Este fanfic está protegido legalmente por safecreative. No apoyes el plagio.

Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.

Agradecimientos; VickoTeamEC y SolCullen, Gracias por ayudarme con el capítulo, las adoro.

Capítulo cuatro.

Y aquí estaba cumpliendo mi promesa. Observé cómo el fabuloso cielo de Nueva York fue reemplazado por horribles nubes negras. El lugar era depresivo, incluso más que yo.

Sentí cómo mi estómago se revolvió cuando descendimos por la pista del aeropuerto. Al bajar del avión tuve que envolver los brazos alrededor de mi torso, tratando de entrar en calor.

Las nubes de Seattle me dieron una fría bienvenida con pequeñas gotas de lluvia que mojaron mi rostro y mi largo cabello marrón.

Luego de una larga espera tomé mi pequeño bolso, no pensaba quedarme mucho tiempo, definitivamente no estaba de vacaciones; de hecho, creo que nunca fui de vacaciones. Estaba ahí por un asunto mucho más importante que un viaje de placer, tenía que encontrar una pista para que mi ángel pudiera encontrar a su hermano y yo quería darle eso…, quería que él fuera feliz.

Salí del aeropuerto y tomé un taxi que era conducido por un señor gordo, barbón, de mirada fría y cansada.

El camino hacia aquel pequeño lugar llamado Forks era completamente monótono, ante mis ojos sólo existía el color verde y marrón intercalados una y otra vez. Por alguna estúpida y desconocida razón mi corazón latía furioso en mi interior, mientras trataba de recrear varias escenas o situaciones que ocurrirían en ese lugar; donde yo, sin duda, sería la más loca de todas.

Repasé mentalmente mi discurso, lo pensé durante todo el viaje, pero aún no podía encontrar las palabras necesarias (o más bien adecuadas) para enfrentarme a la madre de mi ángel.

Mi móvil sonó en ese momento, sacándome de mis pensamientos.

—¿Si?

—Isabella, ¡¿dónde diablos estás?! —Farfulló Renée.

—Eso no importa. Estaré de vuelta pronto.

Escuché a Renée suspirar profundamente y me pregunté: "¿Desde cuándo se preocupa por mí?".

—¿Cómo lo olvidaste? Fui al cementerio, hoy tu padre cumple un año más de habernos dejado.

—Desde que te dejó —discutí absolutamente molesta. ¿Quién se creía ella para hablar así de papá?—. Yo no tuve la culpa de que se quitara la vida.

—¡Cállate, Bella! Eras una niña, no tienes idea de lo que pasó.

—Renée, sinceramente… No veo el caso de ir a ver a mi padre cuando "tú" conmemoras un año más de su muerte. Yo, suelo ir a verlo seguido. Adiós.

La llamada me dejó pensativa e incluso preocupada. No había ido a ver a mi padre y era perfectamente consciente de eso. Charlie lo entendería donde quiera que él, estuviese; lo sabía.

El viaje duró aproximadamente tres horas. Me sentía cansada, el asiento duro y odioso me provocó un terrible dolor de espalda.

Reprimí una sonrisa cuando ante mis ojos apareció un letrero de madera verdosa con letras blancas me daba la bienvenida a Forks.

—¿Dirección? —preguntó el viejo.

—El hospital de Forks, por favor.

El viejo me miró por el espejo retrovisor haciéndome sentir incomoda y siguió su camino.

La lluvia era fina y constante. Era un lugar indiscutiblemente deprimente, me aterraría vivir en medio de bosques verdes y maderas de distintos tonos marrones.

Pasamos por lo que supuse que era el centro de la cuidad, consistía en un pequeño almacén, una tienda de deportes, un par de tiendas de ropa, una gasolinera y una farmacia. Quizá estaba demasiado acostumbrada a vivir en mi mundo, porque antes de que mi ángel apareciera en mi vida, nunca había oído de ese lugar tan desolado.

¿Cuáles serían las razones por las que la madre de mi ángel vivía ahí? ¿Qué tipo de oportunidades podrían tener una mujer y un niño en ese lugar? La idea me parecía absurda.

—Llegamos —dijo el viejo chofer.

Me cobró más de la cuenta, supuse que era lo largo del viaje o quizás me vio cara de ingenua, el hecho es que no me importaba en lo absoluto; había ahorrado lo suficiente los últimos dos años trabajando para la señora Esme.

Me bajé con mi bolso al hombro y caminé hacía la entrada del viejo hospital de un solo piso. Creo que el hospital era lo único que no era color verde o marrón, ya que estaba completamente pintado de un horrible y gastado color blanco.

