¡Este fanfic está protegido legalmente! No apoyes el plagio.
Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.
Agradecimientos; VickoTeamEC y a SolCullen, Gracias por el apoyo y ayudarme, las adoro.
Capitulo dos.
"Ignóralo, Ignóralo", me repetí mentalmente cuando vi al ángel caminando justo a mi lado de camino al trabajo.
Durante las últimas dos semanas el ángel no me había dejado en paz. Lo veía a cada minuto del día. Quise ignóralo para que él se diera cuenta que no podría sacar nada de mí, que yo no lo podría ayudar ni ahora ni nunca; pero al parecer era terco y no se daba por vencido. No podía negar que aún me daba algo de temor sentirlo cerca, pero a medida que pasaban los días, sus apariciones me resultaron menos terroríficas.
Hoy era veinticuatro de diciembre y Nueva York sólo se podía describir en una palabra: caos.
La jornada de trabajo fue más tranquila, a esas alturas nadie se detenía a tomar café; las compras de última hora tenían a las personas histéricas.
El ángel de cabello cobrizo y ojos jade estaba de pie mirando los exquisitos pasteles de la vitrina, lo miré de soslayo y pude ver cómo se saboreaba la boca con la lengua. Debo admitir que su gesto me causó algo de ternura.
—Feliz navidad, Isabella. —La señora Esme me entregó un presente y me sentí completamente estúpida por no tener absolutamente nada para ella. Debí comprar algo.
—Gracias, señora Esme. Lo siento, yo no…
—No te preocupes, querida. Créeme, bastante regalo me haces con soportarme tanto tiempo. Ahora arregla tus cosas para que pases una linda navidad —dijo sonriente y sin más se fue a su oficina.
Suspiré frustrada, no me gustaban para nada cualquier cosa que tuviera que ver con las fiestas decembrinas.
El ángel, como si fuera un guardaespaldas, me acompañó de regreso a casa. En todo ese tiempo no le había dicho algo y mucho menos él a mí, cosa que agradecía infinitamente. Mi ley del hielo debía dejarle muy claro que yo, Isabella Swan, no lo iba a ayudar en lo más mínimo. Sólo esperaba que se diera cuenta lo más pronto posible y me dejara en paz de una vez por todas.
Mi árbol de navidad era pequeño y sólo había un regalo debajo de él: el regalo de la señora Esme. Ordené la mesa de la sala y prendí la televisión. Luego el teléfono sonó.
—¿Bueno? —respondí al llamado, el número no estaba identificado.
—Hola, Isabella, soy Renée —saludó mi madre desde el otro lado de la línea.
—Hola… —No sabía qué decir porque, la verdad, estaba completamente ruborizada tras recordar el episodio de hacía ya más de dos semanas, cuando abandoné su fiesta de cumpleaños de forma inesperada.
—¿Estás bien? Te fuiste de mi casa sin despedirte. —Podía apostar que estaba mirando sus uñas perfectamente cuidadas mientras hablaba. Suspiré profundamente.
—Más de lo mismo. —No quise mentir, ella sabía perfectamente de lo que estaba hablando. Se quedó en silencio por unos segundos.
—Isabella, sabes que eso, está en tu cabeza. Puedo conseguir algún buen psiquiatra para ti. Tengo mucho dinero ahora y…
—No.
—Isabella, no puedes seguir así. Esa locura que traes de las visiones te afecta. Estás sola, no tienes amigos, no tienes novio… Deberías dejarlo, te volverás realmente loca. Un buen psiquiatra puede ayudarte.
—¡No estoy loca! —grité con lágrimas en los ojos. No estaba loca, no lo estaba.
—Está bien —ella suspiró profundamente—. Llamaba para desearte feliz navidad y bueno, estoy en Las Vegas así que no vayas a casa. —"¿Qué no fuera a su casa? ¡Diablos! ¿Qué tipo de madre dice eso en navidad?". La ira comenzó a apoderarse de mi cuerpo.
