Este fanfic está protegido legalmente por Safecreative. No apoyes el plagio.
Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.
Agradecimientos; VickoTeamEC Gracias por ayudarme con el capítulo, te adoro.
Capítulo cinco.
Tomé un vuelo rumbo a Nueva York a las once de la mañana.
Me quedaban cinco malditas horas en el aire. Para cuando toqué tierra eran las siete de la tarde.
Maldita diferencia de horario. Pensé con un bostezo en los labios.
Era demasiado tarde para ir a Bellevue Hospital, quizá Thomas no podría atenderme, y era lo mejor. ¿Qué le diría? Era claro que no podía decirle lo mismo que a la madre de mi ángel, yo no buscaba nada…, excepto la felicidad de mi ángel que, a decir verdad, lo extrañaba mucho.
El cielo oscuro de Nueva York me dio la bienvenida. Hacía frío, mi cuerpo pedía a gritos un té caliente.
Cuando llegué a casa no supe exactamente cómo fue que subí los diez pisos que me llevaban a mi hogar. Solté todo el aire de mis pulmones cuando abrí la puerta y la soledad me dio la bienvenida. ¿Sería que alguna vez esto terminaría? Prácticamente arrastré los pies hacia la sala, y dejé mi bolso en el suelo, sintiéndome incapaz de caminar a la habitación.
Después de un rato fui a la cocina, me preparé un té calientito, saqué unas galletas y me senté en la mesa del comedor para comer.
Estaba exhausta por el viaje, solo quería ir a mi cama y dormir por mil años.
Miré mi departamento, parecía que lo había dejado hacía mucho tiempo, estaba todo en silencio, vacío…, la soledad gritaba en cada rincón de mi casa y eso me puso triste.
¿Dónde estará mi ángel? Pensé levantándome de la mesa, estaría más cómoda si estuviera en mi colchón.
Llevé la comida a mi habitación y la dejé en la mesita de noche. No había rastros de mi ángel. Suspiré.
Me senté en el borde de la cama y comencé a quitarme la ropa, comenzando con mis jeans, y mis botas…, masajeé mis pies por unos segundos y me puse un pantalón de pijama; me quité el sweater, la blusa…
—Yo no me quitaría el sostén si fuera tú.
Grité de pánico, su voz se escuchó escalofriante y hermosa, como siempre. Me llevé la blusa al pecho, tratando inútilmente de que él no me viera en ropa interior. Me sonrojé.
—Ángel, ¿quieres matarme?
Cuando lo vi una hermosa sonrisa torcida apareció en sus labios, como siempre, estaba junto al ventanal. Me puse pijama y me quite el sostén por debajo de la camiseta.
—Es de mala educación invadir la intimidad de las mujeres— susurré abriendo el edredón de la cama. Me metí bajo las mantas y tomé un sorbo té, Mmm delicioso.
—Te extrañe, no pude evitarlo. —dijo.
Miré a mi ángel y no pude evitar compararlo con su hermosa y sofisticada madre. Su piel blanca, su cabello, que, aunque estuviera más corto, era de un hermoso color cobrizo; sus labios rellenos, me pregunté vagamente cómo sabrían si…, estuviera vivo, deseché el pensamiento inmediatamente.
—Te pareces a tu madre, mucho diría yo —dije sonriente.
Él se encogió de hombros y su ceño se frunció considerablemente.
—Supongo, porque nunca me parecí a Edward, mi padre. Él es más serio y trabaja mucho, dejando de lado el físico, claro.
—¿Qué hacías antes de…, bueno, ya sabes? —pregunté nerviosa ante la perspectiva de que él se enfadara conmigo.
Su rostro se contrajo y supe que no era una buena pregunta, aunque la curiosidad me ganó y quise saber el porqué de su reacción.
—No fui a la universidad, tampoco trabajé, en pocas palabras era un mantenido. Sólo me interesaba pasarlo bien y, bueno, ya vez como terminé.
—No fue tu culpa, ángel.
—Tenemos el privilegio de cambiar el presente, Bella. Si no lo hacemos a tiempo, puede traer graves consecuencias en el futuro.
Suspiré porque sabía que tenía razón. Luego de tomar mi té y comer mis galletas me acurruqué en mi cómoda cama y abracé a mi Mickey mouse.
