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Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.

Agradecimientos;VickoTeamEC y a SolCullen, Gracias por el apoyo y ayudarme, las amo.

Capítulo tres.

No sé como sucedió, pero al pasar los días mi "amistad" con Jasper-Emmett-Marcus-Anthony-Edward fue creciendo. Él solía cambiarse el nombre cada día, inventando uno nuevo o quizá recordando a alguien cercano. Los cinco anteriores eran los que más usaba. ¿Cuál era su verdadero nombre? La respuesta todavía era un gran misterio para mí.

Su presencia ya no me incomodaba, al contrario, él me acompañaba constantemente y aunque sonara descabellado, cuando estaba a mi lado me hacía sentir un poco mejor. Tenía una extraña necesidad de estar cerca de él y eso es lo que realmente me asustaba.

Cuando trabajaba por las mañanas él me dejaba sola o simplemente se quedaba para admirar los pasteles de la cafetería. En ningún momento hablamos de nuestras vidas o más bien, de su vida pasada; no sabía absolutamente nada de él y eso me provocaba tristeza. No quería indagar en sus sentimientos o en su vida, pero él estaba en este lugar por algo… algo en lo que yo no sabía si podría ayudarlo.

Era veinte de enero y el frío era insoportable. La señora Esme había cerrado el café por unas semanas porque se había ido de viaje a Europa con su esposo. Por lo tanto, yo tenía unas mini-vacaciones en las que aproveché para estar todo el día en casa. No me gustaba salir a congelarme como aquellas personas que tenían la necesidad de andar por ahí comprando alguna tontería o simplemente matando el tiempo.

Lo que tenía en mente era pasar toda la tarde en cama, quizá comiendo alguna chatarra y viendo televisión. Pero Anthony (como se había hecho llamar ese día) no me dejó ni un minuto.

—No puedes estar aquí un viernes por la noche — me recriminó. ¿Qué quería que hiciera? ¿Qué fuera a bailar algún local sola? "Oh no, gracias".

—Créeme cuando digo que puedo. Y lo haré —dije altanera.

Le escuche reír bajito, levanté la mirada y lo vi en donde siempre: sentado en el piano, mirando hacia la nada. Sus ojos estaban inundados de tristeza y mi corazón se detuvo por unos instantes.

—¿Qué sucede…? —No tenía idea de cómo llamarlo, así que opté por uno de sus nombres al azar—. ¿Emmett?

Él suspiró, se desvaneció un instante y luego apareció de nuevo, frente a la ventana, mirando hacia un ajetreado Nueva York.

—Es sólo que…, extraño la sensación de pasarla bien con amigos, salir, beber y tener citas con chicas.

—Creo que soy mala compañía incluso para ti, que eres un fantasma —refunfuñé.

Rápidamente me di cuenta de la estupidez de mis palabras, porque al mirarlo él sólo bajó su mirada cargada de nostalgia y se esfumó, dejándome un sabor amargo.

"Oh, mierda"

Me levanté del sofá y fui a mi habitación rápidamente, él solía refugiarse en ella, pero no estaba… mi ángel no estaba y unas finas lágrimas hicieron acto de presencia.

—Cuanto lo siento —musité mientras secaba una lágrima. Le había hecho sentir mal cuando él sólo acompañaba mi miserable vida.

Era un asco de persona, jamás podría ser una buena compañía para nadie, por esa razón estaba destinada a estar sola. Cada día que pasaba me sentía más miserable y solitaria.

Lamenté haber soltado aquella tontería. Mi ángel me cuidaba, estaba a mi lado y sólo de pensar en que él me dejara me ponía ansiosa.

—No llores. Sabes que odio verte llorar —dijo y se me escapó un sollozo.

—Lo siento, lo siento tanto… No debí decir eso. —Me giré y lo vi. Él estaba de pie en la puerta de mi habitación.

Una hermosa sonrisa se reflejó en sus labios y caminó con pasos firmes hacia mí. Me robó el aliento.

—Discúlpate contigo. No deberías pensar así de ti.

Una de sus manos acarició mi mejilla, me estremecí ante el frío tacto. Se sentía tan extraño… y mi corazón por alguna loca razón comenzó acelerarse. Eso era algo totalmente nuevo, nunca me había tocado, ni me había mirado de aquella manera tan intensa.

Mi corazón latió enfurecido y no pude reconocer si era por miedo o… por algo más.

—Yo…, yo sólo…, quiero que me perdones por lo que te dije. — Su ceño se frunció y negó con la cabeza.

—Sólo dijiste la verdad, soy un fantasma. ¡Estoy muerto!

Me estremecí.

—Yo no debería estar aquí, contigo. Debería estar tres metros bajo tierra pudriéndome o quizá en el cielo…, un lugar que no se si existe. Pero estoy muerto, Isabella —farfulló.

