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A los hombres

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No seré una nota a pie de página en la vida de otros. Soy una mujer, mis pasos no serán los pasos de nadie. El camino que se hace eterno es el que lleva al olvido y no perdonará a la huella vulnerable de aquella que escribe. El momento ha pasado, compañeros, han cesado los tambores en la hora sepulcral de los muertos que lloramos. Esos muertos, tan absolutamente muertos de olvido que ya sus manos huesudas se nos tienden en el otro lado del muro que velamos.

Les diré a esos hombres que conmigo han compartido las llamas imperecederas del reloj del Santuario, que la conciencia colectiva es un cuerpo suicidándose, pero no será el mío el que claudique en los altares de la enfermedad del varón a este lado del mundo. Yo me niego. He hecho juramento de apostasía en los rituales de los hombres y en esta hora aciaga reclamo mi lugar en el cosmos, donde incluso Gamma Corvi, que me arropa, arroja luz a las estrellas que coronan otras constelaciones.

Soy una mujer cincelada, sacrificio de invierno antes de la primavera. Que pongan en el gramófono a Stravinsky esos caballeros de dorada armadura, y comprenderán de lo que hablo; yo soy esa muchacha india que baila hasta la muerte en medio del círculo de los mortales, bajo un halo de luz boreal que titila en las pupilas de los espectadores. Mis movimientos son bruscos, rígidos, pero no carecen de la rítmica armonía primitiva de los tambores. Mi cuerpo es un junco flexible que exuda sexo femenino; mis manos, pájaros al viento; y mis pies, el polvo del camino.

A mí no se me puede olvidar, hija del infortunio como soy que ha de crear camino. Yo consagraré la primavera a través de esta carne magra que habito, se abrirá la flor del nacimiento primigenio a través de la sangre de mis muslos desnudos y allí habitará el sino de la mujer, en mis tendones putrefactos, hasta que la lluvia limpie mis huesos hasta dejarlos blancos y brillantes bajo el sol de la tundra.