Este fanfic está protegido por Safecreative. No apoyes el plagio.

Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.

Agradecimientos a; VickoTeamEC y Sol Cullen. Sin ayuda jamás habría publicado este fanfic. Gracias por la paciencia y por ayudar a ordenarme, las adoro.

Find the way to heaven.

Capítulo Uno.

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Mi vista se perdió por el salón, los invitados comenzaron aplaudir fuertemente cuando de pronto, lo vi.

Desde la punta de los pies sentí un intenso calor que me recorrió en un par de segundos, dejando una sensación horrenda en mis entrañas y un latido frenético resonando en mi pecho. Luego, sentí un vacío y todo se congeló. Un frío gélido y espectral envolvió mi cuerpo, un frío conocido y angustiante; pude sentir mi pulso acelerado en los oídos, mi cuero cabelludo picaba y mi vello estaba erizado. Ese frío sólo podía significar algo... mantuve los ojos cerrados tratando de olvidar la escalofriante escena.

Siempre era espantoso, la angustia me carcomía por dentro y un terror espeluznante se apoderaba de mí. Me paralizaba y me hacía temblar. No lo quería, otra vez no. Un nudo implacable me estrujó la garganta y mis ojos se humedecieron con frías lágrimas de dolor, decepción y miedo. No lo podía evitar. Siempre era igual. Tomé una respiración profunda para descartar las lágrimas, me armé de valor y abrí los ojos. El ángel caído desde el cielo seguía mirándome, me sonrió dulcemente y supe perfectamente que en esta habitación..., yo era la única que podía verlo.

"!No, no, no! ¡Aquí no, por favor!", repetí mentalmente. No quería tener un ataque de pánico en ese lugar. El ángel seguía mirándome fijamente, con una sonrisa triste; sus ojos color jade me dejaron estupefacta.

Comencé a caminar hacia la salida de la casa tratando de ignorar el frío que se apoderó de mi cuerpo; mis rodillas de pronto comenzaron a pesar, dificultándome el caminar. Prácticamente debería estar acostumbrada a este tipo de apariciones, pero nunca es suficiente…, ninguna persona en el mundo se puede acostumbrar a ver gente muerta.

Salí de la casa sin despedirme de nadie, ni siquiera creo que notaran mi ausencia. Quizá sólo las personas que empujé en mi arranque de histeria y desesperación por salir del lugar.

Corrí por el sendero hasta la calle principal, necesitaba irme cuanto antes de ahí. Podía sentir mi corazón palpitando salvajemente en mi pecho, ni siquiera era consciente del clima, había un frío gélido que no abandonaba mi cuerpo. Tomé el metro sin mirar atrás, sentía que si lo hacía me volvería completamente loca o por lo menos más de lo que estaba en ese momento.

Domingo por la tarde en Nueva York, es como cualquier otro día de la semana, las personas se amontonan en los trenes para ir a sus destinos…, yo estaba de pie con la mirada perdida. Cuando estuve un poco más tranquila mi mente comenzó a divagar sobre lo ocurrido, cerré los ojos tratando de olvidar aquella imagen espectral de la cual fui la única testigo. Aún podía sentir su mirada en mí, un escalofrió recorrió mi cuerpo y tuve ganas de huir. Tenía la sensación de que estaba ahí, en ese vagón. No tenía salida…, no la había y eso me desesperaba.

Llegué a casa casi cuando anochecía, estaba cansada mentalmente y tenía hambre. Subí al hasta el piso de mi residencia y el calor de mi hogar me dio la bienvenida. Cerré la puerta automáticamente, no quería estar sola pero ¿Con quién podía estar? Ese tipo de situaciones siempre me habían dejado así: sola.

No tuve amigas por la misma razón, una niña que hablaba sola o que jugaba sola suele considerarse como una estúpida, pero no, yo no era así. jamás estuve sola, aunque muchas veces quise estarlo. Mis ángeles siempre estaban a mi alrededor, los ignoraba la mayoría de las veces, por eso miraba mis zapatos cada vez que caminaba hacia algún lugar; cada vez que hablaba, ellos estaban ahí, sólo para mirarme. Nunca les permití acercarse a mí, sentía que me volvería completamente loca.

Pero aquellos ojos…, aquellos ojos dulces y malditamente escalofriantes me dejaron estupefacta, no había podido olvidarlos en lo que siguió de la tarde y necesitaba olvidarlos; necesitaba hacer mi vida con algo de normalidad.

Me desvestí rápidamente, me metí a la cama con una taza de chocolate caliente; prendí el televisor, escuchando todo y a la vez nada, sólo la luz de la pantalla alumbraba la habitación. Descansé un poco y en algún momento mis ojos se cerraron. Al final del día sólo supe que, como siempre, había sido una mala idea ir a ver a Renée.

Mi cuerpo comenzó a sentirse extraño, me removí inquieta tratando de no abrir los ojos y seguramente, desvelarme…, pero fracasé inmediatamente. Me senté en la cama enfurruñada conmigo misma al no poder quedarme tranquila y dormir, la televisión seguía prendida, iluminando la habitación por completo. Bostecé y comencé a pasar los dedos por mi largo cabello, que a esas alturas de la noche era un verdadero caos.

