Este fanfic está protegido legalmente por Safecreative. No apoyes el plagio.
Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.
Capítulo doce.
Agosto 28
Anthony me mira y sonríe tristemente. Algo en mi corazón se quiebra y abre paso al dolor. Quiero gritar, pero de pronto no encuentro mi voz; quiero correr, pero mis piernas no responden; quiero llorar, pero de mis ojos no cae ninguna lágrima. Todo es dolor, todo es soledad, todo es oscuridad, como solía ser cuando él aun no entraba a mi vida.
Veo su corto cabello cobrizo desde lejos y levanta la mirada nuevamente. Sus ojos verde jade, aquellos que alguna vez me dieron temor, ahora están llenos de lágrimas, quiero consolarlo, preguntar que le sucede, pero algo me dice que el tiempo se está terminando. Sus ojos encuentran los míos, pero Anthony desvía la mirada. No puedo pensar en la posibilidad de que él se vaya.
Aclaro mi garganta y susurro;
—Anthony.
Él ladea su bello rostro y niega con la cabeza lentamente. Algo me dice que aquella negación dará un giro importante en mi vida.
Sé que este último tiempo hemos estado bastante distantes y eso me duele en lo más profundo de mi corazón. Extraño su compañía, extraño aquellas tardes de risas y sus constantes regaños por no ser una mujer normal, que quiera salir a disfrutar con amigos, que quisiera comprar ropa costosa en el centro comercial. Solo quiero volver a ver aquella hermosa sonrisa que derrite mi corazón, él es mi ángel y no me gusta verlo triste.
—El tiempo se acaba. — dice caminando hacia mí. Sus pasos son lentos y cansados. Quiero negarlo, quiero decirle que aquello es una estupidez.
Siento mi cuerpo temblar, me siento completamente desesperada al escuchar esas cuatro palabras. Es como si la luz de mi vida fuera desapareciendo, dejando paso a la oscuridad, para que vuelva a envolverme en sus brazos. ¡No!
—No... Anthony... — Siento la primera lágrima recorrer mi rostro y es solo una mínima muestra de lo que siento por dentro. La sola idea de que él me deje es inconcebible —. No me dejes.
Le suplico con el dolor de mi alma. Anthony me mira y en sus ojos hay tristeza. Traga saliva con dificultad, como si estuviese a punto de llorar. Quiero abrazarlo tan fuerte, quiero que él se refugie en mis brazos, que me diga que todo sigue igual que antes, que nada ha cambiado en estos meses.
—Nunca te dejaré Isabella, siempre te lo he dicho. Tienes que ser fuerte.
—Anthony ¡No!
Mi cuerpo se estremece y abro los ojos, mirando mí alrededor tratando de encontrar mi respiración. Las gotas de sudor bañan mi frente, mi corazón late completamente desenfrenado en mi pecho, sintiendo el pulso en cada rincón de mi cuerpo. Mi boca está seca y hasta unos segundos después me doy cuenta que mis mejillas están bañadas de lágrimas, de las cuales, no fui consciente.
—¿Anthony? — Susurré como si su nombre fuese algo sagrado. Mi pecho se siente apretado y el aire se siente pesado al respirar. Me siento desorientada, recuerdo vagamente que me debí haber quedado dormida en el sofá. Mis ojos recorren el living de mi casa con la esperanza de encontrarlo de pie frente a mí, pero no está
—Oh Anthony...
«¿Qué fue eso? ¿Era una despedida?»
No puedo ni siquiera pensar en aquella aterradora posibilidad. Mis lágrimas nuevamente hacen acto de presencia y estoy completamente desesperada. Mi vida es una mierda.
Me levanto del sofá donde estoy acostada, despejo mi rostro de todos los molestos cabellos y, prácticamente, corro hacia el baño para lavar mi rostro y tratar de despejar mi mente, pero no funciona absolutamente nada. Solo quiero llorar, gritar, patalear como si fuese una niña de cinco años.
No sé cuánto tiempo estoy encerrada en el baño, sentada en la fría baldosa, pero mis piernas desnudas protestan y tengo que levantarme para ir a mi habitación.
