¡Oh, sí, damas y caballeros! ¡La épica batalla por el Santo Grial comienza! ¡Hagan sus apuestas! Espero esta historia sea de su agrado, y de antemano les comento que saldrán a relucir mis propias aficiones en ella. ¡No se olviden de dejar un comentario y hasta la próxima actualización!
RPG – Parte II.
—¡Date prisa!— Ordena su majestad.
Para ser una mujer embarazada camina con mayor velocidad y aplomo que yo, aunque supongo que la comparación no es válida. Apenas si ha ganado peso, aunque su abdomen ya muestra cierto volumen adicional, lo que la ha obligado a usar blusas holgadas, la época de los antojos y apetitos nocturnos terminó (por fortuna para mí), y ahora estábamos en la etapa de los cambios de humor repentinos… de hecho no era malo la mayor parte del tiempo, en que era una mar de ternura, ávida de cariño y atenciones, aunque había también crisis de mal humor que terminaban en una marejada de gritos contra mí. Estábamos a punto de llegar a uno de esos instantes.
—¿Al menos sabes a dónde vamos?— Pregunté asomando la cabeza detrás de la enorme caja de pertenencias de Haruhi.
—Claro que lo sé, babas, mi dormitorio está en la facultad de derecho. ¡Debes instalarme rápido para que hoy mismo puedas llegar a tu dormitorio también!
—¿Es decir que debo ir a instalarte y encima ir a arreglar mi propio dormitorio sin que me ayudes? ¡Está del otro lado de la universidad! ¿No te parece un poco injusto?
—¿Injusto?— Arremete acalorada ignorando que los otros alumnos reparan con curiosidad en nuestra escena. —¡El viaje desde casa hasta acá y los gastos de hospedaje serían imposibles de cubrir si no hubiera conseguido ayuda financiera de la universidad! ¡Estoy liberando tu carga!— Se vuelve hacia otro lado tomando el papel de mártir. — Tú fuiste el que me embarazó, robando mi inocencia y los mejores años de mi vida, así que debes hacerte responsable por ello, lo menos que podrías hacer es ponerme cómoda en la habitación que la escuela me dio…— Se detiene abruptamente y hace un pequeño gesto de dolor, ante lo cual bajé la caja al suelo y me acerqué para asistirla.
—¿Sucede algo con el bebé?
—No lo sé—, me dice confundida masajeando su baja espalda. —Este pequeño demonio me patea los riñones cada que me altero…— Me mira con enojo. —¿Ves lo que provocas? ¡Deja de hacerme enojar…!— No termina su frase, una nueva oleada de dolor la detiene y yo me preocupo. La ayudo a llegar a una banca cercana y aprovecho para descansar un poco. —Esto no tiene ningún sentido, según el médico es una cosita de diez centímetros, y debería moverse hasta después de la vigésima semana… ¿por qué me golpea?
—Seguramente porque me maltratas—. Le digo jugando. Ella se queda ensimismada pensando en mis palabras.
—Sí… quizás sea eso… después de todo eres su padre…— Me mira con determinación y luego se levanta, señalándome con el índice: —Si es así, a partir de ahora no importa cuán idiota seas, no me molestaré contigo, incluso te ayudaré con mi equipaje…
—¿Entonces me perdonarás todo?
—¿Perdonarte? ¡Por supuesto que no! ¡Sólo lo pospondré hasta después del parto!— Una nueva oleada de dolor la hace cambiar su gesto por un instante. —De acuerdo, de acuerdo…— Dice dirigiéndose al pasajero (o pasajera) en su barriga: —…perdonaré algunas cosas.
Y tal como podrán imaginar, terminé cargando el noventa y nueve por ciento del equipaje (ella sólo cargó con algunos libros), y después de un par de horas, Haruhi se había instalado en una diminuta habitación a sólo unos pasos de la avenida Hongo, y atravesando dicha avenida estaba en el campus del mismo nombre y el Akamon, dándole acceso a la facultad de derecho. ¿Por qué no podía vivir con ella a pesar de que éramos esposos? Era un edificio únicamente de chicas, todas ellas estudiantes. Yo había logrado un trato semejante, pero estaría en un edificio sólo de chicos del otro lado del campus Hongo y aún más lejos, en el lado opuesto del campus Yayoi, a más de un kilómetro de ahí.
—Quizás sea lo más conveniente para ambos—. Decía mi nuevo jefe un par de horas después, mientras consultábamos viejos manuscritos de mi país, prestados de la gran biblioteca de la universidad. —Son jóvenes, y supongo que querrán algo de espacio, tú sabes, salir con amigos y ese tipo de cosas.
