No crean que lo he olvidado... aún no terminamos aquí... ¡disfruten de este nuevo episodio!
El Manifiesto.
Parte IV.
—No deberíamos estar aquí—. Dije cuando nos detuvimos en ese pequeño risco que daba hacia el camino de cerezos junto al río.
Sí, era tan inútil esa séptima vez como lo fue la primera que lo dije, y sin embargo, no perdía la esperanza de que en algún momento mi súplica fuera atendida.
—¿Quieres cerrar la boca de una buena vez? Va a descubrirnos por tu culpa y si eso sucede, te arrepentirás de haber nacido.
—Creo que las amenazas son rudas e innecesarias, Haruhi.
—Yuki—. Llamó ignorándome. —Quiero poder escuchar lo que dicen.
Nuestra alienígena la miró con un casi imperceptible nivel de aprehensión. Luego se volvió hacia mí.
—Está dentro de mis capacidades lograr el efecto deseado, sin embargo, hay un código de ética el cual…
—¡Basta de tonterías, Yuki! ¿No habíamos hablado ya de eso antes? ¡La entidad de la que vienes no existe más…! Mas importante aún… ¡Tú eres ahora esa entidad!— Bajó el volumen de su voz y sonrió con complicidad a nuestra alienígena. —Sólo debe preocuparte el seguir mis indicaciones, de los asuntos éticos me preocuparé yo.
Desde que Nagato tomó las facultades de la EID, no hacía más sus rezos para realizar los deseos de Haruhi. Bastaba con que mirara por un momento a su objetivo para que el efecto fuera el buscado.
En mis oídos comencé a escuchar justo aquello que me negaba: una conversación telefónica a la cual no había sido invitado y que me hacía sentir sumamente incómodo.
—Deja de llamarme, no me obligues a apagar el teléfono—. Dijo con voz cortante Kyonko, sin otro preámbulo colgó la llamada.
El aparato sonó una segunda y una tercera vez, y en la última, ella apagó el aparato y lo guardó en su bolsillo.
—Cielos, es tan necia como tú—. Escuché reclamar a Haruhi a la distancia. —¿Kyon? ¿A dónde demonios crees que vas?
—A averiguar qué fue lo que pasó—. Respondí mientras me hacía camino hacia la rivera, y pidiendo que ninguno me siguiera.
Al llegar abajo caminé hacia una de las bancas que descansaba bajo el amparo de la sombra de un cerezo en flor, y donde mi yo de este mundo sostenía sus sienes con los codos en las rodillas.
—¡Yo!— Saludé a unos metros de llegar hasta ella.
Me miró extrañada y de inmediato talló sus ojos. No había rastro de lágrimas en ellos, aunque se veían muy rojos.
—¿Qué haces aquí?— Me preguntó en el mismo tono desconfiado que yo solía usar cuando uno de los miembros de la brigada o Haruhi me llamaban para pedirme algo raro.
—No mucho en realidad, sólo pasaba por aquí, aunque creo que a ti te vendría bien charlar. ¿Puedo sentarme?
Me miró de arriba abajo sin quitar su gesto de desconfianza y asintió con la cabeza.
—¿Exactamente por qué debería confiar en ti?
—Después de todo, tú eres yo y viceversa, no hay persona más confiable en el mundo, ¿no crees?
Reflexionó un rato y relajó la guardia, aunque siguió sin hablar. Si sus patrones de conducta eran tan parecidos a los míos como esperaba, sería sólo cuestión de tiempo antes de que comenzara a hablar. Miré su perfil durante los segundos que no dijo nada, cayendo en cuenta de algunas condiciones que no había podido notar en nuestras convivencias anteriores.
Por principio, tal como había relatado antes era una chica delgada y no muy alta, de largo y lacio cabello oscuro con una tonalidad muy cercana al negro. Las facciones de su rostro, si bien no eran maravillosas como las de Haruhi o Asahina, si eran más atractivas que el promedio, y su figura, aún a pesar de ser menuda, tenía una gran armonía de curvas sutiles que le daban un aire de sensualidad muy curioso. Vaya… si tengo esas características como varón, realmente no soy tan feo y ordinario como pensaba…
—¿Tu Haruki no se comporta como un idiota todo el tiempo?— Preguntó después de un minuto de silencio.
