Este fanfic está protegido legalmente por safecreative. No apoyes el plagio.

Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.

Capítulo Diez.

Caminé descalza por mi departamento, prácticamente corriendo de un lado hacia otro para calmar mis nervios ¿Cómo es posible que los días pasaran así de rápido? Es realmente increíble, un día se va tan rápido como viene y aquello me tenía enferma de los nervios. Quise gritar fuertemente, pero pensé que mis desconocidos vecinos no lo aprobarían.

Mis pies se dirigieron hacia mi habitación y recogí mi Mickey que estaba tirado en el suelo, seguramente Anthony lo había dejado ahí, aun no sabía su loca obsesión por este peluche. Al dejarlo en mi cama, sentí aquella sensación tan conocida que provocaban en mis vellos se erizaran, y mis rodillas pesaran un poco más... Aquella sensación gélida a la cual ya estaba acostumbrada. Anthony.

Me voltee para mirar sus ojos, él sonreía de manera linda. Puso sus manos en sus bolsillos y caminó tímidamente hacia mí. Él se veía igual que siempre, pero yo era consciente que no me veía como hace un par de meses atrás. Acorté los pocos pasos que nos separaban. «¡Como lo había extrañado!» Habían sido más de una semana que no aparecía por aquí y me hacía sentir tan sola..., tan miserable. Mi vida no es la misma sin él.

—¿Vas de salida? — preguntó con voz suave, tanto así, que cerré mis ojos al escucharlo.

Mordí el interior de mi mejilla, y asentí no muy convencida aun. No sabía en qué diablos me había metido, pero no había vuelta atrás.

—Sí.

Anthony frunció el ceño y negó con la cabeza. Quise saber que estaba pasando por su mente.

—Puedo suponer que sales con Thomas — Se sentía tan extraño que lo llamara así, tuve la intención de corregirlo, decirle que su nombre es Edward, pero me obligué a cerrar la boca.

—Saldré a ver a Edward. — Saqué de mi closet una chaqueta negra de cuero que combina perfectamente con mis calzas de color gris. Me veo decente, supongo que Renée no me reconocería y, en parte, me agradaría que no lo hiciera.

—No me has dicho nada sobre mi hermanito— Mi ángel sonríe y luego me mira fijamente los ojos mientras me calzo mis zapatos— ¿Besa bien?

—Silencio Anthony — digo con voz fría. No me gusta este tipo de conversaciones, mucho menos con él.

—¿Solo se han besado?

Lo fulminé con la mirada.

—Mira Anthony. Primero... besa muy bien. Segundo, no soy una cualquiera.

Si supiera que un hombre jamás me tocó en mis veintidós años. Era algo vergonzoso, ¿Pero qué podía hacer? Diablos, no soy una santa, pero mi personalidad atormentada jamás me permitió interactuar con las demás personas. Mi ángel y Edward cambiaron parte de mi personalidad, haciéndome sentir querida, mucho más segura y por supuesto acompañada. No los cambiaría por nada.

Anthony me miró y su boca se frunció. Caminó hacia mí y sus ojos viajaron por mi cuerpo, provocándome un escalofrío.

—En este momento envidio a Edward. — admitió tomando mi cintura entre sus fuertes manos. No pude evitar comparar su toque con el de Edward. Anthony se sentía más frio..., y las manos de Edward se sentían mucho más cálidas —. Hubiese hecho todo por estar en su lugar Bella... eres una mujer maravillosa.

Sentí un nudo en la garganta y no supe que decir realmente. Opte por sonreír, aunque la sonrisa no saliese del todo sincera, y alejarme de su toque. Dolía, dolía mucho.

—Anthony..., yo

—Shh... — su dedo índice silenciaron mis labios. Miré su ceño fruncido y sus hermosos ojos verdes mirándome el rostro —. Disculpa, estoy siendo egoísta por decirte esto. Tú estás con mi hermano yo no te puedo atormentar con mis tonterías.

Sentí mis ojos humedecerse. Me dolía tanto hacerle daño.

—¡No! — mi mano envuelve las suyas y tengo deseos de que me abrace, pero no estoy segura si él lo desea —. Tú jamás serás egoísta Anthony. Tú eres mi ángel, mi compañero, mi amigo.