—No lo digas —musité con lágrimas en los ojos.

—Es la verdad…

—¿Por qué estás aquí? —Me armé de valor y le pregunte. Él se alejó de mí rápidamente y me sentí vacía al no sentir su tacto.

Me senté en la cama y él se quedo de pie, dándome la espalda, observando nuevamente la noche de la gran manzana.

—Necesito tu ayuda —declaró en un susurro apenas audible, me removí inquieta en la cama—. Entenderé si no quieres. Es sólo que…, no sabía cómo pedirte esto.

Suspiré pesadamente.

—Dime…, como es que tú… —No sabía cómo preguntarle, pero él se giró, regalándome una sonrisa tranquilizadora y supe que él había entendido el mensaje.

—Fue hace un año —musitó y luego suspiró—. Mis padres se divorciaron cuando tenía apenas seis años, yo vivía con mi papá y él trabajaba mucho. —Pasó sus largos dedos por su labio inferior—. Tenía veinticuatro años cuando me convertí en esto. — Un escalofrío recorrió mi espalda cuando le escuché decir eso—. Tenía una novia y aquel día discutimos muy fuerte. No quiero entrar en detalles, sólo sé que ella no era la mujer que yo pensaba. Aquella noche bebí más de la cuenta y perdí el control del automóvil… y el resto ya es historia.

—¡Oh, por Dios! —Llevé las manos a mi boca, impresionada. Había tenido una muerte violenta e inesperada.

—Isabella, jamás supe lo que significaba la vida hasta que la perdí —su voz se escuchaba extraña y melancólica, era como si estuviera llorando a mares, pero de sus ojos no caía ninguna lágrima.

Me sentí mal, yo me la pasaba despreciando mi vida cuando él anhelaba tener una.

—Yo…Yo… —No supe qué decir—. Es sólo que…, me siento sola. —Alcé la vista y lo miré fijamente—. No tengo por qué luchar —declaré.

—Todos tenemos algo por qué luchar, incluso cuando dejas esto —dijo apuntando hacia la ciudad, refiriéndose al mundo de los mortales—. Sólo quiero que cuando yo parta tú seas feliz.

Sus palabras me estremecieron. "¿Partir? ¿Ser feliz?" Eran cosas que no podía ni siquiera pensar. Había pasado tantas semanas con él a mi lado que la posibilidad de que se fuera me destrozaba por dentro.

—Quédate —rogué.

—No puedo.

—Quiero que te quedes… —mi voz se quebró, me sentí patética y egoísta. Tal vez él sólo quería descansar y yo le pedía ser infeliz a mi lado.

—Isabella… —acarició mi nombre entre sus labios—. Si tan solo te hubiera conocido un par de años atrás, creo que nuestra historia sería muy diferente.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas al escuchar sus palabras.

—Te hubiera pedido que fueras mi novia, te hubiera besado y te hubiera hecho el amor de diferentes maneras. Pero sé que, a pesar de todo, encontrarás a alguien por quién luchar.

—Dime tu nombre —pedí, sintiéndome cobarde por su declaración. Él me sonrió cálidamente y negó con la cabeza.

—Averígualo.

—¿Cómo?

—Sé que lo que te pediré es egoísta y quizás te esté utilizando…, pero no sé a quién recurrir.

Sus palabras me dejaron perpleja y ninguna palabra salió de mis labios.

—Como te contaba, mis padres se separaron hace muchos años y yo tenía un hermano, ambos tocábamos el piano…

Abrí los ojos impresionada y recordé la noche en la cual hablamos por primera vez, aquella noche fría de navidad, él hizo un comentario sobre su hermano.

—Un hermano con el cual no conviví, pues a los seis años poco y nada recuerdo de él. Pero sé que de alguna forma él me quería como yo a él. Mis padres no se soportaban, nunca pasé tiempo con mi madre, llegaron a un estúpido acuerdo en el cual mi hermano y yo fuimos las únicas víctimas.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo? —le pregunté curiosa.

—Tiene todo que ver, porque…, porque quiero que tú me ayudes a encontrarlo.

Quedé en shock… ¿Encontrarlo? ¿Cómo? ¿Qué le diría? "Oye, puedo ver a tu hermano muerto, te manda saludos", me creería una completa loca. Las palabras de Renée hicieron eco en mis pensamientos, quizá sí estaba loca.

—Sabes que nadie me creería…, ni siquiera soy normal.

El ángel rió, su sonrisa era bonita y deslumbrante… sus dientes perfectamente alineados me quitaron el aliento por unos segundos. Sentí que me quedé mirándolo como una estúpida.