Me levanté por un vaso de agua a la cocina, mis pies prácticamente se arrastraron por el suelo y caminé con la mirada hacia abajo. Brevemente recordé los ojos color jade, esos malditos ojos que me tenían desvelada a las cinco de la mañana. Suspiré tratando de tranquilizarme. No podía estar molesta con algo que no existía, algo que no era de este mundo.

"Todo está en mi cabeza, todo está en mi cabeza", me repetí mentalmente mientras volvía a mi habitación, cosa que jamás debí hacer.

Me quedé completamente atónita ante la escena que vieron mis ojos. Él ángel estaba de pie mirando por la ventana de mi habitación hacia un Nueva York que debería dormir, pero Nueva York jamás descansaba.

Quería preguntar y saber cómo, cuándo, dónde y el por qué estaba ahí, en mi habitación, en mi departamento y en mi vida. Le vi suspirar profundamente, cerró sus ojos, quizá tratando de olvidar algún mal recuerdo, quien sabe. Tuve la sensación de que el ángel sufría mucho.

Intenté moverme del umbral de la puerta pero mis pies no respondieron, sentí cómo mi respiración se dificultaba y aquel conocido frío espectral se apoderaba de mi cuerpo seguido por el miedo y la incertidumbre. Tuve miedo, mucho miedo, sentí un sudor frío en las palmas de las manos y un hormigueo en el cuello. Estaba frente a una situación que había vivido toda mi vida, algo con lo que crecí y jamás supe por qué me pasó a mí.

Me armé de valor e intenté hablarle, preguntarle qué le ocurría, pero mis palabras se quedaron atoradas en mi garganta; la sensación se intensificó aún más cuando el ángel levantó el rostro y su mirada se encontró con la mía provocando que mi corazón se detuviera. Tragué saliva y cerré los ojos inmediatamente, no quería ser estudiada por aquellos ojos verde jade que me miraban con un terrible desconsuelo.

"Mierda"… prácticamente corrí hacia el baño para encerrarme. Comencé a llorar, tenía miedo y quería salir corriendo de mi departamento.

"Que se vaya, que se vaya al infierno si es preciso, pero que me deje en paz", pensé entre sollozos y un terrible caos mental.

No sé exactamente cuántos minutos u horas estuve encerrada. Abrí los ojos, noté que me había quedado dormida sobre la fría baldosa del cuarto de baño, me puse de pie y aproveché que estaba ahí para ducharme y lavarme los dientes. Salí con desconfianza hacia mi dormitorio, no quería tener una escena como la de la noche anterior. Gracias al cielo no había nadie. Me vestí rápidamente y no fui consciente de cómo mis pies comenzaban a desplazarse hacia el trabajo.

—Isabella, ¿tengo que repetirte que entrabas hace cinco minutos? Es la segunda vez, muchacha. Ahora, a trabajar. —Esme me regañó, pero mi mente estaba en cualquier lugar menos ahí.

Me puse el delantal y comencé a trabajar sin decir ninguna otra palabra.

Como todos los lunes deseé que llegara el domingo para no ir a trabajar. Al parecer, las personas quieren tomar más café de lo normal en las fiestas decembrinas.

Suspiré completamente agotada cuando dieron las nueve de la noche.

—Querida, perdóname por regañarte en la mañana. Pero es que tú sueles ser muy responsable. ¿Te ha ocurrido algo? —preguntó la señora Esme.

"Nada del otro mundo, es sólo un fantasma que me acosa", pensé. Casi reí por mi mal chiste. Casi.

—No, disculpe. No me siento del todo bien —declaré limpiando las copas sucias. La señora Esme negó con la cabeza.

—Deberías ver un médico —propuso.

"Oh, créame que ya los he visto, mi madre me llevó a tres psiquiatras y dos psicólogos. Estoy loca, ya me lo han dicho".

—Lo tendré en cuenta —mentí.

—Bien, ahora deja eso. Mañana espero que llegues a la hora, si te sientes mal no dudes en avisarme. Adiós, Isabella.

Me fui prácticamente arrastrando los pies hacia mi casa, ni cuenta me di cuando ya estaba en el living tomando una taza de leche.

Mis pasos me guiaron hacia mi habitación, prendí la luz y miré adentro, estudiándola por completo, hasta el más mínimo detalle.

—¿Qué haces aquí? —pregunté a mi peluche de Mickey tirado en medio de la habitación.

Era el último recuerdo que tenía de mi padre y lo conservaba como un tesoro. Seguramente había caído de la cama a causa de un terremoto, cosa que, si hubiera ocurrido, no sentí en lo absoluto… Unos ojos verdes vinieron a mí como una aparición.

—El ángel —murmuré.

Me puse pijama y me metí a la cama, rogando poder dormir de corrido hasta el otro día. Di vueltas y más vueltas, mis ojos no querían cerrarse. No supe exactamente cuánto tiempo estuve así, solamente fui consciente que antes de cerrar mis ojos…, vi una silueta oscura de pie junto a la ventana, observándome.

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Hola mis lindas, primero que todo MUCHAS gracias por leer este pequeño fanfic, los capítulos no son muy largos, pero voy actualizando constantemente.

GRACIAS por sus comentarios, me encanto saber que les gusto el prefacio, ahora sabemos un poco más sobre lo que le sucede a Bella.

Como siempre, sus comentarios con mi única paga y me hacen muy, muy feliz.

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Un beso y abrazo enorme. Las quiere, Anie.