Sonríe tristemente y se aleja para mirar la ventana por la ventana de mi habitación. Se ve tan desolado en éste momento, que estoy a punto de odiarme.

—Bella..., — Su voz se escucha fría—. No estaré aquí para siempre.

Parpadeé cuando sentí una lágrima recorrer mi mejilla ¿Por qué me dice esto? no puedo ni siquiera pensar en la posibilidad de no verlo nunca más. Duele, duele tanto como el día en que perdí a papá.

—No me dejes... Anthony por favor. — ruego caminando hacia él, envolviendo mis brazos sobre su estomago, escondiendo mi rostro en su espalda.

—Bella..., no lo haré aun — se voltea y toma mi rostro entre sus manos—. Estoy aquí por algo, y no me iré hasta verlo con mis propios ojos.

Y sin más besó mi cabeza y desapareció, negándome la posibilidad de decirle feliz cumpleaños..., aunque no sé si hubiese sido lo correcto.

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«No tengas miedo, no tengas miedo»

Siento mis manos húmedas y prácticamente quiero salir corriendo de este lugar, pero no puedo. Hoy es veinte de junio, el cumpleaños de Edward. Se ofreció irme a buscar a mi departamento, pero me negué, ya que él tenía que ir a buscar a su familia, que viene directamente de Forks, al aeropuerto.

Me había llamado hace una hora atrás, diciéndome que me estaba esperando en su casa junto con su familia y aquella verdad me puso los pelos de punta. No sabía realmente porque estaba nerviosa, quizás ver nuevamente a la señora Elizabeth, o el hecho de que toda su familia se encontraría ahí era algo realmente aterrador. No sabía cómo actuar, hace mucho tiempo deje de compartir con una familia.

Mis manos sudaban, intenté secarlas de manera imperceptible en mi pantalón.

Pagué al señor del taxi, para luego aferrar mis manos a mi cartera. Sin embargo, a pesar que mis nervios estaban a punto de traicionarme y salir arrancando a refugiarme en la tranquilidad de mi departamento junto a mí ángel ―convengamos que no estaba acostumbrada a estos encuentros sociales―, agradecí estar sola en este momento, ya que así podría observar con mayor detalle el frontis de su casa. Últimamente, si respectaba a Edward, quería saberlo todo.

Era una noche cálida, anuncio perfecto del comienzo del verano, una tenue brisa la hacía aún más agradable. La luna llena brillaba como un enorme foco, que parecía alumbrar justo por encima de la casa de Edward, haciendo la ver más hermosa y por momentos como si estuviese cubierta de una fina capa de plata.

Un cuidado jardín de verde prado, parecía titilar bajo la luz de la luna, gracias a las gotas de agua que aún reposaban sobre el ―supongo que alguien lo había regado―, era la antesala nórdica propiedad.

Estaba dividida entre secciones, todas coronadas con un alto de techo de dos aguas, cubierto de pequeñas tejas que a la luz de las estrellas parecían pequeñas láminas de charol. Las paredes del ala izquierda estaban recubiertas de piedra, de esas que te recuerdan los refugios de montaña o una casa de cuento, más todavía si prestabas atención a sus ventanas pequeñas de semicircular dintel, que eran el detalle y el sello perfecto.

En la sección de al medio, estaba la puerta de entrada, de madera clara como la miel, enmarcada por diminutas ventanas cuadriculadas, por donde me imaginaba se colaban los rayos del sol por la mañanas. Dos escalones de piedra había que sortear hasta ella.

El ala derecha comprendía por completo el garaje, su puerta enorme, del mismo color de la de entrada, rectangular, divida en más secciones rectangulares en el sentido contrario, como si alguien las hubiese dibujado, dándole un aire cálido, tanto que no pude dejar de imaginar en su parte de arriba un arco de basketball y un par de niños jugando, contagiando el ambiente con sus infantiles y alegres risas.

Por último del techo sobresalía una pequeña ventana, la cual demostraba la existencia de una buhardilla o un ático. ¿Estaría este arreglado? ¿Sería un lugar de relajo o descanso? A juzgar como relucían los cristales de sus ventanas obtuve la respuesta, sí, lo era.