—¿Haruhi? Sí, incluso cuando duerme.
Rió amargamente por mi comentario. Luego continuó: —Mi error fue dejarlo llegar tan lejos, si hubiera impuesto reglas desde el principio, quizás no tendría que estar lidiando con las tonterías que me hacen sufrir justo ahora—. Me miró con un gesto más sosegado, como dándome a entender que finalmente confiaba en mí: —Tú debes darte una idea de lo que estoy pasando… ¿tienes tiempo como para que te cuente una historia?
—Por supuesto.
—Eh… esta historia pues… digamos que podría ser algo gráfica.
—Descuida, no tienen nada que no haya visto.
—Yo soy mujer, tarado.
—Lo sé. ¿Crees que nunca he visto a una mujer?
—¿No eres algo joven?
—¿Y tú?
—Touche.
Y así, comenzó a contarme su historia:
¿Cómo empezamos esta rutina? Lo recuerdo bien. Desperté un domingo como cualquiera, en lo que pensé sería un fin de semana de tregua de las estupideces del club de Haruki. No me importaba en absoluto que fueran las diez de la mañana, mis padres no estaban en casa y había conseguido sobornar a mi hermanito para que no viniera a molestarme, el cielo afuera parecía nublado, y no me interesaba, porque mi cama estaba caliente y las frazadas eran deliciosas. Un domingo perfecto que nadie podría interrumpir.
Y entonces llegó la primera llamada de la mañana, haciendo vibrar mi teléfono.
—A menos que haya fracturas o hemorragias, no me importa—. Dije sin revisar el identificador.
—…
—Buenos días, Nagato.
—Haruki Suzumiya necesitará que lo visites.
—¿Y habría de hacerlo por…?
—Es necesario—. Fiel a su costumbre, no explicó nada más y colgó. Es un tipo apuesto, con algo más de carácter sería un Casanova y no el nerd que aparenta.
Con honestidad, no presté atención a sus palabras y ni siquiera me molesté en levantarme, en menos de un minuto estaba dormida de vuelta.
Quince segundos…
Treinta segundos…
—¿Pero qué mier…?— Había dejado el teléfono demasiado cerca de mi cabeza sobre la cama, así que al vibrar me propinó un susto de muerte. —¿Sí…?— Respondí aún exaltada.
—¿K-Kyonko-Chan…? Espero no haberte despertado—. No me molestaría en absoluto que me despertaras cada mañana, hombrecito… cielos, ¿dije eso o lo pensé…?
—¿Asahina? ¿Sucede algo?
—Eh… sí… bueno, debo pedirte un favor…
—Por supuesto.
—¿Podrías ir a ver a Suzumiya hoy?
—¿Eh…? ¿Qué hay de malo con él?— Sería más fácil enumerar lo que hay de bueno, son sólo un par de cosas.
—No tengo detalles, pero por favor…— Casi puedo verlo del otro lado de la línea poniendo esa carita de súplica que me hace sentir el impulso de… bueno, no importa.
—Haré lo posible.
—¿De verdad? ¡Muchas gracias! ¡Te llamaré luego!— Y aquí estaré esperando.
Me senté en la cama y esperé la siguiente llamada que sabía que llegaría de un momento a otro. Tal como pronostiqué, el teléfono sonó por tercera vez.
—¿Kyonko?
—Sí, Koizumi, debo ir a ver a Haruki, déjame en paz—. Dicho eso, colgué.
