Viñetas,
por Silence M.
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Perdón
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Los argivos paredones del Muro de los Lamentos se habían iluminado con el tremendo fulgor de aquellos cosmos que incendiaban el espacio neutro del Hades. Relucían las armaduras como el sol de la mañana en Grecia; él lo recordaba caliente y picoso, dador de vida entre el árido campo.
A su lado sentía los cosmos que lo obligaban a evocar los años felices de su juventud, las atrocidades de los que amó, y la espera interminable en el caos absoluto del río muerto e infernal que cruzaba la barca. Lo hizo entender la fragilidad de su vida, otra vez, mientras extendía el poder de su corazón hasta los límites de lo anteriormente concebido.
Y sintió el dolor, también el inmenso agonizar de Saga. Y el de Shura. Y el de Camus. Y el de Milo. Y el de Aoiria. Y los de todos.
Y el suyo. También a él le dolía el alma. También él lloraba, sonriendo, mientras exprimía hasta la última gota de su existencia para echar a bajo el muro.
Derribándolo y perdonándolos por ceguera o avaricia. Por olvido, añoranza, indecisión y complicidad. Por todo los perdonó, porque los quería.
Porque en la infinita bondad de su alma, Aioros se había dado cuenta de la insignificancia del odio.