No supe cuando tiempo estuve mirando la hermosa casa de Edward, solo fui consciente de escuchar un ruido y unos pasos caminar rápidamente hacia mí. Edward se veía hermoso bajo la luz de la luna, todo esto parecía irreal, su caminar tan felino y varonil prácticamente me quitó el aliento, la leve brisa sacudía su cabello broncíneo haciéndolo ver irresistible.

—¿Qué haces aquí afuera? — pregunta envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura. Sonreí buscando su mirada y sus labios rápidamente se posaron sobre los míos —. Te ves hermosa.

—Tengo que verme decente para conocer a tu familia — murmuré algo avergonzada—. Feliz Cumpleaños.

El sonrió y escondió su rostro en mi cuello desnudo. Su olor llegó a mis fosas nasales, un olor varonil, exquisito que se adhería a su piel. Sus manos me tienen abrazada fuertemente, como si tuviese miedo de perderme o algo así.

—Me siento mal porque no me permitiste comprarte nada — murmuré bajando la mirada.

—Olvídalo. No me gustan los regalos, ni siquiera me gustan los cumpleaños — Pasó su brazo por mis hombros para caminar hacia la casa. Los nervios comenzaron apoderarse de mí.

—Eres tontito, pero no puedes pedirme siempre que lo haga.

—Me gusta la idea de que pases más cumpleaños conmigo. — dijo besando la comisura de mis labios.

Mis pasos se sienten lentos y pesados, el latido de mi corazón se encuentra inquieto e incluso asustado. Si tan solo supiera lo que dirá la madre de Edward... tengo incluso la leve esperanza que no recuerde mi rostro. Si el día de mañana tuviese un hijo y una loca desconocida lo buscara y luego llegase a casa con él, pensaría lo peor, no estaba en la mejor situación, estaba claro, pero recordé entonces, que la señora Elizabeth era amable, y amorosa. Espero que siga siendo igual.

Llegamos a la puerta principal y se oía música agradable, pero no supe reconocer quien cantaba. Entramos a su casa con Edward tocándome la espalda baja, su mano ahí me inquietaba, su familia me ponía nerviosa... en pocas palabras mi corazón estallaría en cualquier momento.

Un pasillo angosto, con unos cuadros colgados en la pared blanca fue lo primero que pude apreciar. Al final del pasillo llegamos a una sala donde se encontraban dos personas mirándome atentamente. Me sentí como un pedazo de carne expuesto. Edward subió su mano a mi hombro, cosa que agradecí, y habló;

—Familia, ella es Isabella Swan. Mi... novia— lo miré, por dios que lo hice, «¿Novia?» Sus ojitos me miraron atentamente y no pude evitar sonreírle. Comenzaba a querer a Edward, y mucho. Aunque nunca estuve de novia de nadie, se sentía bien que él fuese el primero.

—Ella es mi madre Elizabeth y él es su marido Eric — dijo Edward mirándome. La señora Elizabeth se acercó a nosotros y supe por su mirada que me reconoció de inmediato.

—Hola señora Elizabeth — saludé cortésmente.

Su cabello broncíneo apenas tocaba sus hombros, supongo que en todos estos meses lo volvió a cortar. Me preguntó vagamente si en Forks existen salones de belleza, borré ese pensamiento tan rápido como vino.

Edward aprieta más su agarre contra mi hombro en clara señal de apoyo. Siento mis piernas temblar.

—Hola Isabella — dice ella simplemente y me da un beso en la mejilla. Fruncí el ceño y ella se alejó de mí para sonreírle a su hijo.

Eric es un señor alto de rostro níveo, su cabello es castaño oscuro. Debe estar cerca de los cuarenta y cinco años. Es un hombre apuesto.

—Un placer conocerte Isabella— sus ojos azules son dulces —. Dime Eric solamente.

—Un placer— digo antes de que él bese mi mejilla.