—Eres normal, Isabella. —Me contradijo—. Eres especial. Nosotros estamos ahí…, pero sólo algunas personas, personas que yo considero limpias de alma, pueden vernos, sentirnos…, tocarnos sin que se atemoricen. Todas las personas son capaces de vernos, pero la gente le teme a lo desconocido.

—Es un buen argumento… cuando la gente no te toma por loca. ¡Hasta mi madre me cree una fracasada!

—Apenas comienzas tu vida, ella no sabe nada de ti. En estas seis semanas que he estado contigo, tu madre sólo llamo para navidad y ya casi ha pasado un mes.

Suspiré frustrada, él tenía razón.

—¿Qué quieres que haga con tu hermano? ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?

—No tengo la menor idea.

Okey, eso me dejó confundida. ¿Cómo quería buscar a alguien sin saber esas cosas básicas? En parte sentí que me mentía por alguna razón.

—Antes de morir supe que vivía en un pequeño pueblo llamado Forks.

Fruncí el ceño, extrañada. Nunca había escuchado de un pueblo con ese nombre.

—Se supone que tengo que buscarlo, ¿y luego qué?: "Oh, veo a tu hermano". ¡Me echará a patadas!

El ángel sonrío y nuevamente me quedé sin aliento, era tan malditamente hermoso que tenía ganas de llorar.

—No pretendo que le hables de mí, sólo quiero saber cómo está, quiero verlo y luego me iré en paz.

—¿No puedes solamente aparecerte donde él…vive? —Titubeé al decir la última palabra y me sentí mal al ver como su rostro se contrajo de dolor—. Lo siento, no quise decir eso.

—Deja de pedir perdón por estupideces —regañó—. Es solo que, después del divorcio no lo volví a ver. Además, no sé dónde vive.

Sus palabras me sorprendieron, "¿cómo supo entonces dónde vivía yo?". Era algo contradictorio.

—Entonces tú, ¿cómo supiste dónde encontrarme?

Él sonrió.

—Eres un canal, Isabella. Yo simplemente busqué a alguien que pudiera ayudarme y el destino me trajo a ti.

Suspiré profundamente. No era la primera persona que me decía eso y la verdad, me sentí pésimo al saber que yo tendría que vivir con esto, quizás toda mi vida.

—¿Jamás mantuvieron contacto con tu hermano?

El ángel se encogió de hombros. Suspiré frustrada…, pero sabía muy en mi interior que lo ayudaría de alguna u otra forma.

—Está bien, yo… te ayudaré, en lo que sea —acepté titubeante.

Él me regalo una sonrisa y caminó rápidamente hacia mí, tomó mi rostro entre sus fuertes y a la vez delicadas manos y me besó tiernamente la frente. Un acto que me enloqueció por completo.

—Gracias, Bella. Gracias —musitó entre suaves susurros.

Los días pasaban y a pesar de que había prometido ayudar a mi ángel, no sabía cómo y eso me hacía sentir mal, pues estaba postergando su ida, hacia donde sea que fuese.

Su apellido era Masen, sus padres eran Elizabeth Lincoln y Edward Masen y su madre seguramente seguía viviendo en Forks. Mi ángel tenía entendido que ella era médico y que se desempeñaba en el hospital de Forks. Su padre, por otra parte, vivía aquí en Nueva York, pero mi ángel solía verlo, a su manera, claro.

—Tendré que viajar a Forks —dije una noche mientras cenaba. El ángel (como decidí llamarlo luego de tanta confusión con su nombre), me miró como si se disculpara y jugó con el Mickey Mouse que reposaba en mi cama. Sentí que tenía una loca manía por mi bebé, pues solía tenerlo entre sus manos.

—No puedo dejar que vayas a Forks.

—¿Por qué no? ¿Cómo se supone que encontraremos a tu familia?

El se encogió de hombros.

—¿Qué se supone que haremos si ellos no viven allá? —Nuevamente sentí que me ocultaba algo.

—¿Estás seguro que aún siguen en Forks?

—Mi madre sí, pero no sé si mi hermano… Seguramente está en alguna universidad, ¿tal vez casado? ¿Con hijos?

Ahora me sentía mucho mas confundida que antes.

—Bien, haremos algo, Masen —reí bajito al saber sólo su apellido—. Iré a Forks, preguntaré por tu madre y ella me dirá el paradero de tu hermano.

El ángel frunció el ceño y no dijo nada más.

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Hola mis queridas lectoras, espero que les haya gustado el capítulo de nuestro ángel *-*. Como ven la historia se desarrolla rapidito. ¿Les gusta? espero que si jiji.

Sus comentarios son mi único pago y no les toma más de un minuto, los adoro.

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Un abrazo y beso enorme desde chile.

Atte; Ani Cullen