Mi celular descansa en mi mesita de noche y verifico si tengo alguna llamada o algún mensaje, pero se ha descargado.
«Maldita sea»
Miro el reloj de mi habitación y apenas son las seis de la tarde.
Me acuesto en mi cama mirando el techo de mi habitación.
«Solo es un sueño, solo ha sido un sueño»
Trato de convencerme de aquello, pero es imposible. Cierro mis ojos y solo veo el hermoso rostro de Anthony mirándome, sonriéndome, aunque su sonrisa no llega a los ojos, se ven tan cristalinos, tan sinceros. Su corto cabello broncíneo brilla bajo la luz del sol, sus manos están en sus bolsillos del jeans y solo soy capaz de volver a llorar ante la posibilidad de perderlo para siempre. Mi vida sin él sería una completa porquería, sería volver a hacia las profundidades, hacia la soledad.
La culpa me carcome por dentro al saber que yo, en parte, he sido la culpable de que él se haya alejado ¡Me siento tan culpable! me siento como una paloma que no tiene rumbo, que no sabe hacia dónde va su destino. Antes todo era tan seguro, tan plano; sin emociones, sin vida, sin posibilidades..., ¿y ahora qué? ¿Qué puedo hacer si él decide irse? ¿Es tan egoísta de mi parte pedir que se quede conmigo para siempre? Mis pensamientos gritan que sí, que soy una maldita egoísta y por eso todo me sucede a mí, pero mi corazón pide a gritos que él jamás se vaya de mi lado, que el día de mañana, cuando yo me vaya de este mundo, él me acompañe, que él me guíe hacia adelante, como lo ha hecho todo este tiempo.
No sé cuánto tiempo estoy acostada en mi cama, mirando la ventana que Anthony solía o suele mirar. Mi cuerpo se siente abatido y deseo un baño para despejarme.
Cuando estoy con el cabello húmedo y con tan solo una bata de seda en mi cuerpo me dispongo a tomar un té y unas galletas de agua. Sonrío cuando veo mi plato con cinco galletas, Edward me mataría si me ve comiendo esto, pero no tengo hambre.
Prendo el equipo de música de mi living, es música suave..., Yiruma, para ser exacto. Me pierdo en las notas musicales, en todas las emociones que siento al escuchar el piano. La música logra relajarme lo suficiente, casi al punto de quedarme dormida, cuando sentí unos golpecitos en la puerta de mi departamento. Me levanto de la silla y camino hacia la puerta.
—Hola princesa.
Edward está apoyado en la puerta de mi casa, su cabello largo parece aun más rebelde, sus labios se ven rellenos y apetitosos, una de sus manos está en su bolsillo del jeans que trae puesto y en la otra tiene unas bolsas blancas que supongo que es comida. Un exquisito calor crece en mi pecho y se expande por todo mi ser ¡Como lo había extrañado! Parece que han sido semanas de la última vez que lo vi y solo han pasado dos días.
—Edward... — siento una ridícula sonrisa adornar mis labios y solo soy capaz de rodear su cuello con mis delgados brazos y ponerme en puntillas para alcanzar sus labios. Él deja las bolsas en el suelo y sus grandes manos toman mi cintura, acercándome más a él. Sonríe contra mis labios y deja un corto beso en ellos.
—Te voy a castigar ¿Por qué tienes tu celular apagado? — preguntó luego sin soltarme.
«Oh..., se me olvido por completo volverá cargarlo»
—Lo siento, se me olvidó poner a cargarlo. — Hago un puchero tratando de que no se enfade.
Me suelta y recoge las bolsas del suelo, y lo acompaño hacia la cocina.
—Te iba a llevar a comer afuera — dice dejando las bolsas en la encimera—, pero mi querida novia no quiso hablar conmigo y por eso apagó el teléfono.
Toma asiento en la barra del desayuno y hace un tierno puchero con sus labios. Sonrió y caminé hacia él, me ubico entre medio de sus piernas y lo rodeo con mis brazos.
—Estaba tomando siesta — digo acariciando su cabello—. Además estabas trabajando, no quería molestarte.
Edward se inclina y besa mi cuello, para luego incorporarse y besarme la frente.