Tomamos asiento y Edward me ofrece una copa de vino, la cual no dudo en aceptar, necesito relajarme. Mi mirada busca a dos pequeñas desconocidas que tenía curiosidad de conocer, pero no veo a nadie excepto a dos adultos mirando nuestras manos unidas mientras conversan con... mi novio. Aquella palabra casi me hace sonrojar.

—¿Y Estudias Isabella? — La conversación se volvió a mí, cosa que detesté. Me removí inquieta, quizás la respuesta no le gustase del todo.

—No. Trabajo en el centro de Manhattan, en una cafetería.

La señora Elizabeth y Eric sonríen, al parecer no es malo para ellos no tener una profesión. Edward en ese momento apretó mi mano, consiguiendo mi atención.

—Cociné lasaña, espero que te guste.

Le sonreí sinceramente, tenía ganas de abrazarlo, pero me obligué a quedarme sentada, disfrutando la sutil caricia que le daba a mis manos.

—Me encanta. — dije mirando sus labios. Lo siento no pude evitar hacerlo.

Los tres comenzaron una conversación, poniéndose al día sobre lo que ocurría en aquel depresivo pueblo llamado Forks. Edward preguntaba por sus antiguos amigos de escuela, y por otros adultos que no supe quienes eran. La señora Elizabeth poco a poco se iba relajando, aunque su mirada aun no me dejaba tranquila. Miraba cada uno de los gestos que habían entre Edward y yo, y eso me ponía nerviosa, es como si analizara nuestra relación.

Cuando sintieron un automóvil afuera, Edward se levantó de mi lado y caminó hacia la puerta, saliendo hacia el jardín. Elizabeth no perdió la oportunidad para sentarse junto a mí, mientras que su marido Eric revisaba alguna tontería en su celular.

—Te ves diferente Bella. — dice bajito tomando un sorbo de su copa de vino.

—Creo que he cambiado — admití orgullosa. Sus ojos claros se toparon con los míos y luego ella me sonrió, palmeando suavemente mi rodilla.

—Tuve cierto rechazo cuando te vi entrar — admitió bajando la mirada, seguramente avergonzada—. Pero cuando tengas un hijo vas a entender mi lado sobreprotector. Nos conocimos hace meses y prácticamente me había olvidado de ti, verte llegar con Edward fue..., una sorpresa.

—Lo siento... yo.

—No lo sientas linda— ella es tierna, su mano acaricia mi cabello suavemente —. Los vi ahora..., se ven bien. Muy lindos juntos. A propósito, dime Elizabeth solamente.

No suelo sonrojarme, pero esta vez sí lo hice. Ambas sonreímos, cuando sentimos risas desde la entrada.

Dos idénticas niñas corren por el pasillo viniendo hacia nosotros. Edward camina detrás de ellas sonriendo. Ambas niñas se lanzaron hacia Eric, quien las abrazó fuertemente y besó sus cabezas colorinas.

Ellas saltaban, hablaban o prácticamente gritaban sobre un acontecimiento que no pude escuchar con claridad. Elizabeth me miró disculpándome, pero solo le sonreí.

—Niñas, no sean mal educadas. Saluden — dijo a las niñas.

Las dos pequeñas la miran, pero inmediatamente sus ojos se posaron en mí. Unas sonrisitas adoraron sus pequeños y níveos rostros.

«Son hermosas» Es lo único que puedo pensar al ver sus cabellos de color anaranjado, una lo traía largo hasta la cintura, con pequeñas ondas en las puntas y un cintillo para despejar su rostro. La otra lo traía más corto, por debajo de los hombros. Ambas tenían un rostro níveo y ojos azules, como los de Eric.

—Tú debes ser la novia de Thomas — dice la de cabello corto con una enrome sonrisa en los labios—. Eres bonita.

—Claro ¿Quién más podría ser? — le dice la de cabello largo. Ambas se ubican frente a mí, y a pocos segundos, siento sus bracitos envolverme. Edward me mira divertido de pie junto a la pared que se encuentra a su lado. — Y huele rico.

Todos soltaron una risita, incluyéndome. Supe inmediatamente que son un par de traviesas.

—Hola pequeñas. Soy Bella— las saludé mientras beso sus mejillas. Agradezco estar sentada, para así, poder estar prácticamente a su altura.