—¿Puedo preguntarle algo personal, profesor?
—Por supuesto.
—¿Usted es casado?
—No.
—¿Lo fue alguna vez?
—Han pasado algunas mujeres por mi vida, aunque ninguna ha querido llevar mi apellido—. Miró el infantil reloj con la efigie de Mickey Mouse, como pretendiendo que se hacía tarde. Supongo que sin querer pregunté algo que no debía. —No para todas las personas funciona eso del matrimonio y la monogamia. Creo que no soy una persona que pudiera establecerse tan fácilmente a vivir con alguien.
—Lo lamento, no debí preguntarle algo tan personal.
—Estás ayudándome a llegar al corazón mismo de tu cultura, lo menos que puedo hacer es permitirte llegar al núcleo mismo de mi personalidad, no debes sentirte mal por eso.
Dichas esas palabras, mi móvil sonó. La única persona que me llama es Haruhi, así que respondí sin ver la pantalla.
—Soy yo…— Dijo sonando algo avergonzada. —Eh… me preguntaba… ¿podrías venir a pasar la noche aquí…?
—Haruhi, es un edificio de señoritas, el monitor me sacaría de los… me sacaría por la fuerza. ¿Tienes miedo?
—¿Miedo? ¡Claro que no, tonto…! Es sólo que… eh… ¡No confío en ti! ¿Cómo sé que no vas a meter a una chica en tu apartamento mientras estoy lejos?
—Gracias por decir "apartamento", pero te recuerdo que a diferencia de ti, yo tengo una sola pieza con una cama y un escritorio; el baño, comedor y nevera son comunales…— No respondió, pero podía escuchar su mal humor a través del auricular. —De acuerdo, pasaré a desearles buenas noches, ¿está bien?
—Las visitas se acaban a las diez en punto, más te vale llegar antes.
—De nada—. Vi a mi jefe hacerme señas, agitando la derecha. —Y el profesor Langdon les manda saludos.
Terminada la llamada, me estiré para despertar los huesos de mi columna y sin poder evitarlo bostecé larga y penosamente. A pesar de que no habíamos traído muchas cosas desde casa, el asunto de la mudanza terminó por agotarme, y ese fin de semana no estaba precisamente en forma.
—Si te vas ahora tendrás tiempo de comer algo antes de ir a tu clase de esgrima—. Comenta Langdon sin levantar los ojos del manuscrito que intenta leer auxiliado de un diccionario japonés-inglés.
Y sí. Llegué con tiempo para hacer unas cuantas formas en el dojo y comprar algunas golosinas para Haruhi, que seguramente preguntaría por ellas al verme. Alrededor de las nueve treinta de la noche estaba sentado en su cama, y escuchaba sin mucha atención los halagos de las compañeras tontas de los cuartos contiguos acerca de su embarazo. A diferencia de lo que llegué a pensar en algún momento, el llegar a la universidad no la motivó a fundar una nueva Brigada SOS, de hecho la idea ni siquiera cruzó por su mente, y cuando pregunté al respecto argumentó que los miembros originales de la brigada eran los únicos a los que consideraría para siempre, no les pagaría aceptando de buenas a primeras a cualquiera, siendo que ellos ya habían ofrendado tres años de servicio, y si en algún momento alguien entraba, es porque debería hacer un servicio inigualable para la brigada. Por cierto, Koizumi está viviendo en algún lugar de la capital, y estudia en una universidad privada una carrera comercial, muy acorde con su personalidad. Nagato se consiguió otro departamento de lujo a algunas estaciones de tren de nosotros y Asahina no tiene una residencia fija (con sinceridad creo que nunca la ha tenido), pero nos mantiene al tanto de nuestras familias y amigos en Nishinomiya, a casi trescientos kilómetros de aquí. Sasaki y el antiguo presidente del club de cómputo también eran alumnos de la Toudai, en economía e ingeniería respectivamente, aunque en las semanas que teníamos como estudiantes no era común encontrarnos con ellos.
Siendo que el edificio no admitía visitas después de la diez, Haruhi caminó conmigo hasta el Akamon, y estuvimos sentados en una banca hasta muy tarde. ¿De qué charlábamos? Bueno, la realidad es que hay muchas cosas de las que sigo enterándome sobre ella, y me resulta increíble que después de vernos casi a diario por tres años (casi la mitad de eso viviendo juntos), aún tengamos tema de conversación, aunque cabe mencionar que en estos momentos de soledad soy yo quien más habla, y ella por lo general me dice que no soy tan ignorante y gris como aparento a simple vista.
