~Extensión: 1,654 palabras.
~Notas: Demasiado tiempo de no pasar por aquí, este capítulo no es exactamente el entendimiento de todo pero son cosas que no se pueden retrasar toda la vida, así que seguramente será para el próximo. No obstante éste es vital.
~Disclaimer: Digimon es propiedad de Akiyoshi Hongo. Nunca me ha pertenecido, ni lo hará. No tengo, y nunca he tenido ánimo de lucrar con esto.
Nadie sabe lo que va a pasar puede que hoy te vayas puede que mañana regreses, y puede que de ambas maneras lo eches en falta. La vida gira y gira en espiral, te marearás, caerás, soñarás, detendrás y volverás a girar sin detenerte.
Espeso panorama chocolate.
"Por qué no te besé en el alma cuando aún podía, por qué no te abrace la vida cuando la tenía...
...Me encerré en mi mundo y no pudiste detenerme..."
(Me dedique a perderte -Alejandro Fernández.)
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Sora estaba sorprendida de la actitud amarga de Matt, quizá hasta un poco asustada por su desesperación y su creciente ira. Cuando ella le respondió que no tenía idea de la ubicación de la castaña pensó que le golpearía. Sus puños se habían crispado tanto y tenía un aura de batalla tan alta que no se contuvo de estrellar el puño a un costado de la cara de la pelirroja, que le miraba anonada; pero él jamás había sido una persona agresiva.
Contrario a lo que expresaba su apariencia, se dedicaba a cuidar a T.K. y a Mimi. Eso ya era mucho decir, porque ambos eran tan inocentes, que constantemente eran blanco fácil. A Takeru podían decirle que se ganó la estatua de la libertad en un concurso y se lo creería. En cuánto a Mimi, digamos que su peculiar visión rosa del mundo la impulsaba a creer en la bondad escondida de todos (aunque gracias a Yamato ─su príncipe, no príncipe, como ella misma lo definía─ estaba mejorando su lado desconfiado).
Pero aquello la dejó en un punto casi histérico, que Matt estuviera tan preocupado por Mimi que se dedicara a dañar su mampostería… era algo monumental. Ella trató de sonreír para bajar la tensión del ambiente, el rubio estaba sentado en su sala respirando con dificultad mientras sostenía una taza de té de tila para los nervios. Sora se había escaqueado a la cocina unos segundos antes (con la excusa del té) para llamar también a Tai y decirle que era urgente que viniera.
Al paso que iba Tai llegaría cuando Yamato estuviera un poco más calmado. Ella le sirvió en un plato pastelillos caseros, y se lo puso a un lado. Con una tímida sonrisa le dijo con voz muy baja.
─ ¿Matt…?
Él la miró.
Aún se veía bastante molesto, pero ya no parecía tan fuera de sus casillas como segundos antes. Lucía más bien abatido, un poco golpeado por las situaciones de la vida y bastante deprimido. Sora no se atrevía a preguntarle porque estaba así, incluso llegó a pensar que le había sucedido algo grave a su amiga.
El rubio respiró audiblemente un par de veces, el sonido entrecortado que él producía era lo único que se escuchaba ante la falta de palabras. Sabía que había actuado mal, estresando a Sora hasta puntos insospechados. Le echó una rápida mirada a la pelirroja, que casi temblaba de la anticipación; se detuvo unos segundos en sus manos trémulas sin saber si se debía al miedo o al nerviosismo.
Abrió la boca queriendo disculparse pero las palabras no le salieron. En su lugar, sintió que un abatimiento le llenaba. Aún no estaba listo para creer que ella se había marchado, porque las pruebas eran contundentes, no había rastro. Ni siquiera sabía si había ido al trabajo (aunque pensándolo bien, no necesitaba ni trabajar con la fortuna que se cargaba…) o si simplemente se había largado. Sin importarle nada, sin importarle él.
Le dolía aquello, sabía que Mimi era muy lenta e impulsiva cuando tomaba decisiones, porque meditaba en ellas durante semanas aunque cuando tomaba una resolución simplemente actuaba. Sin detenerse a nada, sin pensar en las repercusiones; era capaz de pasarse un mes completo en la punta de un acantilado pero cuando resolvía que quería saltar… ¡lo hacía hasta de cabeza! Generalmente actuaba premeditadamente cuando se molestaba con él, por eso no entendía ellos estaban bien. Y pensar que ahora todo parecía un panorama de nula visibilidad, era como mirar la taza de porcelana en la que ella solía hartarse de helado de chocolate hasta que Matt le ofreciera disculpas. Pero se había ido. Quizá cuando lo dijera las cosas cobrarían sentido, quizá se diera cuenta de lo estúpido que sonaban esas palabras, de lo inciertas que eran; que no tenía que preocuparse que ella sólo se había ido a visitar a sus padres a Odaiba, una vez más sin avisarle. Es una estupidez preocuparme por cosas sus caprichitos, se dijo Matt.
Un poco más animado, miró a Sora que estaba al borde del asiento. Sonrió con suficiencia al entender que tenía que tener razón y rodó los ojos ante las inevitables burlas que recibiría por parte de la mujer que lo puso en ese estado cuando se enterase de aquella escena con su amiga, porque siempre se contaban todo.
