Disclaimer: Inuyasha, Sengoku O Togi Zoushi es propiedad intelectual de Rumiko Takahashi.
A Christmas love story
por Onmyuji
III. Es camino que se abre para el tiempo.
—Pudiste esperar a que llegara a casa. Quisiera saber lo que ha provocado que tú ya no quieras estar conmigo.
Kagome tenía razón en las palabras implícitas que aquella voz ronca y seria proferían hacia su persona: había sido cobarde. Se mordió el labio, ahora arrepentida de la decisión que había tomado y cómo la había llevado a cabo, pero no iba a ceder esta ocasión. Porque no había vuelta de hoja.
—Estás ausente la mayor parte del tiempo. Me mudé contigo porque de esa forma estaríamos juntos más tiempo, pero parece que ocurre lo contrario. De pronto el trabajo se ha vuelto demasiado importante para ti y yo no puedo contra eso. —Kagome trató de conservarse a sí misma mientras hablaba, pero lo encontraba difícil porque las lágrimas querían luchar por salir y su garganta de pronto se cerró.
El chico de ojos ambarinos no tuvo las agallas de levantar la vista de su comida y verla. Una especie de acuerdo implícito que los ayudaba a mantenerse sobre su papel y no derrumbarse ante el otro.
Kagome le había citado ahí, su restaurant favorito. Él había llegado a la hora exacta, pero le daba la impresión de que la azabache llevaba esperándolo más tiempo siquiera del que reconoció.
Y ahí estaban ellos. En medio de un incómodo silencio alrededor de todos los comensales del lugar.
—Se acabó. Inuyasha. —Inuyasha detuvo su comida sin moverse ni levantar su cabeza del plato. Escuchó con atención la forma atropellada y temblorosa de la chica hablar y aguardó—. Iré a recoger el resto de mis cosas mañana, mientras estés en el trabajo. Así no tendremos que volver a vernos. —Inuyasha apretó con fuerza los palillos en su mano, hasta que se rompieron. La azabache no perdió detalle de aquello; aún así le ignoró. Al no recibir mayor respuesta de su novio, y al sentirse indignada e ignorada, se aventuró a hablar más—. Será como si fuéramos un par de desconocidos.
El silencio incómodo que los envolvió a ambos invitó a Kagome a dar por terminada esa conversación y al levantarse de la mesa para marcharse, Inuyasha fue más ágil que ella y alcanzó a tomarla de la mano antes de que ella diera final a su historia, a su relación.
A su amor.
—¿Qué quieres ahora, Inuyasha?
—No lo hagas. No ahora.
—¿Y entonces cuándo, Inuyasha? ¿Cuándo pisotees todos los trozos de mi corazón roto? ¡Por favor! —Esta vez, la voz de la chica ojiazul se rompió mientras las lágrimas salían desesperadas de sus ojos. El tono de aquella pequeña discusión escaló suavemente, lo suficiente para que permaneciera en el anonimato del restaurant—. Por favor, estamos en épocas de Navidad y fin de año. Acabemos con esto en paz y olvidémonos el uno del otro.
No, él no quería eso.
—No.
—¿Entonces qué es lo que quieres, Inuyasha? —La paciencia de Kagome finalmente se había agotado. Kagome giró su rostro hacia el chico para enzarzarse en un duelo de miradas.
—El Año Nuevo. —Kagome se libró del control que esos ojos ambarinos ejercían sobre ella y con la voz temblorosa, él agregó—. Sólo el Año Nuevo. Y apenes sean las doce... será como tú quieras.
El fuego quemó en su interior al escucharle hablar con semejante dureza y decisión. La última vez que ella recordaba usar ese tono, fue cuando terminó definitivamente con una novia, eligiéndola a ella por encima de cualquier otra. Aquel recuerdo hizo que las emociones se precipitaron por su estómago hasta su garganta y los colores suavemente se subieran hasta su cara.