—¿No me vas a preguntar cómo me fue?
Él caminó hacia mi cama y se sentó, le sonreí tímidamente. Era increíble como había pasado el tiempo, parecía como si hubiera sido ayer cuando sentí pánico, miedo y desesperación por tenerlo cerca. Ahora lo miraba, y no podía sentir más que una sensación de calidez en mi pecho. ¡Él era tan bueno!, mirándolo, con esa forma de sonreírme; como me hablaba, como me miraba (no podía evitar estremecerme). Él era mi amigo, mi compañero…, y no me siento tan miserable después de todo.
—Sé que te fue bien, no hubieras vuelto si fuera lo contrario.
Le sonreí orgullosa. Quizá es la primera persona que me conoce bien, después de todo.
—Tu hermano Thomas trabaja en Bellevue Hospital. —Pude ver la sorpresa en su rostro y luego se repuso, como si aquella declaración no fuera del todo satisfactoria.
—¡Uau!, supongo que salió más inteligente que yo. —Reí.
—Eres inteligente, ángel. — susurré mirando directamente aquellos hermosos ojos verdes jade carentes de vida, de sueños. Por unos segundos vi el reflejo de mis ojos en ellos. Así…, tan opacos, sin motivos para vivir, sin energía, sin metas.
Él me sonrió cuando me escuchó.
—Iré a buscarlo mañana, ángel.
—¿Quieres echarme pronto de tu vida?
La sola idea de que él se fuera de mi vida era insoportable, él era mi luz…, él era mi ángel. ¡No! Yo no quería que él se fuera jamás.
!Que patética soy!
—¡No! por supuesto que no. Sólo quiero que te sientas bien y seas feliz.
—Estoy bien.
Mis ojos involuntariamente comenzaron a cerrarse, traté de mantenerlos abiertos pero fue imposible, sólo pude sentir cómo quitó a Mickey de mis brazos, se acostó junto a mí, me abrazó y besó mi cabello con tanta ternura que temí estar soñando.
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—Deberías ir sola —murmuró mi ángel.
—¿Por qué no quieres acompañarme, ángel? — pregunté acomodando mis zapatos de tacón.
La verdad, desde que mi ángel había parado en mi hogar me sentía más…, femenina. Me gustaba arreglarme un poco para tratar de ser y sentirme bonita. Supongo que Renée, mi madre, estaría orgullosa de mí por eso.
—Me da miedo —admitió.
Algo me inquietó en el momento de su declaración. Levanté el rostro para mirar el suyo…, él se veía realmente preocupado. Me estudiaba con la mirada de una forma que jamás lo había hecho antes y temí por su partida.
—Ángel, ¿qué sucede? — pregunté levantándome de la cama.
Caminé hacia él, pero algo pasó porque retrocedió unos cuantos pasos, rechazándome. Me quedé de pie en medio de la habitación, con mi cabeza echa un lío ¿Por qué rechazó mi toque? Su mirada era gélida, atrás había quedado su sonrisa pícara y su ternura.
—Se te hace tarde. —declaró mirando por la ventana de mi habitación, evitando mi mirada.
Oh, ¿Qué te sucede, ángel?
—Tengo todo el tiempo del mundo —dije con seguridad.
—Bella…, olvídalo. Estoy bien.
Sabía perfectamente que no era así. Algo le ocurría y no me lo quería decir.
Caminé hacia el living dejándolo, como siempre, mirando por la ventana de mi habitación. Tomé mi cartera, que estaba sobre el sofá y salí con rumbo al Bellevue Hospital.
Las calles de Nueva York eran un caos, por primera vez en mi vida pensé en comprarme un automóvil. Charlie solía tener un viejo auto, realmente no me sabía el modelo, puesto que jamás me interesaron esas estupideces; sólo sabía que era muy anticuado para Nueva York, Renée se avergonzaba de eso.
Llegué al hospital cansada física y mentalmente. Mi ángel no salió de mis tormentosos pensamientos y eso realmente me tenía preocupada. Él se caracterizaba por tener una hermosa sonrisa en los labios, una que me quitaba el aliento. ¿Qué le había pasado?
Estuve al menos diez minutos paseándome por el hospital, luego una amable enfermera me indicó dónde se encontraba el área de pediatría.