Desanimada me di una ducha y comencé a arreglarme, y antes de darme cuenta ya estaba con un pequeño conflicto mental acerca de qué debía ponerme… me miré al espejo y reflexioné… ¿Estaba tratando de lucir linda? ¿Para Haruki Suzumiya? ¿Y qué más da si era así? Seamos francos: Haruki es un chico muy guapo, tiene un rostro varonil, atlético, tiene unos brazos que te hacen sentir protegida y un trasero… aunque todo lo echa a perder esa actitud de niño insoportable y caprichoso. Había barrido con todos los clubes deportivos sin unirse a ninguno, derrotó a todos y cada uno de los campeones de los clubes de box y lucha grecorromana, hacía que todas las compañeras bobas de mi clase y fuera de ella suspiraran, pero él las ignora a todas completamente… bueno, no a todas… esa arpía de Taniguchi se la pasa lanzando veneno de la envidia que le da que Haruki me tenga como su esclava desde que fundó su ridículo club.
Pero divago. Y ahora que lo pienso… ¿dónde demonios vive Haruki? Nunca lo había ido a visitar antes… aunque tuviera que ir a salvar su vida, no sabía siquiera a donde debía ir, y me miré al espejo por última vez pensando que el vestido celeste corto y la cola de caballo que me había hecho terminarían siendo un desperdicio. Sin embargo, ese día aún me tenía listas sorpresas.
El teléfono sonó y esta vez vi el proverbial número que había puesto de cabeza mi vida entera desde hace varios meses.
Estaba en medio de un arrebato: ¿por qué estaba tan nerviosa de ver el nombre que aparecía en la pantalla líquida del monitor? No quería que fuera Haruki… pero detestaba la idea de que fuera alguien más.
—¿Sí?
—¿Kyonko? ¿Tienes algo que hacer?— Noté que su voz era casi imperceptiblemente diferente a otras veces, tanto así que de verdad me permitió responder en lugar de asumir que no tenía nada mejor que hacer.
—Eh… no… ¿estás bien?
—Sí, sí, no pasa nada… es sólo que…
—¿Qué sucede, Haruki?
—Ah, olvídalo, no es nada… de hecho, me equivoqué de número telefónico, no iba a llamarte a ti y…—El estruendo de un ataque de estornudos continuos no lo dejaron terminar su frase, casi pude sentir como se sacudía su cabeza con violencia.
—Demonios… ¿un resfriado?
—Creo que es influenza…
—¿Quién está cuidándote?
—Mis padres salieron de la ciudad.
—¿Y ya comiste algo?
—Eh… aún no, pero iré por algo y…
—¿Cuál es tu dirección?
—¿Qué…? ¡No vas a venir a mi casa…!
—Claro que sí, estás enfermo y solo, ¿no es por eso que me llamaste?
—No, tarada, ya te dije que me equivoqué de número y…
—Bien, entonces voy a colgar y buscaré que hacer, ¿de acuerdo? O podemos dejar de fingir que no sabemos qué me dirás tu dirección y así lograr que llegue más rápido.
A regañadientes me dictó la calle, no estaba muy lejos de casa, y le pedí un poco de paciencia, pues tendría que pasar primero a comprar algunas cosas y prepararle algo de comer… tonto descuidado.
Finalmente estaba ahí, llegué luego de pasar por la tienda de conveniencia más cercana para comprar los ingredientes para hacer algo de sopa de miso, porque no hay nada mejor que un buen plato de sopa en una crisis de vías respiratorias. Tal como Haruki había dicho, no había señales de vida en la construcción y toqué el timbre un par de veces, tuve que esperar varios minutos antes de que finalmente una de las ventanas se abriera y viera un pequeño objeto metálico salir proyectado de ella, segundos después levantaba las llaves que me fueron lanzadas.
—¿Haruki? ¿Dónde…?— Dije al entrar al recibidor vacío.
—¡Arriba!— Respondió en un hilo de voz.
No pude evitar hacer una pequeña inspección a los dominios de los Suzumiya mientras me encamina a la habitación de Haruki… pues para ser dios o lo que sea, vive en una casa bastante normal, tanto que tuve que quitarme los zapatos en la entrada y andar en calcetines sobre la duela de aquella casa cálida y acogedora de diseño interior minimalista. Calculé en el pasillo de qué habitación habría recibido las llaves y toqué antes de abrir la puerta.