—No pensaba ir a estropear tus planes. Que tengas una linda navidad con tu familia, mamá. —Y sin más, corté la llamada.
Limpié mis lágrimas con el dorso de mi mano, pero era inútil. Me largué a llorar como si tuviera cinco años, extrañaba a mi padre… él fue el que siempre me entendió y protegió de Renée
"¿Por qué papá, por qué te fuiste cuando yo aún te necesitaba?"
Sollocé más fuerte y caí al suelo sintiéndome una mierda. Mi vida era una porquería… Renée tenía razón, no tengo nada, ni siquiera una mascota a quien amar y lo peor de todo es que nunca me había afectado tanto la soledad como en ese momento.
Prácticamente me arrastré hacia la ventana de mi habitación y miré en completa oscuridad los departamentos del edificio que está justo al frente del mío. Mis lágrimas cayeron silenciosas al mirar cómo las familias compartían, como estaban todos juntos tomando chocolate caliente…, sonrientes.
Me senté en el piso, apoyé la espalda en la fría pared de mi habitación y me llevé las rodillas hacia el pecho, abrazándolas. Solté un sollozo desde el interior de mi alma, dejando salir todo aquello que trataba de ocultar día a día.
Pude sentir un frío familiar viniendo hacia mí, aquel frio interior que se apoderaba de mis sentidos y me dejaba completamente aturdida.
Cerré los ojos, no quería verlo, no quería que él me viera así. ¿Cómo podría ayudarlo cuando ni yo misma podía ayudarme a tener un motivo por el cual vivir?
Podía jurar que estaba de pie, justo a mi lado, pero me negué a abrir los ojos y mirarlo. Tenía la sensación de que al ver sus ojos verdes me sentiría peor.
—Los ángeles no lloran. —Escuché de pronto una voz celestial a mi lado, apenas un susurro que me robó el aliento.
Abrí los ojos con el corazón latiendo a mil por hora, él estaba de pie justo al lado de mi cama. El ángel me sonrió y luego se desvaneció como por arte de magia.
Me puse de pie rápidamente, sacudí la cabeza tratando de olvidar lo que acababa de suceder…, pero su voz era tan suave, tan esperanzadora, que me provocó un escalofrió de los pies a la cabeza. Por primera vez, no sentía miedo de verlo.
Caminé por mi departamento buscándolo, pero no estaba por ninguna parte, "¿a dónde rayos se había ido?". Justo en ese momento, cuando decidí que no quería sentirme sola él se marchó…, quizá para siempre. El pensamiento me dejó confundida y triste a la vez. En esas dos semanas me acostumbré a tener (en parte) a un ángel guardián siguiéndome a todas partes, haciéndome sentir menos miserable.
Fui hacia el baño y lavé mi rostro, olvidando las lágrimas que adornaban mis mejillas minutos atrás. No quería llorar por Renée o por Charlie, ni siquiera por mí. Dejé salir el aire de mi cuerpo, mirándome al espejo. Vi a una mujer de veintidós años; de cabello castaño, largo hasta la cintura y con suaves ondas en las puntas; un rostro pálido y ojeroso, mis ojos marrones estaban hinchados y mi pequeña nariz respingada, enrojecida a causa del llanto.
Quizá el ángel se asustó por mi aspecto y esa fue la causa por la que desapareció. El pensamiento me hizo sonreír como una tonta.
Llegué a mi habitación y saqué mi polvorienta cajita de maquillaje, había algunos productos sin abrir y trajeron a mi memoria a Renée cuando era más joven. Su cabello castaño claro cayendo sobre su espalda, cómo solía maquillarse para salir a algún evento que mi padre, Charlie, detestaba y cómo yo solía mirarla desde lejos. Ella me había enseñado muchas cosas: a tocar el piano, a leer y a maquillarme, me corregía constantemente cuando caminaba en tacones con las rodillas flexionadas e incluso solía darme lecciones de moda. Estaba claro que yo nunca fui el tipo de hija que ella quería: una chica de vestidos, tacones, maquillaje y compras. Alice había llegado a su vida para cumplir aquel papel que yo jamás quise interpretar.