—Nos vemos el 31, junto a la estatua de Hachiko a las 6. —Kagome se zafó del agarre de Inuyasha mientras se acomodaba la ropa y se ajustaba la bufanda en torno al cuello, dándose la media vuelta para salir del restaurant—. Hasta entonces, Inuyasha.
Entonces se marchó.
Y fue ese momento que Inuyasha se irguió correctamente sobre la mesa, echando al frente su plato a medio comer y resoplando furioso. Se cacheteó mentalmente y farfulló algunos insultos a su persona.
La había perdido. De la misma forma en que había jurado que aprovecharía esa oportunidad para intentar solucionar aquellas diferencias que no sabía que existían entre ellos y reconciliarse. Y ahora todo se había ido a la mierda.
Metió la mano en su abrigo y rebuscó torpemente aquel regalo no entregado que aguardaba ansioso una ocasión. Inuyasha entonces apretó la mandíbula y tensó sus nudillos hasta que blanquearon. Había perdido su oportunidad de oro y ahora sólo contaba con una última para hacer llegar ese regalo. Aunque para la forma en que se respiró la tensión cuando estuvieron juntos en aquel sitio, hacía no mucho.
Soltó aquel presente, escurriéndolo de entre sus dedos y pidió la cuenta antes de retirarse. Ya tendría la ocasión para buscar una segunda oportunidad, si tenía algo de suerte.
Kagome odió la forma en que se sintió mientras bajaba del metro, siendo empujada desesperadamente por las personas que luchaban ansiosas por salir del andén hasta la entrada principal. Se acomodó las faldas del vestido y se irguió apropiadamente, mientras subía los últimos peldaños que llevaban directo al parque de Hachiko y sintió la suave luz del ocaso golpeando su cara con ternura, anunciando que acababa el día y se acercaba el fin de año.
Nerviosa, sacó un pequeño estuche con polvo de su bolso y se observó en el espejo. Agradeció a todos los dioses que el maquillaje hubiese hecho milagros ocultando los párpados hinchados y las marcas rojas y oscuras de haber estado llorando.
Porque había estado llorando. Una eterna y larga semana sumida en una suerte de depresión profunda, que le seguía al haber dejado a la persona con quien había pasado los últimos seis años de su vida, luego de haber tomado la importante decisión de dar el paso.
Se sentía extrañamente rara ese día, presintiendo lo que acabaría ocurriendo antes de darle el tiro de gracia a su estado: estaría esperando hasta que se metiera el sol y luego, con lágrimas en los ojos, se odiaría mentalmente por haber creído que Inuyasha llegaría a la cita que él mismo le suplicó aceptar y luego ella daría por terminada una larga relación en la que lo había entregado todo.
Ya se estaba resignando mentalmente para darse la vuelta y volver por donde vino, cuando algo en la distancia, cerca del parque, la hizo detenerse y pensar en musarañas, con los ojos ligeramente vidriosos por las ganas de llorar que volvían a ella y un violento rojo surcando su rostro acompañado del latir desbocado de su corazón.
Porque ahí, a lado de la estatua, de pie y aferrado a la bufanda roja en su cuello (bufanda que ella alguna vez le tejió y que parecía lucir como un trofeo, orgulloso), estaba él.
Le dio la impresión de que sus pies echaron raíces sobre el suelo que pisaba, pero no supo cómo mierda agarró el valor para caminar torpemente hasta la estatua del perrito y se plantó frente al que ahora podría ir considerando su ex-novio, que casi de inmediato la notó y la observó, intensamente.
Ella estaba enrojecida hasta las orejas, pero con timidez bajó la cabeza y saludó—. Hola.
Él no quitó sus ojos de encima, captando que había decidido ponerse el abrigo rosa que le había regalado la Navidad de hace dos años. Se había concentrado tanto que por poco y no respondía a su saludo—. Ho-hola.
—Disculpa la tardanza. —Quiso sonar amable, tratando de encontrar algo por decir, ahora que las cosas estaban tensas con el otro y se sentía incómoda revoloteando a su alrededor.