—Tú nunca vas a molestarme.
Solo puedo sonreír con su respuesta. Me separo de su cuerpo y camino hacia el refrigerador.
—¿Comiste? — preguntó Edward a mis espaldas. Asentí.
—Tomé un té y galletas.
Frunzo el ceño al saber que me va a regañar en tres segundos más.
—Bella no puedes vivir a base de té y galletas, eso era antes de que nos conociéramos. Además estás demasiado delgada.
—Mentira, he subido de peso, sobre todo este último mes. — Me enfurruño y le saco la lengua—¿Cómo te ha ido hoy? — quise cambiar de tema.
Volteo y soy consciente de que Edward me mira de pies a cabeza y eso me confunde. Miro mi cuerpo y sonrió al saber que estoy solo en una bata de seda y bastante corta, y sin ningún tipo de ropa interior.
—Estás hermosa hoy— dice ignorando mi pregunta —. Muy hermosa.
—Tú no estás mal — digo caminando para ir a ponerme zapatillas de dormir, cuando siento que alguien me toma por la cintura y me pega contra la pared del living.
—Hermosa. — susurra Edward contra mis labios y estoy tan impactada por su repentina acción que me quedo sin palabras cuando él atacó mis labios.
Nuestras lenguas no tardan en perderse una en la otra, una gran necesidad creció en mi interior, por sentirlo aun más cerca. Su cuerpo está pegado al mío, pero necesito mucho más, necesito sentir piel contra piel, cuerpo contra cuerpo, amándonos apasionadamente.
Edward abandona mis labios e inhala cerca de mi cuello, su lengua se siente cálida una vez que lame la extensión de mi piel, sus dientes atrapan el lóbulo de mi oreja y gimo audiblemente sin avergonzarme. Una de sus manos viaja hacia mi cintura, y la otra trata de deshacerse del nudo de mi bata de seda.
—Impaciente... — gemí cuando su mano luchaba contra mi pequeña ropa. — Pensé que me estabas regañando.
Edward sonríe y luego se deshace del nudo de mi bata, abriéndola lentamente.
—Te he extrañado tanto. — susurra mirándome a los ojos. Muerdo mi labio inferior y mis caderas anhelan un contacto más íntimo. Edward cuando sus manos se colaron por debajo y toman mi piel expuesta, acariciándome con vehemencia sin que sus labios abandonen mi piel.
—Edward... — gimo cuando él me toma por el trasero, enrollo mis piernas en sus caderas para luego caminar conmigo hacia el sofá, donde me deposita con ternura. Se sube arriba mío y sus caderas vuelven a presionar las mías provocando en mi, mil sensaciones que no puedo explicar. Sus labios bajan entre medio de mis pequeños pechos lentamente, su mano acaricia uno de ellos, lo aprieta y luego lo masajea lentamente, jugando con mi pezón, volviéndome completamente loca.
—Bella... — gruñe cuando mis piernas se enrollan a través de sus caderas y empujo contra él tratando de sentirlo completamente.
Edward comienza a moverse encima de mí y comienzo a odiar su ropa, por lo que mis manos van directamente hacia su camisa y poco a poco comienzo a desabotonar cada botón que encuentro en mi camino. Él me regala aquella sonrisa que derrite mi corazón, las esquinas de sus ojos se arrugan y tengo deseos de decirle cuanto lo quiero.
Me deshago de su camisa y mis manos exploran su pecho y espalda, y poco a poco comienzo a bajar hasta el inicio de su pantalón donde, con un poco de dificultad, logro desabrochar el cinturón y sus pantalones, trato de bajárselos con mis manos, pero no alcanzo, así que él se levanta y se deshace de toda la ropa, incluso sus bóxer.
Mojo mis labios con saliva al verlo completamente desnudo.
Edward vuelve a recostarse sobre mí, pero una de sus manos va directo a mi intimidad, me toca y su pulgar presiona lentamente mi botón del placer. Gimo cerca de su oído.
—Edward... por favor. — gimo incitándolo. Él me sonríe y poco a poco comienza adentrarse en mí. Lo siento cálido y comienza a llenarme poco a poco, sus labios me besan y gimo cuando lo siento completamente adentro.