—Es casi medianoche—. Le digo mientras observo su rostro de perfil a contraluz de los cada vez más escasos autos que pasan por la avenida, con ese semblante sereno que me hace pensar en lugares bellos y tranquilos.
—Cierto, y será mejor que descanses, porque mañana será el inicio del juego de rol y debemos tener listos a nuestros héroes.
Maldita sea, el juego. Finjo conocimiento, aunque la verdad es que lo olvidé por completo y el manual está sepultado bajo las docenas de libros que tengo que trabajar tanto como para mis clases como para Langdon. No le muestro mi consternación y yo mismo la olvido mientras la llevo a la puerta de su edificio.
Le doy un beso breve y tierno que ella corresponde feliz y luego me hinco frente a ella para poner mi mejilla sobre su vientre.
—Cuida bien a tu madre, y evita que se desvele—. Le digo a mi pequeño (o pequeña).
Crucé los terrenos de la universidad con serenidad, finalmente no había un gran reto en el asunto del juego y siendo que no podía eludirlo, trataría de disfrutarlo, aunque tendría que leer más, ya que sólo recordaba el conjuro para llamar al "héroe" en cuestión. Mi móvil vibró dentro de mi bolsillo, regresándome a la tierra. Respondí una vez más sin ver la pantalla.
—¿Sucede algo, Haruhi?
—…
—¡Ah! ¡Nagato! No esperaba que fueras tú, ¿Puedo ayudarte?
—Roll Playing Game.
—Es verdad. Mañana que nos veamos tendré elegido a mi héroe, ¿Tú ya has elegido uno?
—Lo he elegido ya. Es imperativo que hagas tu llamado ahora mismo.
—De acuerdo, algo está pasando, ¿Verdad?— aquí viene, directo a terminar con mi tranquilidad, sólo necesita la confirmación de nuestra alienígena omnisciente sobre el problema y una forma de arreglarlo.
—A las cero horas con cero minutos hora de Tokio hubo un cambio estructural en los afluentes de información de esta ciudad, el origen de dicho cambio es Suzumiya Haruhi.
—¿Y qué tipo de cambio es…?— Pregunté apesadumbrado masajeando mi tabique nasal.
—Según la necesidad que tenía Suzumiya Haruhi, borró todos los recuerdos referentes al tema en el cual se fundamentaba el Roll Playing Game, aunque dicha información no desapareció por completo, parece ser sólo un sesgo temporal que terminará al mismo tiempo que el juego llegue a una conclusión y se nombre a un ganador del mismo.
—El tema… claro… ¿Cuál era el tema?
—No puedo recordarlo.
Estaría riendo como un idiota ahora mismo si no fuera porque me aterra pensar que incluso Nagato fue afectada por la formula de olvido que Haruhi impuso sobre nosotros, intenté hacer memoria, pero desistí cuando me vino el primer dolor de cabeza.
—Debes hacer la invocación cuanto antes puesto que…
Dejé de escucharla. No había atravesado aún los solitarios terrenos de la escuela, pero alguien me estaba siguiendo.
—Nagato, creo que no estoy solo, debo colgar—. Dije sin atender, para liberarme de la distracción del móvil y concentrarme para enfrentar a un posible ladrón.
—Has tu invocación.
—Te llamaré luego.
Guardado el teléfono comencé a observar a mayor detalle mis alrededores, sabía que alguien me seguía, pero no podía ubicarlo entre el tupido y oscuro follaje de los jardines, aunque mi acompañante se delataba por el ruido que hacían sus zapatos. La ansiedad estaba matándome, debía salir de dudas cuanto antes.
—¿Quién anda ahí?— Me atreví al fin, deteniéndome al amparo de una farola.
Pude ver la silueta de un hombre alto a una distancia razonable que caminaba hacia mí con paso lento, pero decidido.
—Buenas noches, Señor Suzumiya—. Dijo en el japonés propio que usaría un extranjero.
Al entrar al rango de luz de la farola pude verlo a detalle. Como había dicho, era alto, mucho más que yo, de cabello muy corto y castaño, atlético y definitivamente caucásico. Vestía un impecable traje formal negro con corbata y zapatos lustrosos y un par de gafas para sol innecesarias dada la hora.