¿No podía trabajar en una clínica más pequeña? El hospital era realmente gigante, hasta un funcionario que llevara años ahí podría perderse con facilidad. Llegué al área de pediatría y me acerqué a una mujer que estaba detrás del mostrador.
—Hola — saludé.
Era una mujer realmente hermosa. Me miró con algo de antipatía. Su piel era casi tan pálida como la mía, sus labios de un intenso color rojo y sus ojos color miel… vaya, ella es realmente despampanante. No pude evitar sentirme cómo una mujer horrible, por más tacones y ropa más femenina que usara en ese momento, nadie debería competir con una mujer como esa.
—Hola, ¿Qué se te ofrece? —preguntó.
Traté de no poner los ojos en blanco pero fue imposible, su antipatía le restaba puntos.
—Con el doctor… ¿Masen?
No sabía exactamente qué estaba haciendo. ¿Qué se supone que le diré cuando lo viera? ¿Qué debía decir? ¡Diablos!, ni siquiera tenía un bebé o un niño como para haber pedido una cita con él.
Creo que ya perdí la última neurona que me funcionaba bien y que evitaba que enloqueciera. Jamás había cometido una locura como esa en toda mi vida.
—Sí, trabaja aquí. Pero está de vacaciones —dijo sonriente—. ¿Tiene cita con él?
Negué, sintiéndome frustrada.
—¿Cuándo llega? —pregunté.
—Puede dejar sus datos y la llamaré cuando él regrese.
Asentí mordiendo mi labio inferior.
Una mujer mayor con cabello canoso se acercó hacia la joven antipática con dos tazas de café, por primera vez vi a la rubia sonreír dulcemente.
—Rosalie, no seas mal educada con la joven ¿Qué deseas, tesoro? —dijo la mujer mayor amablemente. Agradecí mentalmente a la señora. Aclaré mi garganta y caminé hacia ella tratando de parecer segura de todo lo que hacía.
—Hola, busco al doctor Masen.
—Él no está trabajando —dijo a modo de disculpa.
—Lo sé. ¿Cuándo regresa? Es realmente importante que hable con él.
La señora me evaluó con la mirada y suspiró derrotada.
—Mira, vino a revisar unos exámenes hace un rato —miró su reloj y me sonrió—. Lleva bastante tiempo en realidad. Le preguntaré si puede verla.
Asentí. La rubia llamada Rosalie me analizó con la mirada mientras la mujer mayor me invitó a sentarme.
Ahora que estaba a segundos de encontrarme con la persona que mi ángel quería saber si estaba bien era imposible no sentirme idiota. ¡No sabía que decir! Mi corazón latía frenético en mi pecho, era como una bomba que estaba a punto de estallar. Miré mis manos y sentí un sudor frío.
¿Cómo puedo estar tan nerviosa? Me pregunté indignada conmigo misma. Sería un milagro que no me creyera una completa loca.
Estuve sentada alrededor de diez minutos cuando la mujer mayor, con una sonrisa en los labios, me indicó que él me iba a recibir. Me indicó la puerta que estaba por el pasillo que se perdía detrás de ella.
Sentí mi cuerpo pesado y arrastré mis pies hacia la puerta. Miré la placa que estaba sobre la madera, justo delante mío.
Edward Thomas Masen
Pediatra.
Un escalofrío se apoderó de mi cuerpo y mi mano derecha se fue a mi pecho ¿No se llamaba sólo Thomas? ¿También tenía el nombre de su padre? Me quedé de pie mirando como idiota la placa que estaba en la puerta. Mis dedos se hicieron un puño para golpear la puerta y ver al famoso hermano de mi ángel. Pero ésta se abrió de golpe, levanté la vista y todo mi mundo se vino abajo.
—Ángel —murmuré.
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Aquí les dejo el capítulo de nuestro ángel ¿Me quieren matar? jojo siip, soy algo loca y mala en realidad.
"Edward Thomas Masen" ¿Quién lo diría? ¿Alguien sospechaba algo?
Bueno, las veo el próximo sábado con un nuevo capítulo de nuestro ángel.
Sus comentarios son mi único pago, no les toma más de unos segundos, me hacen completamente feliz.
Las quiere, Ani.