Nos quedamos así, quietos y sólo mirándonos. Edward besa cada rincón de mi rostro, y sus codos están a cada lado de mi cabeza, mis brazos envuelven su cuerpo y estamos lo más cerca posible.
El vaivén es un ritmo constante, ni demasiado lento, ni demasiado rápido, es el ritmo perfecto para llevarme a la completa locura. Edward esconde su rostro en mi pecho y sus caderas se mueven hacia mí.
—Mierda... — Edward comienza acelerar sus embestidas y una de sus manos toma la mía y enrollamos nuestros dedos, los alza sobre mi cabeza.
No puedo dejar de admirar su rostro cuando junta nuestras frentes. Sus cejas pobladas, su nariz recta y perfecta, sus mejillas sonrojadas a causa del calor que sentimos en este momento, su cabello aun más rebelde, sus labios rojos y mojados, dejando salir gruñidos y maldiciones cada vez que entra y sale de mí.
—Oh Edward..., más rápido — gimo cuando su mano libre va hacia mi cadera y la levanta un poco, para dejar descansar su mano en mi trasero, lo aprieta y lo masajea. Siento el pulso de mi corazón dispararse, provocando que sienta latidos en todo mi cuerpo, mis piernas se sienten agarrotadas, mis pies se tensan al igual que mis manos y con tres embestidas más llegamos al clímax, gritando los nombres del otro.
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Estamos recostados en el sofá, completamente desnudos con nuestras piernas entrelazadas. La mano de Edward acaricia mi cabello marrón y yo escondo mi rostro en su pecho.
—Creo que deberíamos cenar — Dice Edward cuando escuchamos su estomago gruñir. Estallé a carcajadas al escucharlo enfurruñado como un bebe.
—¿No comiste nada en la tarde?
—No alcancé almorzar. — Sonríe—, pero me acabo de comer el postre.
Ríe por su mal chiste, pero es tan adorable que no puedo evitar que una sonrisa adorne mis labios. Alcé mi rostro y beso su mejilla aun sonrojada a causa del calor que, seguramente, siente.
—Quisiera una ducha antes de cenar. — digo estirando mi cuerpo.
—Pues me encantaría acompañarla señorita Swan.
—Vamos. — digo separándome de su cuerpo cuando la puerta de entrada se escucharon varios golpecitos impacientes. Miro a Edward y por un segundo se me pasa por la mente que algún vecino viene a reclamar por ruidos molestos, pero hasta ese momento recuerdo que no conozco a mis vecinos.
—¿Esperas a alguien? — pregunta Edward bajito, como si el intruso que llegó a interrumpir nuestra intimidad fuera a escucharlo.
—No. — respondo completamente confundida —. Seguramente es el cartero.
Edward se levanta del sofá y se inclina para tomar su bóxer que están tirados en el suelo, y se los pone rápidamente.
—Voy abrir, estoy más decente que tú. — digo tapándome con mi bata. Si bien no cubre mucho mi cuerpo, al menos no estoy en puros bóxer como él, el cartero podría ser gay y fijarse en él, y yo no lo quiero compartir con nadie.
Él besa mis labios y camina hacia algún lugar de mi departamento. Sonrió cuando me vio observando su trasero.
Volvieron a tocar la puerta impaciente mientras me anudaba la bata a la cintura.
—¡Ya voy!
Al abrir la puerta me encuentro con una desagradable sorpresa. Alice está de pie con su característica falda tuvo color rosa que apenas cubre sus muslos, una blusa que deja ver el inicio de sus pechos rellenos, al menos más que los míos. Una cartera gigantesca cuelga de su brazo derecho. Su cabello iba trenzado arriba como una especie de cintillo, y el resto suelto provocando que aquel cabello negro azabache cayera sobre sus hombros.
—¿Alice? — mi voz es temblorosa y me regaño mentalmente por eso. Ya no soy la misma que solía ser la última vez que la vi.