—¿Puedo ayudarlo?— Pregunté tratando de ocultar mi inquietud al verlo detenerse a unos pasos de mí.
—Definitivamente puede. ¿Sabe? Aquélla para quien trabajo me ha indicado que debo deshacerme de ciertas personas para que ella obtenga la victoria y yo la recompensa que busco. Y según ella me ha indicado, usted es una de esas personas—. Movió ligeramente el rostro hacia la derecha, mostrando un apenas perceptible gesto de satisfacción. —¿Es él?
Detrás de él venía caminando una mujer, una muy joven, bastaron sólo unos segundos para que la reconociera y sintiera el impulso de salir huyendo.
—Sí, es él—. Dijo ella con tranquilidad.
—¿Sasaki?— Confirmé.
—Sí, Kyon, según las reglas de Suzumiya, el juego ya comenzó, así que debemos empezar a hacer las eliminatorias, ¿Verdad?— Quizás fuera impresión mía, pero había un cierto destello de emoción en su siempre tranquila faz. A su lado estaba físicamente su "héroe", real y tangible, y con toda la intención de asesinarme haciendo honor a su heráldica: —Hazlo, Assassin.
—Sí, maestro—. El hombre metió su mano en el saco y extrajo un arma enorme… en realidad era una pistola escuadra, pero dada la distancia que nos separaba parecía gigantesca. Sin poder evitarlo di un paso atrás.
—¡Sasaki, detenlo!— Le pido imperativamente a mi vieja amiga.
—Me temo que no puedo hacerlo, Kyon, tal vez debiste anticipar que esto pasaría. Sí, jugar es divertido, pero lo es aún más si ganas.
—¡Esto es imposible!
—No, señor Suzumiya…— Toma la palabra el matón. —No es imposible… es inevitable.
Permitiendo que mis impulsos actuaran por mí, comencé a correr deshaciendo lo andado, y aunque el tipo no disparó pude escuchar sus pasos detrás de mí, no pasaba lo mismo con Sasaki, que esperó debajo de la farola, con la misma cara de sosegada tranquilidad que puede sacarme de quicio.
El primer tiro salió del arma del elegante hombre de traje, lo que hizo que involuntariamente me agazapara, aunque el hecho de que pudiera continuar corriendo me indicaba que no había atinado en ese primer intento. Para tratar de dificultarle las cosas salté hacia las áreas verdes y comencé a correr entre los árboles donde aún podía escuchar los pasos de mi verdugo aplastando el césped, llevaba corriendo varios minutos, y con sinceridad comenzaba a cansarme, si seguía con esa estrategia me encontraría y el juego terminaría para mí antes de comenzar siquiera.
Vaya, Haruhi, quizá debiste pensarlo con mayor detenimiento antes de proponer este juego, aunque tengo la impresión de que la forma en que se están desarrollando los hechos son más producto de su aún incipiente control de sus poderes que de una mala intención real, porque no querrá dejar a nuestro hijo sin padre, ¿Verdad?
Por un momento dejé de escuchar sus pasos, lo que me dio cierto rango de ventaja para intentar buscar un escondite y pensar en una solución. Lo primero que me vino a la mente fue llamar a Nagato y pedirle un consejo o incluso que fuera a ayudarme, así que ocultándome al fin detrás de una caseta de informes tomé mi móvil… aunque no marqué ningún número. Podía escucharlo andar en dirección a donde estaba, el llamar a Nagato revelaría mi posición, y aunque confiaba plenamente en que ella llegaría en mi auxilio, no había tiempo para esperarla y para cuando llegara, seguramente sería tarde ya.
Sin embargo, tal vez ella misma me había dado ya la solución al problema… combatir fuego con fuego… si el ser más escéptico del planeta (Sasaki) había conseguido invocar a su sirviente, ¿por qué no podría hacerlo el segundo ser más escéptico del planeta (yo)?
Esas fueron las únicas palabras que recordaba del manual, la invocación, y aunque tengo experiencia con juegos de rol y cosas de esa categoría, las reglas siempre son distintas entre unos y otros. Mi tiempo dentro de la Brigada SOS me ha enseñado a que las cosas pueden existir aún a pesar de que yo crea en ellas o no, más aún si Haruhi está involucrada en ellas… era hora de refrendar ese conocimiento, así que en el mayor silencio posible y concentrado de verdad comencé a decir aquellas palabras… es un alivio que no tengamos que hacer sacrificios de ningún tipo… Así que sintiéndome como un absoluto idiota susurré las palabras que vi en las primeras páginas del manual y esperé.