Pero esta noche, era diferente...
Maquillé mi rostro con delicadeza, apliqué sombra de ojos en tonos suaves, rímel, labial color coral y un poco de rubor. Caminé hacia mi closet y saqué un vestido que me regaló Renée hacía tres años y que jamás había usado… "Solo espero que me quede bien".
El vestido era color lavanda, hasta un poco más arriba de la rodilla, con un pequeño escote en el busto que dejaba entre ver la poca carne que tenía en aquella parte; era de mangas largas y se amoldaba perfectamente a mi figura.
Fui hacia la sala, agradecí tener la chimenea encendida, debí ponerme medias, pero ya era tarde. Me preparé un chocolate caliente con un emparedado, prendí la tv y me olvidé de mis miserias sólo por unos segundos.
No supe cómo o en qué momento el chocolate caliente fue reemplazado por una o más de una copa de vino. Brindé por mi soledad, le di un buen sorbo y sonreí con nostalgia.
De pronto, mi vista se quedó fija en aquel hermoso instrumento y mis recuerdos hicieron acto de presencia. Mi corazón latió con fuerza, "¿seré capaz de tocar nuevamente?".
Me levanté inconscientemente del sofá y tambaleándome un poco, llegué hasta mi hermoso piano color marfil. "¿Desde hace cuántos años está aquí?".
Levanté con lentitud la tapa que cubría cada una de las teclas y soplé un poco para que el polvo desapareciera.
Años…, años habían pasado desde la última vez que mis manos se deslizaron en perfecta sincronía. Busqué algún pentagrama y dejé mi copa de vino sobre la mesa, necesitaba concentración.
"Solo espero no romper vidrios", pensé respirando profundamente.
Cerrando mis ojos estiré los dedos, los moví…, quizá no estaba lista, pero el recuerdo de mi padre merecía que yo tocara un poco. Desde su muerte me había hecho la desentendida, pero necesita sellar esa herida en mi corazón que me carcomía por dentro día a día; necesitaba sanar, necesitaba perdonar.
Con la mente algo obnubilada por culpa del alcohol, fijé el dedo pulgar de mi mano derecha en el Do central, habían pasado tantos años que ahora necesita mirar. Luego, puse mi atención al pentagrama, reconociendo las primeras notas de la clave de Sol y recordando que en la clave de Fa son dos notas más… "Do es un Mi, Mi es un Sol" repetí mentalmente, forzando mi mente a recordar, había pasado tanto tiempo…
Inspiré profundo y dejé mi alma fluir, necesitaba eso, necesitaba sentirme más liviana, viajar a aquella parte de mi vida donde no había sufrimiento, donde alguna vez, todo fue infinitamente mejor.
Con una cadencia lenta y pesada dejé caer mi mano izquierda sobre la primera nota del acorde y no pude evitar sonreír al escuchar que había sonado perfecta. Emocionada, repetí el movimiento hacia la siguiente armonía y así, las primeras notas de Gymnopédie Nº1 inundaron la habitación.
Mi corazón latió incesante dentro de mi pecho cuando le tocó el turno a mi mano derecha, para que la melodía sonara en perfecta simetría y unión. Una, dos, tres notas limpias, hasta que llegó el cambio de movimiento y el sonido fue un horror.
"¿Qué esperabas, Isabella? Tocar el piano no es como andar en bicicleta", me regañé mentalmente por haberme ilusionado tan rápido con que esto saldría bien.
Nuevamente comencé, se lo debía a Charlie, me lo debía a mí. Pero, otra vez, al llegar al cambio de movimiento el sonido discordante y mal sonante se hacía presente para arruinar mi interpretación. Suspiré con tristeza, esto había sido una tontería, quizás era mejor dejarlo. Con mis ojos comenzando a inundarse de lágrimas, por sabrá Dios qué razón, miré él pentagrama y repasé mentalmente cada una de sus notas en un desesperado y último intento…
—Lo que pasa, es que estás tocando un Do en vez de un La… —dijo una voz celestial, en esta ocasión, fuerte y claro.