—Hola Isabella. — Dice alzando su ceja derecha, mirando atentamente mi atuendo — ¿Estabas acostada un sábado por la noche? — Una sonrisa burlesca adorna sus labios rojos. Tengo deseos de golpearla por estarse burlando de mí.
—¿Qué haces aquí? — Pregunté sin rodeos, su sola presencia me ponía los nervios de punta.
—¿No me invitarás a entrar? — Hizo un puchero y quise reírme de su hipocresía. Su pregunta me puso nerviosa. Miré el interior de mi departamento y Edward no estaba a la vista, rogué donde quiera que estuviese que no saliera hasta que Alice se fuera. No creo que demore mucho el asunto, Alice jamás ha venido a mi departamento, solo con Renée un par de veces y sus visitas no duran más de diez minutos.
—Pasa.
Alice me guiña un ojo y pasa a mi departamento, lo mira atentamente y toma asiento donde, hace unos minutos yo era feliz entre los brazos de Edward. Quise reírme en su rostro, pero me contuve, porque no soy así.
—¿Qué deseas Alice? Dudo que estés aquí porque lo deseas.
Alice asiente y mira sus uñas con una perfecta manicure.
—Claro que no deseo estar acá, pero mi papá te llamó prácticamente toda la tarde y no respondías, luego lo apagaste.
El único día que tengo el celular apagado y todo el mundo me reclama por ello, pero un momento... ¿Por qué Carlisle me llamaría? ¿Renée? ¿Dónde está Renée en este momento? Miro a Alice y su mirada es fría, sus ojos claros me miran atentamente, cosa que me pone completamente nerviosa.
—¿Dónde está Renée? — preguntó, aunque no lo quisiera estoy preocupada por ella. Es realmente extraño ver a Alice aquí sentada como si fuésemos las dos mejores amigas que podrían existir.
—Un estúpido tipo en moto la chocó. Iba cruzando la calle hablando por teléfono y no vio al hombre— dice como si estuviera hablando del clima.
Mi corazón se dispara ante la posibilidad de perder a la única persona que, alguna vez, formó parte de mi familia. Sé que Renée es fría y distante conmigo, pero es mi madre ¿no? Además ella no siempre tuvo ese trato tan frívolo. Cuando tenía cuatro años, ella solía cargarme, solíamos ir al centro comercial y a mí me encantaba jugar con su largo cabello castaño. Mis ojos se llenan de lágrimas, no la he visto en meses y mucho menos he hablado con ella.
—¿Dónde está? ¿Está bien?
Alice asiente y toma una larga respiración.
—Solo se quebró un tobillo y alguna que otra contusión. Nada de lo que debas preocuparte — musita—. Solo mi padre pensó que deberías saber, aunque yo no estoy muy de acuerdo con eso.
Fruncí el ceño ¿Ella de verdad no pensaba decirme nada? ¿Qué mierda se cree esta mujer?
—Creo que a ti no te corresponde decidir eso Alice.
Ella sonríe, sus dientes blancos y derechos me dejan estupefacta. Ella es realmente hermosa, pero tan hermosa como fría.
—Bella, no la has llamado en meses, ni siquiera la vas a ver.
—¿Y ella no puede llamarme a mí? Ella sabe donde vivo Alice, ella sabe absolutamente todo de mí, no vengas aquí reclamarme.
Estaba perdiendo la paciencia, pero aquel momento Edward aparece por el pasillo de mi pieza y se queda de pie al ver a Alice sentada en el sofá y a mí de pie, completamente a la defensiva.
Miro a Alice y ella está mirando a Edward con la boca abierta, cruza sus piernas y no sé si lo hace intencionalmente. El miedo florece en mi interior, Alice es hermosa, tiene un cuerpo bonito y formado, cuando yo soy demasiado delgada, demasiado depresiva por mi propio bien.
—¿Hola? — Dice Edward pasando las manos por su cabello húmedo. Seguramente estaba tomando una ducha.
—¿No nos vas a presentar Isabelita?
Tengo deseos inexplicables de echarla de mi casa, pero algo que me dio mi padre es una buena educación.
—Edward ella es Alice, hija del esposo de mi madre.