Entré vacilando al comienzo, mis pies se movieron por la fea baldosa hacía donde una señorita de aspecto correcto y sofisticado, me miraba con recelo.

—Hola —saludé, tratando de ser amable. La joven acomodó sus lentes ópticos sobre su cabello.

—¿Qué desea? —preguntó.

—Yo… —por alguna estúpida razón me puse nerviosa—, deseo ver a la doctora Elizabeth Lincoln.

Ella frunció el ceño.

"Que siga trabajando aquí, que siga trabajando aquí", pedí mentalmente.

—¿Tiene cita con ella? —Exhalé aliviada al escuchar su respuesta.

—No.

—Lamento decirle que tiene que tomar una hora con ella para poder verla. —Suspiré, "como si no supiera eso".

—¿Habrá alguna posibilidad de poder verla ahora? —La joven al parecer se apiado de mí, porque me indicó dónde estaba su consultorio. Aunque, claro, eso no significaba que la podría ver, tenía que hablar con su secretaría.

El hospital estaba casi vacío, prácticamente era como estar sola en los pasillos.

Al llegar al lugar vi a un par de personas sentadas, esperando seguramente a la madre de mi ángel.

—Hola —saludé a la secretaría que al menos me miraba con una dulce sonrisa en los labios—. Soy Isabella Swan, quisiera saber si puedo hablar con la doctora Elizabeth Lincoln.

—Hola, ella tiene dos pacientes por atender. No sé si pueda recibirla. —Suspiré, no había llegado tan lejos para irme con las manos vacías.

—¿Sería mucho problema si la espero? —insistí casi desesperada. La mujer me sonrió.

—Toma asiento —indicó, correspondí levemente su sonrisa y me señaló unos asientos que se lucían incómodos.

Una mujer con un bebé salió del consultorio, me estiré hacia enfrente, pero no vi a la típica doctora con bata blanca. Miré la placa que estaba en la puerta de madera.

Elizabeth Lincoln

Pediatra

¡Rayos!, no sabía que ella era pediatra. Supongo que mi ángel habrá estado muy ocupado para decirme.

Una niña de al menos siete años con su madre, ingresaron a la consulta. La niña iba asustada, me pregunté por unos segundos si la señora Elizabeth sería agradable o no.

Estuve sentada aproximadamente una hora, la secretaría de la madre de mi ángel le había informado de mi presencia, pensé que ella saldría a ver quién era yo, pero no lo hizo…, se quedó en su consultorio y no pude verle el rostro.

Mis ojos comenzaban a cerrarse a causa del cansancio, fue entonces cuando la última mujer antes de mí salió con un bebé en los brazos. Miré a la secretaria y ella me indicó que pasara con un gesto de mano. Tomé mi bolso y caminé con pasos vacilantes hacia el interior, sentía mis manos sudorosas y un leve rubor en las mejillas.

—Señorita… ¿Isabella? —Alcé la vista y detrás de un escritorio blanco se encontraba una mujer realmente hermosa.

Su cabello era de color cobrizo, apenas tocando sus hombros, sus ojos eran de un intenso color azul, su piel bronceada, como si hubiera pasado una semana en las mejores playas del mundo; sus facciones eran un conjunto de delicadeza y elegancia. Simplemente, era increíblemente hermosa.

—Bella. —Corregí con una sonrisa y me sentí estúpida. No estaba con derechos de corregirla. Ella, para mi tranquilidad, asintió sonriendo.

—¿Por qué quieres verme exactamente? —Miró su iPhone, que descansaba sobre el escritorio y supe que tenía que darme prisa.

—Yo… —No sabía cómo comenzar, supuse que yendo directo al grano era lo mejor.

—Bueno, linda, ¡qué tonta he sido! Toma asiento. ¿Quieres un café?

Negué, odiaba el café desde hacía años. Tomé asiento y ella me sonrió nuevamente.

—Me tienes intrigada, linda. Nunca había escuchado tu nombre y jamás te he visto en Forks.

—En realidad, soy de Nueva York. —Ella frunció el ceño y su ceja derecha se alzó.

—¿Qué puedo hacer por ti? —preguntó un poco recelosa.

—Bueno, quería saber el paradero de Thomas…

Luego de intensas conversaciones con mi ángel pude averiguar que el nombre de su hermano perdido era Thomas Masen. Sin embargo aun me sentía frustrada con mi ángel, ya que prácticamente conocía a toda la familia menos su nombre ¿Le podría preguntar a su madre cómo se llamaba? Pero sería un tema delicado, ¿no? Es decir, yo no tenía ni idea de cómo le pudo haber afectado a ella perder un hijo. "¿Qué hago?".

