Viñetas,

por Silence M.

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Redención

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Palas Atenea acarició el pelo del cadáver pálido del más torturado de los inocentes. En sus gestos convivían a solas la ternura y el amor, mientras pensaba en la desesperanza que lo había obligado a hundir el hierro flemático en su cuerpo joven y fuerte. Podía sentir la tristeza de Saga de Géminis incluso cuando su alma era torturada en el Cocytos.

Quizá Perséfone, la del fruto y la flor, se apiadase de él y le diese el sosiego que había buscado con la muerte. Quizá Hécate, la de las encrucijadas, comprendiese mejor que nadie su alma fragmentada y lo elevase por los cielos oscuros del Hades, dándole el lugar que se merecía en el mundo de los muertos.

Ella no podía hacerlo, estirar su mano para peinar sus guedejas transgredía las normas del cielo y la tierra. Aunque no le estaba permitido el quererle, ella lo hacía, y de tal amor tierno y puro había nacido su regalo: depositar sobre sus ojos nebulosos las dos monedas para pagar al barquero y tomar su mano a través del tránsito delicado de la muerte.

No le estaba permitido darle el último beso de despedida, cuando en el delirio de la muerte lo había sentido derrumbarse, y ella lo había llamado desde la umbría y solitaria sombra de la celosía: «Saga», había pronunciado su nombre, «Saga», había susurrado el amor del mundo en el corazón dual, poseído por la maldad del dios más terrible y caprichoso, Ares, el de tremolante casco. Lo había llamado y él había acudido presto, sacrificando su futuro gracias al amor más bello que en él habitaba, el amor de los mortales, cuya vida finita hace más hermoso cada instante. Ensalzando su extraviada dignidad, la había puesto por encima de toda posibilidad de redimirse ante sus jueces, allá en la otra vida, y en realidad con ello se había disculpado ante la historia.

Saga de Géminis nunca sabría cuánto lo amaba su diosa, hasta que en la hora final tomase de sus manos las aguas del Lete, aquellas que ella sostendría en su cuenco de dedos, como un sagrado cántaro. Sería aquel el momento de decirle que lo amaba a él y a cada uno de aquellos que había perecido en el truculento escenario de la ruina, y que luego la olvidarían, así debía ser, junto a sus penas.