Edward frunce el ceño y me mira confundido. Sé que seguramente se está preguntando de donde salió, pues yo jamás le había dicho que mi madre tenía una hijastra.
—Mucho gusto. — dice él sonriendo ¿Por qué sonríe?
—El placer es mío. — Alice se levanta y le estrecha la mano, demasiado tiempo diría yo. Edward camina hacia mí y besa mi cabeza.
—¿Dónde está Renée? — Pregunto para qué ella se vaya pronto de aquí.
—En casa, acabamos de llevarla allá, tiene que tomar unos días de reposo. Deberías ir a verla si tienes conciencia Isabella, la culpa por no ir a ver a tu madre puede llegar a ser terrible — dice tomando su cartera del sofá—. Bueno, es mejor que me vaya. Adiós.
Y sin darme una sola mirada ella desaparece por la puerta de entrada, dejándome con las palabras atoradas en mi boca. ¿Qué se creía ella para venir a reclamarme en mi propia casa? Tengo deseos de gritar y de tirarla desde el decimo piso para que se coma sus palabras.
—¿Qué fue eso? — Edward me abraza, pero estoy tan enfadada que me separo bruscamente de él. Camino hacia la cocina y me sirvo un vaso de agua para calmarme un poco, no deseo que él sea víctima de mi enfado.
—¿Bella? — vuelve a preguntar muy cerca de mí, pero no me toca.
—Mi madre tuvo un accidente. — digo sosteniéndome en la encimera, dándole la espalda —. Está bien, pero Alice suele descomponerme cada vez que la veo.
—Te llevas mal con ella.
Puse los ojos en blanco, como si eso no fuese evidente. Me volteo y lo miro a los ojos.
—Asi es, como has visto no nos soportamos, siempre fue así. Aunque cambia completamente cuando está con Renée, se vuelve la mujer más dulce.
Edward baja la mirada y frunce los labios.
—Deberías ir a ver a tu madre ¿no? — Asiento.
—Lo sé — suspiro—, pero iré mañana. Ahora estoy contigo.
Edward me abraza fuertemente y agradezco mentalmente que lo haga. Lo quiero demasiado y sus brazos son mi cable a tierra. Él besa mis labios y estoy nuevamente perdida en sus encantos.
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Observé las enormes y escalofriantes murallas de ladrillos que rodeaban la casa. Caminé por el lindo sendero de arboles, ahora, completamente llenos de hojas verdes. Recuerdo como si hubiese sido ayer la última vez que estuve aquí, el día en que todo cambió para siempre con la llegada de un ángel a mi vida. Sonreí al recordar que hace un par de meses atrás hubiese entrado con la mirada fija al suelo, tratando de no mirar a las personas a la cara, pero ahora yo era una mujer diferente y no me dejaría intimidar por la familia de Renée.
Justo antes de llamar a la puerta recibí un mensaje de Edward.
"Lamento profundamente que no me dejarás acompañarte, al menos pude haberte llevado, pero eres demasiado cabeza dura. Llámame cuando estés libre, necesito verte. Te quiero princesita, jamás lo olvides"
Pude derretirme ahí mismo con sus palabras ¡Es tan lindo! pero la puerta se abrió y vi la imagen de Carlisle frente de mi. Verlo me hace recordar a mi padre y la razón por la cual él ya no está en este mundo. Jamás culpé a Carlisle por lo sucedido, él era amable a pesar de todo.
—Bella ¡Qué bueno es verte!— Su sonrisa se extiende por sus labios y yo sonrió por cortesía.
—Alice me avisó ¿Dónde está Renée?
Carlisle me analiza con sus ojos color miel.
—Está en nuestra habitación. Te llevaré.
Me indica el camino y mis pasos son vacilantes al seguirlo. Su cabello rubio se ve sedoso, sus pasos son firmes y decididos. Ahora veo por qué Renée se enamoró de él, pues Carlisle es todo lo contrario a lo que era mi padre.
Subimos una escalera y el silencio entre nosotros dos me incomoda, él parece leer mis pensamientos ya que me mira y sonríe.
—Estas muy diferente Bella.
Seguramente ya no veía aquella idiota de veintidós años, delgada, con el cabello descuidado, con ningún signo de vida en su cuerpo.