—Hola, soy Alicia Lincoln — se presentó la de cabello largo. Sus manitos alistaron su vestido para quitar las arrugas invisibles. Sonreí —. Y ella es Katie Lincoln, mi hermana.

Las niñas se sentaron a mi lado, discutiendo sobre unas muñecas. Yo estando entre ambas me hacían participar de la conversación. Alicia comenzó acariciar mi cabello.

—Bella... ¿Puedo peinar tu cabello? — preguntó.

—Alicia no la incomodes — la regañó Eric—. Otro día puedes jugar al salón de belleza.

Alicia hizo un puchero y me sentí mal.

—Péinalo si quieres. — dije. Su rostro se iluminó y ambas comenzaron a tocar mi cabello. Al final, terminé con una trenza que se pegaba a mi cabeza y se perdía debajo de mis pechos. Tenía el cabello largo, tendré que cortármelo pronto.

—Isabella ¿Tienes hermanos? —

—Soy hija única— le dije a Katie acariciando su corto cabello.

—¡Oh! ¿Y tus padres?

Pude sentir la mirada de Edward, que se encontraba sentado con Eric. Aclaré mi garganta.

—Mi papá falleció y mi mamá está casada.

Ambas abrieron los ojos.

—¿Y tu madre no tiene más hijos? — Esta vez Elizabeth preguntó.

—No. Su pareja, Carlisle, tiene una hija y ella es como la hija de mamá.

La conversación se estaba volviendo incomoda, quise salir a tomar aire, pero sería demasiado inapropiado. Edward se levantó y salió de la habitación, no pude evitar mirar sus movimientos varoniles y decididos. Vestía un pantalón azul oscuro, zapatos cafés y una camisa blanca; se ve realmente hermoso. Volvió aparecer a mi vista de inmediato, llevando en sus manos una gran fuente.

—La comida está lista — anunció y ambas pequeñas saltaron de alegría y corrieron a la mesa. Elizabeth sonrió y me miró algo apenada.

—Le dije que yo podía cocinar, pero Thomas jamás le gustó celebrar cumpleaños, ni el pastel, mucho menos los presentes, a diferencia de Anthony, él esperaba todo el año recibir los regalos.

Y sin más se levantó para caminar a la mesa, dejándome un gusto amargo en la boca. Anthony..., mi ángel. «¿Dónde estará ahora? ¿Qué estará haciendo?»

Edward avanzó hacia mí y me envolvió en sus brazos, sentí unas traviesas risitas detrás de nosotros.

—¿Te encuentras bien? — preguntó acariciándome la mejilla derecha. Me sentí horrible por estar comportándome como una idiota el día de su cumpleaños.

—Sí, perfectamente — dije sonriéndole—. ¡Quiero probar tu comida!

Él sonrió y sus ojos se fruncieron cuando lo hizo, aquello hasta el día de hoy me parece adorable.

—Ven, eres mi invitada de honor.

Me condujo hacia la mesa. Me senté entre él y Alicia. La señora Elizabeth sirvió un poco de coca-cola a las niñas y más vino para los adultos. Me recordé mentalmente que no podía beber mucho, porque no estaba acostumbrada.

—Propongo un brindis— dijo la mujer levantando su copa—. Por mi hijo y su cumpleaños. Hijo, te deseo lo mejor, tu sabes cuánto te amo y también por Bella, que desde ahora forma parte de nuestra pequeña familia.

Edward tomó mi mano por debajo de la mesa, y esa fue la primera vez que me sentí parte de algo.

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Son casi las dos de la madrugada, he tomado alrededor de cinco copas de vino, las pequeñas duermen en los regazos de sus padres, Edward está sentado a mi lado, me tiene abrazada, su mano descansa en el costado de mi cuerpo. Mi cabeza está apoyada en su hombro y mis ojos poco a poco se cierran.

—Bueno, creo que nosotros deberíamos ir al hotel.

—Mamá te dije que se pueden quedar aquí, hay suficientes habitaciones.

Elizabeth negó con su cabeza al escuchar protestar a Edward.

—No queremos incomodar — Ella nos regala una sonrisa picara y es la segunda vez que me sonrojo.