Recordó inevitablemente y con algo de fastidio, aquella vez en la que se emborrachó cuando Mimi se fue a Estados Unidos después de pelearse con él. Tai lo había acompañado al bar y llevado a la casa de Sora al salir, en realidad de ambos; y la pelirroja había visto su estado. Más tardo Sora en comunicarse con la castaña, que en regresar ésta a los dos días gritando como una hiena enfurecida porque él había armado tremendo espectáculo, además de que había incordiado a sus amigos. Luego de recordarle, claro está que "tenía que irse" porque tenía una reunión de negocios (aunque Matt sabía que dicha reunión estaba programada para el próximo mes).
─Mimi se…
El estruendoso ruido de la puerta azotándose contra la pared cortó las palabras del rubio, éste fulminó con la mirada a Tai que se dirigía a pasos apresurados hacia la sala donde estaban sentados. El castaño no pudo evitar dirigir unas miradas preocupadas a Sora, quién solo se encogió de hombros ante la mirada furibunda que le dirigió Matt. Era como si dijera "tú-me-obligaste-a-llamarlo".
─ ¿Hasta cuando vas a dejar de aterrorizar a mi esposa, eh? ─preguntó Tai al tiempo que se aflojaba el tenso nudo de la corbata.
Yamato frunció el ceño, iba a negar con el mismo tono fastidiado que usaba exclusivamente para Tai, pero cuando procesó completamente las palabras se sorprendió. Poso inmediatamente los ojos en Sora, quién no le miró.
─No pretendía hacerlo…
Taichi reprimió una risa sarcástica.
La pelirroja carraspeó y le indicó que se sentase, acto seguido le hizo un gesto al rubio para que continuase. Matt se lo pensó dos veces, por mucho que Tai fuese su mejor amigo… una cosa era admitir ante él que se había preocupado hasta la histeria por la castaña (cosa de la que éste se burlaría hasta el mismísimo fin del mundo o hasta que Yamato estuviese bajo tierra, jamás permitiendo que se le olvidase aquello, siempre restregándose en el rostro. Ya podía escucharlo: "Recuerdas aquella vez que casi destrozas mi casa porque Mimi no estaba en la tuya." Con tono ácido que le calaba el cuerpo.) Y otra muy diferente era hacerlo ante Sora, quién quizá sólo le daría un seco asentimiento y otro té bien cargado (aunque después le iría con el chisme a Mimi). Si había algo que el orgulloso rubio no podía soportar eran las burlas de alguien que no podía controlar, con la castaña le bastaban unos cuantos contra-ataques y besos candentes para que sucumbiera. Mientras que luchar contra las insinuaciones impertinentes de Tai (acerca del cariño que le tenía a esa mujer), era algo que ponía al límite su paciencia.
¡Ya hasta estaba rechinando los dientes…!
Suspiró.
─Me voy.
Sin más preámbulos se bebió de un sorbo el té, se dirigió a la salida que ya conocía bien con pasos largos y pesados cerrando la puerta tras de sí. Dejando a un confundido Tai y a una preocupada Sora sentados en la sala; completamente desconcertados por la actitud del susodicho soltaron un suspiro al unísono.
Taichi se quitó el saco mientras la pelirroja le servía una taza de té. Él se comió de un bocado un pastelillo entero antes de observar la taza que le ofrecía y beberse la mitad de su contenido. Acto seguido la miró con parsimonia, ella le devolvió la mirada llevándose la taza a los labios.
─ ¿Qué sucedió? ─preguntó él levemente preocupado. Aún tenía en la mente aquella voz teñida de preocupación y hasta un poco de neurosis, rogándole que viniera cuánto antes.
Ella meditó sus palabras cuidadosamente o quizá sólo rememoraba los hechos.
─No estoy segura ─dijo al fin─, pero sé que tiene que ver con Mimi.
Taichi asintió.
─Pero entre ustedes… ¿qué pasó para que me llamases así?
─Pues… ─dudó si debía decírselo o no, finalmente resolvió que 'debía de' o Tai se enfadaría con ella─. Yamato estaba muy estresado, más bien medio histérico. Llegó preguntando si sabía donde estaba Mimi, y golpeó el marco de la puerta cuando le dije que no sabía.
El castaño bufó.
─Espero que no hayas estado cerca ─la miró mientras ella negaba con la cabeza, aparentemente tranquila─, porque de lo contrario lo golpearé.
Sora se apresuró a cambiar el tema.
─Se tomó tres tazas de tila, Tai. Estaba a punto de contarme cuando llegaste.
El frunció el ceño pero no dijo nada. Sora se acercó a él, recargándose en su hombro y susurrando con voz melosa 'mi héroe'. Taichi sonrió y la abrazó, posó la mano en su vientre haciéndole cosquillas. Ella rió ligeramente, se sentía tan a gusto con él, tan tranquila. Sin rastros de la tensión acumulada segundos antes con la visita de Matt.
─No hay necesidad de preocuparse, seguro que se han vuelto a pelear ─dijo él besándole la sien─. Tú, mejor que nadie, conoces la terquedad de Mimi y el genio de mil demonios de Yamato.
─Bien.
Ella le besó en el cuello, trató de separarse de Tai para dirigirse al teléfono.
─No tienes qué. ─La retuvo contra él, con voz insinuante─. Son adultos, deja que arreglen sus problemas solos.
Suspiró pero al fin y al cabo cedió. Después de todo hacia mucho que ella había terminado su artículo, y Tai no llegaba todos los días así de temprano de trabajo.
─Tienes razón, tarde o temprano se reconciliarán ─le dijo a su castaño.
Ella sonrió colocándose encima de él, con voz suave y seductora añadió: ─ ¿Qué te parece si nos reconciliamos tú y yo?
Tai sonrió unos segundos antes de besarla con pasión, sus ojos tintados en lujuria.