—Ya lo creo.
Justo antes de llegar a la puerta de entrada siento un escalofrío recorrer cada centímetro de mi cuerpo, mi respiración comienza a pesar y de reojo veo a Anthony de pie junto a mí. Una sonrisa se extiende por mi rostro al verlo, tengo deseos de abrazarlo, pero Carlisle me está mirando extraño y Anthony tiene una sonrisa hermosa en los labios, una sonrisa que llena sus ojos, como jamás lo he visto antes y eso me hace feliz.
«No estás sola» me susurra al oído y mis ojos se llenan de lágrimas.
Cuando Carlisle abre la puerta de su habitación lo primero que veo es la gran cama matrimonial con Renée acostada al lado izquierdo, con su pie enyesado sobre un cojín. Traía puesto un short y el cabello tomado, la blusa que trae puesta, deja expuestos sus brazos, dejando ver algunos moretones y cortes que se ven superficiales.
—Hola Renée. — la saludo y tengo temor de dar un mal paso. No tengo la confianza suficiente para sentarme a su lado, además mi peso podría hundir el colchón y provocarle dolor con el movimiento.
—Toma asiento Isabella. Le pediré a Ana que te traiga algo de beber.
Carlisle me sonríe antes de salir de la habitación, dejándonos completamente solas, con un ángel protegiéndome en todo momento.
Miro a Renée y me está mirando fijamente como hace años no lo hace, inspecciona mi atuendo y sonríe.
—Meses que no te veía Isabella. — su voz sigue sonando distante—. ¿Cómo estás?
—Creo que yo debería preguntarte eso.
Ella sonríe y le resta importancia.
—Fue un descuido mío, no debí cruzar la calle distraída, pero no ha sido tan malo, solo llevo un par de horas así y estoy desesperada por salir de esta cama, al menos es mejor que estar internada en el hospital.
Creo que es la frase más larga que ella me ha dicho en años. Miro sus ojos miel y asiento sin saber que otra cosa hacer.
—Te veo diferente. — Comenta para romper el silencio— ¿A qué se debe el cambio?
Oh, aquí venimos. Seguramente está orgullosa por que hoy llevo un vestido azul, sandalias blancas y el cabello suelto e incluso un poco de maquillaje.
—Sigo siendo la misma de siempre Renée.
—¿Algún chico?
Fruncí el ceño. Anthony camina al lado de mi madre y suelta una risita cuando Renée menciona eso, tengo deseos de lanzarle un zapato.
—Eso no te incumbe.
Renée se pone seria, cuando entra en aquel momento una señora baja algo gorda que me sirve un vaso de coca-cola.
—Gracias — musité.
—¿Desea algo la señora? — pregunta amablemente a mi madre, pero no la mira a los ojos.
—No, puedes retirarte Ana. — la mujer sale de la habitación torpemente.
—Pues es cierto, no me incumbe.
Me pongo rígida en la silla que está a su lado. Miro mis manos sin saber que más hacer. Esta situación es muy incómoda y aunque quisiera irme pronto, creo que sería mala educación. Tomé un sorbo de la coca-cola para relajarme.
—Hace unos días te vi — comenta mirándome —. Ibas de la mano con un chico guapo, por el centro comercial. Y Alice me dijo que ayer estabas muy bien acompañada.
Fruncí el ceño completamente confundida. Es obvio que me vio con Edward pero, ¿Por qué no se acercó? ¿Tanta vergüenza le daba yo? Es increíble. Además Alice es una chismosa.
—No saludaste.
—No quise interrumpir. — dijo bajando la mirada. Veo a Renée diferente, es como si hubiese retrocedido dieciocho años y estuviera con la mujer que fue mi madre en mi infancia—. Te veías feliz Isabella.
—Lo soy. — admití.
Ella sonríe.
—Ahora entiendes que cuando llega el amor no podemos arrancar, el corazón manda mucho más que la razón.
La miro sin poder creer lo que dijo.
—Renée no deseo escucharte hablar sobre eso. Por culpa de tu amor con Carlisle, mi padre se quitó la vida. No pretendas justificar tus actos, porque mi relación con Edward no está dañando a nadie, es una relación sana que no está destruyendo ninguna familia.
