina de Inuyasha, recargado y cruzado de brazos. Observó hacia el interior el terrible desastre que su estimado amigo había creado dentro de aquel pequeño espacio, con los archiveros descuidadamente tirados, papeles volando desde los estantes, la cesta de basura, los cajones y demás. Sabía que su amigo era usualmente descuidado, pero esta ocasión lucía particularmente alterado.

—¡Mierda, Miroku! ¡Te pedí que vinieras para que me ayudaras a buscar, no para que me vieras hacerlo! —El aludido suspiró cansado mientras ingresaba finalmente a la oficina y levantaba un par de papeles sobre el escritorio de su amigo, haciendo un nulo esfuerzo en ayudarle a buscar nada.

—Inuyasha, tengo tres hijos y una esposa adorable. ¿Te parece que es el momento perfecto para pedirme que te ayude a buscar el presente de la señorita Kagome? —Miroku se sentó en un pequeño y cómodo sofá mientras Inuyasha se arrastraba buscando entre los papeles desperdigados en el piso debajo del escritorio.

—Joder, Miroku. Realmente lo siento. —El azabache enarcó una ceja ante la voz acongojada de su amigo y siguió sus reacciones ocultas debajo de la mesa—. Yo... necesito encontrarlo pronto o Kagome se molestará conmigo. Ya suficiente tuve con lo que ocurrió anoche.

—¿Le dijiste a la señorita Kagome que pasaste la noche en la cárcel y que tu queridísimo amigo tuvo que salir a mitad de la cena de Noche Buena a sacarte de ahí? —Miroku lucía divertido mientras Inuyasha salía de debajo de la mesa y le daba una mirada enrojecida y avergonzada como nunca. Eso era un 'no' rotundo—. Bueno, creo que debiste comenzar por ahí.

—¡Yo no tuve la culpa! Además, arruinaría la sorpresa.

—¿No crees que la señorita Kagome se molestará por todo lo que le estás ocultando por la sorpresa? —Inuyasha realmente lo consideró durante unos momentos antes de volver a su búsqueda bajo una simple expresión.

—Nah. Kagome lo entenderá. La sorpresa lo vale. —Y mientras movía los papeles justo de lado del cesto de basura debajo de su escritorio, el teléfono móvil de Miroku sonaba, mismo al que el azabache dedicó una renovada atención al reconocer en la pantalla de su móvil el número de su casa. Simultáneamente, Inuyasha gritó feliz mientras trataba de salir del escritorio antes de golpearse con él.

Miroku no tardó en contestar—. ¡Sango, cariño! Estaba justamente pensando en ti. Estaba por llamarte y decirte que estoy en camino a casa.

Inuyasha alcanzó a escuchar lo que parecía un grito del otro lado de la línea en el móvil de su amigo y luego la actitud del azabache cambió de burla a dócil mientras repartía una serie de disculpas y palabras bonitas ininteligiblemente. Frunció el ceño mientras salía finalmente del escritorio con el obsequio de su amada novia y observó a su amigo colgar con la promesa de que iba camino a casa.

—Tú. Estás en problemas. —Inuyasha casi salta de sorpresa cuando su amigo habló, con el rostro serio y adusto, muy fuera de lugar de cómo era realmente. El joven de cabellos plateados pasó saliva lentamente al buscar mentalmente alguna razón por la cual la mujer de su mejor amigo le hubiese declarado la guerra tan abiertamente después de mucho tiempo.

—¡Keh! Yo no he hecho nada para merecer un castigo de tu mujer, Miroku.

—Tal vez. Pero mejor será que marches a casa. Ahora. —Inuyasha supo que su amigo ojiazul hablaba enserio. Quizás un poco preocupado o nervioso. Sin mediar más palabras con Miroku, el chico de ambarinos ojos asintió antes de precipitarse por la puerta de la oficina y correr como alma que lleva el diablo hacia su hogar. El aludido hombre de familia suspiró resignado mientras guardaba su móvil y salía de esa oficina, rogando porque las cosas no se pusieran feas de nueva cuenta.

.

Cuando Inuyasha llegó a su hogar, alguna media hora más tarde, encontró con total desanimo que la casa estaba vacía y que, si bien aún quedaban resquicios de su compañera de casa, ella ya no estaba. Y con una nota colgada bajo el árbol, Inuyasha encontró lo que sería la suerte de rompimiento a su relación que aplicaba Kagome con él.


Fin del capítulo II.


PS. ¡Hola de nuevo! Bueno, creo que ya vieron los indicios de lo que provocó lo del capítulo anterior, ¿qué no? La cosa aún no acaba, sólo tengan paciencia y verán :3 Por cierto, quedan dos capítulos más, por lo que el próximo estará largo. Quizás me demore un pelín, pero les aseguro que vale la pena toda la espera :D

Nos leemos pronto :)

Onmyuji.