Viñetas,
por Silence M.
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Madre
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Aún cuando la miraba allí, tendida en el suelo marmóreo del templo, Shaka la imaginaba viva y sonriente, una Arianroth1 amable y cuidadosa. Aún cuando su pecho ni subía ni bajaba, y la palidez de su rostro carecía de la graciosa frescura del que vive, él cerraba los ojos y oía su voz, llamándolo desde las sombras del templo. «Shaka», susurraría su voz, levemente ronca y seductora, suave y cadenciosa.
Salithe, bañada en la sangre celta y orgullosa que había irrigado los recónditos túneles de su cuerpo deseable, permanecía estática y silente como la rígida estatua de una ninfa de Crimea. Aquella sed que la había iniciado en los misterios de Ceridwen2, allá en los bosques de lo que fue la baja Britania, le había arrancado el corazón con un aliento que seducía y mataba.
El tatuaje tribal que danzaba entre sus pechos se perdía en la onírica perfección de su pubis, pero resultaba casi violento para el aprendiz que acababa de convertirse en maestro de sí mismo. Ella lo había alumbrado con ese sexo suyo.
Shaka jamás olvidaría cuando el poder se liberó contra ella, dejándola exangüe.
El engranaje de sus pensamientos, en ese instante, había sido ensordecedor. Había abrazado el sacrificio de la sangre, la madre por el hijo, con la vida en los labios y los dedos arrojados de amoroso sentimiento. Ella se había entregado a Cernnunos3 muchos años atrás, y hoy había sido de nuevo sacerdotisa que entrega su sangre al porvenir. Shaka casi había oído el cuervo de Morrigan4 graznando sobre la áurea cabeza de su madre, y aún así era plenamente consciente de que debería de haber sido él el que hubiese tenido que caer en la fulminación exacta de los que van a perecer. Debería haber muerto con lentitud en aquel suelo de Atenas como el aprendiz débil que era, pero ella le había entregado su vida a cambio de la oportunidad de demostrarle al mundo que podría alcanzar lo que de él se había esperado.
Finalmente, la mano del hijo. Sus ojos ya no lo mirarían con cariño, ya no escucharía su sonrisa clara detrás de un metal dictador. Su piel ya no reconocería a la suya con un beso amoroso, ni tampoco peinaría su pelo lacio de varón con los dedos largos y ágiles.
Como se alimentase de la carne de la madre que le había alumbrado, Shaka la observaba con ira. La mano agarró el pelo sedoso que se adhería a su gloriosa testa, y lo acarició entre los dedos con rabia cariñosa. Pasó las yemas, suavemente, por la piel estirada de los labios, los cuales habían besado la boca del padre anónimo y nunca revelado, y luego la suya, su pequeña boca tiernamente acariciada con los labios de una madre llena de entrega y cuidado. Todo el amor que Salithe de Virgo le había regalado, en aquellos momentos le pesaba como un saco lleno de arena ardiente.
―Finalmente, el amor te hizo débil ―susurró el adolescente, cerrándole los ojos claros como cristales, queriéndola olvidar, en fin, cuando salió del templo y ordenó su sepulcro. Era imposible no querer dejarla a un lado de su vida, tanto la había querido.
Pero el tiempo es inclemente, sin embargo, y en sueños le asaltaban aquellos brazos maternales que lo animaban al refugio. El sonido nítido del tintinear de sus pendientes lo acompañaba en la paz absoluta. La sonrisa, el amor de su pecho lactante... y la maravillosa luz de sus ojos.
Arianroth: diosa celta de las estrellas.
Ceridwen: diosa celta que simboliza todos los aspectos de la mujer: la niña, la joven y la anciana.
Cernnunos: dios celta de la fertilidad, consorte de Ceridwen.
Morrigan: diosa celta de las actividades bélizas. En su nombre sobrevuela su cuervo, durante la batalla, el ejército que será vencido.