—Descuide, yo me voy a mi departamento — tuve la necesidad de aclararlo, antes de que pensara que Edward y yo manteníamos relaciones sexuales.

Edward me miró y pude ver la decepción en sus ojos.

—¿Te pasamos a dejar Bella? — preguntó Eric acariciando distraídamente el brazo de Alicia.

—No, yo la iré a dejar a su casa.

Ambos adultos asienten. Se levantaron y Edward tomó a Katie en sus fuertes brazos y la llevó a un automóvil, que antes no se encontraba ahí, y la dejó en asiento trasero donde Eric también dejaba a Alicia.

—Bella, ha sido un placer conocerte— Eric me abraza cálidamente—. Nos volveremos a ver en estos días.

—Por supuesto que sí — digo sonriéndole. Él se sube al asiento del piloto cuando la señora Elizabeth me abraza fuertemente.

—Me alegro de verte Bella. — murmura para que nadie la pueda escuchar—. Y mira que nos quedaremos unos días aquí — dice—. Nos tenemos que ver.

—Yo encantada — ella me vuelve abrazar y se despide de su hijo, para subirse al auto y perderse en la oscuridad de la noche.

Ahora todo el mundo se ha ido, solo somos Edward y yo abrazados en mitad de la noche. Mis ojos pesan a causa del sueño, y también por las copas de vino que me tome. Solté un bostezo y Edward sonrió besando mi cabeza.

—Quédate hoy conmigo. — pide acariciando envolviéndome entre sus brazos, acercándome a él. Mi pulso, de pronto, se dispara en mi interior y no sé cómo hacer que se calme.

—Edward...

Tuve la necesidad de decirle que yo jamás me he quedado fuera de casa, menos con un hombre, pero al mirarlo me doy cuenta que él no es tan solo un hombre, él es Edward y siempre me ha cuidado, sé que nada me pasará con él y respetará todo tipo de decisiones que yo tome.

—Solo duerme conmigo, no te estoy pidiendo nada más.

Sus labios se posaron en los míos y así nos fuimos acercando, entre risitas, a la entrada de su casa. Era algo estúpido, ya que podíamos caer el suelo en cualquier momento.

—Me quedaré — digo una vez que llegamos a la entrada de la casa. Edward sonríe y toma mi mano, dirigiéndome hacia la cocina. Abrió el refrigerador y sacó agua de su interior. Sirvió dos vasos y se sentó en la barra del desayuno.

—¿Más lasaña? — pregunta bostezando.

—No. Estas cansado ¿Trabajaste mucho hoy?

Edward asintió y luego una sonrisa se formó en sus labios.

—Sí, pero nada terrible. Lo peor fue ir a aeropuerto y soportar a dos diablitos.

Palmeó su rodilla y me senté sobre sus piernas, me sentí como una niña pequeña al no tocar el suelo. Edward escondió su rostro en mi cuello y respiró profundamente.

—Tus hermanas son hermosas.

—Son inquietas, muy inquietas — murmuró contra mi piel, provocándome un escalofrío — Dejaste que te peinaran. Créeme, desde ahora serás algún tipo de barbie para ellas.

—Tu familia es hermosa Edward ¿Por qué los dejaste y viniste a Nueva York? — Mis manos jugaban distraídamente con su cabello. Edward tragó saliva, pude notar como su manzana de Adan sube y baja.

—Creía que sería buena idea acercarme a mi padre — murmuró—. Conseguí un trabajo y lo busqué.

—¿Y lo encontraste? — pregunto tomándome el vaso de agua

Edward asintió.

—Creo que fue mala idea. En ese tiempo Anthony justo había muerto y él estaba devastado.

Cada vez que escucho mencionar el nombre de Anthony es una sensación de irrealidad. Todo el mundo piensa que él no está aquí, que se fue, que no sabe nada de lo que ocurre, pero él sigue tan presente en mi vida.

—¿Te saludó hoy? —

Edward asintió no muy convencido.

—Sí. Me fue a ver al consultorio hoy en la mañana, luego de pasar al cementerio a ver a mi hermano.

Tragué saliva.