Haruki estaba tendido boca abajo sobre el colchón, había una caja de pañuelos desechables vacía en el suelo (cuyo contenido rebosaba ya un pequeño cesto de basura) y una nueva a un lado de su cabeza, la cual apenas levantó al verme, abriendo sus ojos ámbar muy hundidos y enrojecidos.
—Luces terrible… espero que esos pañuelos hayan sido sólo para tu nariz.
—Idiota.
Me senté junto a él en la cama y le pedí se acostara sobre su espalda, comprobando su temperatura tocando sus mejillas, no soy una experta, pero debía estar al menos a treinta y nueve grados, y quizás fuera idea mía, pero me pareció que se sonrojó un poco más al sentir mis manos sobre su cara.
Salí rápidamente al baño volviendo con una cuantas compresas de agua fría que coloqué con cuidado sobre su frente.
—Espera un poco, prepararé algo de comer y te lo traeré aquí, ¿de acuerdo?
—Bien…
—No te levantes para nada—. Dicho eso, me dispuse a bajar.
—Kyonko… gracias por venir.
—Eres mi loco y abusivo líder de brigada, no tenía opción.
—Ese vestido te sienta increíble.
¿Qué demonios fue eso? ¿Qué era esa sensación apoderándose de mi estómago mientras bajaba las escaleras? ¿Estaba emocionada acaso? No es para tanto, este sujeto se la pasa diciéndole a Asahina lo apuesto que es… aunque cada que se refiere a mí, lo que le sale son insultos y burlas. Debe ser el virus hablando a través de él.
Habrán sido uno veinticinco minutos de apresurara preparación y nada más quedó todo listo volví a subir con una bandeja que llevaba las viandas preparadas y algo de jugo de naranja.
—El desayuno está listo—. Dije poniendo la bandeja sobre el buró a un lado de la cama, pero no recibí respuesta. —¿Haruki…?
Estaba dormido, aunque sería más justo decir que estaba inconsciente, su temperatura había ascendido y su respiración era rápida y agitada.
Esperando que no fuera una neumonía traté de levantarlo, cosa que logré a medias tirando de su brazo.
—¿Qué estás haciendo?— Preguntó mientras desabrochaba su pijama.
—Estás ardiendo, debes tomar un baño de inmediato.
Como pude lo arrastré hasta la ducha y minutos después escuchaba como se daba un baño de asiento (frío, por supuesto) que según la experiencia corregiría la fiebre excesiva, tiempo que yo aproveché para limpiar fugazmente su habitación. Salió con una toalla atada a la cintura y sin pensarlo siquiera puse una sobre su cabeza y sequé su cabello (un reto importante considerando su estatura). Estaba buscando un pijama para que se vistiera, pero antes de poder decirle se había tumbado nuevamente sobre la cama y volvía a dormir, sólo cubierto por las toallas.
Nunca lo vi cansado, al menos no con este tipo de cansancio, me resultaba un tanto depresivo. No iba a cambiarlo de ropa, así que sólo pasé un delgado cobertor sobre su cuerpo… no podía dejarlo solo, así que decidí que lo mejor sería bajar a la sala de estar y ver algo de televisión… por supuesto, yo y mis planes… creo que nunca aprenderé.
—Voy a bajar a la estancia, tú necesitas dormir. Subiré para verte un poco más tarde—. Susurré prácticamente en su oído, aunque sospechando que no me escucharía.
Estaba alejándome cuando su poderosa mano derecha se elevó, capturando mi nuca con aplomo, pero sin violencia… empujando mi rostro hacia el suyo, besándome… no un beso forzado como aquél que tuve que robarle al tomarlo de las solapas para sacarnos de ese aislamiento que casi acaba con el mundo… era algo más inocente y sincero. Duró sólo unos segundos cuando la mano y la cabeza de Haruki cayeron nuevamente a causa de su inconsciencia… eso fue bueno, y de hecho fue muy lindo… si hubiera sabido que el día sólo había comenzado…
Parte IV.
Fin.
Y no lo olviden, la única recompensa de este seudo escritor, es su opinión. ¡Nos vemos pronto!