Hubo un sutil juego de luces que por un momento me hizo creer que de verdad lo había logrado, pero luego no pasó nada, parece que en realidad era necesario algo más que decir el hechizo para que resultara.
Decepcionado escuché los pasos de aquel hombre de negro venir a mi encuentro, pues seguramente me habría escuchado, o en su defecto habría visto las llamativas luces que se generaron. Hasta el día de hoy han sido tantas las veces que mi vida es puesta en peligro que ya no siento la misma adrenalina de antes, porque de una forma u otra tengo la impresión de que algo vendrá a salvarme… quizás Nagato salió de su casa apenas colgamos la llamada, o probablemente Koizumi está flotando sobre nosotros, listo para hacer su entrada triunfal.
El asesino apareció a unos metros frente a mí, viéndome con un gesto de júbilo mal disimulado.
—Me temo que esta vez nadie vendrá a salvarlo—. Dice con voz siseante levantando una vez más el cañón de su arma, directo hacia mi rostro. —Ha sido un placer, Señor Suzumiya.
El disparo no fue hecho. En su lugar, el hombre salió proyectado como si una bestia enorme e invisible lo hubiera embestido, cayendo al menos una veintena de metros atrás. Sin muestra alguna de dolor se reincorporó dibujando una mueca de ira y volviendo a apuntarme.
Entre el pistolero y yo cayó entonces un tercer invitado desde el cielo, enfundado en una túnica que cubría hasta sus tobillos y era coronada por una capucha que ocultaba su cabeza. Lo único que podía ver era un objeto en su mano derecha que por un momento confundí con una estafeta de metal… y digo que lo confundí porque un instante después, uno de los extremos de dicho objeto produjo un sonido chirriante y breve, seguido de un zumbido grave que variaba de frecuencia según el objeto se movía… ah, sí, esos sonidos eran producto de una hoja de blanquísima luz con destellos celeste. Los disparos comenzaron y me tiré bocabajo previniendo que mi improvisado protector fuera abatido por ellos, pero no fue así.
Haciendo gala de unos reflejos superhumanos, el encapuchado movió la hoja de luz con tal destreza que interceptó todas las balas, incluso siendo capaz de regresar algunas hacia el pistolero, que con igual destreza las esquivaba… sí, sé como suena, pero eso era lo que hacía, y mientras tanto, mi defensor se movía con paso decidido hacía él, para acercarse lo más posible y poder equilibrar el encuentro.
—Basta ya, será después—. Exclamó Sasaki a la distancia, dando por terminada la contienda y luego dirigiéndose a mí. —¿No es maravilloso? Estoy completamente segura de que Tachibana tendrá una muy buena explicación para esto, te recomiendo que lo consultes con la gente de tu club también. ¡Nos veremos la próxima vez, Kyon! ¡Vámonos, Assassin!— Y sin decir una palabra más comenzó a alejarse, serena, casi desinteresada de cuanto pasó.
El sujeto de traje, sin poder ocultar la decepción en su rostro, dedicó una mirada sucia a mi defensor y volvió a guardar su arma dentro del saco, para luego mover su cuello hasta que sus huesos tronaron y lentamente se dio la vuelta para marcharse, y aunque caminó en dirección a Sasaki, desapareció a sólo unos pasos de dejarnos.
Y mientras yo salía de la estupefacción de tan inverosímil escena, mi protector hizo desaparecer la hoja de luz con un sonido muy semejante al que la hizo al encenderse, se retiró la capucha y se dio la media vuelta para encararme. Su tupida barba se movió al capricho de una sonrisa bonachona mientras colgaba la estafeta de metal en su cinturón y me tendía una mano para ayudarme a levantarme. Aturdido como estaba acepté y una vez de pie pude verlo a mayor detalle: era un hombre de mediana edad, vestido en una extraño traje color hueso debajo de la túnica marrón escuro, y apenas unos centímetros más alto que yo, de ojos celeste y cabello y barba castaño claro.
—Supongo qué tú me llamaste. Para que yo haya aparecido a tu llamado debes ser un hombre poderoso y justo…— Comenzó sin dejar de sonreír.
—¿Quién demonios eres…?— Balbuceé.
—Aunque no necesariamente muy brillante—. Dijo con sarcasmo y acrecentando su apacible sonrisa. —Yo, mi buen amigo, soy tu sirviente, y puedes llamarme Saber.
RPG – Parte II.
Fin.