Inuyasha, por su parte, siguió su mirada hacia abajo, nervioso y temblando, respondió a sus disculpas—. No te preocupes. Acabo de llegar. —Mintió. Pero no podía hacer obvio que tenía prácticamente toda la tarde casi esperando por ese momento. Ni tampoco lo mucho que deseaba estrecharla en sus brazos y aspirar su aroma.
—¿Nos-... vamos? —Inquirió ella mientras tomaba valor para avanzar en ese día y él respondió, estirándose hacia ella, con la esperanza de que pudiesen andar tomados de las manos. Ella tembló como espagueti ante tal ofrecimiento, pero rechazó el contacto al no hacer nada por aceptarlo o denegarlo.
El rechazo le pareció a Inuyasha una primera señal de alerta que despertó su curiosidad. Y la esquiva mirada de la chica lo hizo llevarse a la mente una primera pregunta—. ¿Estuviste llorando?
Kagome levantó la cabeza y clavo sus ojos perfectamente maquillados y camuflados hasta los dorados de él, que le observaban taimados y con el ceño fruncido. Solía ocurrir (y no era la primera vez) que él notaba esas cosas cuando ella las había ocultado perfectamente bien. Aún mantendría la mentira, porque él no merecía sus lágrimas y, mucho menos, saber la verdad —. ¡Por supuesto que no!
Resignado, Inuyasha asintió mientras se daba la vuelta y comenzaban a caminar casi dejándola atrás. Pronto ella le alcanzó, motivándole a hacer una nueva pregunta, lejos de lo cuestionado anteriormente—. ¿A dónde quieres ir? —Kagome se sintió extraña al notar la naturalidad con que él inquiría y luego iniciaban su camino hacia las concurridas calles de la ciudad, mientras sentía que las emociones se precipitaban por su estómago como si fuera la primera vez que salían.
—¿Podemos ir al Hikaire y luego a por uno de esos pasteles de crema de esa pastelería que acaban de abrir? —Ella soltó una risilla dulce e Inuyasha la observó por el rabillo del ojo, tratando de parecer indiferente a la tierna alegría que comenzaba a brotar del cuerpo de la mujer, como en los viejos tiempos de su relación.
—Seguro. —Kagome no dijo más nada al escucharlo hablar con ese tono de voz, tan serio, firme y seguro, que casi sintió que de pronto se le habían quitado las ganas de hablar. Como si todo frustrado intento de acercarse a ella hubiese sido rechazado sistemáticamente por ella. Pero es que era lo que tenía que ser. Las cosas entre ellos se habían terminado.
—¿O tal vez quieres que te acompañe a hacer la limpieza de fin de año? —Sugirió ella, de pronto considerando lo que estaba pasando entre ellos. O quizás arrepintiéndose de seguir con esa estúpida charada de intentar una última cita antes de romper definitivamente.
—¡Keh! Mujer estúpida, —la azabache frunció el ceño con una media sonrisa de lado al recordar esa forma tan poco educada que tenía él para hablarle de cuando en cuando—, pedí unos días libres en el trabajo y terminé la limpieza de la casa hoy por la mañana. —Kagome sintió que esas dulces emociones que se precipitaban en una larga carrera por su cuerpo se vaciaban y luego tuvo unas tremendas ganas de llorar. ¿Sería que había terminado de tirar todo aquello que le recordaba a ella, como preludio de su ruptura?
Se imaginó un departamento diferente, cambiado radicalmente, como medio de escape y olvido de su amor.
—Ya veo. —La conversación no parecía ir a ningún lado.
Igual que su relación.
Para cuando alcanzaron el centro comercial, el Hikaire, las cosas parecieron cambiar radicalmente. Con una sonrisa, embotados por los dulces olores de las cafeterías, la música y el ambiente festivo, Kagome se dejó llevar, emocionada. Atrapando con sus brazos el de Inuyasha, justo en la forma en que lo hacían siempre que salían, la azabache lo llevó por todo el lugar sonriendo y bromeando, olvidándose de todo.
