Viñetas,

por Silence M.

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Penuria

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Para su disfrute, ella arqueó la espalda en medio del éxtasis que la consumía. Era sencillo ponérselo difícil, obligarla a adoptar un ritmo que no podía seguir encima de él.

A Shura le gustaba tener el control incluso debajo de sus muslos, dominado por las caderas que deseaban mecerlo y por la carne apretada y húmeda de su sexo caliente, que lo atrapaba y lo consumía.

Ella deseaba tenerlo a su merced desesperadamente, pero como siempre, era él el que marcaba el paso, obligándola al ascenso y la caída posterior mientras sus manos, sus dedos, se clavaban en sus caderas como garras de animal, arañando la piel de su cuerpo joven de mujer.

―Euclínome ―susurró su nombre.

Nunca le hacía el amor sin cerrar los ojos, le gustaba observar los pechos que se agitaban con cada embiste apoteósico, y la expresión sublimada de su cara cuando entraba más hondo y obtenía mayor placer; entonces ella fruncía el ceño, casi podía imaginarla ―aquellas cejas deliciosas llenas de expresión― mientras sus labios se entreabrían, la garganta se tensaba, y dejaba escapar un gemido.

Pero a él, mientras ella cerraba los ojos y le amaba ―que dulce era Euclínome―, le gustaba tenerlos abiertos y saberse dueño del amor, el deseo y el placer, causa del movimiento de su pelvis. Se admiraba sólo entonces cuando ella se inclinaba para besarlo y él no la rechazaba, acogiendo la carne tibia de su labio inferior con los dientes, y arrinconando su lengua con la suya, excitado por el tacto constante de sus pechos, que eran naturalmente más llenos y estremecedores de lo que habría recordado en los sueños febriles de sus noches solitarias, cuando deseaba encender el ascua de su sexo con los dedos, y besar el néctar de la batalla ganada.

Se imaginaba de mil formas a la mujer, a la amazona y a la amante. El pelo oscuro como una sombra. ¡Cómo le gustaba cuando caía a los lados de su cara, reposando sobre la cama, griega y firme, mientras ella lo besaba!

Pero incluso en aquellos momentos de complemento y olvido, donde el fuego se sometía al fuego, no había palabra capaz de describir la expresión de dolor que brillaba en su iris cuando abría los ojos y observaba, qué angustia la de su dulce Euclínome, la pétrea expresión de indiferencia de su cara, de donde el guerrero jamás se había ido y no dejaba amar al hombre.