Anthony aplaude y sonríe mirando a mi madre, quien está completamente estupefacta al escucharme.
—Isabella no deberías hablarme así.
Pierdo la paciencia. Anthony me mira confundido cuando me levanto de la silla tomando mi cartera.
—Creo que es mejor que me vaya. — musito—. Te llamaré constantemente para saber tu evolución.
Renée asiente.
—Hasta luego Isabella.
Asiento y camino hacia la salida. Bajo las escaleras lentamente tratando de encontrar mi respiración.
—Creí que tu madre no sonreía— comentó mi ángel de pie justo a mi lado.
—Yo tampoco lo pensaba — susurré sonriendo. Cuando llegamos abajo Carlisle y Alice estaban jugando ajedrez sobre una mesita pequeña.
—¿Ya te vas? — preguntó Alice alzando su ceja.
—Sí. Adiós Carlisle, Alice.
—Adiós Bella. — contestó el hombre.
Y sin decir ninguna otra palabra salgo de la casa. Sé que prometí llamar a Edward cuando saliera, pero no quiero molestarlo. Lo llamaré cuando este en casa un poco más calmada.
Al llegar mi departamento se ve solitario. Anthony no ha dicho ninguna palabra desde que nos fuimos, pero mira atentamente todo a mí alrededor, como si quisiera grabar cada detalle de este departamento.
—¿Qué tanto miras? — le pregunté una vez que me siento a comerme unas galletas de agua.
—Solo veo que tienes buen gusto para decorar. Deberías ser decoradora de interiores.
Sonrío y niego con la cabeza.
Anthony camina hacia mi viejo y olvidado piano, y toma asiento. Cierro y abro mis ojos como si estuviera viendo una visión, frota sus manos, estira sus largos y níveos dedos.
La melodía que entona es suave y llena mis oídos y mi corazón envolviéndome con sus notas musicales. Una sonrisa adorna sus labios y cierra sus hermosos ojos verde jade. Estoy completamente anonadada mirándolo, es como si mi ángel estuviera encontrando la paz que necesita. Sus manos se mueven en perfecta sincronía y me siento completa..., en paz.
Cuando termina abre sus ojos y me mira atentamente. Sonreí y camino hacia él para abrazarnos, pero mi celular suena y él se pone de pie, como si estuviese esperando aquella llamada.
Busco mi celular y es un número desconocido. Contesto con desconfianza.
—¿Bella? ¿Isabella? — no sabía quién me estaba hablando.
—Sí.
—Oh Bella... — la mujer sollozó al otro lado de la línea. Miré confundida a mi ángel y él mira sus zapatos. Camina hacia mí y me envuelve en sus brazos fuertemente, sosteniéndome.
—Disculpe, no sé con quién hablo.
—Soy Elizabeth... — Mi cuerpo comienza a temblar por alguna razón que no puedo identificar. Que la madre de Edward me esté llamando en aquellas condiciones no debe ser nada bueno— Edward..., Edward tuvo un accidente.
Mis ojos miran a Anthony y no escucho ninguna de las palabras que Elizabeth me dice. Siento que caigo, voy cayendo lentamente hacia la oscuridad, no soy capaz de salir, mi respiración se dificulta y solo soy consciente que los brazos de Anthony me sostienen, pero esta vez ni siquiera él podrá salvarme.
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Hola mis lindas. Aquí les dejo otro capítulo de nuestro ángel... uuuy quedan muuuy pocos capítulos para el final. (Espero que no me maten por el final) ya que necesito terminar el fic jaja :3
Sé que algunas están molestas por qué no actualicé antes, debo decir que tengo mis razones y las dije en mi grupo de Facebook (no quiero parecer disco rayado diciéndolas de nuevo)
De antemano muchas gracias por su tiempo, por leerme.
Sus comentarios son mi único pago y me hacen muy feliz.
Pueden unirse a mi grupo de facebook (link en mi peril de FF) todo el mundo es bienvenido.
Un beso, hasta la próxima actualización.
Atte; Ani