Para cuando volvió de sus emociones, se convenció a sí misma de que, si esta sería la última ocasión que pasaría a lado de Inuyasha, se esforzaría por hacerla memorable y hermosa. Porque estaba convencida de que luego de esto, no volvería a ser capaz de enamorarse.
Se divirtieron como unos niños, olvidando los llantos, las tristezas, las diversiones sofisticadas y volviendo a su adolescencia, aquellos años en que siendo meros compañeros de colegio, se vieron plantados por sus amigos y tomaron toda la diversión que pudieron para ellos dos solos y anduvieron de aquí por allá como un par de críos haciendo travesuras a escondidas de sus madres.
Se entretuvieron en el arcade más tiempo del que pensaban, jugando videojuegos de carreras y luchas en las que Kagome solía derrotar sin piedad ni cuartel a un indignado Inuyasha que solía robarle los cupones canjeables por premios, pero que luego obtenía el premio más lindo de todos y se lo obsequiaba.
No se molestaron en atender la reservación que con mucha dedicación Inuyasha había solicitado con una semana de anticipación en un fino y exclusivo restaurant francés; sino que pasearon de cafetería en cafetería, probando toda la suerte de pasteles posibles y luego al entrar la noche, corrieron hasta un modesto pero hogareño carrito de ramen en el que comieron hasta que se satisficieron (para el total encanto de Inuyasha, cuya comida favorita era el ramen).
Y mientras ella se aferraba a su mano, encantada llevándolo de aquí por allá, él la empujaba para tomar impulso y dejarla atrás en carreras por todos lados, haciendo bromas y riendo como un par de locos.
Kagome se preguntó por qué no había vuelto a esos locas salidas antes y a recordar cariñosamente todos esos dulces momentos a lado de ese hombre que ella tanto amaba. Porque cuando estaba a su lado en medio de risas, alegría y felicidad, todos sus disgustos y miserias parecían una cuestión lejana, un simple y mal sueño del que sólo quería despertar y vivir al día en la alegría, como lo hacía en esos momentos.
Corrieron hasta la atracción principal y corrieron entre chorros de aguas de colores y mensajes divertidos anunciando el año viejo, viendo como las familias que paseaban se reían al verlos actuar como un par de niños. Inuyasha la tomó del brazo, risueño como nunca y luego ella lo retó en un juego de atrapados.
El adulto Inuyasha, el que nunca llegaba a casa sino hasta muy noche, el que la había plantado en Navidad y que le había rogado por una última cita antes de la inminente ruptura, sonrió altivo mientras aceptaba socarronamente unirse a ese juego del gato y el ratón.
Sus pesquisas y juegos (aquellos típicos de sus locos años de juventud) los llevaron corriendo hasta la azotea del centro comercial y mientras la gente se acumulaba en el sitio, Inuyasha casi saltó riendo infantil y socarronamente contra Kagome, atrapándola entre sus férreos brazos mientras la azabache reía como loca, divertida y feliz como nunca.
Ambos reían. Ambos eran felices.
Inuyasha jugó dándole un pequeño cabezazo contra la frente femenina y luego ella le alborotó el cabello feliz. Luego ambos fueron conscientes de que había demasiada gente sobre la azotea y se soltaron, componiendo las posturas ajenas y distantes.
Kagome buscó alguna señal de la hora en alguna parte, cuando descubrió el reloj en el centro de la azotea marcando las doce menos cinco—. Ya casi es Año Nuevo.
En ese momento, su acompañante metió las manos en los bolsillos y recordó que llevaba guardado ahí, oculto de curiosos, el pequeño obsequio navideño de Kagome. Y se cacheteó mentalmente por no haber encontrado una sola oportunidad para entregarle el presente a la mujer.
Y ahora todo había llegado a su fin.
Toda la semana se había negado a pensar en ello, bajo la excusa de que lo lograría antes de acabar el Año Viejo, pero había fallado. Había hecho una limpieza profunda en su hogar, ansiando secretamente que el Año Nuevo le trajera nuevas oportunidades para hacerla feliz, para que ella volviera a su lado. Pero había fallado. Y justo en ese momento, su cabeza gritó iracunda, temerosa de no poder vivir una vida sin ella.