—¿Thomas? ¿Conoces a mi hijo? —preguntó y asentí. Era mejor mentir que salir sin respuestas de aquel lugar.

—Sí. Bueno, éramos amigos…, perdimos contacto y… —Ni yo me creía ese cuento. Ella frunció más el ceño.

—Mira, Thomas se mudó hace unos meses.

"¿No vive en Forks?", pensé.

—Sí, bueno…, por eso yo…, em…, yo…Su mirada me analizaba y cada vez me ponía más nerviosa.

—Me extraña que siendo amigos, no sepas que vive en la misma cuidad que tú.

Traté de no mostrarme sorprendida. "¿Vivía en Nueva York? ¿¡Dónde!?". Toda sonrisa amable había desaparecido de su rostro y me vi obligada a contar la verdad. Claro, omitiendo grandes detalles.

—Mire, en realidad no conozco a Thomas —acepté.

—Lo supuse. —Su voz ahora era fría y comencé a sentirme nerviosa.

—Necesito encontrarlo, es urgente. No hubiese atravesado el país si no fuese importante.

La señora Elizabeth suspiró profundamente cuando su móvil comenzó a sonar.

—Disculpa —se excusó y atendió su teléfono.

—Hola, tesoro… No, estaré ahí en media hora… Sí, tuve un asunto que atender. —Me sentí culpable por robarle su tiempo—. Claro, bebé…, dile a papá que caliente la cena y que trate de no quemar la cocina. —Soltó una sonrisa mostrando sus perfectos y alineados dientes. Mi ángel sin duda había heredado muchas cosas que ella—. Sí… Adiós, tesoro.

—Disculpe por quitarle su tiempo. —Tuve la necesidad de disculparme con ella.

—Descuida. —Le sonreí—. Así que buscas a mi hijo. ¿No eres una asesina en serie o algo por el estilo? —Se escuchaba y se notaba más relajada.

—No.

—¿Sabes?, me siento mala madre al contarte esto…, aunque no te daré la dirección de su casa. Si quieres encontrarlo, puedes buscarlo en su trabajo. Es médico en Bellevue Hospital, Pediatra, al igual que yo. —Una sonrisa adornó sus labios y pude darme cuenta cómo luce una madre orgullosa de su hijo.

Conocía a la perfección aquel hospital, ¿quién no? Era el hospital público más antiguo de los Estados unidos y había sido escenario de innumerables hitos en la historia de la medicina. Además, quedaba a una cuadra de donde yo trabajaba; quizá, él incluso había pasado a tomar un café.

—Muchas, muchas gracias. No sabe lo importante que es para mí encontrarlo. —dije con una gran sonrisa. Ella subió las cejas y una sonrisa pícara adornó sus labios.

De seguro pensaba lo peor de mí.

—¡Oh! No es de ese modo… —Tuve la necesidad de explicar—. Yo…, es un asunto personal.

—Yo, no te he dicho nada, linda. —comentó sonriendo. Miró nuevamente su celular y se levantó del asiento rápidamente.

—Lamento haberle quitado su tiempo —murmuré.

Ella se quitó la bata estampada de pequeños ositos y la colgó en un perchero.

—No te disculpes. Salgamos juntas. —Invitó.

La señora Elizabeth era elegante y sofisticada, creo que sería la amiga ideal para Renée, lo que las hacía totalmente distintas era que la mamá de mi ángel se notaba que era muy maternal.

Tomó su cartera, salimos del consultorio, me despedí de la amable secretaría y nos dirigimos a la salida.

—Supongo que no tienes dónde quedarte —dijo de repente.

—En realidad, tomaré un taxi para irme inmediatamente a Seattle, voy a esperar en el aeropuerto mi vuelo hacia Nueva York.

—Creo que encontrar a mi hijo es realmente importante. —dijo ella sacando algo de su cartera.

—No tiene idea. —respondí.

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Hola mis lindas, espero que les haya gustado el capítulo de nuestro ángel.

Quiero dar una cálida bienvenida a las nuevas lectoras que se suman a esta locura.

¿Merezco Reviews? Son mi único pago y no les toma más de unos segundos ¿siiip? Me harían muy feliz.

Las invito a ser parte de mi grupo de Facebook, para que vean adelantos, fotos, canciones, etcétera.

Les mando besos y abrazos. El próximo sábado un nuevo y decisivo capítulo de nuestro ángel.

Atte; AniCullen.