Viñetas,

por Silence M.

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Cabo Sunión

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A cada paso que da, Kanon deja una huella de sal y arena. Quema y cauteriza las heridas de sus pies, que los guijarros y el uso han abierto. Desde la profundidad de su garganta borbota la insípida sustancia del odio dirigido, y no deja de pensar amargamente en el sol y las nubes, en la piel adormecida y el instinto. En la libertad negada.

El odio lo quema. El odio que lo obliga a mantenerse vivo, insomne en la oscuridad absoluta de la gruta, lo que provoca la fuerza de sus músculos y el eje del aguante de sus huesos. Es el esquema vital de su existencia, el odio, esas noches del cabo.

El que taladra sus sentidos. El odio lo acompaña cuando más solo queda en el vacío inmenso de la garganta terrenal, cuando sus ojos claros quedan fijos en esa nada absoluta, y sus dientes rechinan.