Había un festejo general, aunque las campanadas aún no comenzaban, los gritos, las risas y la felicidad enmarcaban aquella alucinante despedida mientras las vidas del uno y del otro comenzaban a desenmarañarse.
Comenzó a tronar el cielo, como una señal celestial en la que ambos se enfrascaron jadeando de la expectativa.
Los fuegos artificiales chisporrotearon emocionados en el cielo, al mismo tiempo que las poderosas campanadas de algún templo cercano anunciaban que faltaban apenas unos segundos para que comenzara un año nuevo. Kagome frotó su brazo derecho, dando un paso hacia un lado para alejarse de su compañero, con las mejillas arreboladas por el frío.
Temblaba, pero ya no era por la temperatura, era por el miedo, por la expectativa.
Había llegado el momento.
Se dio la vuelta para ver a su acompañante, que lucía más concentrado en los fuegos artificiales de brillantes colores en el cielo nocturno, cuando una sonrisa nació en sus labios, anunciando al fin la despedida.
Pero aunque unos días atrás habría dado lo que fuera por acabar con ello de una buena vez, esta ocasión no pudo hacerlo.
Por eso había temblado con más fuerza al sentir la mano de Inuyasha apresándola y reteniéndola fuerte y cerca de él. Como listo para luchar por retenerla.
—¿Inuyash-...?
—Te beso ahora por última vez y a las doce nos encontramos como dos desconocidos. —declaró Inuyasha con la voz pastosa mientras tomaba ese rostro femenino, tratando de memorizarlo en su cabeza por enésima vez. Jamás olvidaría las facciones suaves y delicadas, los pómulos ligeramente rosados, los ojos azules, la nariz perfectamente definida; esos labios pequeños pero dulces. Ahora, justo ahora, Inuyasha se daba el lujo de aprenderse todos esos detalles que ahora estaba por perder. Entonces, se inclinó contra ella y depositó un beso en sus labios, mientras de fondo, en el cielo, los fuegos artificiales explotaban con algarabía, recibiendo un nuevo año.
Kagome sintió que las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras era besada y luego las mariposas se precipitaron frenéticas por cada rincón de su interior, inundándola con tanta fuerza que por un momento se sintió mareada. Fue tal el choque de ambos labios en su cuerpo, que sintió un calambre gracioso y dulce en la base de su espalda, en el mismo lugar donde él segundos más tarde colocaría su mano para asirla contra él.
Porque lo amaba. Porque sólo con él podía sentirse en las nubes. Tan así.
Cuando él se separó de ella al término de las doce campanadas, la soltó con ternura, pero no se detuvo a darle un último vistazo. Sólo metió las manos a su abrigó café, dio la media vuelta y se marchó, dejándola botada ahí, en medio del gentío en la azotea; circunstancias que Kagome aprovechó para largar las lágrimas que había estado conteniendo, con las luces artificiales anunciando lo que terminaba y comenzaba en un ciclo sin fin.
Había acabado. Su relación. Porque el año nuevo recién había comenzado.
Fin del capítulo III.
PS. Okay, probablemente deben pensar qué mierda está pasando aquí. No quise entretenerme mucho en la cita, ya que sería una cita muuuuy larga y la verdad nunca he sido muy buena con eso. Preferí hacerlo corto y llenar de significado lo poco que conté sobre ella, para darle más fuerza al final del capítulo y la subsecuente ruptura.
El próximo capítulo es el último, chicos y chicas X3, ya casi está terminado, así que espero en los próximos días terminarlo y subirlo X3. Y todo se arreglará, ustedes tranquilos. Pero al menos ya vieron lo que está pasando y qué están haciendo estos dos. Espero que el capítulo les haya gustado y esperaré con ansias sus reviews :3
¡Nos leemos!
Onmi.