Di un respingo de la impresión y mi corazón latió amenazando con salirse de mi pecho.
"¡El ángel ha vuelto!"
Frenética, lo busqué con la mirada. Pero tan rápido como había llegado, también había desaparecido.
"¿Por qué me hace esto?"
Mi tristeza se profundizó, ni siquiera era buena compañía para un espectro. Observé las notas en la parte que me equivocaba y me di cuenta que él, tenía razón. Quizá, si esta vez la interpretaba bien, lograría que él regresara.
Con mis lágrimas rodando libremente por mi rostro comencé nuevamente, cuando…
—Mi hermano también tocaba esa melodía cuando se sentía triste. —Esta vez, no desapareció.
Él estaba sentado a mi lado en el banco del piano, con una sonrisa adolorida instalada en sus fantasmagóricos labios; y a mí, no se me movía un solo músculo por la impresión. Por primera vez lo vi muy de cerca y pude sentir cómo el frío comenzó a desaparecer. ¡Quería decirle tantas cosas! ¡Quería preguntarle! Pero las palabras no salieron de mi boca, estaba seca.
—Creo que te estoy fastidiando —murmuró y un escalofrío recorrió mi columna vertebral—. Debería dejarte, estoy interrumpiendo en tu vida y sólo vine a decirte adiós.
El ángel se había dado por vencido. Mis ojos se abrieron impresionados y rápidamente cerré la tapa del piano. Por alguna razón desconocida, el pánico se apoderó de mí, no quería que él se marchara.
—No te vayas… —No supe por qué dije eso.
Sus ojos me miraron profundamente, provocándome un estremecimiento que nada tenía que ver con su presencia. Sus ojos eran hermosos, unas intensas orbes color jade, sus cejas y sus pestañas eran pobladas, su nariz recta y a pesar de que su piel era traslúcida, podía ver con exactitud que cuando vivía era de tez clara. Él me sonrió cálidamente y bajó su mirada.
"¿Qué pensará?", me pregunté por unos breves segundos, no sabía qué decirle o cómo comenzar a dialogar con él, me sentía un tanto idiota porque a los ojos de cualquier persona "normal" estaría como boba mirando hacia la nada y me creería una desquiciada por hablar sola.
—¿Co…cómo te llamas? —Me armé de valor y le pregunté, aún mirándolo. No quería que él desapareciera de mi vista.
—Depende del día —susurró con una hermosa sonrisa torcida, quise matarme en ese momento y reunirme con él.
—¿Cómo te llamas hoy? —Por primera vez en mucho tiempo sonreí.
—Hoy me llamo Jasper. —Rió. Fruncí el ceño… Jasper era un nombre horrible.
—Yo soy…
—Isabella.
—Bella. —Lo corregí inmediatamente. Él sonrió negando con la cabeza, su sonrisa era agradable, pero no demostraba alguna otra expresión que no fuera tristeza. Me permitió observar sus alineados y blancos dientes que me dejaron deslumbrada.
—¿Tocabas? —preguntó con un dejo de burla, quise golpearlo y me sentí mal por el pensamiento.
—Intentaba tocar —admití con una sonrisa avergonzada.
Él se me quedó viendo y correspondió a mi sonrisa.
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Hola mis lindas, les dejo esta actualización. Espero que les haya gustado leer a mi "ángel", ahora saben un poquito más sobre Bella, de cómo es su vida y sobre lo que su madre, Renée piensa.
¿Qué les pareció? Espero sus opiniones jeje.
Como siempre sus comentarios son mi única paga y me hacen muy, muy feliz.
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Un beso, las quiero mucho.
Atte; Ani Cullen.