—Me hubiese encantado crecer con él — Edward toma un sorbo de agua—. Saber cómo era, que hacía el día que falleció, todo eso.

Asentí, sintiéndome incapaz de hacer algo más. ¿Qué podría decir?

—Me alegro que estés aquí Bella — dice dejando un beso húmedo en mi cuello, su lengua juega con mi piel y siento el deseo apoderarse de todos mis sentidos.

—Me... encanta estar cont...contigo — gemí cuando él me tomó en sus brazos y me llevó hacia un lugar que no reconocí, supuse que a su habitación.

Abrió una puerta en el segundo piso y me encontré con una gran habitación, donde la cama de dos plazas ocupaba gran parte del espacio, el cubrecama dorado, lleno de cojines. Se veía tan cómoda, tan blandita. Su habitación tenía un sofá de cuero negro junto a la ventana que daba hacia el jardín, a su lado un gran estante lleno de libros de medicina.

Edward me dejó en el suelo y prendió las lamparitas que descansaban sobre la mesita de noche.

—Ahí está el closet— dijo apuntando hacia una puerta de color blanco que resaltaba en la pared de color beige —. Puedes ponerte algo mío para dormir, yo iré al baño.

Me quedé de pie en la habitación mientras él salía por la puerta. Mis pies vacilaron, pero me obligué a caminar hacia el closet de Edward, al entrar mis ojos se sorprendieron al ver todo perfectamente ordenado, no sabía por dónde buscar, o que buscar exactamente. Abrí un cajón y lo cerré inmediatamente al ver que eran sus bóxers, ni siquiera me permití mirarlos detenidamente antes de sentir un calorcito por todo el cuerpo. Abrí otro cajón, uno más de arriba, y ahí se encontraban unas camisetas deportivas, saqué una de color negro y cerré el cajón en busca de algún pantalón de algodón.

Me quité la chaqueta de cuero y la blusita que traía puesta, y me puse la camiseta de Edward que me cubría hasta los muslos. Doblé mi ropa y la dejé en el suelo. Encontré un short, también de color negro, al ponérmelo se me caía, asi que opté solo por mandarlo al demonio y salir en camiseta, no se me verían las bragas, supongo que eso es bueno.

Al entrar nuevamente a la habitación me saque mis zapatos y mis calzas y en ese momento justo entra Edward, provocándome un susto terrible.

—Oh, lo siento... yo no sabía que aun te estabas... cambiando— Sus mejillas se tiñeron de un adorable rosado. Sus ojos miraban el suelo y su mano rascaba su cabello. Se veía como un niño, pero yo sé que él solo está dándome cierta privacidad.

—Descuida. — digo doblando mi ropa. Camino hacia él y nuestros ojos se encuentran, no sin antes sentir como su mirada me recorría completamente.

—Eres hermosa — Murmura acariciando mi mejilla. Sus ojos miran mis labios entreabiertos y de pronto tengo deseos de besarlo—. Vamos a dormir — dice apenas tocando nuestros labios.

Sonrío y ambos nos metimos a la cama, y no me equivoque, es la cama más cómoda en la que he descansado. Edward me abraza por la espalda y una de sus grandes manos envuelve mi estomago. Mordí mi labio inferior y cerré los ojos tratando de concentrarme en mi respiración.

—Buenas noches Bella.

—Buenas noches Edward Thomas— Su risita fue lo último que escuche antes de caer dormida entre sus brazos.

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Hola mis lindas. Espero que hayan tenido lindos días. Bueno, primero que todo, disculparme por la tardanza, pero en Chile fueron las fiestas patrias, tuve 10 días libres y créanme, casi no estuve en mi casa, además que no tengo internet.

Bueno, aquí les dejo el capítulo de nuestro ángel... ¿Les gusta? ¿Creen que pasará algo entre Edward y Bella? muero de amor con este par, me encantan. Espero que les haya gustado a ustedes también.

Gracias por cada comentario, y agregarme a favoritos. Son geniales.

Sus comentarios son mi único pago, no les toma más de diez segundos y me hacen feliz, feliz.

Les mando un beso enorme y también un abrazo gigante. Las quiero y hasta la próxima actualización de nuestro ángel.

Atte; Ani.